Modernidad vs. pensamiento posmoderno: dos formas de pensar el mundo

  • Introducción

La historia del pensamiento occidental está marcada por grandes rupturas epistémicas. Es decir, por cambios profundos en la manera en que las personas entienden el conocimiento, la verdad o la realidad. No estamos hablando de cambios de opinión, sino de transformaciones en el sistema de pensamiento: lo que cambia es lo que se considera válido como conocimiento, cómo se obtiene o cómo se justifica.

Entre esas transformaciones, la transición de la modernidad al pensamiento posmoderno representa una de las más significativas e influyentes en la historia reciente del pensamiento occidental.

La modernidad, que nace con el proyecto ilustrado, depositó una profunda confianza en la razón humana, en la ciencia, en el progreso y en la autonomía del sujeto. Los pensadores de esa época –Kant, Voltaire, Rousseau– creían que mediante el uso autónomo de la razón era posible alcanzar el progreso moral, político y científico. El uso autónomo de la razón, desarrollado especialmente por Kant, significa que la persona piense por sí misma, sin dejarse guiar, al menos ciegamente, por la autoridad, la tradición o las opiniones de otros.

En su ensayo de 1784, «¿Qué es la Ilustración», condensaba esta idea en su famosa frase «Sapere aude»atrévete a saber– que ha sido considerada como el lema de la libertad intelectual y del pensamiento ilustrado.

Frente a esa visión, unitaria y racional del mundo, el pensamiento posmoderno, surgido en el siglo XX, cuestiona la herencia ilustrada, desconfía de los llamados “grandes relatos” (a los que Lyotard, en su obra «La condición posmoderna», se refiere) y propone una forma de pensar más abierta, plural y fragmentaria. Por los grandes relatos, también llamados «metarrelatos», Jean-François Lyotard entiende las narraciones totalizadoras que pretenden explicar toda la historia, dándole un sentido único y universal. Ejemplos de estos grandes relatos, podrían ser el cristianismo, que orienta toda la historia hacia la salvación final; la propia Ilustración, con su creencia en el poder liberador de la razón; el Marxismo, que cree en la lucha de clases que llevará, finalmente, a una sociedad sin clases; o el Cientifismo, que considera que la Ciencia acabará por explicar y resolver todo.

Vamos a ver, brevemente, las principales diferencias entre ambos paradigmasmodernidad vs pensamiento posmoderno -, para comprender mejor cómo estas dos formas de pensamiento configuran nuestra relación con el mundo.

  • I. El proyecto moderno: razón, sujeto y universalidad

El pensamiento moderno toma forma entre los siglos XVII y XVIII, bajo el impulso de grandes cambios científicos, filosóficos y culturales, y se consolida de la mano de pensadores como René Descartes, Immanuel Kant y Georg Wilhelm Friedrich Hegel.

René Descartes (1596-1650) es considerado como el padre de la filosofía moderna. Su propuesta es un método que está basado en la duda metódica y en la razón, como base o fundamento para el conocimiento. Es conocido su célebre «pienso, luego existo«cogito ergo sum») que coloca al sujeto racional en el centro del saber. ¿Que significa esto? Significa que, para Descartes, el cogito, es decir, la capacidad de pensar con claridad y distinción, es la base de toda certeza.

Inmanuel Kant (1724-1804) reformula la filosofía moderna cuando afirma que el conocimiento no sólo depende del objeto, sino también de las estructuras mentales del sujeto. Este giro, que él mismo llama «giro copernicano» (en referencia al giro que dio Copérnico en la astronomía, cuando pone al Sol en el centro del sistema solar, desplazando a la Tierra), incide en la idea que inició Descartes: el ser humano como sujeto autónomo, capaz de pensar y actuar moralmente por sí mismo mediante leyes racionales universales.

Por último, Hegel desarrolla la idea del progreso lineal: la historia, desde esa perspectiva, es el desarrollo continuo hacia niveles mayores de civilización, libertad y racionalidad. Este proceso constituye, para Hegel, la realización del Espíritu absoluto.

Por Espíritu absoluto, Hegel entiende la conciencia que el ser humano tiene de sí mismo, como ser libre y racional, en armonía con la totalidad, y en el marco de una comunidad racional. Cuando habla de progreso lineal, se refiere a que la historia tiene un sentido y una dirección. La historia no es un movimiento caótico ni cíclico. El paso del tiempo implica mejoras: más derechos, más ciencia, más racionalidad.

