“El ser humano se entiende a sí mismo contando historias; el tiempo se hace humano en la narración”
Paul Ricoeur condensa, en esa frase, una de las aportaciones más fecundas de la filosofía contemporánea.
El filósofo francés, nacido en Valence en 1913, concibe al ser humano no únicamente como un ser biológico, sino como un ser de sentido. Un sentido que él construye contando historias sobre sí mismo, sobre los demás y sobre el mundo. La identidad humana no se da como una esencia fija, sino como una construcción narrativa: «El ser humano se comprende a sí mismo en la medida en que organiza su experiencia en relatos que le otorgan continuidad y sentido».
Lo que Ricoeur explica, en su obra «Temps et récit» (Tiempo y narración), publicada en tres volúmenes, es que la vida humana no se reduce a la suma de acontecimientos, ni a la cronología de nuestros relojes, sino que adquiere sentido en la medida en que es contada. La narración, para Ricoeur, constituye el modo en que configuramos nuestra identidad y el tiempo vivido.
Vamos a tratar de comprender un poco mejor esa relación entre el tiempo y la narración, la configuración de nuestra identidad a través de la narrativa y las implicaciones éticas y colectivas de esta concepción.
La reflexión sobre el tiempo atraviesa toda la tradición filosófica. San Agustín, en las Confesiones, lo expresó con ironía: “¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo a quien me lo pide, no lo sé”. Esta confesión muestra una paradoja: todos experimentamos el tiempo, pero definirlo conceptualmente nos resulta escurridizo y difícil.
Es cierto que el tiempo físico puede medirse en relojes y calendarios, pero esa medición no basta para explicar nuestra experiencia interna del tiempo. Esa experiencia interna es lo que Ricoeur, siguiendo a San Agustín y a Heidegger, llama el tiempo vivido o el tiempo fenomenológico: es decir, el tiempo tal y como lo vive la conciencia; en otras palabras, el tiempo ligado a nuestra experiencia subjetiva, a cómo lo percibimos, de manera que una misma hora puede parecernos eterna cuando sufrimos, o muy breve cuando disfrutamos.
La cuestión central que plantea Ricoeur consiste en cómo reconciliar la experiencia subjetiva del tiempo con su dimensión objetiva: el tiempo vivido frente al tiempo del reloj. Su propuesta es decisiva: la narración funciona como nexo de unión, como un puente mediador, entre ambos tiempos. ¿Por qué? Porque organiza nuestra experiencia dispersa en una trama continua que hace comprensible la existencia, engarzando nuestra memoria del pasado con nuestro presente y con nuestras expectativas para el futuro. Como afirma el propio Ricoeur:
«El tiempo se hace tiempo humano en la medida en que se articula narrativamente; y la narración alcanza su significación plena cuando se convierte en una condición de la experiencia temporal».
Por tanto, según Ricoeur, la narración no es una simple manera de ordenar los hechos, o de poner en fila sucesos, personajes o circunstancias, sino un acto de configuración (mise en intrigue) que toma los elementos dispersos y los integra en una trama que tiene sentido. Aquí entra en juego la influencia de Aristóteles. En su «Poética«, el filósofo griego explica que el núcleo de la tragedia es el mýthos, que no debe entenderse como “mito” en el sentido moderno, sino como la “trama” o la “estructura de los acontecimientos”: en la narración, lo esencial no son los personajes aislados, ni los hechos dispersos, sino la estructura de los acontecimientos, que es la que otorga al relato un sentido o un significado. Pues bien, Ricoeur recoge esa idea aristotélica: la narración funciona como un mýthos porque une lo que estaba separado y le otorga una lógica.
En definitiva, narrar una historia significa dar coherencia a lo que, de otro modo, sería una sucesión caótica de instantes. Por eso, el tiempo se hace humano en la narración, porque es narrando como los hombres dotan de inteligibilidad a la temporalidad. Un ejemplo cotidiano lo ilustra bien: en lugar de enumerar hechos aislados –“me mudé de ciudad”, “encontré trabajo”, “conocí a alguien”-, los relatamos en una secuencia que explica y da sentido a nuestra vida. Sin narración, el tiempo sería mera dispersión; con ella, se convierte en historia.
Ricoeur, sin embargo, da un paso más.
Si en su obra «Temps y récit» (1983-1985), como hemos tratado de explicar, la narración es lo que permite dar un sentido humano al tiempo, en otra de sus obras, «Soi-même comme un autre» –En sí mismo como otro- (1990), da un salto: si narramos para comprender el tiempo, también narramos para comprendernos a nosotros mismos.
Lo que quiere decir Ricoeur es que la narración, al unir continuidad y cambio, memoria y proyecto, hace posible que nos reconozcamos a nosotros mismos en el tiempo. En «Sí mismo como otro», desarrolla una de sus aportaciones más originales: la noción de «identidad narrativa».
