La enésima provocación de Abascal

De nuevo la provocación de Santiago Abascal.

De nuevo un provocador, disfrazado de político, se refugia tras un lenguaje extremo y de confrontación. Una vez más, su intervención mediática no aporta propuestas ni soluciones concretas, sino que se limita a lanzar mensajes diseñados para herir y provocar indignación. Su disfraz de político tal vez le permita moverse en el terreno institucional, pero tras esa apariencia ofrece repetidamente un rostro distinto: el de un agitador que hace de la desmesura su estrategia de supervivencia.

Los griegos tenían una palabra, hybris, que expresaba la desmesura, el exceso, el orgullo desmedido, la arrogancia o el desafío insolente. La hybris significaba traspasar los límites propios de lo humano. En este sentido, el gesto de Abascal es un gesto de hybris, un exceso verbal que rebasa los límites de la política entendida como espacio racional de debate. En clave más filosófica, la hybris deshumaniza, sobrepasa los límites éticos y abre la puerta a la catástrofe social.

No se trata de un error verbal ni de una exageración puntual. Es, más bien, la enésima vez que el líder de Vox recurre a provocaciones calculadas para asegurarse visibilidad. Ya lo hizo con el 8-M cuando redujo la movilización feminista a un supuesto «día de odio contra los hombres«; lo hizo con Cataluña cuando habló de traidores y pedía juicios por alta traición; lo hizo con la pandemia al denunciar una supuesta «dictadura sanitaria» frente al confinamiento que, pese a todo, fue la primera medida capaz de contener la avalancha de muertes, antes de la llegada de las vacunas. Y ahora lo hace con la inmigración, desplegando una retórica más sucia y peligrosa que nunca: ya no se criminaliza solo a los migrantes, sino también a quienes, con su labor humanitaria, intentan salvarlos de morir en el mar.


El 28 de agosto de 2025, Santiago Abascal, líder del partido Vox, calificó al barco de rescate Open Arms como un “barco negrero” y afirmó que debía ser “confiscado y hundido”, para que sirviera de advertencia a quienes favorecen la inmigración hacia Europa. Estas declaraciones son algo más que una provocación mediática: representan un ejemplo paradigmático de cómo la deshumanización está presente en el discurso político contemporáneo, donde la retórica del odio desplaza cualquier atisbo de responsabilidad ética y degrada hasta el propio valor de la vida humana.

«Ese barco de negreros hay que confiscarlo y HUNDIRLO. Para que sirva de advertencia de cuál va a ser el final que les espera a todos los multimillonarios y políticos que promuevan la invasión de Europa». (Publicación en la cuenta de X de Santiago Abascal)

Sería muy conveniente que la ciudadanía se detuviera un poco a reflexionar sobre lo que implican estas declaraciones en el plano ético, político y social.

Forman parte de un proceso en el que se normaliza el lenguaje del odio y, al mismo tiempo, tratan la inmigración no como un fenómeno social, económico o humanitario, sino tan sólo como un problema de seguridad nacional.

El mar Mediterráneo se ha convertido en una de las fronteras más letales del mundo. Desde 2014, varias decenas de miles de personas han perdido la vida en sus aguas en un intento desesperado por llegar a las costas europeas, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Se trata de una tragedia en la que detrás hay causas estructurales: la desigualdad global, la pobreza extrema, la violencia política, las guerras y, en última instancia, el fracaso de los mecanismos internacionales que deberían de proteger esas vidas.

Sin embargo, hay organizaciones como Open Arms o SOS Mediterranée que están desempeñando un papel esencial en la salvaguarda de vidas humanas, interviniendo allí donde los Estados europeos se muestran incapaces o, sencillamente, prefieren mirar hacia otro lado. Sus misiones de salvamento han permitido rescatar a miles de personas del naufragio. No es solamente una misión humanitaria, sino la aplicación de un principio del derecho internacional: el deber de auxilio en el mar. Pese a ello, su labor se cuestiona en la actualidad y es objeto de campañas de criminalización, acusándolas de colaborar con mafias o de amenazar la soberanía de los Estados que están más expuestos a las presiones migratorias. Son acusaciones, hasta ahora, desmentidas por la justicia y por los organismos internacionales, pero revelan hasta qué punto la solidaridad puede convertirse en el objetivo de una política sucia y oportunista.

En este contexto, la declaración de Abascal debe interpretarse como un intento -otro más- de dar un nuevo significado a la narrativa del rescate. Lo que para las ONG es un acto humanitario y una obligación ética, para el discurso de Vox se convierte en un supuesto acto de complicidad con mafias o fuerzas hostiles a la nación. Se trata de invertir los términos del discurso para presentar a los que rescatan como sospechosos; al drama humano de las víctimas como amenaza; o al ejercicio de la solidaridad como delito.

