Introducción a la metafísica de Kant

La metafísica de Kant se inicia a partir de una inquietud que es propiamente humana: la búsqueda de certezas últimas.

El ser humano no se conforma con describir los fenómenos, ni con responder solamente a la pregunta “¿qué es lo pasa o qué es lo que ocurre?”, sino que aspira a comprender porqué pasa y, en un nivel más profundo, cuál es el significado último de todo eso que ocurre.

De esa tendencia, tan propia de la razón humana, surgen las grandes cuestiones metafísicas. Por ejemplo, las relativas a Dios, el alma, el mundo entendido como totalidad, o el destino humano. Kant analiza este impulso que la razón tiene por alcanzar las certezas finales y, desde luego, lo considera legítimo. Sin embargo, sostiene que, antes de afirmar algo acerca de tales realidades (Dios, el alma, el mundo o el destino), es necesario plantearse una pregunta previa y fundamental: ¿qué es lo que, de verdad, la razón humana puede conocer? Esa pregunta constituye el núcleo del proyecto crítico de Kant (1), cuya finalidad no es otra que es someter a examen las pretensiones que tiene la razón humana por tratar de llegar al conocimiento de la verdad última.

(1) Hay que señalar, muy brevemente, que el núcleo del proyecto crítico de Kant consiste en examinar la propia razón con el objetivo de determinar qué es lo que se puede conocer, con qué limites, y qué pretensiones de la razón son meras ilusiones. En definitiva, la Crítica de Kant -en especial la “Crítica de la Razón Pura”- consiste en analizar la propia razón para distinguir el conocimiento que es válido del que es ilegítimo o ilusorio.


La razón no se conforma con lo inmediato. ¿Por qué? Porque allí donde encuentra un hecho, un efecto, una explicación parcial, etc., no puede evitar preguntarse: ¿Por qué ocurre esto y no otra cosa? ¿De qué depende que ocurra? ¿Qué lo hace posible?

Que la razón se plantee estas cuestiones no obedece, según Kant, a un impulso caprichoso, sino a su propia dinámica interna: su vocación consiste en unificar, en ordenar todo aquello que está disperso y en buscar el fundamento definitivo de cualquier serie de causas o de explicaciones encadenadas. De alguna manera, la razón se comporta como ese niño que insiste en preguntar ¿por qué? y, ante cada respuesta que recibe, vuelve a preguntar ¿y por qué?, hasta que la cadena de preguntas y respuestas amenaza con prolongarse indefinidamente.

Pues bien, el objetivo de la razón no es otro que buscar el último término de esa cadena. Algo que sea absolutamente incondicionado y que cierre de manera definitiva la sucesión de todo aquello que está condicionado.

Es importante comprender cómo entiende Kant los conceptos de condicionado e incondicionado: Algo es condicionado cuando depende de otra cosa para ser lo que es, o para que suceda. Por ejemplo, llover es un hecho condicionado porque depende de «condiciones» tales como la humedad, la temperatura, la presión atmosférica, la gravedad, etc. Romper un vaso de cristal es otro hecho condicionado puesto que depende de una causa previa, como puede ser un golpe, la fragilidad del material, una caída, etc. En suma, lo condicionado es aquello que remite a una condición previa -una causa, una razón, un fundamento, un contexto-, que lo hace posible. Pero, por otra parte, Kant señala que lo incondicionado es aquello que no depende de nada anterior o externo. Es decir, que para ser u ocurrir no necesita de otra causa, ni requiere de otra explicación.

Como vemos, la razón evita entender el mundo como una sucesión de cosas o fenómenos sueltos, y pretende hallar una explicación que cierre el asunto de manera definitiva. Es ahí donde aparecen ideas como «Dios, Alma, Mundo, o Libertad», porque esas ideas son, por así decirlo, las respuestas finales a las preguntas más grandes. A la razón no le basta con tener una cadena infinita de causas sucesivas, sino que pretende llegar a la causa «última«, la cual no depende ya de ninguna otra anterior. Ese último fundamento es a lo que Kant llama «lo incondicionado» (es decir, algo que no está condicionado por algo anterior y que, por tanto, adquiere la condición de causa última).


En la metafísica tradicional estamos acostumbrados a ver cómo un filósofo puede construir argumentos lógicos para defender una determinada tesis, pero también cómo otro filósofo, con el mismo rigor lógico, es capaz de elaborar otros argumentos que defienden la tesis contraria. Esto ocurre porque la metafísica hace referencia a cosas que no pueden ser comprobadas en la experiencia, y ello se debe, precisamente, a esa tendencia de la razón humana por ir más allá de lo que ella misma puede conocer.

