Søren Kierkegaard: La angustia como estructura de la existencia


La reflexión sobre la angustia constituye uno de los aspectos fundamentales del pensamiento de Søren Kierkegaard y una de las aportaciones más decisivas a la filosofía contemporánea. Frente a la tradición metafísica y sistemática dominante en el siglo XIX, Kierkegaard desplaza el centro de la reflexión filosófica hacia la existencia concreta del individuo. En este contexto, la angustia no es concebida como un mero estado psicológico, sino como una estructura constitutiva de la libertad humana.

Vamos a exponer algunas reflexiones sobre el concepto de angustia en Kierkegaard, atendiendo a su fundamentación filosófica, su relación con la libertad y el pecado, su dimensión religiosa y una brevísima referencia a su influencia posterior en el pensamiento existencialista. Veremos que la angustia no representa una carencia o una patología, sino una condición positiva de posibilidad para la autenticidad y la fe.


El pensamiento de Kierkegaard se desarrolla a modo de diálogo crítico con el idealismo alemán, especialmente con la filosofía de Georg Wilhelm Friedrich Hegel.

Para Hegel, la totalidad -es decir, el mundo, la historia, la sociedad, la cultura- responde a una lógica. Todo encaja en esa totalidad y su sistema filosófico aspira a ser un mapa completo de la realidad, donde cada cosa se entiende como parte de un proceso racional más grande.

Sin embargo, para Kierkegaard, la vida de una persona no constituye un «momento» que se encuentre dentro de un sistema o de un proceso racional y totalitario. ¿Por qué? Porque él considera que la existencia de cada individuo es vivida en primera persona y está constituida por infinidad de decisiones que nadie puede tomar él. La existencia no se resuelve, según Kierkegaard, aplicando conceptos o razones universales, sino tomando decisiones, asumiendo riesgos, responsabilidades y angustia.

Lo que Kierkegaard quiere decirnos con todo esto es que vivir no es lo mismo que manejar ideas o reflexionar sobre conceptos generales. Podemos «hablar del bien, del deber, de la fe o de la verdad», pero algo muy distinto es tener que decidir, en primera persona, qué hacer con nuestra vida. Podemos pensar de manera indefinida, pero siempre llega un momento en el que hay que elegir. Y ese momento siempre viene acompañado de un margen de incertidumbre. Es ahí donde aparece la angustia, que no debe ser entendida como una enfermedad, sino como el vértigo que se siente ante el ejercicio de nuestra propia libertad; me angustio porque tengo que decidir y porque nada me garantiza que esté libre de equivocarme.

En suma, Kierkegaard considera que el sistema de Hegel puede explicar la lógica de la historia o del pensamiento, pero es incapaz de dar razón de la experiencia vivida del existir: el «Todo«, del que habla Hegel, puede ser una teoría brillante, pero no puede abarcar la singularidad de una persona concreta en cuya existencia decide, sufre y se juega la vida. Es cierto que podemos pensar la realidad. Eso no lo niega Kierkegaard, pero sí niega que pensarla forme parte de un sistema que pueda sustituir a lo decisivo que es existir. ¿Por qué? Porque nadie puede esconderse eternamente detrás de lo que «la gente dice», «lo que todo el mundo hace», o «lo que la razón nos dicta». Al final, vivir no es otra cosa que apropiarse de la propia vida y responder por ella. Nuestra vida, en conclusión, no es una cuestión teórica sino una tarea personal.


La angustia es, precisamente y como decíamos antes, una señal que aparece en ese punto o momento en el que el individuo se queda enfrentado y a solas consigo mismo, sin la seguridad tranquilizadora de disponer de un «saber absoluto«. Dicho de otro modo, la angustia aparece cuando se nos «caen» todas las certezas y descubrimos que, en lo decisivo, no tenemos un manual definitivo que garantice el sentido de nuestra vida, ni el acierto pleno e indiscutible de nuestras elecciones. Si dispusiéramos de ese «saber absoluto», ello implicaría poder conocer con seguridad cuál es el sentido de nuestra vida o cuáles son las decisiones correctas. Pero, en la existencia real, eso no existe. Disponemos de libertad para poder tomar una decisión –como amar, comprometerse, creer, decidir...- pero no contamos con garantías absolutas y, por eso, Kierkegaard recurre a esa imagen de «vértigo» que genera la libertad.

