LA PAIDEIA GRIEGA: como ideal de formación humana

Cuando los griegos hablaban de paideia (παιδεία) no pensaban, principalmente, en un sistema de educación escolar tal y como lo entendemos hoy, sino en un «ideal de formación«. Es decir, en un proceso mediante el cual una comunidad -polis- «modela un tipo humano» y lo reconoce como valioso. Ese modelado no sólo incluye saberes, sino también hábitos, sensibilidad estética, disciplina corporal, capacidad de palabra, normas de convivencia y un horizonte de virtud. Por eso Werner Jaeger, en su gran obra clásica «Paideia«, define el término como «configuración del carácter griego mediante la unidad de civilización, tradición, literatura y filosofía».

Dicho de forma más sencilla, no se trata solo de ir a la escuela, ni de aprender contenidos, sino de una cuestión mucho más profunda. La paideia busca responder a la pregunta ¿qué es un ser humano digno de ser educado? y, al mismo tiempo, proporciona la respuesta que los griegos dieron a esa pregunta: es un ser humano que es educado para vivir en la polis, con equilibrio entre cuerpo, palabra, carácter y sentido comunitario.

Es una respuesta que, como vemos, tiene un enorme sentido, pero también incluye exclusiones. ¿Por qué? Porque se excluye a las mujeres, esclavos, metecos -extranjeros- y, además, funciona como si fuera una especie de “frontera cultural” al diferenciar con claridad el que “es griego y pertenece a una cierta forma de vida«, de los que no son griegos. Es decir, a los que eran denominados bárbaros. Recordemos que el bárbaro era, ante todo, el que no hablaba griego y que, por eso, quedaba fuera de la polis y de la forma de vida que predominaba en ella. Esto tenía varias consecuencias: el bárbaro no dominaba la palabra, que era esencial para deliberar y convivir; tampoco compartía las normas, los valores y las virtudes que, precisamente, era formadas mediante la paideia; por último, el bárbaro vivía fuera del orden político y cultural que los griegos consideraban como propiamente humano.


Podemos apreciar la dimensión de la paideia a través de cuatro aspectos importantes:

I. En primer lugar, la paideia supone una educación para alcanzar la excelencia o virtud. Es decir, lo que los griegos denominaban areté. Para alcanzar esa excelencia, en la educación –paideia– griega no importaba solo enseñar a hacer las cosas, sino también formar el carácter. No basta con saber hablar, gobernar o luchar: importaba cómo se habla, se gobierna o se lucha. La areté, por tanto, perseguía una calidad en el ser humano y no sólo el buen desempeño al hacer las cosas.

Por otra parte, la areté no era privada ni subjetiva. Consistía en una «excelencia» que era reconocida socialmente: un hombre excelente lo era porque los demás ciudadanos de la polis lo reconocían como tal. Este reconocimiento social hacía que aquello que se consideraba excelente pudiera cambiar según las épocas. En el mundo de Homero, por ejemplo, la excelencia -areté- estaba vinculada al honor, a la gloria o a los valores guerreros de los héroes homéricos -Aquiles, Héctor, etc.-. Más adelante, en la época clásica, la excelencia se amplía hacia virtudes de carácter cívico, como la justicia, la prudencia o el dominio de la palabra. En Aristóteles, más específicamente, la excelencia está vinculada a virtudes éticas e intelectuales que se adquieren mediante el hábito y que están orientadas hacia el justo término medio.

En síntesis, la paideia estaba orientada a la areté, a la formación de personas consideradas excelentes, capaces de actuar bien y de vivir bien con los demás ciudadanos, según los criterios de excelencia que eran considerados dignos por la comunidad.

II. En segundo lugar, la paideia se basa en la idea de que la persona se hace mediante hábitos: el carácter se forma mediante repetición, disciplina, costumbre, ejemplos, etc.