Por tanto, la conclusión de Kant es que, antes de seguir enzarzados en disputas «metafísicas», es necesario determinar qué es lo que de verdad nuestra razón puede conocer.


Aquí viene su golpe maestro, el famoso “giro copernicano”. Veamos qué significa, con sencillez:

Nicolás Copérnico (1473-1543), cerca de trescientos años antes de Kant, explicó los cielos cambiando el punto de vista: en lugar de suponer que todo gira alrededor de nosotros, propuso que somos nosotros quienes nos movemos.

Kant hace algo parecido con la teoría del conocimiento: quizá no es la mente la que se adapta pasivamente a las cosas, como si fuera un espejo que las copia, sino que las cosas, en tanto que pueden ser conocidas por nosotros, se nos aparecen ya configuradas según las formas y las reglas de que dispone nuestra mente para recibirlas y ordenarlas. Dicho de otra forma, según Kant no podemos conocer las cosas «en sí« -puesto que quedan al margen de toda experiencia sensible-, sino que sólo podemos conocerlas como fenómenos. Es decir, tal y como se nos muestran de acuerdo con las estructuras que están previamente presentes en nuestra sensibilidad y en nuestro entendimiento. Para entender todo esto algo mejor, imaginemos la mente como una especie de montador cinematográfico al que le llega un material muy disperso -fotogramas, sonidos, colores- y se encarga de ordenar todo ese material para convertirlo en algo inteligible -es decir, en una película que tenga sentido-.

1) Para Kant, las primeras grandes herramientas de ese montaje son el espacio y el tiempo. Él las define como las «formas a priori de nuestra sensibilidad«. ¿Qué significa esto? Que nuestra sensibilidad es la facultad encargada de recibir todo aquello que proporcionan nuestros órganos sensoriales (ver, oír, sentir…) y, todo lo percibido, nos es posible ordenarlo gracias a esas formas de la sensibilidad que son el espacio y el tiempo. De esa manera, se consigue que el torrente de percepciones no sea un mero caos de sensaciones y se convierta en algo inteligible o comprensible para nosotros. El concepto de «a priori» significa que tiempo y espacio ya están en nosotros de manera previa a toda experiencia. En otras palabras, espacio y tiempo no son conceptos que aprendemos en nuestra experiencia con el mundo, sino que ya están previamente en nosotros -por eso son “a priori “- y hacen posible que cualquier experiencia sensible, de manera intuitiva e inmediata, podamos situarla espacial y temporalmente.

Por tanto, para Inmanuel Kant, el espacio y el tiempo no son otras dos cosas más que están ahí entre las muchas que existen fuera de nosotros; ni tampoco son un «escenario independiente» donde se sitúan, espacial y temporalmente, los acontecimientos. Son, más bien, las formas esenciales de nuestra sensibilidad.

En definitiva, para Kant, el espacio y el tiempo constituyen el marco inevitable a través del cual el ser humano ordena todo lo que recibe procedente de su experiencia sensible. Por eso, todo lo que percibimos se nos da siempre en un aquí (espacio) y en un ahora (tiempo), no porque el mundo venga determinado así, sino porque nuestra manera de percibir funciona necesariamente bajo esas coordenadas. Por ejemplo, cuando nuestros sentidos (sensibilidad) nos muestran que en la mesa hay una taza, de manera intuitiva y automática, somos capaces de situarla en el espacio: adelante, atrás, cerca o lejos, a la izquierda o a la derecha, cerca o lejos, arriba o abajo… Con el tiempo ocurre algo parecido. Por ejemplo, si escuchamos una melodía, necesitamos ordenar las diversas notas según una secuencia temporalun antes y un después– para que sea reconocible. Sin esa secuencia temporal sólo tendríamos sonidos sueltos que serían irreconocibles como tal melodía.

Es importante abrir aquí un punto de distinción entre el significado de espacio y tiempo en Kant y el significado de espacio y tiempo en la física moderna. Hay que insistir que Kant se mueve en la consideración filosófica de que el espacio y el tiempo son formas «a priori» de nuestra sensibilidad, las cuales hacen posible que nuestra experiencia tenga sentido, porque sin el dónde y sin el cuándo, no hay objeto, ni suceso, ni medida, ni ciencia empírica.

En cambio, para la física moderna, el espacio y el tiempo eran considerados con Newton como entidades absolutas y, a partir de Einstein, pasan a ser relativas al estado del movimiento y a conformar una única dimensión -el espacio-tiempo- que puede curvarse por efecto de la gravedad.

Como vemos, se trata de dos consideraciones muy diferenciadas. Kant habla del marco sin el cual no se da en nosotros ninguna experiencia posible, mientras que la física moderna se refiere a modelos físicos y a cómo dichos modelos pueden medirse.

