Crónica del desencanto: Currículums inflados (Noelia Núñez)

Algo se rompe y no funciona cuando dimitir se convierte en virtud y no en la obligación inexcusable tras mentir y haber sido descubierta. Cuando asumir una mentira deja de ser una vergüenza y se celebra como un gesto noble, casi heroico. Cuando lo que no es opcional —irse tras haber mentido— se ensalza como si fuera una ofrenda, un ejemplo de integridad…

Vivimos tiempos extraños. Tiempos en que mentir no arruina una carrera, sino que la inaugura. En que disfrazar un título se considera un error menor. En que, cuando ya no queda más remedio, la dimisión no se percibe como lo que es —una renuncia forzada por la mentira— sino como un gesto noble, casi redentor.

Pero no lo es. Es sólo el epílogo obligado de una farsa. Un intento de salir por una puerta lateral antes de que se incendie la sala. Lo que sorprende no es la mentira, sino la forma en que se la cubre y blanquea con una capa de dignidad: lo llaman “dar la cara”, lo llaman “asumir responsabilidades”, lo llaman “valentía”. Pero no lo es. Es teatro. Es cálculo. Es, simplemente, mentira.

Mientras tanto, se evita hablar de lo esencial: la mentira no fue un lapsus, ni una errata, ni un error burocrático. Fue una construcción. Una invención deliberada. Un mérito falso que es exhibido en público como si fuera un galardón, a sabiendas de que no era más que papel mojado. Y eso no se corrige con una nota de prensa. Ni con un “lo siento”. Ni con la renuncia.

Pero sus “correligionarios” aplauden. Algunos incluso la elevan a símbolo. Dicen que otros no lo habrían hecho, que hay que reconocerle el gesto. Que ha dado ejemplo. Como si fuéramos niños y no ciudadanos adultos responsables y respetuosos con la verdad. Tratan de convencernos: como si decir la verdad fuera una rareza, y mentir, formase parte del juego aceptado.

Así se pervierte la política: cuando la honestidad ya no se exige, sino que se premian los méritos postizos, falseados. Cuando el reconocimiento no se reserva a quien nunca mintió, sino que se ofrece gustosamente a quien miente y luego —obligado por la evidencia— se va. Y en lugar de preguntarnos por qué mintió, nos fijamos en cómo dimitió. La forma eclipsa el fondo. El relato vence a la realidad.

El objetivo es que, al final, la mentira quede blanqueada, convertida en anécdota. Se le da la vuelta como a un calcetín sucio, y se exhibe como una bandera. Pero sigue siendo mentira. Intencionada, calculada y fría.

Pero, el verdadero mérito, el que no aparece en los titulares, sigue siendo el de quienes no mienten. Quienes no adornan lo que no tienen. Quienes no usan la política como un escaparate de ficción. Aunque de ellos nadie hable. Aunque no salgan en las fotos.

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