Ética y moral

Ética” y “moral” son términos que se usan con mucha frecuencia en el lenguaje corriente como si fueran sinónimos pero, cuando se aplica un mínimo de precisión, se descubre que se refieren a dos niveles diferentes de actuación en nuestra vida.

La moral suele designar el conjunto de reglas, valores y costumbres que rigen en una comunidad: se transmiten, se aprenden y que, en gran medida, los miembros de dicha comunidad interiorizan. La ética, en cambio, es el esfuerzo reflexivo por comprender, justificar, criticar y ordenar ese conjunto. Dicho de otro modo: la moral es una “guía de conducta” para una determinada sociedad, mientras que la ética es la reflexión crítica sobre esa guía.

Tal vez un ejemplo ayude a entender mejor la diferencia. La moral afirma: “no mentir”; la ética, en cambio, sin negar la importancia de esa regla general, la cuestiona críticamente y pregunta ¿Por qué es necesario no mentir? ¿Y si una mentira evita un perjuicio grave?…

La moral suele funcionar como un conjunto de normas, hábitos y valores, que recibimos y que nos proporcionan una orientación rápida: esto no se hace, esto está bien, esto está mal, etc. Lo que ocurre es que la moral tiende a ser cerrada, es decir, se apoya en lo que ya está establecido. Por tanto, la moral nace de la vida común. No aparece como una teoría, sino como una práctica que está fundamentada en normas familiares, cánones sociales, mandatos religiosos, costumbres, códigos de honor, rituales y reglas acerca de lo que se considera decente o indecente.

Ahora bien, la moral también cumple una función social decisiva: hace posible la confianza y la cooperación entre los miembros de la comunidad. Si no existe un mínimo de normas morales compartidasno robarás, no humillarás, cumplirás la palabra y tantas otras– la vida social sería inviable. En realidad, ningún ser humano está fuera de toda moral; lo que sí existe, más bien, es el conflicto entre diversas moralidades. La cuestión, por tanto, no versa sobre «moral o ausencia de moral», sino el «conflicto entre moral A y moral B», porque cada moral trae sus propios «mandamientos» y su propia idea de lo que se considera una persona decente, y se da entonces una colisión de valores.

El problema aparece cuando caemos en una trampa frecuente: considerar o creer que mi moral es «la moral«. Es decir, confundir nuestro propio código moral como si fuera una ley universal evidente la moral en sí-, ignorando que es tan solo una perspectiva más, entre otras. De ahí nace el «moralismo», que consiste en contemplar a otra persona, no como quien dispone de otro código moral y que discrepa, sino como alguien malo, indigno o degenerado.

En la práctica, la trampa del «moralismo» implica varias cosas que deben señalarse. En primer lugar, se naturaliza nuestra moral: «esto es lo normal», «siempre ha sido así de toda la vida de Dios», etc., como si lo que aprendemos no fuera algo histórico, discutible y revisable. En segundo lugar, porque dota a nuestra moral de una autoridad que es automática: «no hay nada que debatir porque es de sentido común» y, de esta forma, toda argumentación queda suspendida porque se da por probado aquello que, precisamente, habría que justificar. En tercer lugar, el «moralismo» incurre en la descalificación del otro: el que dispone de «otra moralidad«, diferente de la que profesamos, no es considerado como una persona que discrepa, sino como corrupta, ignorante, degenerada o mala. Por último, desarrolla una ceguera respecto de nuestro propio punto de vista: dejamos de verlo como lo que es -un punto de vista entre otros posibles-.

Pensemos, por ejemplo, en afirmaciones del tipo «la familia debe ser así y todo aquél que no lo comparte es un ser inmoral». Lo que en realidad se hace ahí es actuar como si mi modelo cultural de familia fuera el modelo universal y absoluto que ha de aplicarse a toda persona, época, lugar o cultura.