2) Las segundas herramientas son las reglas mentales básicas con las que pensamos: causalidad, sustancia, unidad, cantidad, etc., a las que Kant llama categorías.

Las categorías no se aprenden mirando el mundo; más bien, gracias a ellas el mundo se vuelve inteligible. Por ejemplo, si vemos que una bola (A) golpea a otra (B) y que esta segunda se mueve, no solo estamos registrando dos escenas sucesivas, sino que de manera automática aplicamos la categoría de causalidad y, gracias a ella, podemos comprender que el choque de la bola A «es la causa» del movimiento de la bola B. En este ejemplo, la «categoría de causalidad» es, por tanto, una regla mental que aplicamos de manera intuitiva a esa sucesión de fenómenos y nos permiten comprender dicha sucesión. Otro ejemplo de cómo intervienen las categorías para hacer inteligible nuestra percepción sensible del mundo: cuando en una estantería podemos ver diversos libros colocados, inmediatamente percibimos que no se trata de uno sólo, sino que son muchos. En este caso, entra en juego la «categoría de cantidad», que nos permite distinguir de manera automática la unidad, la pluralidad, la totalidad, etc. Otra categoría imprescindible es la de «sustancia«. Gracias a ella, podemos tener la experiencia de un objeto y comprenderlo como algo que permanece a pesar de que sus propiedades cambien con el tiempo. Por ejemplo, si pintamos una mesa, esta puede ser marrón, luego blanca, después verde… pero «la categoría sustancia» nos permite reconocer que, en esencia, se trata de la misma mesa aunque haya adquirido diferentes propiedades -en este caso, diferente color-.

De manera similar a cuando hemos hablado del espacio y del tiempo como formas «a priori» de nuestra sensibilidad, las categorías también están «a priori» en nuestro entendimiento. Es decir, son categorías que poseemos y ya están operando antes de cualquier experiencia sensible y concreta. Es decir, las categorías que nos permiten hacer inteligibles las experiencias que percibimos, no se obtienen de mirar el mundo ni de observar las cosas, sino que son reglas que el entendimiento ya aporta previamente, para que sea inteligible nuestra experiencia con los objetos. Gracias a las categorías, la experiencia no permanece en una mera sucesión de impresiones, sino que se articula como una experiencia de objetos y de acontecimientos.


Hasta aquí, con las formas «a priori» de la sensibilidad –espacio y tiempo– y con las categorías del entendimiento, alguien puede pensar que Kant dice que es la mente la que lo hace todo. Sin embargo, Kant introduce una diferencia decisiva y sutil: una cosa es lo que existe y otra lo que podemos conocer. Según Kant, lo único que podemos conocer es aquello que permiten nuestras condiciones de conocimiento a las que nos estamos refiriendo. A eso, Kant lo llama «el fenómeno«, que no es otra cosa que la realidad tal y como se nos muestra o como se nos aparece, cuando pasa a través de nuestros propios filtros (espacio, tiempo y categorías) que son inevitables porque, como hemos visto, constituyen el entramado a través del cual podemos conocer.

Más allá del fenómeno -que sí es cognoscible-, se encuentra la cosa en sí, a la cual no tenemos acceso, porque nuestra intuición no dispone de herramientas para conocerla.

En suma, Kant no niega que la cosa en sí -a la que denomina noúmeno– pueda existir. Pero a esa cosa en sí no tenemos acceso. Nuestro conocimiento se limita solamente a los objetos en tanto que estos se nos presentan como un fenómeno, bajo el filtro espacial y temporal que está presente, «a priori«, en nosotros y, a continuación, dicho fenómeno se nos vuelve inteligible cuando aplicamos las diversas categorías presentes, también «a priori«, en nuestro entendimiento -causalidad, sustancia, temporalidad, etc.-.

Aquí es donde Kant establece una frontera decisiva: la “cosa en sí” no es un objeto que podamos describir; simplemente es una forma de decir que nuestro conocimiento tiene límites. Sin duda, podemos decir y creer que hay una realidad en sí, pero Kant señala que no podemos conocerla, porque para conocer algo hace falta que ese algo esté dentro del campo de nuestra experiencia posible, y esa experiencia siempre está filtrada por el espacio, el tiempo y las categorías. En otras palabras, nuestras herramientas de conocimiento son las formas a priori de la sensibilidad -espacio y tiempo- y las categorías del entendimiento y esto sólo funciona dentro de la experiencia. Pero la cosa en sí, queda fuera de estas condiciones de conocimiento y por eso, según Kant, no tenemos acceso a ella.


Si, como dice Kant, sólo podemos conocer los fenómenos (lo que aparece bajo espacio/tiempo y categorías), ¿dónde quedan entonces las grandes cuestiones metafísicas? ¿acaso pierden importancia?

