La historia de la humanidad es la historia de las migraciones: identidad, poder y memoria

Me ha parecido necesario ocupar un espacio de reflexión en este blog con algunas de las ideas que Sergio del Molino expone en un interesante artículo publicado en el mes de febrero de 2026 en la revista Ethic, con el título «La Historia de la Humanidad es la Historia de las migraciones«

El citado artículo parte de una afirmación que, aunque pueda parecer evidente desde el punto de vista de la antropología y de la historia, hoy resulta profundamente incómoda dado el clima político contemporáneo: «la humanidad no es sedentaria por naturaleza, sino migrante». No hay civilización, lengua ni cultura que no haya nacido del desplazamiento. Sin embargo, gran parte de los discursos actuales sobre identidad y pertenencia se construyen como si las sociedades fueran cuerpos cerrados, estables y homogéneos.

La tesis del artículo no es meramente histórica; es profundamente política. ¿Por qué? Porque recordar que somos fruto de migraciones implica cuestionar la legitimidad de ciertos relatos excluyentes que hoy presentan al extranjero como una amenaza o una anomalía.


Uno de los ejes centrales del texto es la «crítica al mito de la identidad pura». Según ese mito existe un “nosotros” que es originario, coherente y no está contaminado, es decir, que tiene una esencia pura que debe ser preservada frente a influencias externas. Sin embargo, desde el punto de vista histórico, esa pretendida pureza es una ficción.

España, por ejemplo, no puede pensarse sin Roma, sin Al-Ándalus, sin América, sin la diáspora judía, sin los movimientos internos del campo a la ciudad en el siglo XX, etcétera.

Europa misma es un mosaico de invasiones, migraciones, mestizajes y sincretismos religiosos y culturales. Incluso aquello que solemos considerar como lo más “propio” —la lengua, la gastronomía, los símbolos— es resultado de múltiples capas de influencias superpuestas.

La identidad, por tanto, no es esencia, sino proceso. Es decir no es una sustancia fija, sino el resultado de una sedimentación histórica. Desde un punto de vista filosófico, podríamos decir que la identidad nacional no es algo que surge como «esencia», sino que es fruto del “devenir”. En esta idea fundamental, subyace un diálogo implícito con toda una tradición filosófica que va de Heráclito y alcanza al propio Nietzsche: lo real es flujo, no permanencia. Para Heráclito, recordemos, «lo real es cambio«; incluso, aquello que parece más estable no es más que un equilibrio momentáneo dentro de un flujo continuo; y, en cuanto a Nietzsche, es un filósofo que ejerce una crítica radical acerca de la metafísica del yo como sustancia. Para él, el yo es una composición de fuerzas, impulsos, interpretaciones; algo que cambia, que lucha y que se reordena.


El texto también sugiere algo crucial: las migraciones casi nunca son solo un “movimiento cultural”, una historia de costumbres que viajan y se mezclan. Si se mira con un poco más de calma, se descubre que las migraciones están afectadas y condicionadas por la economía y por los mecanismos del poder: no se migra únicamente hacia lugares, se migra hacia los trabajos, hacia los salarios, hacia los permisos, hacia las fronteras que filtran.

Seguir una ruta migratoria es, en cierto sentido, seguir la ruta del dinero: ¿dónde hace falta mano de obra barata?, ¿qué sectores viven de la precariedad?, ¿qué empresas se benefician de la subcontratación?, ¿qué Estados administran la movilidad como si fuera una llave que se abre o se cierra?.

Y en ese tablero tan complejo es donde aparecen las jerarquías: no todos los que cruzan el mundo reciben el mismo nombre —son “expatriados” para unos, o “migrantes” para otros—, ni tampoco son recibidos en sus lugares de destino con los mismos derechos. La cultura, claro que importa; pero a menudo, no es más que la capa visible de una estructura mucho más dura: la vida del migrante se mueve empujada por la huida de la guerra, la miseria, la enfermedad, la búsqueda de trabajo, la vivienda, los papeles y el miedo.

