Filosofía para vivir mejor: pensar como arte de existir

Ya en sus comienzos, la filosofía nació no sólo como un discurso teórico sino también como una forma de vida. Esa idea proviene especialmente del mundo griego y romano. En un sentido originario, ya en la Grecia clásica, pensar era un modo de orientarse en el mundo, de buscar la verdad no solo en los conceptos, sino en la existencia.

Para Sócrates, por ejemplo, que no dejó escrito ninguno de sus pensamientos, filosofar significaba examinar la propia vida. Es decir, cuestionarse constantemente y buscar la verdad a través del diálogo y de la coherencia moral. Esa idea quedó encarnada en la afirmación de que una vida sin examen no merece ser vivida”. Con esa frase, Sócrates no proponía ningún tipo de deber u obligación intelectual, sino una invitación moral: pensar es vivir mejor, porque vivir sin pensar es no vivir plenamente.


En efecto, la filosofía antigua no fue un conjunto de teorías abstractas, ni un saber reservado a unos pocos, sino, ante todo, una escuela de sabiduría práctica para alcanzar la sabiduría y la felicidad.

Cada escuela ofrecía un recorrido diferente, pero todas ellas compartían la idea de que filosofar significaba transformar la existencia, aprender a vivir conforme a la razón y alcanzar la tranquilidad del alma o la libertad interior.

Los estoicos, fundados por Zenón de Citio, y con pensadores tan relevantes como Séneca, Epicteto o Marco Aurelio, defendieron la virtud como único bien verdadero. Enseñaron a dominar las pasiones y a distinguir entre aquello que depende de nosotros nuestros propios juicios, deseos y accionesy lo que no la fortuna, el cuerpo, la muerte-; La «serenidad» nace, según opinaban, de aceptar el orden racional del cosmos y mantener la calma ante el infortunio, adoptando una actitud de dominio de sí mismo y de aceptación del destino (amor fati).

Los epicúreos, por su parte, guiados por Epicuro propusieron una filosofía del placer, pero entendido éste como ausencia de dolor y de perturbación. El sabio, según ellos, tenía que liberarse del miedo a los dioses y a la propia muerte, cultivar la amistar y disfrutar de los placeres naturales que eran necesarios. En su escuela, fundada en Atenas hacia el 306 a. C. y denominada «El Jardín», configuraron un espacio de diálogo, libertad y moderación en el que la filosofía se vivía como una práctica cotidiana y compartida.

Los cínicos, otra escuela que seguía la inspiración de Diógenes de Sínope, también entendieron la filosofía como un modo de vida que, en su caso, estaba radicalmente libre de toda convención social. Despreciaban las riquezas, el poder y los falsos valores de la sociedad de su época. Su objetivo era vivir conforme a la naturaleza, desprendidos de todo lo superfluo. Diógenes llevó una vida austera que llegó a escandalizar a los atenienses pero, en definitiva, mostró que la verdadera libertad no tenía porqué depender de nada externo.

En este panorama, no faltaban los seguidores tanto de Platón como de Aristóteles, los dos pensadores más importante de la filosofía griega clásica. Para los platónicos, la filosofía era un camino de purificación del alma y de ascenso hacia la contemplación del Bien; para los aristotélicos, la vida buena se alcanzaba mediante la virtud, el justo término medio y el ejercicio de la razón, que es la esencia del ser humano.

Como vemos, para todas estas escuelas filosóficas, la filosofía consistía, fundamentalmente, en ejercitar el alma; cultivar la serenidad interior; o preparar la mente para las pruebas inevitables de la vida.

Como algunos pensadores contemporáneos han señalado, la filosofía era un ejercicio espiritual, más que una acumulación de teorías. Pensar era el camino para una transformación personal, mediante la práctica de la atención, la humildad, el desapego y la alegría. El filósofo no era un sabio que lo sabe todo, sino el que aprende a mirar el mundo con asombro y templanza. Para Pierre Hadot -profesor y filósofo especialista en filosofía antigua-, los antiguos no aprendían filosofía sino a filosofar, es decir, a vivir de manera filosófica, buscando no sólo comprender el mundo sino transformar la propia vida.


Con el paso del tiempo, la filosofía se volvió más técnica. En la modernidad, la filosofía dejó de entenderse como una guía práctica y se convirtió progresivamente en una disciplina teórica, centrada en el conocimiento y en la estructura racional del pensamiento. Es una evolución que comienza con René Descartes y se consolida con Inmanuel Kant. Se llegó a una auténtica ruptura entre el pensar y el vivir.

Descartes orienta la reflexión filosófica hacia la búsqueda de una certeza racional, acerca de la cual no cupiera duda alguna. Con su famosa afirmación «pienso, luego existo», buscó un fundamento indudable para el saber. Dicho fundamento estaba basado en la razón pura y en la evidencia del pensamiento. No obstante, la certeza que alcanza Descartes es a costa de separar al sujeto pensante del mundores cogitans vs res extensa-. Es decir, inaugura una dualidad entre la mente y el cuerpo, entre el yo y la realidad. La vida, con sus pasiones y afectos, quedaba totalmente fuera del ámbito de lo verdaderamente racional y la filosofía ya no era un arte de vivir sino una metodología del conocimiento.

