Byung-Chul Han: un filósofo del presente

He tenido ocasión de releer tranquilamente el discurso del pensador y filósofo coreano, Byung-Chul Han, al recibir el «Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025«, discurso cuya lectura es encarecidamente recomendable.

Dicho discurso, más que un acto de agradecimiento, supone una reafirmación de su misión filosófica: tratar de despertar a una sociedad dormida bajo el espejismo de la libertad y del progreso tecnológico. Con tono sereno pero no exento de profundidad, Han se inscribe en la tradición socrática y, desde ahí, denuncia los males de nuestro tiempo: la auto-explotación, la pérdida de empatía, la erosión del respeto y la sumisión del ser humano ante sus propias creaciones técnicas.

Desde sus primeras palabras, Han asume la figura del filósofo como la de un “tábano” que irrita y despierta la conciencia dormida de sus conciudadanos, recordando el ejemplo que utilizó Sócrates en el diálogo «la Apología«, de Platón.

Esta evocación no es casual: la filosofía, en su sentido más originario, no busca complacer, sino incomodar. Y Han, heredero del pensamiento crítico de la Escuela de Frankfurt y del pesimismo cultural de Heidegger, se sitúa en esa línea que cuestiona las estructuras invisibles del poder contemporáneo: la libertad convertida en obligación de rendimiento. La paradoja de la sociedad neoliberal, según Han, es que ya no necesitamos amos externos; nos hemos convertido en nuestros propios verdugos.


La idea esencial del pensamiento crítico de la Escuela de Frankfurt es que la filosofía y las ciencias sociales deben analizar y denunciar las formas de dominación ocultas en la sociedad moderna, incluso dentro de la razón, la cultura y la tecnología. Pensadores —como Horkheimer, Adorno, Marcuse o Habermas— sostienen que la razón se ha vuelto instrumental, es decir, se usa solo para controlar y producir, perdiendo su capacidad liberadora. Por eso, su objetivo es recuperar una razón crítica y emancipadora que permita a las personas tomar conciencia de las estructuras de poder, manipulación y alienación, y así transformar la sociedad hacia una vida más libre y humana.

En cuanto al pesimismo cultural de Heidegger, se trata de la idea de que la cultura moderna ha perdido el sentido del Ser, al reducir todo a la técnica, la productividad y el control. Para él, la civilización contemporánea vive una crisis espiritual porque el pensamiento se ha alejado del Ser y del sentido profundo de la existencia.


En su célebre obra «La sociedad del cansancio«, Byung-Chul Han señala que el sujeto moderno ya no es el «obediente», sino el “proactivo”. Es decir, el sujeto que se explota a sí mismo en nombre de la productividad. En su discurso, utiliza una potente imagen para reforzar esa idea: «Somos como el esclavo que le arrebata el látigo a su amo y se azota a sí mismo, creyendo que así se libera”. Esta metáfora resume el núcleo de su pensamiento: la libertad neoliberal es una ilusión, una forma más sofisticada, si cabe, de esclavitud voluntaria. Es decir, en el sistema liberal, la libertad no es verdadera libertad sino una forma disfrazada de control. El neoliberalismo nos hace pensar que somos libres porque podemos decidir, producir o mejorar, pero la realidad es que es un sistema que nos somete a una exigencia constante, de presión, cansancio y culpa. Por ello, nuestro filósofo, habla de una especie de «esclavitud voluntaria» en la que nos auto-exigimos por voluntad propia.


El segundo gran tema del discurso gira en torno a la tecnología y su poder de dominación. Byung-Chul Han no la condena, pero advierte del peligro de que se inviertan las relaciones: es decir, el filósofo nos recuerda el riesgo de que la tecnología deje de servirnos y empiece a dominarnos. La tecnología recoge nuestros datos, deseos y hábitos y nos convierte en objetivo de venta y de control. Creemos ser usuarios, pero la realidad es que somos material que las empresas utilizan para obtener beneficios y posiciones de poder.