¿Qué quiere decir esto? Que el sujeto -el ser humano- deja de concebirse como una realidad dada, dotada de una identidad fija y estática, para entenderse como una construcción que se edifica a través de los relatos de su vida. En este sentido, nuestra identidad se forja tanto en las historias que contamos sobre nosotros mismos y también aquellas que los demás narran acerca de nosotros.
«La identidad del sí mismo no es una sustancia inmutable, sino la identidad de una historia que se cuenta» (P. Ricoeur).
Ahora bien, la identidad narrativa, según Ricoeur, no se limita al plano individual. La narración no sólo configura la identidad y la autocomprensión del individuo, sino también la memoria colectiva de los pueblos. Las comunidades también construyen su identidad compartida a través de las narraciones que hablan de sus mitos fundacionales, de sus memorias históricas o de sus experiencias de sufrimiento o de esperanza. No se trata de simples reconstrucciones del pasado, sino de símbolos que permiten a una sociedad reconocerse en el tiempo y dar continuidad a su existencia. Es cierto que Ricoeur también advierte -en su obra «La Mémoire, l’Histoire, l’Oubli», la Memoria, la Historia y el Olvido-, que la memoria colectiva puede ser fuente de justicia y de reconocimiento cuando es fiel a la verdad del pasado, pero también puede ser instrumento de manipulación cuando se fundamenta en falsificaciones u olvidos intencionados.
Por tanto, el relato no es neutral: tiene consecuencias éticas porque la memoria individual y colectiva se construyen mediante narraciones y, por ello, el modo en que contamos el pasado condiciona tanto la forma en que habitamos nuestro presente como la manera en que proyectamos el futuro. Frente a la posibilidad de manipulación de la historia -borrando acontecimientos o silenciando voces-, Ricoeur propone abrir la narración histórica a nuevas lecturas que integren a quienes fueron excluidos, olvidados o silenciados, y que permitan reconocer las injusticias. El perdón es, aquí, una idea clave del filósofo francés. No consiste en borrar el pasado ni en olvidar, sino en recordarlo de manera diferente. La permanencia en el resentimiento mantiene a las víctimas encerradas en sus heridas, pero un relato abierto al perdón reconoce el dolor sufrido, pero lo reinscribe en una historia que ya no está dominada por la repetición del rencor.
«El perdón auténtico no consiste en olvidar, sino en transformar la memoria, en liberarla de la repetición obsesiva del mal» (P. Ricoeur).
Estas reflexiones acerca del perdón, efectuadas desde la óptica de un filósofo, pueden parecer utópicas. En efecto, no faltará quien pregunte: ¿puede hablarse de perdón tras las bombas de Hiroshima o Nagasaki, o tras los episodios que ahora mismo están sucediendo en Gaza o en Ucrania?
El propio Ricoeur admite que, en muchos casos, el perdón parece imposible: «El perdón difícil, incluso imposible, es precisamente el que se dirige a lo imperdonable», señala. Pero, al mismo tiempo, el perdón es un horizonte necesario. No se trata de que pueda lograrse de inmediato, sino de mantener abierta la posibilidad de que la historia no permanezca anclada para siempre en el odio y el rencor. Mantener viva la esperanza de la reconciliación es una exigencia ética para todos nosotros.
Dejamos aquí la cuestión del perdón que expone Ricoeur -que abre múltiples derivas éticas, algunas de ellas particularmente dolorosas- para retomar la idea central de este artículo: la identidad narrativa del ser humano. El vínculo entre narración y tiempo revela, en última instancia, una verdad decisiva y profunda: la vida humana es finita, está marcada por la temporalidad y orientada hacia la muerte. La narración constituye nuestro esfuerzo por dar sentido a esa finitud, dando significado a nuestra existencia en el tiempo y reconocernos en él.
Contamos historias porque el tiempo escapa, no se detiene, y hemos de narrar para rescatar del olvido lo que fuimos, lo que somos y lo que anhelamos ser. En ese sentido, la narración es una forma de resistencia ante lo efímero: lo vivido lo preservamos en el relato y lo no vivido lo anticipamos como proyecto. Narrar es, de esa manera, un ejercicio de esperanza.
La célebre afirmación de Paul Ricoeur según la cual “el ser humano se entiende a sí mismo contando historias; el tiempo se hace humano en la narración”, expresa una verdad fundamental: somos seres narrativos. El tiempo humano no se reduce a una mera cronología, sino que se experimenta como una trama configurada en relatos que otorgan sentido a nuestra existencia. En última instancia, ¿qué somos, sino una vasta colección de narraciones acumuladas y transmitidas a lo largo de los siglos, que nos permiten reconocernos?
Por medio de la narración, el ser humano alcanza la comprensión de sí mismo, las comunidades construyen su memoria y el tiempo se humaniza en la trama de las historias. Narrar es, en definitiva, el modo en que afrontamos nuestra temporalidad, nos reconciliamos con nuestra identidad y nos abrimos a la posibilidad de la justicia y la esperanza.
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