Manifiesto para un tiempo de división.
Hay épocas que no se reconocen a sí mismas. Es decir, las sociedades, en ocasiones, no entienden bien lo que les está sucediendo. Se puede creer que vivimos en progreso cuando, en realidad, se está en decadencia; se puede pensar que vivimos en libertad, pero normalizamos nuevas formas de dominio; sentimos que somos racionales y modernos pero seguimos movidos por miedos y prejuicios.
En definitiva, una época no se reconoce cuando no tiene conciencia crítica de sí misma. Y aquí surge lo interesante: la filosofía nace, precisamente, cuando una época intenta pensarse a sí misma.
En nuestra época se habla sin cesar, pero rara vez se escucha. Se produce información en cantidades desmesuradas, pero parecemos haber olvidado la diferencia entre saber y comprender. Nos hemos acostumbrado a la inmediatez, a la reacción automática, a las consignas rápidas. Y, sin embargo, bajo ese ruido continuo, se percibe una inquietud más profunda: algo en nuestra forma de habitar el mundo se ha debilitado.
A esa experiencia la llamo aquí «desencanto«.
No es tan solo una postura ideológica, ni tampoco una nostalgia por tiempos supuestamente mejores. El desencanto es la conciencia de una pérdida: la pérdida de un mundo compartido desde el cual discutir sin destruirnos. Durante décadas creímos que la racionalidad democrática, el progreso técnico y la expansión de la información nos garantizaría una sociedad más lúcida y más justa. Hoy sabemos que no es tan sencillo; que hay cosas que no se han cumplido…
¿Por qué? Porque la técnica no nos ha hecho necesariamente más sabios; el exceso de información tampoco nos ha hecho más críticos; ni la libertad de expresión ha generado mejores conversaciones.
Vivimos en un momento en el que la verdad parece haberse vuelto frágil. No porque haya desaparecido, sino porque su estatuto se ha erosionado. Lo que antes se discutía en el terreno de los argumentos, ahora se combate en el terreno de las identidades y de las lealtades: si no estás conmigo, no eres adversario sino enemigo; lo que antes era discrepancia, ahora es descalificación; el lenguaje, en demasiadas ocasiones, ha dejado de ser un puente para convertirse en un arma.
Pero el problema no es solo político ni mediático. Es más hondo. Tiene que ver con nuestra relación con la realidad misma.
Toda experiencia humana está mediada por una forma de comprender: No comprendemos el mundo en estado puro; lo interpretamos. Esto no significa que la realidad nos la inventemos, sino que nosotros la entendemos de cierto modo. Por eso hay interpretaciones más fieles, más justas o más verdaderas que otras. Entre lo real y lo que interpretamos, siempre hay un marco de sentido. ¿Por qué? Porque no llegamos al mundo neutros. Llegamos con un lenguaje, con unas expectativas, con una educación, con unos miedos o prejuicios, con unos deseos, etcétera, y todo eso condiciona la forma en que el mundo aparece ante nosotros y la interpretación que hacemos de él. La filosofía moderna ya nos advirtió de esto con claridad, no sólo Kant, que insistió en que no conocemos las cosas en sí mismas (noúmeno), sino que conocemos el fenómeno, es decir, la cosa tal y como aparece para nosotros, siempre bajo el marco de las formas puras de la sensibilidad y de las categorías del entendimiento. También la hermenéutica (Gadamer, por ejemplo) insiste en que siempre interpretamos desde un «horizonte de comprensión«: es decir, nunca partimos de cero. Siempre entendemos el mundo desde un trasfondo previo que opera dentro de nosotros antes de analizar nada. ¿Cuál es nuestro «horizonte de comprensión»? Es el conjunto de «supuestos, hábitos, experiencias, prejuicios, valores, expectativas«, etcétera, que hacen que llevemos a cabo nuestra comprensión del mundo de una determinada manera.