Más tarde, Inmanuel Kant llevó el pensamiento filosófico a una lucidez sin precedentes. En su obra magna, «La Crítica de la Razón Pura», analizó las condiciones del conocimiento y estableció los límites de la razón humana. Fue el empujón definitivo para convertir la filosofía en una «reflexión teórica acerca del conocimiento mismo«. La filosofía siguió, con Kant, por la senda que abrió Descartes: un periodo de indudable brillantez teórica, pero caracterizado por una ruptura entre el saber teórico y la existencia cotidiana o la experiencia vital; una ruptura entre el pensar y el vivir.

Entramos, como vemos, en un contexto en el que el conocimiento adquiere un valor instrumental. Esto quiere decir que la razón lo que persigue ahora es el dominio de la naturaleza. El saber ya no se dirige hacia la virtud, ni a cómo orientar nuestra existencia, sino hacia su utilidad práctica y a su capacidad para obtener resultados, por medio del desarrollo científico y tecnológico.


Esa herida o ruptura que se produjo en la modernidad, propició que pensadores como Nietzsche, Kierkegaard o Heidegger, reaccionasen frente a la pérdida del sentido existencial de la filosofía. Todos ellos buscaron restituir ese sentido. Es decir, volver a una filosofía que no sólo explique el mundo sino que nos ayude a existir en él y a transformarlo.

Nietzsche fue muy crítico con el carácter abstracto de la razón moderna. En su opinión, el pensamiento occidental se había olvidado de la vida concreta. En obras, como «Así habló Zaratustra» o «La geneaología de la moral», propone una filosofía de afirmación de la vida en toda su extensión y complejidad -incluso en el sufrimiento y en la contradicción-. En definitiva, Nietzsche llama a la libertad, a la creatividad, y a la afirmación plena de la existencia.

También Kierkegaard rechazó que la auténtica sabiduría se encontrase en el saber teórico, sino en la decisión existencial y en la fe como acto personal. Reivindicó para el pensamiento una dimensión ética e interior y que la filosofía volviera a ocuparse de la existencia concreta de un individuo que se angustia y que se enfrenta a Dios y al sentido de su vida.

Por último, Heidegger, influido por los dos anteriores, llevó su reacción al plano ontológico: en su obra, Ser y Tiempo, de 1927, planteó que la filosofía se había olvidado de preguntar por el Ser. Frente al pensamiento técnico e instrumental, él propone un retorno a la experiencia original del ser. Ese retorno implica, en último término, una forma nueva de habitar el mundo, y no la pretensión de dominarlo.

Estos autores representan un esfuerzo por restaurar la dimensión humana y transformadora de la filosofía, devolviéndole su misión primigenia: ser un camino de autenticidad, sabiduría y libertad, capaz de orientar la acción y la existencia humanas.


Esa herida persiste hoy. Vivimos una gran paradoja: sabemos mucho, pero comprendemos poco. La revolución tecnológica y la globalización nos dan acceso a cantidades enormes de información, pero ese exceso no se traduce en sabiduría o autoconocimiento.

La brecha abierta entre conocimiento y sentido, es el resultado de siglos de pensamiento en los que se privilegió la eficacia sobre la reflexión y el progreso técnico sobre la comprensión humana. De nuevo, como al principio hicieron los griegos, debemos recuperar la misión de la filosofía: no se trata de erudición sino del arte de orientarnos en la existencia. Filosofar es, ahora más que nunca, resistir a todo lo que es superficial y devolver profundidad a nuestro presente.

Puede parecer que la filosofía es un adorno intelectual, una actividad inútil frente a los problemas «reales». Pero justamente ocurre lo contrario: filosofar adquiere de nuevo su carácter esencial para no perdernos en un mundo actual, confuso, y ser capaces de preguntarnos por el sentido de lo que hacemos: ¿para qué corremos tanto?, ¿por qué sentimos vacío en medio del éxito?, ¿qué significa ser libre?

Además, la filosofía tiene un importante papel moral en la sociedad actual: formar ciudadanos con empatía y pensamiento crítico. Sin la reflexión crítica, la democracia se degenera y se convierte en un espectáculo bochornoso. Por ello, pensar es también un acto de resistencia política: resistencia ante el conformismo, el ruido y la manipulación.


No se trata, para finalizar, de crear falsas expectativas. La filosofía no cura, pero nos puede acompañar; no asegura la felicidad, pero enseña a comprender, a mirar con lucidez y profundidad para que la vida deje de ser un cúmulo de hechos y se convierta en una historia que tiene sentido.

Vivir mejor no consiste en tener más, sino en comprender más profundamente quiénes somos y cómo habitamos el mundo. Pensar, como deseaba Sócrates, sigue siendo el camino más humano hacia nuestra libertad.

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