El poder social de la moral es grande. ¿Por qué? Porque no sólo sirve para orientar las conductas individuales, sino que actúa como un principio que ordena el mundo: decide qué se ve, de qué se habla, de qué se calla, quién manda, etc. Pensemos, por ejemplo, en expresiones como «es lo normal«. Con ella, nuestro bagaje moral otorga carta de naturaleza a aquello que, en realidad, es histórico y contingente. Una jerarquía de clase, de género, de raza, de estatus -o cualquier forma de orden social- pasan entonces de ser acuerdos humanos, discutibles y revisables, a mostrarse como el orden natural, sencillo e incuestionable de las cosas. Algo parecido ocurre con el argumento de «siempre fue así». La moral lo utiliza para convertir lo que es una simple costumbre en algo legítimo, sin ofrecer más razones que la antigüedad y la persistencia en el tiempo. Pero conviene no perder de vista ni olvidar que muchas desigualdades han sido «siempre así«…

La fuerza de la moral se hace especialmente intensa cuando se confunde con una verdad absoluta. En ese momento, deja de ser un marco válido para orientar nuestra conducta y se transforma en una maquinaria de exclusión. ¿Qué significa esto? Que toda moral marca límites, sí, pero cuando consideramos nuestra moral como una moral absoluta, entonces esos límites ya no son revisables y se convierten en una especie de «frontera sagrada«: dentro de ella están los buenos; fuera, los malos. El que no comparte nuestros valores morales ya no es alguien que tiene otra visión u otra experiencia, sino un «indigno moral«, «peligroso» y «objeto de repulsión».


Es en este punto donde entra la ética.

La ética aparece cuando la moral deja de ser transparente, es decir, cuando actuamos según normas morales, costumbres y juicios, sin cuestionarnos de dónde vienen ni si podrían ser de otra manera. La ética surge entonces como un ejercicio de reflexión: ¿qué significa “bueno”?, ¿por qué esto está bien?, ¿qué consecuencias tiene?, ¿a quién protege?, ¿a quién daña?, ¿qué pasa si dos deberes chocan?, ¿puedo exigir a otros lo que me exijo a mí?, ¿sería justo si yo estuviera en la posición contraria?, etc. En definitiva, la moral es un conjunto de normas y valores que solemos dar por hechos; la ética es el momento reflexivo y crítico en el que esos valores ya no nos parecen tan obvios y exigimos razones y fundamentos.

La ética, por tanto, es una forma de adultez moral. No niega la necesidad de las reglas morales, pero se niega a considerar que estas sean absolutas e inamovibles. Y sobre todo, la ética pone por delante la responsabilidad frente a la mera obediencia a las normas morales. ¿Por qué? Porque la obediencia solo necesita de una autoridad; pero la responsabilidad necesita de juicio y argumento. En una sociedad compleja como la nuestra, los dilemas no se resuelven mediante consignas, y por ello, la ética, se convierte en una exigencia y supone un esfuerzo para afrontar la complejidad sin caer en el dogmatismo. La ética no elimina los conflictos, pero nos obliga a escuchar las objeciones, a revisar los límites y someter a examen criterios que son aceptados por la simple fuerza de la costumbre, la tradición o la autoridad. La ética nos proporciona lucidez. Y esa lucidez puede ser dolorosa porque nos obliga a admitir que, en ocasiones, actuamos sin la garantía de estar plenamente en lo correcto.


Hay algo que muestra de manera muy clara la diferencia entre la moral y la ética: es la mentira. En este punto, la moral cotidiana suele ser taxativa: “no mentir”. Y, desde luego, se trata de una buena regla general porque sin cierta veracidad básica, la palabra pierde valor, las promesas se vuelven humo y la confianza se destruye. Pero la ética interviene en los casos límite. Imaginemos que una persona inocente huye de una persecución injusta y se refugia en tu casa. Alguien toca a la puerta y pregunta si está ahí. Si dices la verdad, colaboras con la injusticia; si mientes, proteges una vida. ¿Qué exige aquí lo correcto?. La moral, entendida como código rígido puede insistir en la norma: “no mentir” incluso a costa del daño que pueda infligirse. La ética, en cambio, obliga a ponderar: ¿qué tiene más peso en esta situación concreta: la veracidad o la protección del inocente? El dilema muestra que la moral sin reflexión puede volverse inhumana, y que la ética no relativiza todo, sino que busca el criterio más razonable en una situación trágica. Lo decisivo es comprender que la ética convierte la norma en un instrumento al servicio de la humanidad, y no al revés.

Ya hemos señalado en párrafos anteriores en qué momento surge el moralismo. La realidad es que el moralismo es una degradación de la moral porque no consiste en amor al bien, sino en amor a la superioridad. El moralismo no persigue comprender ni mejorar; busca señalar, condenar, dividir el mundo entre los puros -los que comparte mi moral- y los impuros -que disponen de una moral diferente a la nuestra-.

