El asesinato ante nuestros ojos

Desde hace meses, presenciamos una tragedia que no cesa. Día tras día, la cifra de muertos en Gaza aumenta como si de un contador automático del horror se tratara. Pero entre las muchas formas de morir en este conflicto —bombardeos, hambre, enfermedades— hay una especialmente desgarradora por su crudeza y su visibilidad mediática: las muertes en las colas del hambre. Palestinos que esperan pan o agua bajo un sol implacable, son asesinados a tiros, víctimas de estampidas o mueren aplastados por la desesperación. No son soldados. Son hombres, mujeres, niños. Y todos lo vemos.

Aquí no hablo de geopolítica, ni me pierdo en el laberinto de las justificaciones históricas del conflicto. Aquí se trata de una sola palabra: crimen. Porque lo que ocurre no es un efecto colateral, sino un atentado directo contra la dignidad humana. Un crimen cometido con la complicidad de la impunidad, de la diplomacia tibia, de la neutralidad que se disfraza de sensatez.

Mientras se suceden los comunicados oficiales y los llamamientos al “cese del fuego”, los cuerpos se acumulan frente a las furgonetas de ayuda, como si la espera de comida fuese ahora una nueva forma de pena de muerte.

Hay una diferencia entre no saber y no querer saber. Hoy nadie puede alegar ignorancia. Las imágenes de niños asesinados por esperar una botella de agua, los vídeos de estampidas en puntos de reparto, los informes de la ONU o de Médicos Sin Fronteras están al alcance de cualquiera. El horror no se esconde: se transmite en directo. Por eso, lo que vivimos no es solo un genocidio físico. Es también un colapso ético global.

El asesinato ante nuestros ojos interpela directamente a nuestras conciencias. No se trata de un conflicto entre iguales, ni de una guerra entre ejércitos. Se trata del asedio total de una población civil que no tiene salida, ni refugio, ni voz. Es el asesinato del más débil por el más fuerte. Y es también el asesinato de cualquier noción de humanidad, sobre todo cuando dejamos de reaccionar.

Occidente, la cuna de la filosofía o la quintaesencia de los derechos humanos, observa en silencio. Europa balbucea condenas mientras continúa exportando armas o reforzando acuerdos diplomáticos con quienes bombardean escuelas y hospitales.

Estados Unidos habla del “derecho a defenderse” incluso cuando lo que se ataca son cuerpos hambrientos. Y en medio de todo eso, las instituciones internacionales fracasan una y otra vez. El Derecho Internacional se desangra en cada niño muerto.

No basta con sentir horror. El horror no transforma el mundo. Lo hace la praxis, la acción. Mientras no haya consecuencias políticas, económicas o judiciales, el mensaje que se envía es claro: pueden seguir matando. El asesinato ante nuestros ojos se convierte entonces en la pérdida de nuestra capacidad de indignación, de nuestra voluntad de justicia, de la propia idea de humanidad.

Lo que ocurre en Gaza no es una tragedia inevitable. Es el resultado directo de decisiones políticas, de alianzas estratégicas, de cobardías diplomáticas. Es un crimen del presente que será juzgado por el futuro. Y todos, de un modo u otro, estamos implicados: por lo que hicimos, o por lo que no hicimos. Porque mirar sin actuar es también una forma de complicidad.

En un mundo saturado de información, el silencio ya no es ignorancia: es elección. Y si elegimos callar mientras vemos morir a los más vulnerables por esperar comida, entonces ya no podremos decir que somos mejores que los que aprietan el gatillo. El asesinato ante nuestros ojos no es solo un drama ajeno. Es el espejo más oscuro de lo que nos hemos convertido.

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