Pues bien, esta afirmación que, como decimos, la filosofía moderna ya nos anticipó, nos obliga a una responsabilidad mayor: si nuestra mirada es la que configura en parte el mundo que se nos aparece, entonces debemos examinar la forma desde la cual miramos. ¿Qué significa esto? Pensemos, por ejemplo, en dos personas que están ante lo mismo y, sin embargo, ven dos cosas diferentes. No se trata de que una de ellas esté mintiendo. En absoluto. Ni tampoco que la realidad sea caprichosa. Se trata de que cada una de ellas examina la realidad según su propio horizonte de comprensión, según lo hemos definido en el párrafo anterior. De ahí es de donde surge una responsabilidad que se acrecienta: el problema no es sólo tener información sobre el mundo, sino cultivar una mirada que sea justa. Esa es nuestra mayor responsabilidad. Para ello, debemos comenzar por hacer crítica de nuestro propio horizonte de comprensión. Ese ejercicio crítico constituye ya de por sí una higiene intelectual y moral, porque si no revisamos ni sometemos a crítica nuestro punto de vista, lo más probable es que acabemos por confundir nuestros marcos de referencia con la realidad misma. En la hermenéutica, esto es algo esencial. Por ello, Gadamer hablaba de «fusión de horizontes«. Esto significa que nuestro horizonte de comprensión debe de entrar en diálogo con otros marcos de comprensión diferentes para constituir, entre ambos, un horizonte nuevo y más amplio. En definitiva, comprender es permitir que el otro pueda cuestionarnos y, al mismo tiempo, cuestionarlo nosotros a él, de manera que nuestras categorías y las del otro pueden cambiar un poco y aparezca un sentido que antes no se veía. Comprender es definitivamente adoptar una actitud de apertura que nos permita aceptar, sin actitud de violencia, que podemos tener razón… o no.
Quizá el desencanto surge cuando descubrimos que nuestras formas de comprensión ya no sostienen adecuadamente un mundo compartido. Que los relatos que organizaban nuestra convivencia se han fragmentado. Que la experiencia común se ha sustituido por burbujas cerradas de percepción. Todo esto supone la desaparición de un horizonte común y que cada grupo se fabrique el suyo propio: sus fuentes, su lenguaje, sus enemigos, sus héroes, sus valores.
En este sentido, el desencanto, tal y como lo tratamos en este artículo, es la pérdida de ese mundo común. El progreso, por ejemplo, nos había prometido que el mañana sería mejor que el hoy; pero cuando la precariedad se vuelve crónica, la política es mero espectáculo y el paisaje acaba dominado por la corrupción y la mentira, entonces aparece un cansancio moral al que llamamos «desencanto»: nos prometieron un mundo común en el cual poder dialogar, discutir, mejorar, pero nos han entregado otro, fragmentado, en el que cada facción identitaria construye su propio mundo, blindado y desconectado. Si vivimos en mundos fragmentados e inconexos ¿quién dice la verdad? ¿quién miente? ¿quién manipula?…
Las redes sociales son actores principales en todo este proceso de fragmentación. ¿Por qué? Porque no nos presentan una plaza común -como lo fue el ágora griega: aquél espacio de palabra y de discusión pública-, sino que nos ofrecen una sucesión de «pantallas privadas» a través de las cuales cada usuario recibe un mundo a su medida. El «feed» -es decir, la «corriente principal de contenidos«- decide qué es lo que aparece, qué es lo que se oculta, qué es lo que se repite… El algoritmo diseña una percepción a modo de bucle de manera que aquello que confirmo con una mayor atención se me ofrece más y lo que desestimo, prácticamente desaparece. En la práctica, el feed decide aquello que entra en nuestro campo de atención y aquello que queda fuera.
Crónicas del desencanto nace como un gesto humilde de resistencia frente a esta deriva fragmentaria. La ambición perseguida es sobria: recuperar la lentitud del pensamiento; detenerse; analizar; introducir los matices en un paraje dominado por los extremos. El desencanto puede suponer una forma honesta de recomenzar porque reconocer la fragilidad del mundo compartido marca el inicio del esfuerzo por reconstruirlo.
El objetivo de esta pequeña serie de artículos es pensar nuestra época desde varias dimensiones: la crisis del diálogo democrático; la degradación del lenguaje público; la relación entre ´técnica y verdad; la fragilidad del proyecto europeo; la banalización del poder y la mentira, etcétera.
No se trata de proponer consensos artificiales ni de eliminar el conflicto. El conflicto es inherente a la política y a la pluralidad humana. Se trata de preservar el espacio en el que el conflicto pueda desarrollarse sin que se convierta en destrucción mutua.
Escribir, en este contexto, es un acto de cuidado: cuidado del lenguaje, cuidado de la precisión, cuidado del matiz. Frente a la lógica del impacto inmediato, hay que apostar por la elaboración: frente a la simplificación, asumir la complejidad.
No se escribirá contra personas concretas. Escribiremos contra la superficialidad, contra el empobrecimiento del pensamiento, contra la reducción del adversario a caricatura. Escribimos a favor de algo más frágil pero más necesario: la posibilidad de seguir pensando juntos.
Si los artículos venideros de estas crónicas del desencanto logran al menos cesar por un instante la velocidad y el ruido, si consiguen abrir un espacio de reflexión, donde antes solo había impulso e inmediatez, entonces habrán cumplido su función de ayudar a construir una conciencia más adulta.
Y quizá, en tiempos de fragmentación, la tarea más política de todas sea esta: volver de nuevo a aprender que, antes de juzgar, hay que comprender.
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