En la política contemporánea, el fenómeno del moralismo está muy extendido. El moralismo, en ese ámbito, no significa «tener valores«, sino convertir el desacuerdo político en un «veredicto moral» sobre otra persona, dando por supuesto que nuestra moralidad es superior. El papel de las redes sociales es determinante porque alimentan y amplifican los juicios inmediatos; se recortan las frases, se sacan de su contexto… Todo vale para marcar «identidades morales» y señalar quién está del lado bueno y quién queda del lado malo. Lo que más y mejor circula no es la verdad -que importa poco- sino lo que provoca adhesión inmediata o un profundo rechazo visceral.

Las consecuencias políticas de este moralismo viral son muy conocidas: se utilizan consignas en lugar de argumentos; identidades morales en lugar de propuestas razonadas; se establece una frontera moral en vez de diálogo y deliberación.

¿Puede sobrevivir la ética en este esquema emocional? Rotundamente no. La ética exige de prudencia, proporción, razonamiento y coherencia. No se interesa por el castigo del otro, sino por las consecuencias de ese castigo, por la posibilidad de reparar el daño que produce toda humillación pública. La ética no justifica lo injustificable, pero trata de impedir que la justicia se convierta en crueldad.


Hay otra confusión que suele ser habitual: identificar moral y ley

La ley es un sistema de normas que tienen una sanción externa; la moral, en cambio, funciona con sanciones internas y sociales. Pero, lo importante es que la ética evalúa críticamente a ambas. Que algo sea legal no significa que sea justo. Y que algo sea “moralmente correcto” para un grupo no significa que deba imponerse jurídicamente a todos.

La mejor prueba de esto que señalamos en el párrafo anterior, está en la propia Historia, que proporciona ejemplos suficientes de leyes que fueron legalmente impecables y moralmente repugnantes, o de costumbres socialmente aceptadas y éticamente indefendibles.

La ética sirve para mantener abierta una pregunta crucial: ¿qué deberes deben estar garantizados por ley para proteger a la dignidad humana, y qué deberes pertenecen a la libertad de conciencia? Si todo se convierte en ley, caemos en el autoritarismo; si nada se convierte en ley, caemos en la impunidad. La ética navega en esa frontera.


La reflexión ética puede agruparse, a lo largo de la historia de la filosofía, y simplificando bastante, en tres grandes tradiciones: a) la ética del deber -típica de Kant– según la cual una acción correcta no lo es porque nos convenga o nos proporcione un buen resultado, sino porque cumple con un deber que está fundamentado en principios que cualquier podría aceptar -es decir, en principios universalizables; b) la ética de las consecuencias, que sostiene que lo correcto o incorrecto de una acción depende, sobre todo, de sus efectos o consecuencias. Una acción es mejor éticamente si produce mejores resultados que otras. Esta propuesta ética ha sido defendida, en general, por autores como Jeremy Bentham o John Stuart Mill; c) ética de la virtud -especialmente en Aristóteles– cuya idea central es que no importa sólo qué hago sino en qué tipo de persona me convierto. Aquí importa el carácter, la prudencia, la templanza, la justicia, etc. El objetivo es alcanzar una vida plena, lograda, que merezca ser vivida y que no dependa tan sólo del placer inmediato. Por eso, Aristóteles consideraba que la virtud consiste en una disposición a actuar bien de manera estable; en un «modo de ser» que se consolida con la práctica: no nacemos virtuosos, sino que nos hacemos virtuosos.

Como vemos, estas tres miradas muestra que la ética no impone ningún tipo de moral cerrada, sino que mantiene siempre una discusión abierta y racional. El objetivo es ofrecer herramientas para tomar las mejores decisiones cuando la vida se vuelve complicada.

En conclusión, no podemos negar que la moral es indispensable. Sin ella, la convivencia se resiente y se deshace. Pero por sí sola, la moral, puede convertirse en una costumbre ciega, en un prejuicio o en un moralismo que agrede a los demás. Es por ello que la ética también es indispensable, para evitar que las normas morales se vuelvan absolutas. La moral señala un camino hecho de hábitos, tradiciones, normas, etc. Pero la ética es la brújula que nos saca del atolladero cuando el camino se enreda, cuando la costumbre no es válida o no coincide con lo que es justo.

Hoy, habitamos un mundo en el que la indignación tiene un precio barato y la superioridad moral se exhibe con facilidad. Tal vez, la tarea más urgente sea menos indignación, menos superioridad y más ética. Menos sentencias mediáticas en las redes sociales y más responsabilidad y reflexión. Menos sectarismo de creer que «yo pertenezco a los buenos» y más reflexión acerca de qué es lo justo y por qué.

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