En definitiva, no se trata de suprimir en el fenómeno de la migración el componente cultural. Pero debajo lo cultural subyace tanto una infraestructura material que tiene que ver con el mundo de la economía, de la supervivencia y de los recursos– y una infraestructura políticaque está en relación con la arquitectura del poder-.

Los movimientos migratorios han sido impulsados por las guerras, el comercio, la colonización, la industrialización, la explotación de recursos, etcétera. Los imperios expandieron sus fronteras mediante el traslado, forzado o incentivado, de las poblaciones. La modernidad industrial, sin ir más lejos, generó enormes desplazamientos internos. Y hoy día, la globalización actual continúa esa lógica: se consiente y estimula que los capitales circulen libremente, mientras que la personas no tanto.

Esta dimensión económica desactiva la idea «romántica» de que las naciones son «comunidades naturales«. Esa es una idea muy potente desde el punto de vista emocional, que proyecta la imagen de la nación como una comunidad de lengua, sangre, destino común, costumbres… pero cuando se introduce la dimensión económica, o los intereses de poder, la nación aparece como una entidad que se acerca más a una comunidad que no es tan natural, sino construida, mantenida y sostenida por instituciones, fronteras, Estado…

En realidad, muchas fronteras responden a intereses económicos y estratégicos. No se trata solamente de una verdadera línea cultural fundamentada en la lengua, la tradición o la identidad. La frontera es, sobre todo, un instrumento de gestión. ¿Qué significa esto? Que por medio de la frontera se decide qué personas entran, quienes no y bajo qué condiciones; la frontera establece también un territorio en el que se impone un determinado control político y económico -normas de trabajo, impuestos…-, de ahí que las fronteras se flexibilizan o se endurecen según convenga a la economía o a la estrategia geopolítica del momento.


En la actualidad, a nadie se le oculta que la migración genera amplios rechazos y esconde ciertos miedos. Con frecuencia, la expresión de esos miedos alude a cuestiones emocionales, como «mantener la identidad nacional», «preservar nuestras costumbres y formas de vida», y argumentos semejantes. Pero, debajo de estas argumentaciones, lo que hay son temores mucho más materiales. Por ejemplo, se teme a una redistribución de recursos -vivienda, sanidad o educación se repartan y se pierda calidad o toquemos a menos-; miedo a la pérdida de empleo o al empeoramiento de condiciones laborales en algunos sectores muy precarios; miedo a perder los privilegios -estatus, posición social, el sentimiento de pertenencia, los derechos preferentes-, etcétera.

En suma, la idea de fondo es que el rechazo al migrante no se puede explicar solamente desde la cultura, sino también desde la inseguridad que se está extendiendo en el mundo actual. Cuando la gente siente que el suelo tiembla bajos su pies -la vivienda, el trabajo, el futuro…- siempre se busca un culpable que sea visible y vulnerable. El migrante se convierte, con mucha facilidad, en ese blanco.

Sin embargo, a pesar del rechazo y de los miedos ante la migración, vivimos en una época de máxima movilidad: mercancías, capitales, información y cultura atraviesan el planeta en segundos. Sin embargo, las personas encuentran cada vez más obstáculos. La paradoja es evidente: somos muy permeables para todo aquello que implique beneficio económico, pero nos endurecemos ante los rostros desesperados de los migrantes que acceden a nuestras playas, impulsados por el hambre, la miseria, la guerra, la enfermedad, la búsqueda de un futuro mejor…; aplaudimos con gran hipocresía las ventajas de la globalización económica, pero rechazamos la globalización humana.

Cuando lo que atraviesan los cielos o los océanos son contenedores de mercancías, datos, inversiones, patentes, modas, capitales que saltan de mercado en mercado, información viral al instante, entonces lo celebramos como el triunfo de la modernidad, de la eficiencia, de la innovación. Pero cuando lo que se mueve no es un paquete, sino una persona, entonces cambiamos el vocabulario: sospechoso, delincuente, expulsión, control, cupos, etcétera.

El dualismo, categoría filosófica que ya nació con los griegos, se presenta sin ambages en el fenómeno de la migración actual: queremos un mundo abierto y sin fronteras para el capital y la tecnología, pero con vallas, alambradas y fronteras altas y seguras para quienes vienen a buscarse la vida.