Particularmente, la idea hegeliana de Espíritu absoluto es profunda y compleja y lo que hemos apuntado aquí sólo es una aproximación básica. Su comprensión exigiría de una extensión que no vamos a acometer en estas líneas. Tal vez, en una futura entrada del blog…

En conclusión, el proyecto de la modernidad lo que construye es un marco válido con carácter universal: la verdad es única y objetiva; la razón es válida para todos; el sujeto es autónomo y la historia presenta un desarrollo lineal.

  • II. La crisis de la modernidad: guerra, desencanto y sospecha

A lo largo del siglo XX, sin embargo, el proyecto de la modernidad entra en crisis. Las dos Guerras Mundiales, los regímenes totalitarios, los genocidios y el uso destructivo de la ciencia, como ejemplifican, entre otros casos, Hiroshima o Auschwitz, suponen una quiebra en la fe ilustrada y en el poder salvador de la racionalidad.

La razón, en vez de llevarnos al bienestar universal, mostró su reverso más oscuro: que era capaz llevar a cabo formas de dominación y exterminio sin precedentes. Pensadores como Adorno y Horkheimer, en la obra «Dialéctica de la Ilustración» (1947), denunciaron esta deriva de la razón. El desencanto posmoderno se tradujo en una crítica radical a la noción de progreso.

Hay que destacar, llegados a este punto, la importancia que tuvo la llamada «Escuela de Frankfurt», para mostrarnos cómo el proyecto ilustrado desembocó en formas de barbarie racionalizadas. La Escuela llevó a cabo una reflexión en el terreno de la filosofía, la sociología, la economía o el psicoanálisis, para ofrecer una crítica integral al capitalismo, a la modernidad y a la sociedad industrial. Esos pensadores, anticiparon temas que siguen siendo claves en el día de hoy: la manipulación mediática, la pérdida del sentido, la alienación en el trabajo, el autoritarismo, el dominio tecnológico…

Al desencanto que hemos citado algo más arriba, se une la crítica que realiza la filosofía de la sospecha y que hemos tratado en otra entrada del blog.

Como resultado de todo esto, surge, entonces, la necesidad de repensar la racionalidad, el ser humano o los valores, desde otras coordenadas. Veamos lo más esencial de las nuevas líneas de pensamiento que se proponen.

  • III. El pensamiento posmoderno: fragmento, diferencia y crítica

Ya hemos avanzado que Jean-François Lyotard, en su obra «La condición posmoderna», habla de la posmodernidad como la incredulidad hacia los discursos o relatos que pretenden explicar la totalidad de la realidad desde una única lógica o una única verdad, ya sea ésta la ciencia, la historia, el progreso, o la emancipación.

Para Lyotard, estamos ante una sociedad compleja, fragmentada y plural, en la que coexisten múltiples formas de vida, lenguajes, culturas y saberes. No es posible, por tanto, pretender imponer una única visión del mundo, porque eso supone negar la validez de otras perspectivas. Lyotard propone una multiplicidad de formas diversas de hablar, de pensar y de entender el mundo, cada una de ellas con sus reglas y su propia legitimidad.

Así pues, el pensamiento posmoderno reivindica lo múltiple, lo local, lo marginal, y se muestra profundamente crítico con las estructuras de poder que se esconden tras los discursos unitarios acerca de la verdad. Cada grupo, cada cultura o persona, tiene su propia manera de interpretación y la diversidad que de ello resulta, lejos de ser un problema, es una riqueza. El pensamiento posmoderno, rehuye las narrativas globales y valora más lo cercano, lo cotidiano. Concede importancia a las experiencias locales, a las historias pequeñas, que no tienen cabida en los relatos oficiales.

Se trata de un pensamiento que también da voz a los que históricamente han sido excluidos o silenciados: las minorías étnicas, sociales, sexuales, culturales, etcétera. La idea es que lo marginal deje de ser visto como un error, o como una desviación, y pase a reconocerse como parte legítima de la realidad.

Es también es un pensamiento muy crítico con las instituciones y con los sistemas que, aparentemente, se presentan como neutrales u objetivos, como son la Ciencia, el Estado, la Educación, algunos discursos morales, etcétera. No se trata aquí de propugnar el rechazo necesario de esas instituciones, sino de cuestionar su autoridad y de exigir que se reconozcan otros puntos de vista y otras voces.

