Hoy, solemos vivir en “modo automático”, lo cual es más fácil de lo que parece: basta con seguir el guion de “la gente”. No hace falta ninguna conspiración, ni un gran drama: solo hace falta inercia. Nos levantamos, cumplimos, respondemos mensajes, hacemos lo que “toca”, consumimos lo que “se consume” o discutimos sobre lo que “se discute”. Y, sin darnos cuenta, nuestra vida empieza a parecerse a una sucesión de tareas que nos acontecen u ocurren, más que a las decisiones que nosotros mismos sostenemos.
Heidegger reflexiona profundamente acerca de esa forma de vida que está «marcada por la inercia« y que la convierte en una vida que no termina de ser propiamente nuestra. El filósofo, en su obra «Ser y Tiempo» (1927), llama a esa forma de existencia «das Man«: el Uno. Esa es la manera que tiene Heidegger de nombrar al sujeto impersonal que manda en la vida cotidiana. Pero, ¿quién es el Uno? Precisamente, nadie en particular. Es un modo de existir en el que nadie decide de verdad, porque lo realmente decide es el «se»: se hace, se piensa, se dice, se compra, etcétera.
Seguir la regla del «se» nos proporciona alivio. En efecto, no hay que justificarse, sino que es suficiente con hacer aquello que «se» hace. Pero, al mismo tiempo, el «se» nos desposee porque nuestra vida se vuelve como la de otro cualquiera, intercambiable, sin sello específico. Das Man – el Uno– funciona como una especie de termómetro social: lo correcto es aquello que encaja; lo incorrecto, en cambio, es lo extraño, lo que incomoda. Es aquí donde aparece la inautenticidad, que consiste en un modo de vivir que está disuelto en lo impersonal, sin apropiación plena de nuestras posibilidades.
En ese contexto se habla con frases hechas, se elige con preferencias prefabricadas, se opina con opiniones prestadas. Se vive a golpe de “lo normal”: lo normal es esto, lo normal es aquello, lo normal es no complicarse, lo normal es aguantar, lo normal es distraerse… No hay ninguna otra persona concreta que mande sobre ti: lo que manda es el clima social que nos envuelve.
Heidegger se rebela contra todo esto porque nos enseña que la existencia no se decide en las grandes decisiones, sino en el modo en que habitamos cada día.
Con frecuencia creemos que la vida se juega en las decisiones grandes, en los hitos importantes, pero para Heidegger eso es una ilusión porque sabe que lo decisivo, casi nunca, es espectacular. La existencia juega en el terreno de lo cotidiano: en el tono con el que conversamos; en la forma en que concedemos nuestro tiempo libre; en el modo en que escuchamos; en el modo en que afirmamos verdades pequeñas pero limpias, etcétera.
En suma, nuestra vida no queda definida sólo por los hitos principales, sino por el «estilo existencial» con el que afrontamos el día a día. Es a eso a lo que nos referimos cuando hablamos de «habitar lo cotidiano«.
Todo esto es a lo que me refiero cuando hablaba, al principio, del «modo automático del existir«. Se trata de un modo en el que nos sentimos cómodos, seguros, integrados y que nos evita conflictos. Pero, como muchas otras cosas, tiene su precio: se va perdiendo la autoría de tu vida. En vez de cuestionarse ¿qué es lo que quiero de verdad?, nos basta con seguir lo que toca: trabajar, cumplir, opinar lo justo, consumir lo normal… No es una vida que exija demasiado y por eso resulta cómoda. En esa vida en «modo automático«, es como si los días pasaran a modo de páginas que ya están impresas, aunque no las hayamos escrito nosotros. Esta es la tragedia silenciosa: la vida empieza a no ser tuya.
Incluso, hasta nuestra angustia se vuelve estándar: «es lo que hay», «¿qué podemos hacer?», «ya pasará», «todos estamos igual»… son frases ciertamente realistas, incluso sensatas, pero que funcionan como si fueran una anestesia: si todos estamos igual, entonces nadie tiene que decir nada, y así podemos seguir funcionando, cómodos e integrados. Pero en Heidegger, la angustia (Angst) no es el simple miedo a algo, sino que es ese «temblor radical» que se abre con la pregunta ¿qué estoy haciendo con mi vida?, ¿qué sentido tiene esto?, ¿quién soy yo aquí?. La angustia, para Heidegger, es una grieta que se abre en el modo automático y que permite que pueda aparecer lo que realmente es decisivo: que esta vida es finita, que no se repite y que nadie puede vivirla por ti.
