ELECCIONES EN EXTREMADURA: el PP incendia el tablero, convirtiendo una mera sospecha en estrategia electoral.

Hay noticias que, simplemente, me dan mucho asco…

Las democracias no se destruyen solo mediante golpes de Estado, tanques en las calles o la suspensión formal de los derechos. A menudo mueren de un modo más discreto y eficaz: cuando los protagonistas principales del sistema deciden corromper deliberadamente el lenguaje democrático, sembrar la desconfianza y convertir la sospecha en el método de actuación política.

Tal es el caso del comportamiento del Partido Popular en Extremadura, con María Guardiola alentando la idea de un “pucherazo” electoral a partir de un robo puntual de votos por correo. No se trata de un error ni de una exageración retórica: es una estrategia consciente de erosión democrática.

Conviene empezar por los hechos, precisamente aquello que el discurso del PP pretende diluir y no analizar como realmente debe hacerse. Y los hechos son que se produce un robo de sobres con votos en una oficina de Correos. La Guardia Civil lo investiga y lo califica como «delincuencia común«, sin indicios de ningún tipo de manipulación organizada que tenga la pretensión de afectar o influir en el proceso electoral. De hecho, el sistema ya prevé los mecanismos para que los votantes afectados puedan volver a ejercer su derecho al voto. No hay, por tanto, ningún fraude estructural, ninguna alteración del escrutinio, ni hay quiebra del procedimiento. Hay un delito, grave pero acotado. Todo lo demás es una ficción, un relato.

Y, sin embargo, María Guardiola decide elevar este episodio a la categoría de «democracia secuestrada«, afirmando que “se ha hurtado el derecho a votar” y sugiriendo que “se está robando la democracia”. ¿Qué clase de idiotez es esta, señora Guardiola? ¿Acaso los extremeños ya no votarán, según se desprende de sus estúpidas manifestaciones? ¿Cómo es posible que usted pueda afirmar que un delito común que ha consistido en la sustracción de 14.000 euros y de 124 papeletas de voto por correo, en una oficina de correos de una pequeña localidad de 4.500 habitantes suponga un robo de la democracia en España?

Es evidente que la señora Guardiola no hace esas afirmaciones desde la prudencia institucional ni desde la responsabilidad política que se presupone en quien aspira a gobernar y que además es, según los sondeos, la máxima candidata a la obtener la victoria en las próximas elecciones, sino que las hace desde el dramatismo y la insinuación.

Tras 48 horas de silencio, que no parece ser un silencio reflexivo, sino calculado, irrumpe con un discurso diseñado para dejar una huella emocional, sin que le importe lo más mínimo de qué hechos se trata, ni de su esclarecimiento ante la opinión pública.

Aquí no estamos ante una denuncia, sino ante una acusación sin pruebas. Y esto, en democracia, no es una anécdota: es una línea roja. La filósofa Hannah Arendt ya nos advirtió en su obra titulada «Verdad y política» que la mentira política moderna no se limita a ocultar hechos, sino que busca algo más devastador: destruir la idea misma de una realidad compartida.

Cuando un partido tan importante como el PP sugiere fraude sin ningún tipo de evidencia evidencias, no pretende demostrar nada; lo que pretende, justamente, es que ya no importe ni interese demostrarlo. Dicho en otras palabras, cuando un partido con peso institucional y capacidad de gobernar e influir en millones de personas en nuestro país, insinúa un fraude sin aportar pruebas -algo que el PP ya ha hecho en más de una ocasión- no comete un simple error de argumentación, ni una exageración retórica o mediática. Lleva a cabo algo mucho más grave: se aleja del debate sobre los hechos, para situarse en el terreno de la sospecha permanente.

Al final de cada episodio aislado en el que el PP ha acusado de fraude electoral, siempre hay un patrón recurrente: insinuación grave; ausencia de pruebas concluyentes; amplificación mediática; retirada táctica porque la acusación no se sostiene, aunque tampoco se rectifica con claridad. Es decir, nunca se llega hasta el final, porque no hay base para hacerlo, pero tampoco se asume la responsabilidad política de haber acusado sin pruebas o sembrar dudas sin fundamento. Y esto es especialmente grave porque el Partido Popular no es un actor marginal, sino un partido de gobierno con gran poder territorial cuya forma de hacer política debería de estar completamente alejada de este tipo de insinuaciones.

