UNA BATUCADA

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El episodio ocurrido el pasado día 2 de octubre, en la Asamblea de Madrid, —con las mofas de Ayuso, de los diputados del PP y de Vox al movimiento de la flotilla, alusiones al “baño en las islas griegas” de Ada Colau, retirada de una bandera palestina y acusaciones de “terrorismo” contra diputados de Más Madrid— es más que una simple bronca parlamentaria: es un síntoma preocupante de la perversión del debate público en tiempos de polarización constante.

Cuando quienes tienen responsabilidades institucionales recurren a la burla, al sarcasmo o al insulto, recursos que son utilizados, además, en la propia sede institucional del gobierno de la Comunidad, algo esencial se pierde: la dimensión humana de las personas implicadas.

La intención de este tipo de manifestaciones burlonas, no es debatir sobre una idea, sino caricaturizar y ridiculizar al adversario. De esa manera, la flotilla humanitaria —propuesta explícitamente con fines de ayuda y visibilidad frente a la crisis en Gaza— se convierte para algunos, como Ayuso y sus seguidores, en batucada”, “postureo bélico para Instagram” o “asamblea flotante”. 

Decir eso de quienes se prestaron voluntariamente a un acto público de solidaridad —y que ni siquiera lograron completar su trayecto por vía marítima al ser interceptados, en aguas internacionales, por barcos militares israelíes— es una muestra de cinismo político: el que practica la señora Ayuso, los diputados del PP en la Asamblea de Madrid y, por supuesto, Vox.

Esa caricatura sirve para deslegitimar todo el valor simbólico de la flotilla de un plumazo. Se reduce una causa compleja y humanitaria a un chiste, y se equipara a aquellos que la han promovido como si fueran actores de comedia en busca de subvenciones y chiringuitos, y no como ciudadanos comprometidos con un gesto que busca un poco más de visibilidad ante el terrible drama humano que sufre el pueblo de Gaza, asesinado, indefenso, desplazado y hambriento, ante uno de los ejércitos más potentes del mundo.

Peor aún es retorcer la lógica del conflicto: “Si creyeran que Israel es genocida, no hubieran ido”, dijo Ayuso. Esa afirmación es una forma de acusar de incoherencia a quienes critican al Estado de Israel, como si criticar un Estado implicara renunciar a actuar o negociar. No es así en absoluto: se pueden denunciar acciones militares, exigir el cumplimiento de los derechos humanos y, al mismo tiempo, aspirar a diálogo político para solucionar el conflicto.

El pleno de la Asamblea de Madrid ha sido descrito como “el más bronco” de la legislatura, y es una opinión que está justificada. No en vano, las reglas del juego parlamentario han saltado por los aires y se han sometido a una beligerancia de tipo personal.

Que el presidente de la Cámara madrileña -del PP- retire la palabra y niegue intervenciones, ante las legítimas peticiones de un grupo minoritario -Más Madrid, acusado de ser un grupo terrorista-, es una forma de negar la pluralidad política; que se retire una bandera (símbolo distintivo y pacífico), bajo excusas administrativas, mientras se permiten exabruptos verbales graves es una demostración de cinismo y de uso partidista del poder. Son actos que agreden al corazón mismo del debate democrático: el Parlamento no tiene porqué ser un espacio de uniformidad, sino de confrontación de ideas, incluso de aquellas que nos resultan incómodas o minoritarias.

Los símbolos importan en política: una bandera palestina no es solo un emblema, sino una reivindicación de voz, de memoria, de urgencia. Quienes intentan silenciarla están tratando de monopolizar el espacio del discurso e imponer prohibiciones selectivas.

Insultos como “grupo terrorista” —que son falsos y son lanzados desde posiciones institucionales— no solo cruzan una línea de decoro, sino que avalan un discurso de criminalización política. Si cualquier discurso crítico puede ser tildado de terrorismo, la democracia queda restringida al pensamiento único oficial.

Desde luego, hay varias causas que alimentan este tipo de agresiones verbales:

La polarización extrema: en un contexto nacional y global tensionado, cada asunto se convierte en un símbolo de alineamiento ideológico. Ya no hablamos del conflicto de Medio Oriente, sino de un “ellos contra nosotros”. También se está entendiendo e interpretando la política como si se tratase de un espectáculo: el lenguaje agresivo genera titulares, moviliza emociones y genera reacciones inmediatas. Es más rentable políticamente provocar que argumentar. Otra causa es el deterioro de los cauces institucionales. En efecto, cuando la política deja de estar al servicio del debate plural y razonado, los parlamentos se convierten en escenarios de choque más que de deliberación. Por último, otro factor importante es el miedo a perder el relato ante el público: para muchos partidos, eso es considerado como una pérdida de credibilidad y de poder simbólico ante el electorado. Por eso reaccionan con furia cuando sus posiciones son cuestionadas, incluso aunque se trate, como es el caso de la flotilla, de un asunto de derechos humanos y de solidaridad.

Si permitimos que estas dinámicas arraiguen y proliferen, como ocurre en la actualidad, perdemos la dignidad del debate público: si todo se discute o se plantea en tono de insulto o burla, la política se vacía de contenido, pierde su sentido y se convierte en un circo donde se compite por la frase más efectista y mediática. También se ve afectada la pluralidad de voces, porque quienes no quieren sumarse al embate verbal terminarán retirándose del espacio público y, a la postre, sólo quedarán aquellos que se encuentran cómodos y satisfechos con el uso de la descalificación permanente del adversario político. Por otra parte, muchos ciudadanos dejarán de creer en las instituciones como foros serios y también que sus representantes sean capaces de resolver los conflictos reales. Por último, pero no menos importante, es que la burla trivial y chulesca acerca de tragedias humanas -como el genocidio en Gaza- es una forma manifiesta de una miserable irresponsabilidad moral.

No es ingenuo ni carece de importancia insistir y reclamar que los políticos actúen con respeto o mesura. Hay que decir “basta de tanto hartazgo” y llamarles a la decencia política. Se les ha conferido poder público, y con ello una mayor obligación moral. En este asunto particular —y en tantos otros— cabe recordar que detrás de los barcos de la flotilla hay personas; detrás de las banderas hay historias de dolor; y detrás del Parlamento hay ciudadanos que exigen una representación digna.

La fortaleza de la democracia no está sólo en votar cada cierto tiempo. También es imprescindible reclamar comportamientos respetuosos, debates con argumentos y instituciones que escuchen todas las voces, aunque sean incómodas y contrarias a las nuestras. Lo contrario es la caricatura de una democracia: ruidosa, agresiva y vacía.

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