Michel Foucault, por ejemplo, también desafía las concepciones tradicionales acerca de lo que es la verdad. La idea que nos propone es que el saber y el poder no están separados, sino profundamente imbricados y se condicionan mutuamente. Lo que quiere decir es que lo que conocemos como «verdad» no es algo objetivo o neutral, sino que está condicionado por las estructuras de poder existentes en cada momento. Él manifiesta que cada sociedad tiene su régimen de verdad y, por tanto, establece aquello que debe considerarse verdadero o falso y cuáles son los conocimientos aceptados como válidos. Lo que Foucault dice, en definitiva, es que los gobiernos o las instituciones, los medios de comunicación o el sistema de enseñanza, no sólo informan, sino que crean verdades que son convenientes a un orden social o político determinado.

Por ejemplo, en el siglo XVIII, el conocimiento científico estaba bajo el control de las instituciones monárquicas o religiosas y las verdades sobre la salud o sobre el cuerpo humano venían definidas por esas estructuras de poder. Tampoco, según Foucault, las ciencias humanas – como la psicología, la sociología, la historia…- son neutras o inocentes, sino que actúan como dispositivos de control social: esas ciencias, lejos de ser imparciales, actúan para definir qué comportamientos son normales o anormales y qué subjetividades son correctas o incorrectas.

En resumen, Foucault nos dice que la «verdad» se construye dentro de un contexto social, histórico y político determinado. El saber, en particular el saber de las ciencias humanas, está íntimamente vinculado al poder, puesto que las instituciones controlan las normas sociales que definen lo que es verdadero y correcto.

Hay otros autores, como Jacques Derrida, que proponen una deconstrucción de los conceptos tradicionales, mostrando cómo la metafísica occidental ha privilegiado siempre la identidad, la presencia, la unidad, en detrimento de la diferencia, la ausencia, la multiplicidad.

Lo que Derrida quiere decir, es que la metafísica occidental ha tendido a privilegiar ciertos valores como la identidad -el Ser, lo que algo es-, la presencia – lo que se da inmediatamente -, la unidad y la razón, como centro de todo. Un centro que es verdadero y estable.

Dicho de manera más clara, Derrida afirma que la filosofía, durante siglos, ha creído que lo importante está en lo que está presente, en lo que no cambia, en lo que tiene una identidad clara. O sea, que la filosofía ha tratado de buscar siempre una verdad segura que sea capaz de explicar todo.

Pero esa forma de pensar deja fuera otras muchas cosas, como el cambio o las diferencias. Pensemos, por ejemplo, en Sócrates, que no se interesa por los casos concretos sino por encontrar la verdad universal, que sea siempre válida para todos.

Pero todo esto es en detrimento de las diferencias, de la multiplicidad, de la ausencia….

La racionalidad posmoderna se configura, de esa manera, como una racionalidad crítica, que duda de sí misma y que supone el fin de las certezas absolutas, puesto que no cree en las verdades universales. Ese pensamiento es consciente de sus contradicciones y apuesta por la revisión de sí mismo: desconfía, como hemos dicho, de los grandes relatos y valora lo fragmentario, la posibilidad de ruptura, lo plural, lo múltiple o lo inacabado, en vez de aferrarse a los sistemas cerrados o a las explicaciones totales que pretenden dar sentido a todo desde un único punto de vista.

Para concluir este punto, hemos de señalar que el pensamiento posmoderno también da importancia al encuentro con el otro: al diálogo, al respeto por lo que es distinto a nosotros. No se trata de tener siempre la razón, sino de aprender a escuchar, a convivir con la diferencia y a descubrir en el otro, no una amenaza, sino una apertura a la comprensión más humana.

  • IV. El sujeto en cuestión: de la autonomía a la descentralización

En la modernidad, el sujeto, el Yo, a partir sobre todo de Descartes, se convierte en el punto de partida de todo conocimiento.

Estamos ante un Yo que se considera como universal, como si hablara por toda la humanidad; que es libre y autónomo (ya no está subordinado a un Dios ni a ninguna tradición); y que es capaz de dominar la naturaleza y transformar el mundo.

Pero el pensamiento posmoderno pone en entredicho esta figura. Para Foucault, el sujeto no es algo preexistente a las estructuras sociales, sino que es una construcción histórica, el resultado de prácticas discursivas y de las tecnologías del poder. Es decir, en sus estudios sobre las instituciones – como la prisión, el hospital o la escuela – muestra que los discursos científicos, jurídicos o médicos, producen diversos modos de subjetividad. El sistema penal, por ejemplo, configura al «delincuente» como una categoría de sujeto, hasta lograr que el preso se vea a sí mismo como peligroso o desviado; la medicina o la psiquiatría convierten al loco en un sujeto enfermo, que debe ser aislado, vigilado y corregido, cuando antes, la locura podía tener un sentido espiritual o, incluso, artístico; Y, la escuela, más allá de enseñar conocimientos, forma cuerpos y mentes disciplinados (horarios, notas, vigilancia, exámenes…), para que el alumno pueda adaptarse al orden social dominante.