¿Por qué es en ese punto donde, según nuestro filósofo, aparece la angustia? Porque es ahí donde al individuo ya no le basta con seguir la corriente de aquello que se hace de manera habitual, sino que le asalta la cuestión de qué hacer con su vida y entonces realiza un descubrimiento esencial: el ser humano es un ser abierto a múltiples posibilidadespuede elegir, cambiar, fallar, acertar…– y esa apertura es lo que le produce angustia existencial. No se trata de un «miedo» a algo concreto, sino del «vértigo» de saber que, al final, nadie puede vivir por ti.

¿Quién no se ha sentido angustiado cuando, por ejemplo, se encuentra ante la tesitura de seguir en un trabajo estable o dejarlo para dedicarse a lo que realmente desea? ¿O bien, la angustia de decidir entre permanecer atado a una relación afectiva que es cómoda, pero vacía, o romper y abrirse a una vida distinta? La vida, en su transcurso, puede ponernos en estas o en otras múltiples situaciones en las que tenemos que elegir. Y el caso es que no podemos vivirlas todas. Cualquier elección, ya sea un trabajo, una pareja, un proyecto… implica dejar otras muchas elecciones atrás. La angustia también nace, para Kierkegaard, de esa situación de pérdida…


El análisis más sistemático de la angustia que Kierkegaard realiza lo lleva a cabo en su obra titulada «El concepto de la angustia» -la cual firmó bajo el seudónimo de «Vigilius Haufniensis» -que viene a significar algo así como el vigilante o el centinela de Copenhague-. El pseudónimo no está elegido al azar por Kierkegaard, sino que lo utiliza para situarse en una perspectiva concreta: el «centinela» hace alusión a una especie de observador que está atento a la vida interior; es alguien que examina filosófica y psicológicamente la libertad, la angustia, las diferentes posibilidades y la relación de todo esto con el pecado.

Pues bien, en esa obra, «El concepto de la angustia», Kierkegaard distingue claramente entre miedo y angustia. El miedo responde siempre un objeto determinado o identificable. Por ejemplo, miedo a enfermar, miedo a perder el trabajo, miedo a una situación concreta, etc. El miedo es una reacción ante algo concreto, externo y definible.

La angustia, en cambio, no atiende a un objeto concreto. Consiste, más bien, en experimentar que permanecemos abiertos ante todo un horizonte de posibilidades. Dicho de otra forma, la angustia es la conciencia de que nuestra vida no está decidida de antemano, que no estamos determinados de manera necesaria y que podemos elegir. La angustia es descubrir que se puede decidir de un modo o de otro y que cualquier decisión que tomemos nos compromete


La posibilidad, por lo tanto, es una categoría central en la antropología de Kierkegaard. A diferencia del animal, cuya conducta está regulada por el instinto, el ser humano es un ser abierto, lleno de posibilidades que le permiten ser capaz de proyectarse hacia múltiples formas de vida. Esta apertura no es neutra ni tranquilizadora: es precisamente lo que genera angustia.

La angustia revela que el individuo puede realizarse o perderse, afirmarse o negarse. En este sentido, Kierkegaard subraya que la angustia no es un defecto que deba ser eliminado, sino la condición misma de la libertad: sin angustia no habría elección, y sin elección no habría existencia propiamente humana.


Uno de los aspectos más originales que se trata en la obra «El concepto de la angustia« es la reinterpretación del pecado original desde una perspectiva existencial. ¿En qué consiste esa reintepretación y qué significa? En realidad, lo que Kierkegaard hace es una lectura muy novedosa del pecado original: no lo entiende como un hecho mítico o teológico, sino que lo interpreta como una estructura que es propia de la existencia humana.

Adán no peca por ignorancia ni por necesidad, sino por libertad. Antes del pecado, Adán experimenta angustia ante una posibilidad que se abre ante él: la de transgredir el mandato divino. Antes del pecado, el ser humano se halla en un estado de inocencia -pero la inocencia no implica una perfección moral; es más bien una especie de ignorancia-. Sin embargo, el estado de inocencia no es perpetuo ni cerrado. Tarde o temprano, es un estado que se abre a otras posibilidades: Adán puede obedecer, pero también puede transgredir… en ello radica su libertad, su vértigo ante ella, y su angustia.

Por eso, el pecado original es interpretado por Kierkegaard como el salto mediante el cual el individuo pasa desde la inocencia a la culpa. No pecamos porque exista una cadena de causalidades que nos arrastre hacia el mal de manera inevitable. Pecamos, simplemente, porque somos libres. Esta es una de las grandes novedades de Kierkegaard: el pecado es una acto existencial que nace de la relación del individuo con su propia libertad. Lo que expresa el pecado es una tensión y una ruptura interior en la manera en que el yo se presenta ante sí mismo, ante Dios y ante las posibilidades a las que nos enfrenta la vida.