Y entonces, para terminar con este «modo automático de existir», aparece la muerte. No como un susto, sino como un hecho radical: la muerte es posibilidad más auténticamente propia; algo que nadie puede hacer por ti. Ante ella, de nada vale el «se» dice, «se» hace, «se» piensa… ¿Por qué? Porque la gente no muere por ti: mueres tú y esa experiencia no puede ser vivida como la cualquier otro.
Heidegger no entiende la muerte, ante todo, como un evento médico o biológico (aunque lo sea). La entiende como una posibilidad existencial: la posibilidad que cierra todas las demás (1). El filósofo entiende que «mi vida está atravesada por un límite» y que, precisamente por ello, es mía. Cuando se asume ese límite, entonces dejamos de vivir «por inercia» y comenzamos a vivir sin escondernos en lo impersonal.
(1) En Heidegger, decir que la muerte es el “cierre de todas las posibilidades” no significa solo que se terminan las opciones, sino algo más radical: la muerte es la posibilidad (la última) que anula o cierra toda posibilidad futura. Mientras vivimos, nuestra existencia es posibilidad, es un «poder ser»: siempre estamos abiertos a posibilidades (cambiar, elegir, corregir, terminar, dejar, amar, odiar…). Pero la muerte es el punto en que esa apertura de posibilidades se cierra definitivamente: ya no hay “todavía”, ya no hay “luego”. Y, si la muerte cierra todas las posibilidades, se abre la pregunta decisiva: ¿cuáles son las que merecen ser vividas antes del cierre?
Cuando incorporamos a nuestra existencia esa posibilidad límite -que es el hecho de que moriremos-, entonces hay muchas cosas pierden jerarquía: las opiniones ajenas, las apariencias, el postureo, algunas ambiciones, etcétera.
Tras ello, la muerte abre la posibilidad de llevar a cabo una existencia más propia, más lúcida y menos prestada. La muerte rompe el hechizo de una vida cómoda y regalada y nos devuelve una pregunta radical: ¿qué vas a hacer con esta vida, sabiendo que es única y que tiene un final?
Nadie puede morir por ti; es insustituible: no hay relevo posible; es cierta, porque sucederá, e indeterminada, porque no sabemos cuándo; es insuperable, porque es un obstáculo que no podemos saltar; es un límite. Pero tiene un efecto inmediato: nos devuelve a nosotros mismos, a nuestra singularidad. Este es el punto decisivo, porque la muerte introduce una verdad que no es intercambiable: «yo soy este y mi vida no puede ser sustituida por ninguna otra».
En Heidegger, la finitud -la muerte, entendida como límite- es iluminadora del presente. ¿Por qué? Porque nos interroga acerca de la lucidez con que lo vivimos: ¿esta vida que estoy viviendo es verdaderamente mía? Esto no significa, ni mucho menos, una pretensión de vivir aislado o despreciar la vida social. Significa no dejar que lo «impersonal» decida por nosotros, al menos, en aquello que es esencial en nuestra vida. En definitiva, Heidegger propone incorporar la finitud en nuestro presente, como una especie de «anticipación» que nos permita suprimir la tiranía que las cosas ejercen sobre nosotros. Cuando incorporamos a nuestro presente la idea de que el tiempo es limitado, entonces nace lo auténtico: las decisiones que son propiamente nuestras y que no están fundamentadas en el aplauso o en el reconocimiento social.
El «modo automático de existencia» hace que nuestra vida esté administrada por el «se» –se dice, se hace, se comenta, se piensa, se actúa, se consume…-, pero anticipar la idea de la muerte en nuestro presente rompe radicalmente con esa tiranía de «vidas administradas» y abre la posibilidad de una vivir una «vida asumida«, que no es necesariamente más cómoda pero sí más auténtica.
Por todo esto, la pregunta de Heidegger, al final, no es “¿qué sentido tiene la muerte?”, sino “¿qué sentido tiene tu vida si no la vives como tuya?”.
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