Por tanto, Foucault piensa que no nacemos con una identidad, sino que las instituciones y los discursos nos van moldeando para producir diversas formas de ser, en función de los intereses de poder.

Derrida también piensa que el sujeto no es una identidad fija. Pero, en su caso, en vez de estar moldeado por las instituciones, como hemos visto en Foucault, está moldeado por el lenguaje. Con ello, quiere decir que el Yo (el sujeto) se construye a través de las palabras, los signos y los significados, con los que nos comunicamos y pensamos. Derrida cree que no hay una identidad personal que sea anterior al lenguaje: somos aquello que el lenguaje nos permite ser o decir.

Pero, el lenguaje, nunca tiene un sentido único y definitivo, porque cada palabra remite a otras y su significado depende del contexto. De esa manera, la identidad personal del sujeto nunca está acabada o cerrada. Es una identidad siempre en formación, atravesado por continuas diferencias, en un proceso continuo marcado por el devenir.

Por último, me refiero a la perspectiva que aporta Judith Butler. Para ella, el sujeto tampoco es previo o natural. Desde su teoría del género, afirma que no nacemos con una identidad («mujer» u «hombre»), sino que adquirimos esa identidad cuando adoptamos y repetimos ciertas normas sociales: cómo hablamos, cómo vestimos, cómo actuamos… Incluso, lo que consideramos «sexo«, está atravesado por construcciones culturales. El cuerpo no se escapa a los discursos sociales. Eso es lo que se llama performatividad: de manera parecida a cómo en una obra de teatro, actuamos de acuerdo con el papel que la sociedad espera de nosotros, una y otra vez.

La posmodernidad es un punto de llegada tras un larguísimo camino: Cuánto hemos andado desde la antigua afirmación de Protágoras, «el hombre es la medida de todas las cosas» , que situaba al ser humano como referente central del mundo y del conocimiento. Ahora resulta que , el pensamiento de la posmodernidad, pone en duda que exista ese modelo de sujeto. El ser humano ya no es uno, ni universal, ni el centro de todo, ni, mucho menos, como ha sido históricamente caracterizado: masculino, blanco, occidental y burgués.

  • V. Ética y política: entre universalismo y pluralismo

Nos quedan, llegados hasta aquí, algunas consideraciones en los planos ético y político. También en ellos, la modernidad había apostado por los principios universales: derechos humanos, libertad, igualdad, ciudadanía… Será el liberalismo el que se apoye en esos principios para construir las democracias racionales.

Pero, el pensamiento posmoderno da muestras, una vez más, de inconformismo: tales ideales ocultan muchas veces formas de exclusión. Sobre todo, cuando se consideraba que el sujeto universal era blanco, varón, europeo y heterosexual, silenciando las diferencias culturales, étnicas, sexuales o lingüísticas. La gran pregunta del pensamiento crítico contemporáneo es, en efecto, ¿y qué ocurre con todos los demás?

Pensadores como Levinas, Derrida o Rorty, proponen un modelo ético basado en la alteridad. ¿Qué significa esto? Que la ética no debe responder ante principios abstractos, sino ante la responsabilidad que tenemos hacia el otro. La ética, para Emmanuel Levinas, comienza cuando reconozco al «otro» como alguien que me exige un respeto, una atención y un cuidado. Nuestra ética, dice Richard Rorty, no es necesario que esté basada en fundamentos metafísicos, sino en la empatía, la solidaridad y la sensibilidad hacia el sufrimiento del otro.

Después de este amplio recorrido, modernidad y posmodernidad no son pensamientos opuestos, ni irreconciliables. Mientas que la primera ha aportado claridad y estructura al pensamiento, la segunda introduce la sospecha y la crítica acerca del poder y reconoce la diversidad.

No se trata de elegir entre lo uno o lo otro, sino de construir una racionalidad crítica, plural, y comprometida con la diferencia y con el sufrimiento del «otro». La propuesta del pensamiento contemporáneo es compleja y, a la vez, humilde. No podemos quedar encerrados en sistemas abstractos, ni en certezas rígidas, porque no las hay, si acaso sólo la de la muerte. Nuestro fundamento ético no debe ser otro que escuchar el dolor, la exclusión y la voz del otro, compartiendo su vulnerabilidad.

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