La duración real: el tiempo según Bergson


Henri Bergson (1859–1941) fue uno de esos pensadores que, más que teorizar sobre la vida, intentó que su pensamiento surgiera desde la propia vida. Su filosofía surge de una intuición poderosa: el tiempo no es una medida que podamos dividir en segundos o minutos, sino una experiencia interior que fluye sin cesar. Frente a la rigidez de la ciencia y la abstracción del pensamiento racional, Bergson propuso volver a la experiencia viva, al tiempo que realmente sentimos. A eso llamó la duración real (la durée réelle).


Desde la modernidad (1), la ciencia ha concebido el tiempo como una magnitud mensurable: una sucesión homogénea de instantes dispuestos como puntos en una línea continua. En la física de Newton y en la geometría de Descartes, el tiempo se entiende como una variable cuantitativa, susceptible de ser expresada mediante fórmulas matemáticas y sometida a las mismas leyes que rigen el espacio.

Sin embargo, para Bergson, ese tiempo «medible» no tiene nada que ver con la vida. Por eso, en su obra «Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia» (1889), afirma que: El tiempo de los relojes no es el tiempo de la conciencia”.


(1) En filosofía, la modernidad se entiende como el período que surge entre los siglos XVII y XVIII, caracterizado por la afirmación de la razón como fundamento del conocimiento y de la organización social. Se asocia con el nacimiento del sujeto autónomo, la confianza en el progreso científico, y la búsqueda de una verdad universal y racional, independiente de la tradición o la autoridad religiosa. Autores como Descartes, Kant y Hegel son centrales en esta etapa, donde la filosofía se orienta hacia la autonomía del pensamiento, la crítica y la construcción de un mundo regido por la racionalidad.


Por lo tanto, para nuestro filósofo, el tiempo que sentimos no puede dividirse en partes iguales. En efecto, un minuto de espera puede parecer eterno, mientras que una hora de alegría puede parecer un instante. Esa diferencia no depende del reloj, sino de la intensidad vivida. La conciencia no mide el tiempo: lo vive.

Pues bien, a esa vivencia interna, continua y cualitativa del tiempo, es a lo que Bergson llama «Duración real». No se trata de una serie de momentos yuxtapuestos, sino de un flujo continuo en el que el pasado permanece en el presente y se anticipa el futuro. La duración no es una suma de instantes, sino un movimiento indivisible.

Para explicar mejor esa idea, Bergson recurre a una bella metáfora musical: la conciencia es como una melodía; cada nota está unida a las anteriores y da sentido a las notas que vendrán; todas las notas, pasadas, presentes y futuras no pueden separarse sin que la melodía quede rota. Así es la duración: una continuidad viva, sin cortes ni repeticiones. En sus propias palabras: La duración pura es la forma que adopta la sucesión de nuestros estados de conciencia cuando el yo se abandona a sí mismo, cuando no separa su presente de su pasado” Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia«)

En ese «tiempo vivido» al que se refiere Bergson, cada instante contiene todo lo anterior: nuestro ser no se define como una cosa fija, sino como una corriente de experiencias que nunca se repiten. Es decir, nuestra identidad no es una estructura inmóvil, sino una historia en movimiento.

La filosofía occidental, en su opinión, ha intentado comprender el movimiento, no como una continuidad, sino deteniéndolo y desmenuzándolo para poder analizar cada una de sus partes. En efecto, el pensamiento racional analiza, separa, clasifica; pero al hacerlo, mata esa vida que pretende comprender. Frente a la inteligencia, que nos permite manipular la realidad, Bergson reivindica la intuición, que es esa forma que nos permite captar el flujo del devenir y comprenderlo desde su interior mismo.

Bergson explica que la intuición no es irracional, sino “una simpatía intelectual” por la vida. Es un conocimiento que no se obtiene mirando las cosas desde fuera, sino participando desde dentro en su movimiento. “La intuición consiste en colocarse dentro del objeto para coincidir con lo que tiene de único y de inexpresable” La evolución creadora”, 1907).

En definitiva, Bergson quiere decir que la intuición no es algo que se oponga a la razón, sino una forma diferente de conocer. No se trata de analizar desde fuera, como hace la Ciencia, sino de sentir desde dentro cómo vive o cómo se mueve algo.

Con la intuición, nos ponemos en el lugar del objeto y tratamos de comprender su esencia, aquello que no puede expresarse con fórmulas científicas. La intuición combina sentimiento y pensamiento y nos permite entender la vida participando en ella, no sólo estudiándola. Gracias a ella, podemos sentir la continuidad de nuestro ser y descubrir que la realidad no es una suma de cosas, sino un proceso en perpetuo cambio. Eso es la duración.


Si el tiempo vivido es un flujo continuo, ocurre lo mismo con la conciencia. Por eso, para Bergson, la libertad no consiste en elegir entre opciones preexistentes, como cuando elegimos entre las varias opciones de un menú, sino actuar de acuerdo con todo lo que somos: nuestra historia, nuestros sentimientos y nuestras experiencias. Ser libre, para Bergson significa, por tanto, que nuestras decisiones nacen de dentro, desde nuestra vida interior, o sea, desde eso que llama él la duración.