En realidad, no. Siguen importando, pero ya no pueden ser tratadas como si fueran objetos que pudiéramos conocer y demostrar su existencia. Sobre las grandes cuestiones de la metafísica clásica -Dios Alma, Mundo-, Kant afirma que la razón se ocupa de ellas de manera inevitable por esa tendencia suya en llegar a lo que es definitivo e incondicionado. El gran problema que surge aquí es cuando la razón trata esas ideas como si fueran objetos que se pueden demostrar científicamente. Para Kant, esas ideas no pueden ser demostradas, sencillamente, porque están más allá de toda nuestra experiencia posible. Ojo, que eso no significa que no existan, sino que no puedo tener un conocimiento teórico sobre ellas, como sí, en cambio, se puede tener acerca de cualquiera de las experiencias que son posibles para nosotros.

Y entonces surgen las famosas antinomias de la razón (2): discusiones en las que la razón puede probar dos cosas contrarias con argumentos igual de convincentes. Por ejemplo: “el mundo tuvo un comienzo” / “el mundo no tuvo comienzo”, o «Dios existe» / «Dios no existe». Para Kant, las antinomias son la consecuencia de que estamos aplicando herramientas que están hechas para la experiencia a algo que está fuera de dicha experiencia.

(2) Las antinomias de la razón son, para Kant, contradicciones inevitables en las que cae la razón cuando intenta conocer teóricamente la totalidad. Pero esa totalidad nunca se presenta completa en nuestra experiencia. Sólo vemos determinadas partes, sucesos, tramos… de ahí que cuando la razón pretende convertir el todo absoluto en un objeto de conocimiento científico, se generan conflictos y contradicciones irresolubles. Por ejemplo, si pensamos en un ser absolutamente necesario -Dios-, Kant admite que puede pensarse como idea límite, pero no puede conocerse ni demostrarse científicamente


En ese punto, podemos preguntarnos que, si la razón no puede abordar las grandes cuestiones metafísicas, porque están fuera del campo de nuestra experiencia posible, ¿qué ocurre entonces con la propia metafísica? Incluso algunos pueden llegar a pensar que Kant la ha destruido…

En realidad, Kant no destruye la metafísica, sino que la analiza para descubrir que la metafísica clásica llevaba siglos con la pretensión de demostrar que era el saber más elevado, realizando afirmaciones soberanas acerca de qué es el alma, o relativas a la existencia de Dios o del mundo entendido como la totalidad. Pero, en el fondo, Kant formula una pregunta que lo modifica todo: ¿con qué derecho la metafísica habla de todo eso, como si fuera un conocimiento verdadero?

Kant se enfrenta a lo que él llama la metafísica dogmática, que no es sino el resultado de que la razón salta por encima de la experiencia y se permite el lujo de hacer afirmaciones sobre lo absoluto, con la misma seguridad con la que se afirma algo acerca de un objeto concreto. Y es entonces cuando Inmanuel Kant da el golpe definitivo: si la razón va más allá del campo de la experiencia posible -cuando quiere conocer a Dios, al Alma o al Mundo como una totalidad acabada- lo que obtiene no es ciencia, sino unos espejismos con apariencia de racionalidad.

Por ello, para Kant, la metafísica no desaparece sino que cambia. Se vuelve crítica y deja de preguntar por lo absoluto, para centrarse en lo que legítimamente es posible conocer y bajo qué condiciones. En eso consiste su famosa «metafísica trascendental«, en una investigación de cómo se constituye para nosotros un mundo con sentido, y no en disputas interminables sobre cosas que no son demostrables.

Además, Kant posibilita un desplazamiento de la metafísica hacia lo práctico. ¿Por qué? Porque ideas como Dios, la inmortalidad del Alma o la Libertad, no son conocimientos demostrables, pero sí pueden funcionar como horizontes de sentido moral. ¿Qué significa esto? Que esas ideas no son objetos presentes en nuestra experiencia, pero eso no quiere decir que sean fantasías inútiles. Simplemente, tienen otra función: sirven para postular un horizonte moral; o sea, no pueden ser defendidas como se defiende un teorema, pero sí pueden ser pensadas y necesarias para que nuestra vida moral tenga coherencia.

En definitiva, Kant nos enseña a distinguir entre lo que podemos conocer con rigor y lo que sólo podemos pensar, esperar o necesitar para orientar nuestra vida práctica.

En nuestra época, saturada de opiniones absolutas -tanto en la política, en la religión o en el terreno ideológico- la lección de Kant sigue muy vigente. Reconocer los límites de nuestro saber no constituye ninguna debilidad. Las más de las veces es el primer gesto o señal de honestidad intelectual.

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