La digitalización, en lugar de ampliar la libertad, ha multiplicado la vigilancia, la adicción y la fragmentación de los vínculos humanos al volvernos más controlados, dependientes y aislados. Byung-Chul Han alerta de que la técnica sin ética se vuelve un monstruo, porque es dueña de un poder sin límites capaz de manipular conciencias y reducir la autonomía del pensamiento. Esta advertencia recuerda al diagnóstico que, en su día, realizó Heidegger acerca de la técnica, a la que considera como una fuerza que convierte todo —incluso al ser humano— en un “recurso disponible”. Según Heidegger, la técnica moderna no es sólo un conjunto de herramientas, sino una forma de pensar que transforma todo en algo útil, controlable o explotable. Eso quiere decir que la naturaleza, los objetos e, incluso, las personas, pierden su propio valor y sólo son consideradas en función de su nivel o capacidad de rendimiento.


Otro tema importante del discurso se refiere al ámbito político y moral. Han lamenta la pérdida del respeto y el deterioro del discurso público, en una época donde la discrepancia se convierte en enemistad. Cita a Tocqueville, al recordar que la democracia no puede sobrevivir sin «moeurs«: Tocqueville explicó que las leyes por sí solas no bastan y que la democracia sólo puede mantenerse si los ciudadanos tienen las «moeurs» –costumbres– adecuadas, es decir, sentido cívico, responsabilidad, respeto y moderación.

En esa línea, nuestro filósofo denuncia de qué manera la política se ha degradado en espectáculo y en auto-promoción, mientras que el miedo y la desigualdad alimentan los populismos. Su crítica está muy relacionada con otros pensadores como Hannah Arendt o Jürgen Habermas, quienes también advirtieron que «la democracia muere cuando se pierden los lazos morales que la sostienen».


Para concluir, en la última parte de su discurso realiza una síntesis del malestar contemporáneo: disfrutamos de una libertad sin sentido y de una abundancia vacía. En un mundo hiperconectado, dice Han, “nos hemos quedado sin vínculos genuinos”. Con esta expresión, Byung-Chul Han apunta certeramente al problema esencial de la sociedad actual: tenemos muchas opciones, información y contactos digitales, pero perdemos los lazos humanos intensos y profundos, que están basados en la confianza y la experiencia compartida.

La hiperconexión tecnológica -prosigue Han– ha sustituido los vínculos reales y profundos por conexiones superficiales, inmediatas, mediáticas y fútiles; la abundancia de información ya no amplía el pensamiento, sino que lo paraliza; y el deseo humano ha sido reemplazado por los impulsos de consumo. El resultado es un vacío existencial, que nos ha sido legado por un liberalismo que nos prometía libertad, pero que ha acabado dándonos soledad e incomunicación. De ahí su sentencia final, lúcida e inquietante: “Algo no va bien en nuestra sociedad.”

Esta sentencia de cierre condensa su visión trágica y lúcida del presente. Comprendemos ahora mejor que, frente al optimismo tecnológico o al conformismo social, el filósofo -y por extensión la filosofía- ha de actuar como ese “tábano socrático” que despierte las conciencias dormidas. Byung-Chul Han nos ofrece su filosofía, que no contiene recetas, pero sí una invitación a la reflexión crítica y a la recuperación de lo humano: el respeto, la empatía, la medida y el silencio.


Recibir el premio no convierte a Han en un pensador complaciente; al contrario, refuerza su papel de provocador necesario. Su agradecimiento final es un acto respetuoso y educado, pero no suaviza ni esconde la crítica, sino que la humaniza: el filósofo reconoce que su tarea es irritar, pero no destruir; agitar, pero con esperanza.

En el tiempo presente, donde la verdad se diluye entre algoritmos y gritos, Byung-Chul Han reivindica la filosofía como forma de resistencia, como pensamiento crítico, que no se adormece ante la tecnología ni ante las apariencias. La filosofía, para él, es una vigilia, una forma de permanecer despierto en un mundo que invita a la distracción, la superficialidad y a disfrazar la verdad. En suma, la filosofía, como todo verdadero ejercicio del pensamiento, es resistir a la mentira y al control digital que, bajo la apariencia de libertad, nos somete y adormece la conciencia.

Deja un comentario