La clave está en comprender que la paideia consistía en «incorporar» al sujeto formas de hablar, de comportarse, de mirar el mundo, o de respetar las reglas, que conformaran en dicho sujeto un modo estable de estar en el mundo. Ese «modo estable de permanecer en el mundo» constituía para los griegos el «ethos«. El «ethos«, por tanto, más que un discurso moral, es tu carácter; la forma relativamente estable en la que el sujeto tiende a actuar, a sentir o a juzgar. Esto se adquiere por haberse practicado con repetición y disciplina, de tal manera que se «incorpora» de manera natural y espontánea al individuo como si fuera una «segunda naturaleza«.

La paideia, como vemos, se configura como un sistema de modelos: el niño, y también el adulto, aprende sobre todo por «mimesis». Es decir, copiando aquello que ve que es admirado y recompensado. Los griegos concebían diversos tipos de modelos: los héroes, los maestros, los padres, los ciudadanos ejemplares, etc. Pero también los relatos y poemas en los que se muestra aquello qué es admirable y qué es vergonzoso; o también los rituales y prácticas que se realizaban en la polis.

En definitiva, se trataba de «incorporar» al individuo no sólo enseñanzas concretas, sino toda una atmósfera moral: el ethos se pone de manifiesto en el lenguajeen el tono, la medida, el respeto, la claridad, la deliberación sin caer en el insulto o la agresión-; en el propio cuerpoen la postura, la mirada, el autocontrol, la coordinación-; o en la propia reacción del sujetoante lo que considera importante, indigno, admirable o vergonzoso-.

La paideia, al incluir el «ethos» busca producir un tipo humano que sea adecuado para la vida en común. Esto es muy importante, porque incorpora una dimensión pública al buscar alguien que sepa convivir, medir, respetar, controlar los impulsos o asumir responsabilidades. Un ejercicio de reflexión muy interesante -pero que sólo dejamos apuntado- es comparar la «padeia» y el «ethos» griego con los hábitos que hoy día estamos incorporando -por medio de la escuela, la familia, las redes, el trabajo o el consumo-, y qué tipo de personas estamos produciendo…

III. La paideia también incluye el Logos (palabra, razón, deliberación). ¿Por qué? Porque la polis exige palabra pública: argumentar, persuadir, deliberar, defenderse en tribunales, participar en asambleas. En ese sentido, la paideia es también formación del hablar bien y del pensar con otros.

En una polis, ser ciudadano no es sólo tener un modo estable de comportamiento (ethos), sino saber estar en lo público. Y lo público, en Grecia, se rige a través del logos, de la palabra, del razonamiento: leyes, asambleas, debates, juicios, pactos, etc. Sin el logos no hay vida pública; sólo hay fuerza, obediencia o caos. La valentía o la disciplina son importantes, pero para la vida pública, lo decisivo es la capacidad de ofrecer razones, justificar la decisión, debatir y convencer. La polis es un espacio que se sostiene mediante acuerdos que han sido previamente discutidos racionalmente.

En este sentido, la paideia es también «formación del hablar y del pensar en común«. La palabra pública, como expresión del Logos, se convierte de esa manera en el corazón de la ciudad: donde se decide qué es justo, qué es conveniente, qué es permitido y qué es castigado. La palabra pública exige deliberación. Pero la deliberación no es una simple suma de opiniones, sino aprender a ponerse en el lugar del otro, distinguir lo esencial de lo accesorio, aceptar las objeciones y corregirse uno mismo. En la Asamblea, no mandaba el que gritaba más fuerte sino el que logra articular una propuesta y la convierte en aceptable para los demás.

La vinculación entre ethos (carácter) y logos (palabra, especialmente pública), es evidente: si tu carácter es vanidoso o irascible, tu palabra se volverá un arma contra los demás. Entonces, la discusión ya no es un camino para llegar a la verdad, sino un combate por ganar prestigio. La vanidad necesita de victorias que sean visibles o palpables para los demás y, por eso, cuando el carácter -ethos- es vanidoso o irascible, hace que la palabra sea afilada y recurra a la ironía, a la ridiculización, a las frases diseñadas para «quedar por encima». Cuando esto ocurre, la posibilidad misma de deliberar, queda rota. La ira convierte al otro en enemigo: todo se interpreta como una provocación que merece una respuesta; todo es interpretado como un ataque. En ese contexto, la vida en común no se ordena, sino que se incendia; el lenguaje se llena de acusaciones, etiquetas, exageraciones, falsedades, etc. No se argumenta: simplemente, se ataca.

