Cuando el ruido sustituye al pensamiento, la política queda empobrecida y la democracia degradada. El ruido es inmediato, vertiginoso, atronador. Llega como si tratase de golpes que exigen atención y obediencia, no reflexión. El ruido es un grito que impide la conversación y el diálogo, que suprime los análisis para aferrarse sólo a los titulares, a las consignas sectarias…
El pensamiento, en cambio, exige paciencia; necesita tiempo, matices, memoria. El ruido vive de las urgencias, del impacto y del sinsentido; el pensamiento vive de la comprensión y de la búsqueda de verdad. La filosofía ya nos ha explicado, desde Platón hasta hoy mismo, que sin el impulso de buscar lo verdadero, el pensamiento se degrada hasta la retórica vacía.
En España, cada vez más, y por desgracia, el ruido gana terreno. Y cuando eso ocurre, los líderes políticos no compiten por la verdad de sus ideas, sino por la fuerza de sus exclamaciones. El resultado es una política superficial, donde la crispación vence y el adversario se convierte en enemigo. El ruido abona un terreno estéril donde el pensamiento no puede florecer pero es ahí, en ese paisaje estridente, donde crece la figura de Santiago Abascal, un político que hace del ruido, no sólo su lenguaje, sino su proyecto.
En política, las palabras casi nunca son inocentes. Pueden arrojar luz sobre un problema o pueden, como en el caso de Abascal, embarrarlo hasta hacerlo irreconocible.
Me refiero, lógicamente, a las recientes declaraciones de Santiago Abascal, en las que acusa a la Conferencia Episcopal Española de «defender a la comunidad musulmana de Jumilla por intereses económicos o por miedo a los casos de pederastia». Esto, en modo alguno, es una denuncia fundada, sino un ejercicio de cortedad intelectual revestido de valentía impostada.
Me explico. Cuando hablo de cortedad intelectual no me refiero a la falta de inteligencia natural – no seré yo quien descalifique de esa manera al líder de VOX -, sino a su uso limitado y superfluo de la razón, en el ámbito de lo público. En otras palabras, Santiago Abascal no construye un pensamiento político sólido, sino que se limita a lanzar insinuaciones y consignas sectarias. Por otra parte, cuando hablo de valentía impostada, me estoy refiriendo a que pretende dar una apariencia de valentía – como si se estuviese afirmando una gran verdad que nadie se atreve a decir -, pero, en realidad, esa valentía es fingida: no hay detrás de ella ningún acto de coraje político fundamentado, sino que sólo es un recurso para provocar la publicación de titulares mediáticos y de figurar como desafiante del poder, aunque lo que diga carezca de rigor. Su postura política no nace de un pensamiento profundo, sino de una provocación vacía, con la que quiere aparecer como audaz, pero que oculta, tras su tono duro y desafiante, un gran déficit de argumentación.
Pero volvamos a las afirmaciones con las que Santiago Abascal ha atacado a una parte de la jerarquía eclesiástica española, sobre las que quiero desarrollar algunas reflexiones:
a) En primer lugar, estas afirmaciones muestran su incapacidad para separar la crítica legítima de la simple difamación. La jerarquía eclesiástica es criticable, sin duda, por su historia de encubrimientos y por sus privilegios económicos. Sin embargo, reducir la defensa que la Conferencia Episcopal ha hecho de la libertad de culto – que, no olvidemos, es un derecho constitucional – a un cálculo económico mezquino o a una maniobra de encubrimiento por los casos de pederastia, no pone de manifiesto ningún análisis político serio, sino solo un reflejo visceral: Abascal no explica, no argumenta, no aporta datos. Sólo insinúa y lo hace siempre en el terreno de las sospechas, que es allí donde la razón se degrada permanentemente (Platón llamaba a ese terreno el terreno de la doxa – la opinión -, para contraponerlo al terreno del conocimiento verdadero – epistéme -. Diálogo La República, libros VI y VII).
Como vemos, en esta estrategia concurre lo que Hannah Arendt también describió como “la banalidad del mal en política». Con ello, se refería a esa actitud de muchos políticos que, como Abascal, suelen renunciar a pensar de forma crítica y tampoco son partidarios de someter a examen las propias ideas. Desde luego, la consecuencia inmediata de esta renuncia a la reflexión no es otra cosa que cambiar los argumentos por las consignas, por los prejuicios y por los clichés. En este caso, el cliché de Abascal y de su partido, es la construcción de un relato acerca del «enemigo interno”, que Abascal aplica a todo aquello que no está en su agenda ideológica, incluida la Iglesia cuando esta no se pliega a dicha agenda. Este relato del enemigo interno merece un análisis muy pormenorizado que nos llevaría un poco lejos en este momento. Sólo quiero resaltar, como uno de los efectos más notables, es que «el enemigo interno» activa el miedo, la indignación, los sentimientos de agravio y promueve una adhesión en torno al líder, que se presenta como el único capaz de defender al pueblo.
b) En segundo lugar, la “crítica” a la jerarquía eclesiástica,es profundamente incoherente. VOX ha coqueteado durante años con la defensa de los valores cristianos, en tanto que los considera como un pilar cultural de España. Si de verdad le preocupase a VOX la corrupción moral de la Iglesia, su enfoque sería otro muy distinto: exigiría transparencia, reformas y responsabilidades. Pero no. Lo que hace Abascal es optar por el ataque personal, centrado en la figura del secretario de la conferencia – Francisco César García Magán – para, con sus insinuaciones, golpear también a la institución eclesial. Todo esto indica que el objetivo no es la mejora de esa institución eclesial sino desacreditar a cualquiera que contradiga su discurso anti-inmigración.
c) Más grave, si cabe, es la visión política que se desprende de su crítica: un desprecio del pluralismo y de la complejidad social.