Llegados a este punto, el artículo nos invita a una reflexión ética: ¿por qué aceptamos que los productos viajen libremente, pero no las personas? ¿qué tipo de jerarquía es la que establece esta distinción? ¿qué orden moral hemos construido para considerar adecuado que los intercambios de mercancías crucen las fronteras mientras que las personas encuentran muros, alambradas, sospechas y rechazo?

Sin duda, se trata de la jerarquía que impone el mundo contemporáneo: «tiene más valor aquello que genera beneficio, que lo que genera dignidad»; la contradicción ética que esto supone es de enorme calado: proclamamos derechos universales, pero el mundo lo organizamos según la lógica selectiva de los mercados. Se acepta al migrante cuando produce, pero se le rechaza cuando intenta reclamar el mismo reconocimiento, los mismos derechos, la misma pertenencia. En otras palabras, le reconocemos en tanto que nos es de utilidad, pero se le niega su plena ciudadanía política y social. Son considerados ciudadanos de segunda, de tercera…

Esta situación contemporánea, revela una inversión ética: en una sociedad justa, la economía debería de estar al servicio de la vida de las personas; sin embargo, con frecuencia se exige que sean las vidas las que se adapten a la economía globalizada. Por eso, mientras las mercancías resultan protegidas, las personas quedan sometidas a la arbitrariedad, a las fronteras, a la criminalización o al rechazo social. La paradoja moral es aún más profunda y más miserable: hay migrantes distinguidos -como los turistas adinerados, ejecutivos, inversores- y hay migrantes que suponen una amenaza -como el pobre, el refugiado, el desplazado-. En realidad, las fronteras actuales no sólo sirven para separar los territorios, sino que actúan como filtros que clasifican las vidas humanas: deciden qué desplazamientos son legítimos y bienvenidos y cuáles deben ser vigilados, controlados o, sencillamente, expulsados.

Desde este blog, se hace una invitación a todos los lectores a reflexionar críticamente ante esta enorme contradicción moral. Eso, tal vez, pueda suponer el primer paso para recuperar una política en la que la dignidad no dependa de la rentabilidad económica y en la que la movilidad no sea un privilegio de las cosas, sino un derecho vinculado a la condición humana.


La historia muestra que las sociedades que se han cerrado sobre sí mismas han tendido al empobrecimiento cultural y económico. La apertura —aunque conflictiva— ha sido históricamente motor de innovación y transformación.

Hay numerosos ejemplos en los que el cierre de una sociedad tiende a empobrecerla, mientras que la apertura, aunque siempre conlleve problemas, suele activar el intercambio, la creatividad y la transformación. Sólo voy a citar un ejemplo de los muchos posibles: el mundo de la polis griega, permanecía cerrado en los límites de la ciudad y de una ciudadanía que era restringida, pero encontró con Alejandro Magno una decisiva expansión de sus horizontes. Sus conquistas no sólo preservaron el universo griego, sino que lo proyectaron sobre un espacio mucho mayor, en el que resultaron entrelazadas culturas, lenguas y tradiciones distintas. El griego dejó de pensarse sólo como ciudadano de una polis concreta para comenzar a habitar una realidad más mestiza y cosmopolita. Surgieron ciudades como Alejandría que simbolizan perfectamente esta transformación, porque fue lugar de cruce, traducción y circulación del saber. Es cierto que la experiencia política directa, característica de la polis clásica, se debilitó, pero emergió un horizonte más universal que enriqueció la cultura griega y preparó el camino para una idea más amplia de humanidad. Marco Aurelio, en sus Meditaciones, ya escribía cosas como esta: «Mi ciudad y mi patria, en cuanto Antonino, es Roma; pero en cuanto hombre, es el mundo». Esa es una de las formulaciones más claras del cosmopolitismo estoico.