Esto tiene unas consecuencias profundas: en primer lugar, que la angustia no es un fenómeno patológico, sino una dimensión constitutiva de la libertad humana. Lo que revela la angustia es que no estamos determinados totalmente, sino que somos una posibilidad abierta; en segundo lugar, que la culpa no puede entenderse como algo que hemos heredado, sino que el pecado se actualiza en cada individuo; y en tercer lugar, que la existencia humana es dramática: no vivimos bajo la serenidad de una esencia ya constituida, sino bajo la tensión o el drama de la posibilidad, de la angustia, de la decisión y de la culpa.

Dicho a modo de conclusión: Kierkegaard transforma el pecado original en una categoría propia de nuestra existencia. No es algo que ocurrió una vez y que hemos heredado, sino que cada ser humano, al descubrirse como ser libre, se enfrenta angustiosamente a la posibilidad del bien y del mal.


El intento de huir de la angustia conduce, según Kierkegaard, a una forma de inautenticidad. Solo quien acepta la angustia como parte constitutiva de su existencia puede llegar a ser verdaderamente libre. Todo esto quiere decir que muchos buscan una especie de refugio en algo exterior a nosotros mismos. Por ejemplo, en las costumbres sociales, en las opiniones dominantes, en los sistemas ideológicos, en una moral que asumimos sin reflexión crítica, etcétera. A eso se refiere nuestro filósofo cuando habla de inautenticidad: a que el individuo renuncia a su singularidad y se disuelve en lo que es general, viviendo como una pieza más de la masa. Por eso, Kierkegaard tiene una gran desconfianza hacia la multitud o el público. No porque rechace la vida social, sino porque la masa ofrece la excusa perfecta para no asumir nuestra libertad y responsabilidad personales.

La conclusión que nos ofrece Kierkegaard es que sólo quien acepta la angustia comienza a vivir de manera verdaderamente personal. Hay que entender, no obstante, que aceptar la angustia no es recrearse en el sufrimiento, sino reconocer que nuestra vida está abierta, que tenemos que decidir, que no tenemos garantías absolutas y que somos responsables de nosotros mismos. La huida de la angustia suele llevar al individuo a la desesperación -otra de las ideas centrales de Kierkegaard que desarrolla en su obra «La enfermedad mortal»-.

La diferencia entre la angustia y la desesperación podemos visualizarla mejor con un ejemplo: pensemos en alguien que elige una forma de vida simplemente porque «es lo que toca, es lo correcto, o es lo que se espera de mí». Tal vez pueda sentirse protegido por un tiempo pero, tarde o temprano, aparecerá el malestar porque vive una vida que no ha elegido de verdad. En cambio, quien atraviesa la angustia y se pregunta honestamente qué quiere, tal vez viva con menor comodidad, pero con más verdad.


Para ir concluyendo este breve recorrido por el pensamiento de Kierkegaard, la angustia cumple una función decisiva en el camino hacia la fe. ¿Qué significa esto? Que la angustia acompaña al creyente como un recordatorio permanente de la falta de garantías objetivas. La fe no se funda en evidencias racionales, sino en una decisión existencial que implica riesgo. La razón puede llevar al individuo hasta un elevado grado de lucidez. Pero no puede convertir la fe en una demostración matemática: es decir, no puede probar a Dios y es ahí donde aparece el llamado «salto de fe».

Si la razón nos proporcionara una prueba definitiva de Dios, la fe no tendría ningún sentido porque Dios se convertiría en algo objetivamente constatable. Pero la relación con Dios no funciona así. Es una relación que exige confianza y compromiso personal. Exige «dar el salto» hacia Dios sin tener una seguridad conceptual total. En este sentido, la angustia puede conducir al individuo justo hasta el límite en el que él mismo tiene que decidir: ¿doy el salto o no? ¿confío o no? En ese límite, solamente el individuo es el que puede decidir si confía o no en Dios, sin intervención de ninguna mediación racional.


La concepción de Kierkegaard de la angustia ejerce una influencia decisiva en la filosofía del siglo XX. Es el caso de pensadores como Heidegger o Sartre, que recogen y reformulan el concepto de angustia, y que, tal vez en otra entrada de este blog, podamos exponer con algo de detalle.

En cualquier caso, la angustia, tal como la concibe Kierkegaard, no es una anomalía psicológica ni un defecto moral, sino una estructura ontológica de la existencia humana. Lo que hace es poner de manifiesto nuestra libertad, abrir la posibilidad de llevar a cabo una vida auténtica y mostrar al ser humano como un ser radicalmente responsable de su existencia.

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