La defensa de los musulmanes de Jumilla no es ninguna una traición a España, sino una aplicación del principio básico de igualdad ante la ley. Cuando Abascal cuestiona esa defensa, deja ver que, para él, los derechos no son universales, sino selectivos y subordinados a una identidad cultural, acerca de la cual, él se reserva para sí el privilegio de señalar cuál es esa identidad legítima: la que, en su ideario, se corresponde unívocamente con el «ser» o «la esencia» de España.
Llegados a este punto, resulta oportuno recordar cómo algunos pensadores nos han advertido de que la auténtica libertad sólo existe cuando el individuo puede gozar de sus derechos, sin tener porqué estar sometido a ninguna pertenencia cultural o religiosa. Se trata, de una idea que está muy ligada a la tradición liberal, en la cual los derechos no dependen de las adscripciones identitarias, sino de la sola condición universal de Ser Humano.
d) También quiero referirme al «estilo comunicativo» de Abascal que está infectado de una lógica populista elemental: la lógica de dividir el mundo entre “los nuestros” y “los otros”, además de acusar como vendidas o corruptas a las instituciones que no se alinean con su ideario.
Esto es una simplificación extrema que agria el debate público o, directamente, lo impide. Se alimenta la idea de que no hay adversarios para el diálogo, sino enemigos a los que destruir. Se sustituye la razón por un juego irracional de enfrentamientos…
Cuando un líder político no asume principios como el reconocimiento de la pluralidad, el respeto a las reglas del juego y la búsqueda compartida de soluciones, no es un demócrata en el verdadero sentido, por mucho que participe en las elecciones y ocupe un escaño. Los discursos de Abascal evidencian que su visión de la democracia no es la de un espacio de deliberación, sino la de un campo de batalla donde sólo está justificado el desmantelamiento del adversario. Por eso, Abascal necesita el enfrentamiento binario nosotros/ellos, sin dejar resquicio alguno para los matices o para los acuerdos. Cualquier discrepancia es calificada de traición y las propuestas se formulan, en muchas ocasiones, con sesgos amenazantes.
Realmente, esa es la retórica de Abascal: deslegitimar al adversario, sospechar de las instituciones y presentar un escenario dominado y manipulado por élites corruptas, salvo, claro está, su propia voz. Su discurso populista no ayuda a corregir nada. Sirve de amplificador para crear un clima de desconfianza general y, cuando la ciudadanía deja de confiar en las instituciones, el terreno está abonado para la tentación autoritaria.
Estoy convencido de que políticos como Abascal no sirven a la democracia. Al contrario, actúan como una especie de «aceleradores internos» que provocan su desgaste y su degradación. No elaboran discursos sobre los valores constitucionales que podemos compartir, sino que se aprovechan de la legalidad para avanzar en la senda del poder absoluto. Hoy, podemos citar algunos de ellos que han llegado al poder por vías democráticas y, desde dentro, degradan el sistema hasta eliminar las resistencias democráticas y conformar un poder autoritario «desde dentro» (Tump, Putin, Erdogan, Bolsonaro, Orbán...).
España no necesita “Abascales» de ningún tipo, porque no necesitamos más ruido, ni más división, ni más política de trincheras. Necesitamos políticos que construyan consensos, no agitadores que viven de “romperlos. No necesitamos un líder que convierta cada debate en un combate personal, sino políticos capaces de entender que gobernar un país plural exige reconocer la legitimidad del otro.
Un país con las tensiones territoriales, sociales y culturales de España no puede permitirse un proyecto político que prospere alimentando el resentimiento y el miedo, ni líderes que se cierran en su propia visión ideológica y convierten las diferencias en amenazas. Esos no son servidores de la política, sino de su propio ego.
Un liderazgo como el de Abascal no solo es torpe y malintencionado, sino que erosiona las reglas democráticas porque en su ideario retrógrado descalifica e insulta cualquier disidencia y transforma el pluralismo en rechazo, sospecha o exclusión. Lo que realmente se necesita son líderes con madurez intelectual para entender que el adversario político no es una enemigo a destruir, sino una parte imprescindible del sistema democrático.
En definitiva, no necesitamos visionarios que pronostiquen la ruptura inminente de España como si fuera un destino trágicamente inevitable y tampoco necesitamos nostálgicos que añoren los «pasados imperiales» o la “unidad de destino en lo universal”, ideas de las que cualquier demócrata debe avergonzarse.
Lo que puede definir nuestra fortaleza no es la rigidez de nuestras fronteras ni el pensamiento único, sino la capacidad de las instituciones y de la ciudadanía para convivir en la diferencia, sin renuncia a la libertad. Me permito una última cita, en este caso de Isaiah Berlin – un filósofo defensor del pluralismo de valores en el s. XX -: “la libertad no es la ausencia de restricciones, sino la posibilidad de elegir entre alternativas significativas”. Abascal reduce esas alternativas a una sola: la suya. Y cuando un político llega a ese punto, deja de servir a su país para servirse de él.
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