En conclusión, la hibridación no es una amenaza, sino una fuente de creatividad. Las grandes creaciones humanas no suelen nacer del aislamiento, sino de los contactos y del intercambio mutuo. La propia filosofía griega, por ejemplo, no nació en un vacío. Surgió en un Mediterráneo que estaba abierto a intercambios comerciales, políticos y flujos entre griegos, fenicios, egipcios, persas y otros pueblos de Asia Menor. Todos los especialistas insisten en que Jonia -cuna de gran parte de la «filosofía presocrática» -no fue un mundo cerrado, sino un lugar de paso-. Pensemos también en el Renacimiento Europeo: buena parte del legado clásico llegó a Europa a través del mundo árabe, que conservó, tradujo y comentó los textos de Aristóteles y de tantos otros. Avicena o Averroes no fueron simples comentaristas pasivos, sino intérpretes decisivos de la tradición clásica. Y qué decir de América Latina: su identidad no se forjó desde una esencia única, sino por medio de una trama de cruces, violencias, resistencias y mezclas entre tradiciones indígenas, europeas y africanas. Es cierto que la hibridación en este caso fue dolorosa: colonización, esclavitud y despojo. Pero, a pesar de ello, surgieron lenguajes, músicas, formas religiosas y formas de vivir que no pueden explicarse mediante ninguno de sus componentes por separado.

Incluso las identidades nacionales modernas se construyeron mediante procesos de integración de diferencias internas. Esto quiere decir que las naciones no nacieron como bloques homogéneos, sino como construcciones históricas que unieron territorios, lenguas, costumbres y seres humanos distintos, bajo un relato que se fue haciendo común.

Hoy día, algunos nostálgicos de los nacionalismos excluyentes o de la «patria», hablan de un «nosotros nacional» como si esa identidad hubiera existido siempre. Nada más falso históricamente. La nación no es, ni ha sido nunca, una unidad pura, sino una pluralidad que se ha articulado con el devenir de los siglos. Lo que ocurre es que, con el tiempo, hay naciones que han tendido a contar su propia historia como si hubieran sido siempre una unidad natural, olvidando lo esencial: que fueron el resultado de pactos, conflictos, integraciones y también de imposiciones. En otras palabras: primero hubo pluralidad, y luego se construyó un relato unitario que no se sostiene ante la verdad histórica. Recordar todo esto es muy importante porque, como hemos señalado con anterioridad, se desmonta la fantasía emocional de la identidad nacional pura y nos permite comprender mejor que hemos de contar y convivir con la «diferencia» y con el «diferente«.


Pero, además de la dimensión antropológica o histórica, también la filosofía define al ser humano como un «animal migrante».

¿Por qué? Porque desde una perspectiva existencial, el ser humano es un migrante en sentido simbólico: nunca está definitivamente instalado ni acabado; siempre es proyecto, desplazamiento y búsqueda de horizontes, no sólo físicos, sino existenciales. En el fondo, es la idea que nos dejó Martin Heidegger de que el ser humano es «apertura y posibilidad«.

Desde este punto de vista que nos aporta la filosofía, la existencia humana no es estable, cerrada o acabada. Todo ser humano tiene que hacerse. Lleva a cabo un proceso de migración interior que hace posible que vaya completando y configurando el sentido de su existencia a través de sus decisiones, sus relaciones, sus vínculos, sus proyectos… No estamos definidos de una vez y para siempre, sino que estamos arrojados al mundo en el que nunca somos lo que ya somos en este momento, sino lo que podemos llegar a ser. Gozamos de una existencia dinámica y de un horizonte vital que nos empuja constantemente.

En el fondo, pensar en el ser humano como «animal migrante» es reconocer que la vida humana no consiste en permanecer siempre idéntica a sí misma, sino en atravesar mundos, tanto físicos como interiores. Somos seres en tránsito, no porque carezcamos de raíces, sino que nuestras propias raíces están atravesadas por la necesidad de buscar nuevas posibilidades.

A modo de conclusión, aceptar que la historia de la humanidad es una historia de migraciones implica reformular el relato colectivo. Supone reconocer que la identidad no se pierde por el hecho de que contactemos con los otros, sino que se transforma y se enriquece.

El gran desafío contemporáneo no es detener los movimientos —algo históricamente imposible— sino gestionarlos desde la justicia, la racionalidad y la ética. Si la historia nos enseña algo, es que el aislamiento absoluto es una ficción. La pregunta no es si habrá migraciones, sino cómo queremos convivir con ellas.