Lo triste es que en esta actitud, Abascal no está solo. Lo que hace forma parte de una tendencia más amplia en Europa. En Italia, por ejemplo, Matteo Salvini ya calificó a las ONG como «taxis del mar» y llegó a bloquear puertos para impedir el desembarco de migrantes rescatados; Viktor Orbán, en Hungría, ha calificado a las ONG como «aliados de las mafias» y promovido leyes que criminalizan a los que ayudan a migrantes y refugiados; también Giorgia Meloni, actual primera ministra italiana, ha impulsado normas restrictivas contra las ONG, aunque no recurre tanto a las hipérboles de Salvini. Alternativa para Alemania, repite las tesis del «efecto llamada» y acusa a las ONG de alimentar el tráfico de personas. En Francia, Marine Le Pen o Éric Zemmour, utilizan un lenguaje parecido. También puede detectarse una actitud hostil hacia las ONG en el Reino-Unido, cuando son acusadas de facilitar la inmigración ilegal desde Francia, a través del Canal de la Mancha.

Como ya sabemos, la ultraderecha ha hecho de la inmigración un campo de batalla político, llegando hasta el punto de criminalizar las acciones de rescate humanitario. En su ideario, los migrantes -los «no nativos»– son presentados como una amenaza existencial para la cultura y la identidad nacionales, y señalados como culpables del desorden, la inseguridad y la delincuencia, a pesar de que las estadísticas muestran de forma clara que el porcentaje de inmigrantes implicados en delitos es proporcional o inferior a su peso poblacional. Sin embargo, el ascenso de estas fuerzas políticas de ultraderecha en distintos parlamentos europeos ha hecho posible que en varios gobiernos se hayan aprobado normas restrictivas para la labor que llevan a cabo las ONG, de búsqueda y rescate en el mar.

Volviendo a nuestro personaje, la expresión “barco negrero” alude históricamente a los navíos empleados en la trata atlántica de esclavos, uno de los episodios más brutales y deshumanizadores de la historia moderna.

Durante más de tres siglos, millones de africanos fueron arrancados de sus tierras, encadenados en las bodegas de los barcos y vendidos como esclavos en América. Un proceso que no sólo generó una enorme riqueza en Europa -alimentando el comercio atlántico y consolidando la expansión colonial- sino que sentó las bases de un racismo estructural cuyas resonancias todavía perviven en nuestras sociedades.

Aplicar el término –barco negrero– a la embarcación de una organización que rescata migrantes no es una expresión inocente. Constituye una estrategia de manipulación de la memoria histórica y una auténtica perversión moral. Se falsea de esta forma el significado de uno de los símbolos históricos más atroces de la opresión para dirigirlo contra quienes, en lugar de explotar, se dedican a salvar vidas. Aún más grave resulta la afirmación de que ese barco debería ser «hundido», pues introduce en el debate público la idea de que la violencia -simbólica e incluso material- pueda ser la respuesta legítima contra la solidaridad.

La llamada Escuela de Copenhague, que surge en los años noventa alrededor de su Universidad, ha desarrollado un concepto en el que se enmarca el discurso de Abascal. Se trata del concepto de securitización.

En esencia, la securitización supone transformar un problema, por ejemplo la inmigración, en una amenaza existencial para la seguridad de un Estado o sociedad. Todo ello surge como consecuencia de actos de discurso: un líder político presenta el problema como amenaza y, si la sociedad lo acepta, entonces se logran medidas excepcionales. Por eso, cuando Abascal dice que el Open Arms es un barco negrero, y pide hundirlo, no describe una realidad sino que construye discursivamente una amenaza. Como afirmaron los principales representantes de la Escuela de Copenhague, el discurso político no describe amenazas, sino que las construye en la esfera pública.

Cuando la amenaza logra instalarse en la sociedad, la lógica de la securitización se despliega: los migrantes son un peligro, los barcos de rescate son instrumentos que facilitan la invasión, la solidaridad es un acto de traición nacional, etcétera.

Ha habido reacciones inmediatas y plausibles. El presidente de Canarias, Fernando Clavijo, calificó las declaraciones de “fascistas y xenófobas”, recordando que “el respeto a la vida está por encima de cualquier ideología”. Por su parte, Óscar Camps, fundador de Open Arms, las denunció como “fascismo puro” y subrayó que su organización ha rescatado a más de 70.000 personas en una década. Son respuestas que ponen de manifiesto dos concepciones de la política: una, basada en la exclusión, y otra centrada en la defensa de la dignidad humana.