Una acción libre no es algo que interrumpa lo que somos, sino que es algo que brota de manera natural desde nuestra propia vida interior. Esto equivale a decir que la libertad nunca supone romper con uno mismo, sino realizarse plenamente en aquello que hacemos. Bergson escribe: “Somos libres cuando nuestros actos emanan de toda nuestra personalidad, cuando expresan lo que somos en nuestra duración” Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia«).

La libertad, entonces, no es algo milagroso, ni está fuera de las leyes del mundo. Ser libre consiste en una forma de crear: cada vez que tomamos decisiones, inventamos algo nuevo partiendo de nuestro pasado. Nuestras decisiones no rompen, por tanto, con lo que fuimos, sino que nos dan continuidad y nos transforman. Por eso, la libertad es la expresión más elevada de la vida creadora, porque demuestra que el Ser Humano no está totalmente determinado, sino que puede renovarse en cada acción, siempre que sea auténtica.


En su pensamiento posterior, Bergson amplía esta idea de la duración y la lleva más allá del sujeto humano, aplicándola a toda la vida del universo. En vez de ver la vida como algo fijo, la entiende como un impulso vital (élan vital). Una corriente de energía que empuja a los seres a crear, evolucionar y transformarse continuamente. La vida, no es algo terminado, sino una creación en movimiento, una especie de corriente que atraviesa toda la materia y que da origen a la diversidad del mundo. Él dice: “la vida es una invención continua, una creación incesante de formas cada vez más complejas”. En resumidas cuentas, para Bergson, la vida es creación continua, sin detenimiento.

La vida inventa y crea, constantemente, algo nuevo. Pero esa invención no se comprende con categorías fijas ni con leyes deterministas. El universo no se da de una vez por todas, sino que se hace a sí mismo. Es una duración que se va desplegando.

Es interesante cómo se diferencia la vida y la materia, en el pensamiento de Bergson. Vida y materia están en tensión constante: la materia tiende a permanecer estable, a quedarse quieta, a repetir lo mismo; la vida, en cambio, quiere moverse, transformarse y crear. Esa tensión es la que da sentido a la evolución: el impulso vital (élan vital) empuja a la vida en su avance, para que pueda superar los límites que la materia impone. Al hacerlo así, la vida gana libertad porque consigue liberarse poco a poco de la rigidez y estrechez material.

Por eso, para Bergson, la realidad más profunda no es estática ni mecánica, sino temporal y creadora: es el tiempo vivido, el cambio constante. Eso es la duración, el tiempo interior donde nada se repite, ni se vive, ni se siente, exactamente igual. Hasta el propio universo, Bergson lo entiende, no mediante leyes mecánicas, sino como proceso continuo que nunca se para.


El pensamiento de Bergson ha tenido notable influencia en buena parte de la filosofía del siglo XX.

Autores como Merleau-Ponty, Sartre, Heidegger o Deleuze retomaron, cada uno a su modo, la crítica que Bergson realiza al concepto mecánico del tiempo.

Merleau-Ponty, por ejemplo, destacó que Bergson es el primer filósofo que “devolvió la experiencia del tiempo a la vida del sujeto”, anticipando la fenomenología. Heidegger, en su obra capital, «Ser y tiempo», también buscó liberar al tiempo de los esquemas cronológicos tradicionales para pensar la existencia del ser humano como un ser-en-el-tiempo. Y Deleuze, pensó que el concepto de duración de Bergson, es el que mejor expresa la «ontología del devenir». Con ello quiere decir que el ser mismo es, sobre todo, proceso: todo existe sólo en tanto que cambia, se transforma y crea.

Incluso un filósofo inmerso en la tradición hermenéutica, como Paul Ricoeur, concibe el «yo» como una historia que se cuenta en el tiempo, siguiendo la influencia de las ideas de Bergson.


Hoy día, vivimos en un mundo donde el tiempo se ha convertido en un recurso económico y, precisamente por ello, la idea de Bergson recupera su fuerza subversiva. Estamos rodeados de relojes, cronómetros, calendarios y algoritmos que fragmentan y marcan nuestras experiencias. Todo se mide, se acelera, se planifica. Sin embargo, existe una vida interior, un tiempo vivido, que sigue su propio ritmo, mucho más cercano al fluir de la duración que al tic-tac del reloj.

Recordar a Bergson, hoy, significa que vivir no es medir el tiempo, sino habitarlo. Que cada experiencia tiene su densidad emocional. Que el pasado no muere del todo, sino que se transforma en presente. Que el futuro no llega como algo ajeno, sino que germina en nosotros.

Su filosofía nos invita a resistir la tentación de convertir nuestra vida en un conjunto de tareas o resultados. La duración es el tiempo del sentido, de la creación y de la memoria. Es el tiempo humano frente al tiempo técnico.

No veamos pues, la duración real de Bergson como un concepto teórico más: es un concepto existencial. Nos propone mirar la vida no como una sucesión de momentos que se escapan uno detrás de otro, sino como un tejido vivo donde todo se entrelaza. En la duración, el ser se vuelve proceso y devenir; la conciencia se descubre como creadora; y el tiempo deja de ser un enemigo para convertirse en la materia misma de la existencia.

Comprender la idea del tiempo que Bergson nos propone es comprendernos a nosotros mismos como «seres en movimiento«. No somos entidades fijas, sino procesos abiertos, flujos en un curso continuo. Quizá por eso su filosofía, más de un siglo después, sigue resonando porque nos devuelve a lo esencial: al tiempo que no se mide ni se cuenta, sino que se vive y se siente -la duración-.

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