España emigró. Millones cruzaron océanos. Otros millones cruzaron los Pirineos buscando trabajo. ¿En qué momento olvidamos eso? El problema no es la migración. El problema es la desigualdad y la manipulación política del miedo. Es más fácil señalar al recién llegado que cuestionar un sistema que concentra la riqueza y precariza vidas.


2 respuestas a «La historia de la humanidad es la historia de las migraciones: identidad, poder y memoria»

  1. De nuevo una reflexión muy interesante y absolutamente pertinente en los tiempos que corren.

    El mito de la «identidad pura» no solo queda desmentido por la historia de las migraciones y el mestzaje que implican. Hoy dia sabemos que la supervivencia de las especies depende de la hibridación con los diferentes. Las poblaciones que se aislan y son endogámicas, degeneran y desaparacen. El ADN necesita variabilidad para garantizar la continuidad de las especies.

    En un tiempo en el que se supone que el nivel de conocimiento de la sociedad debería ser el mas alto de la historia, la falta de conciencia crítica, permite que properen, como nunca antes, manipuladores que sotienen ideas tan peregrinas como la superioridad de una raza sobre las otras, el terraplanismo, los fanatismos religiosos y tantas otras.

    Volviendo a las migraciones, como planteas en tu artículo, uno de los componentes mas importantes del racismo y del rechazo al inmigrante es el económico. Lo que realmente nos da miedo no es la amenaza cultural sino que aquel que tiene menos que nosotros, trate de quitarnoslo.

    A lo que la mayoría llama racismo yo suelo llamarlo «clasismo». Históricamente en España el pueblo gitano ha estado discriminado, pero no he percibido rechazo a los gitanos ilustres, como Lola Flores, Camarón o incluso Charlie Chaplin (quien parece que tenía raices gitanas). Un vecino mio es gitano con dinero y, que yo sepa, nadie le ha rechazado en el barrio. Sin embargo cuando ves a un gitano mas vestido y recogiendo chatarra que cruzas de acera. El rechazo no es a su raza sino a su pobreza.

    He comentado en alguna otra ocasión que en mi ejercicio profesional he impatido clase de recualificación profesional a desempleados y en muchos casos he percibido el rechazo al inmigrante por el hecho de que se perciben como competidores por los puestos de trabajo y las ayudas sociales. Habría que hacer un importante esfuerzo de pedagogía para combatir esa percepción.

    Como muy acertadamente propones al final de tu artículo, el gran reto es gestionar la inmigración desde la justicia, la racionalidad y la ética. Algo que parece que no se encuentra entre las prioridades de la clase política.

    Un abrazo. 

    Me gusta

    1. Buenos días César.
      Como siempre, mi agradecimiento por tu seguimiento del blog y tu comentario que, en este caso, es especialmente generoso.
      Es cierta la conexión que señalas entre el mito de la «identidad pura» y la propia lógica de la vida porque, en efecto, la historia, la cultura y también la propia biología, desmienten claramente esa fantasía de pureza identitaria.
      Me agrada especialmente que hagas referencia también a la falta de conciencia crítica, idea que está muy extendida a lo largo de numerosos artículos de mi blog. Esa falta es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: no basta con tener acceso al conocimiento, hace falta criterio para distinguir entre la manipulación y la verdad. Si esa distinción no se produce, el racismo, los fanatismos, las falsedades y toda clase de discursos simplistas que amplifican el miedo, aparecen por doquier.
      Comparto tu observación de que el rechazo al inmigrante tiene, en el fondo, un aspecto económico. Lo que a menudo se presenta como un conflicto cultural, encubre realmente nuestros miedos a perder nuestro estatus, nuestros privilegios o nuestros recursos, al compartirlos entre otras personas. Tu experiencia profesional avala con criterio este tipo de consideraciones.
      No se puede dejar de insistir en que hace falta, en materia de inmigración, una gran pedagogía pública, honestidad, y una gestión que se base en la justicia, la racionalidad y la ética.
      Un fuerte abrazo.

      Me gusta

Deja un comentario