Es importante recordar que la identidad nacional no se sostiene sólo en la memoria del pasado, sino también en el proyecto de futuro que una comunidad realiza o proyecta para sí misma. En ambos casos, la única actitud ética posible es la de la inclusión y el reconocimiento de los otros. Cuando de manera deliberada se excluye o se ignora la humanidad de los migrantes, se pierde la memoria histórica basada en la hospitalidad y en los vínculos compartidos, y se echa por tierra el proyecto de una comunidad política basada en la justicia y en la dignidad.

No olvidemos tampoco otro peligro -tal vez el mayor- de las declaraciones de Abascal: normalizar el discurso violento. Como hemos señalado antes, la advertencia de hundir un barco es una invitación a considerar que la violencia contra las ONG puede llegar a ser una opción legítima.


La filosofía no tiene un poder normativo. No puede dictar normas obligatorias que regulen la conducta social. Pero sí puede orientar la reflexión acerca de los principios, valores y fundamentos que inspiren nuestra acción, tanto individual como comunitaria.

Por eso, desde el terreno de la filosofía ética, hay que traer a colación el pensamiento de Emmanuel Levinas -sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial- cuya familia fue asesinada en el Holocausto. Este pensador, sitúa la ética por encima de otras reflexiones de tipo metafísico u ontológicas. Su aportación esencial es el concepto del «rostro del otro». Lógicamente, no se refiere a la cara física de otra persona, sino a que cuando me encuentro con otro ser humano, veo en él su fragilidad, su diferencia y su humanidad. Su rostro me interpela éticamente y me recuerda que no soy el centro del mundo: el otro existe, sufre y necesita, y por eso hemos de adquirir una responsabilidad hacia él.

Cuando Abascal habla de hundir un barco de rescate de inmigrantes en el mar, está negando la presencia del otro, no sólo desde el punto de vista ético, sino incluso físico, al impedir alguna posibilidad de que puedan ser salvados del naufragio. Abascal criminaliza la acción de rescate y traiciona -en clave ética- el fundamento mismo de la comunidad humana, sustituyéndola por un relato amenazante.

No es posible sustentar ninguna política migratoria en la violencia o en la deshumanización, porque, en el fondo, lo que se afecta es la propia salud de la democracia.

Se necesita, hoy más que nunca, un discurso contemporáneo que trascienda la talla política e intelectual de Santiago Abascal y de quienes comparten su pensamiento. A la narrativa del miedo, de la confrontación o de la amenaza, ha de oponerse otra que no reduzca las grandes cuestiones de nuestro tiempo -entre ellas la migración- a soluciones simples y demagógicas, o que inspiren violencia.

Rescatar a quienes naufragan en el mar es también rescatar la humanidad, que se ve amenazada cada vez que se pronuncian discursos de odio. Cada rescate es, en este sentido, una resistencia frente a la degradación moral de ciertos lenguajes políticos y la afirmación de que la solidaridad no puede ser criminalizada.

3 respuestas a «La enésima provocación de Abascal»

  1. Partiendo de la base que comparto punto por punto las reflexiones que haces tanto en este artículo como en el de la deriva ultraderechista en Europa, no puedo dejar de plantearme si esta deriva no ha sido propiciada en gran medida por los partidos tradicionales.

    En el ambiente actual de polarización, la derecha parece ver en la ultraderecha la única posibilidad de encontrar un aliado en caso de necesitarlo para alcanzar el poder, mientras que en la izquierda, la ultraderecha es vista como una herramienta de movilización de su electorado para que la derecha no alcance el poder. En definitiva, ambos favorecen que el mensaje ultraderechista se difunda.

    El resultado es que el mensaje está calando y sobre todo, aunque parezca paradójico, en la clase trabajadora.

    En mi experiencia de muchos años impartiendo formación profesional a desempleados y trabajadores en activo, en los últimos tiempos vengo observado, con gran sorpresa, como ha ido creciendo el rechazo a la inmigración en la clase trabajadora y también la simpatía por VOX.

    Sin embargo, no se trata de rechazo por cuestión de raza o religión, sino que perciben al inmigrante como un competidor «privilegiado» por el puesto de trabajo. Cada vez son mas los alumnos, tanto desempleados como activos, que manifiestan que los inmigrantes disfrutan de mejor protección social y facilidades para encontrar trabajo.

    En mi opinión, aunque en realidad la clase trabajadora no sea racista ni xenófoba, el miedo a la competencia por los puestos de trabajo, hace que el mensaje racista y xenófobo de la ultraderecha sea percibido como el único capaz de defender sus intereses.