IV. Por último, la paideia incorpora también la noción de Scholḗ. De ahí viene «escuela», pero en griego significa primero «tiempo liberado». ¿Qué quiere decir esto? Que no se trata de tiempo «vacío», sino el tiempo en el que uno puede dedicarse a todo aquello que no está bajo el dictado de la necesidad. Es el tiempo propio del que dispone un ciudadano libre para cultivar la poesía, la música, la filosofía, la conversación, etc. Para Aristóteles, esto es algo esencial: educar -paideia- es también enseñar a utilizar bien el ocio (que no debe ser confundido con el descanso que todo ser humano, en tanto que animal, necesita).

Educar es también enseñar a habitar ese tiempo liberado. Si no se lleva a cabo esa enseñanza, el tiempo liberado se convierte en pasatiempo banal o en consumo. La paideia pretende justo lo contrario: enseñar para que el sujeto sea capaz de usar el tiempo libre para perfeccionarse.


A modo de conclusión, la paideia es el proyecto griego de hacer humano al ser humano: no solo enseñarle, sino formarlo por dentro. Apunta a la areté, en tanto que esta es un ideal de excelencia que es reconocible en la polis; que no se reduce a “funcionar bien” sino a ser mejor y a convivir mejor. Se construye mediante el ethos: los hábitos adquiridos por disciplina, repetición y fijándose en los modelos; hábitos que se incorporan al individuo hasta constituir su “segunda naturaleza”. Se sostiene en el logos: aprender a hablar y pensar en común, porque sin palabra pública no hay ciudadanía, solo fuerza o ruido. Todo culmina en la scholḗ: el tiempo liberado donde se pone a prueba la libertad, no como un ocio vacío, sino como el cultivo de lo noble (música, conversación, filosofía). En suma: paideia es excelencia + carácter + palabra + ocio bien vivido; la fábrica de una libertad que no es capricho, sino forma de vida compartida.

Hoy también tenemos paideia, aunque no la llamemos así: cada sociedad educa para un tipo de vida. La diferencia es que nuestra “areté” suele medirse en rendimiento, visibilidad y éxito, más que en excelencia moral y cívica. El ethos se fabrica a gran velocidad, mediado por los hábitos de las pantallas digitales y por la realidad mediática que imponen la inmediatez, la dispersión y la reacción antes que la reflexión. El logos público se degrada a medida que la palabra se vuelve espectáculo: no se busca la verdad ni el acuerdo, sino la victoria en el relato, incluso a costa de bulos y falsedades, la adhesión de seguidores irreflexivos y la humillación del adversario. Y la scholḗ se convierte en consumo: en un ocio que está bombardeado de estímulos, pero pobre en tiempo interior y en conversación verdadera.

Por eso la lección de los griegos es incómoda y, a la vez, urgente: una democracia no se sostiene solo con leyes, sino con personas formadas.
Recuperar la paideia -en el sentido griego- sería hoy día educar para formar criterio, para tener autocontrol, para fomentar el diálogo y para un ocio que no sea una anestesia consumista, sino el cultivo de la reflexión, de la lectura o de la conversación… Las preguntas griegas siguen vivas: ¿formamos para la virtud o para la eficacia? ¿para la verdad o para el éxito? ¿para vivir bien en común o para competir?. Y quizá por eso, la paideia, sigue siendo un concepto -y una necesidad- tan actual: porque nos obliga a mirar la educación como «política de lo humano«.

En otras palabras: o reeducamos el carácter y la palabra, o la vida común se nos llena de ruido… y el ruido acabará mandando en nuestras vidas.

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