Este comportamiento encaja de manera inquietante en lo que algunos pensadores -como Steven Levitsky y Daniel Ziblatt– han descrito como uno de los síntomas más claros del deterioro democrático: «la deslegitimación preventiva o reactiva del proceso electoral». Es decir, no se trata de probar que las elecciones son falsas, sino de instalar un clima de sospecha permanente. De esa forma, «si ganamos, es porque el sistema funciona; si perdemos, es porque alguien nos ha robado«. Estamos ante el manual del perdedor irresponsable, aplicado con una frialdad estratégica.

Lo más obsceno de esta operación es su hipocresía estructural. El PP invoca la democracia mientras mina su credibilidad; reclama respeto institucional mientras erosiona la confianza institucional; habla del “derecho a votar” mientras trivializa su significado, reduciéndolo a arma electoral.

Tenemos que insistir en que “la legitimidad democrática radica en que la esfera de lo público esté orientada o encaminada hacia un entendimiento racional y discursivo” –Jürgen Habermas-, pero lo que lo que aquí se promueve es exactamente lo contrario: ruido mediático, acusación sin fundamento, confrontación, recurso a las emociones y a las sospechas, intoxicación de la ciudadanía, etc.

Este discurso no es solo falso; es pedagógicamente destructivo. ¿Por qué? Porque inocula en la sociedad civil la idea de que perder elecciones equivale a ser engañado, que el adversario no es legítimo y que las reglas solo valen cuando garantizan la victoria propia.

En este caso, lo que practica la derecha es toda una pedagogía del resentimiento que, además, configura el terreno o hábitat perfecto para el desarrollo del autoritarismo. Arendt lo expresó con crudeza: «el terreno ideal de los regímenes autoritarios no es la convicción fanática, sino el cinismo, la sensación de que nada es verdad y de que todo es manipulación».

La derecha española parece haber aprendido pocoo, tal vez, ha aprendido “demasiado bien”— de los incendios democráticos que ya han arrasado otros países. Jugar a insinuar fraudes es jugar con fuego. Pero, no todos los incendios son inmediatos; algunos se propagan lentamente, hasta que el daño es irreversible. Las cenizas más peligrosas no son las de los escándalos mediáticos -esas son fugaces-, sino las que se depositan en la conciencia de los ciudadanos y ahí permanecen. En este contexto, lo más peligroso es, por tanto, que pueda instalarse el convencimiento de que la idea de votar quizá no sirva, de que el sistema está amañado, de que todo es sospechoso.

Además, este tipo de discursos cumple una función clara: evitar la autocrítica. Cuando faltan votos, se busca un culpable externo. Cuando fallan las propuestas, se inventa un enemigo invisible. Es la lógica del populismo defensivo: si no ganamos, no es porque hayamos fallado, sino porque nos han robado. Esa lógica no sirve para fortalecer la democracia; al contrario, se convierte en un parásito que vive y abusa de la propia democrática, debilitándola desde dentro.

No hay nada más miserable políticamente que gritar fraudes sin pruebas, ni nada más irresponsable que utilizar la democracia como coartada para sabotearla. Eso no es llevar a cabo una oposición legítima; es sabotaje simbólico. No es una defensa del derecho al voto; es su propia degradación. No es una estupidez inocente; es un cinismo político activo, ejercido por la señora Guardiola, con plena conciencia de sus efectos.

La democracia no se rompe de golpe. Se rompe cuando quienes tienen que sostenerla deciden usarla como un arma arrojadiza. En Extremadura, el Partido Popular está demostrando que está dispuesto a hacerlo. Y eso, más allá de cualquier resultado electoral, es una derrota política y moral de primer orden.

Por eso, este tipo de noticias, como las de la corrupción o las de los abusos sexuales, procedan de donde procedan, me dan tanto asco…

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