    Algo están haciendo mal los partidos tradicionales, sobre todo los de izquierda, porque basar su estrategia política para atraer el voto, fundamentalmente, en el mensaje del miedo a la ultraderecha no está teniendo éxito, mas bien al contrario, parece estar favoreciendo su crecimiento.

    La inmigración es un problema tremendamente complejo cuya solución no está en manos de un solo gobierno, como ya has planteado tu, tiene que ver con la justicia social, la desigualdad entre el norte y el sur global y la dignidad del ser humano. Pero, mientras tanto algo habrá que hacer.

    Coincido contigo en que es necesario que los grandes partidos se sienten a buscar soluciones a los grandes problemas que tiene la sociedad ( precariedad laboral, vivienda, inmigración, ….). Problemas tremendamente complejos que no se pueden despachar con soluciones simplistas.

    Un abrazo.

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    1. Buenos días César. Como siempre gracias por la lectura del blog y por tus comentarios…
      En realidad, mi artículo sobre la última provocación de Abascal trata de presentar, precisamente, eso: la estrategia de un político y de un partido de ultraderecha que utilizan prácticamente todo lo que hay a su alrededor, en especial la inmigración, para practicar un discurso de odio, polarizar, confontrar y ganar de manera gratuita unos potenciales votantes que, lamentablemente, deberían de ejercer mucho más la reflexión crítica.
      Es cierto lo que dices. Esta posición ventajista que está adquiriendo la ultraderecha, tal vez se debe a que los partidos tradicionales no han sabido dar soluciones, ni respuestas a problemas como una mayor justicia social, una redistribución mejor de la riqueza, el enorme problema de la vivienda en los jóvenes, etcétera.
      La ultraderecha no surge de la nada. Crece en un terreno que otros partidos, como PP y PSOE, han abandonado. En el caso concreto de la inmigración, la derecha la ha utilizado como chivo expiatorio y la izquierda como símbolo de una apertura moral. Pero, en ambos casos, no se han abordado las consecuencias reales de un problema tan complejo. En el caso más concreto de la izquierda no es suficiente con establecer el «miedo a la ultraderecha» como elemento movilizador y, aunque ha hecho más cosas, no han sido percibidas o valoradas por la ciudadanía. En cuando a la derecha tradicional, el PP, en mi opinión, debería soltar el lastre de un partido tóxico como Vox. Sinceramente pienso que lo arrastra a un discurso que no es propio de la imagen moderada que tiene que dar el Partido Popular. Esa moderación, a la larga, creo que le reportaría mayor beneficio electoral y la posibilidad de llegar al gobierno, antes que seguir vinculado a pactos con la ultraderecha. Veremos qué ocurre en los próximos meses…
      Lo paradójico es que Vox canaliza un malestar ciudadano que es legítimo, pero con soluciones totalmente falsas. Mientras tanto, los dos grandes partidos parecen alejarse de la clase trabajadora. Para recuperar la confianza de esta última, son necesarias políticas valientes contra la precariedad y la desigualdad, y un relato político que devuelva la esperanza y la dignidad.
      Por último, me comentas que por tu experiencia laboral estás percibiendo que cada vez más alumnos -en desempleo o activos- creen que los inmigrantes disfrutan de mejor protección social y facilidades para encontrar trabajo. Si tú lo percibes, así será. Pero creo que se trata de una percepción errónea por parte de esos alumnos a los que te refieres. La realidad es que los inmigrantes, en su inmensa mayoría, encuentran trabajos que la ciudadanía normal ya no quiere desempeñar, con salarios bajos y precarios, horarios duros, dependen siempre de obtener o renovar su permiso de residencia y, en muchas ocasiones no disponen ni de contrato ni de cobertura sanitaria, lo cual les deja en situación de mayor vulnerabilidad y desprotección (es otra falacia y un mito muy extendido creer que los inmigrantes abusan del gasto sanitario y se aprovechan de la sanidad española).
      Creo que las personas que llegan a la conclusión que los inmigrantes tienen más ventaja laboral, o mejor protección social, que los españoles, deberían de reflexionar y consultar los datos, antes de llegar a esas conclusiones.
      Un abrazo y feliz domingo.

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  2. Completamente de acuerdo. Efectivamente la percepción de mayor protección a los inmigrantes es una falacia. Yo he recabado información en las administraciones (Lola trabajó muchos años en Bienestar Social) y he podido constatar que esto no es así. Pero si la percepción de los trabajadores es otra (en cursos de 15 alumnos mas de la mitad, y el resto no se se manifiesta en contra), será porque las cosas no se están haciendo bien y al final el mensaje de la ultraderecha encuentra el campo abonado. ¡Lamentable!

    Feliz domingo para ti también.

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