Crónicas del desencanto 2: la Iglesia y sus archivos

La Iglesia y los archivos del silencio

Durante demasiado tiempo, la Iglesia Católica ha pretendido presentarse como la conciencia moral del mundo, como si su voz estuviera por encima de la historia, de los conflictos y de la miseria humana. Nos ha hablado en repetidas ocasiones de verdad, de pureza, de redención o de justicia. Ha alzado su mano para señalar la indecencia o decadencia ajenas, la degradación ética y moral de las sociedades modernas, la pérdida de los valores, etcétera. Pero mientras construía este discurso, en sus despachos, en sus archivos ocultos, latía otra verdad: la de «niños rotos, víctimas silenciadas, culpables protegidos» y la de una institución que supo administrar el horror y el abuso con un lenguaje que protegía al poderoso y se olvidaba del débil.

Lo miserable no sólo está en los crímenes cometidos, sino en toda una maquinaria de silencio que la Iglesia Católica ha levantado para preservar la institución, antes que a las víctimas. No sólo estamos hablando de pederastia, sino de encubrimiento; no sólo se trata de crímenes, sino de un sistema elaborado para defender el propio prestigio de la Iglesia por encima del dolor de los inocentes. En ese momento, la Iglesia deja de hablar en nombre de Cristo, para hacerlo sólo en nombre de su propia supervivencia.


Ahí nos encontramos con el núcleo del problema: la negativa de la Iglesia a reconocer que, no sólo se trató de un cúmulo de monstruosidades individuales, sino de un modo de funcionar; de una cultura del silencio y de anteponer la autoprotección al dolor.

Cuando el conocimiento no conduce a la verdad, sino a la ocultación; cuando la jerarquía no protege a las víctimas, sino que se repliega para defender su propio aparato de poder; cuando el tiempo se emplea, no para hacer justicia, sino para que los horrores cometidos se enfríen, se diluyan o se olviden, entonces hablamos de responsabilidad institucional e histórica. La Iglesia ha callado, ocultado, desplazado, retrasado, protegido y destruido pruebas. Se ha convertido, de esa manera, no sólo en el escenario del delito, sino en parte del delito mismo. Y aún así, todavía hoy se resiste a reconocer sus culpas históricas. Se han admitido delitos, abusos o errores en algunos casos concretos, pero sigue sin aceptarse plenamente algo más profundo: que hubo una responsabilidad por parte de la propia Iglesia, a lo largo del tiempo.

Durante años, o décadas, la estructura eclesiástica favoreció el encubrimiento mediante el silencio, los traslados de sacerdotes, la destrucción u ocultación de pruebas, o la defensa a ultranza, no de las víctimas, sino de la institución.

Aquí hay que anotar una diferencia importante entre el pecado individual y la responsabilidad histórica. El primero pertenece al sujeto concreto que lo comete; la responsabilidad histórica, en cambio, pertenece a la institución que lo encubrió y que con ello dio carta de naturaleza a esas acciones. La pregunta pertinente aquí es ¿qué cultura de obediencia y qué lógica institucional hicieron posible ese mal insoportable? Sin duda, una cultura de obediencia y una lógica institucional profundamente deformadas: la obediencia dejó de estar orientada por la conciencia para estar sometida a la jerarquía, al mandato, al silencio y a la disciplina eclesial; la lógica institucional colocó en el centro, no a las víctimas, sino a la protección de la Iglesia o el miedo al escándalo.


Lo insoportable no es sólo la actuación de los sacerdotes que abusaron de menores. Lo insoportable es que, alrededor de ellos funcionara toda una red de silencios, prudencias, reservas, protocolos opacos y decisiones calculadas para salvar el prestigio del cuerpo eclesial. ¿Cuáles fueron entonces las prioridades? Desde luego, no fueron las infancias violadas o heridas; tampoco lo fueron la justicia ni la verdad. La única prioridad ha sido la institución. Siempre la institución. Es decir, su imagen, su autoridad, su continuidad. Como si el escándalo verdadero no fuera la destrucción de las vidas de niños y jóvenes, sino el daño que se podía causar a su reputación, a su poder simbólico o a su fachada moral…

Ahí es donde la Iglesia se traicionó a sí misma de la manera más profunda. Porque una comunidad que se dice llamada y entregada a proteger al débil, al pobre, sólo se preocupó de sí misma, de defender su aparato institucional. La Iglesia, que tantas veces se anunció como depositaria del bien y de la verdad auténtica, colocó en esta ocasión la razón corporativa por delante. Eso, no es sólo incoherencia: es corrupción moral. No se trata de la vulgar corrupción por dinero, sino de la corrupción de conciencia, esa que permite contemplar el sufrimiento ajeno y, a pesar de ello, neutralizarlo, ocultarlo y encapsularlo como se hace con cualquier otra materia reservada, con el fin de protegerse a sí misma y que no se vea salpicada su «intachable reputación».


El «archivo secreto» adquiere aquí su sentido y se convierte en el símbolo perfecto de esta lógica de actuar. El archivo no es sólo un lugar físico, sino que adquiere su significado como una materialización de una forma del poder de la Iglesia. Archivar puede significar, en este contexto, sepultar, enterrar, ocultar. El silencio de los archivos es una forma de «aplazar» que beneficia o protege al culpable, en detrimento de las víctimas. Una Iglesia que guarda en la penumbra de sus archivos todo lo que sabe sobre miles de abusos, no administra documentos sino que administra la verdad: está decidiendo qué es lo que puede saberse, cuándo, cómo, y hasta qué punto, y también todo aquello que no debe saberse. En definitiva, lo que hace es manejar, desde su jerarquía, el dolor ajeno.

Por eso no basta con pedir perdón. ¿Por qué? Porque el perdón, por sí mismo, no repara nada si no se ofrece junto a la verdad completa. Pedir perdón puede parecer un gesto de nobleza, de humildad, de reconocimiento, pero cuando los archivos siguen secretos, no se reconoce toda la responsabilidad y no se asume toda la cadena de decisiones que permitieron o escondieron los abusos, entonces el perdón no pasa de ser un simple «gesto teatral»: una forma de pasar la página sin haber leído completamente la historia.

Y la historia no está escrita aquí solo con los nombres de los depredadores, sino también con firmas, sellos, órdenes verbales, omisiones calculadas, promociones de obispos negligentes y décadas de cobardía institucional. Porque sí: hubo curas culpables, pero también hubo superiores que miraron hacia otro lado, diócesis que trasladaron a agresores, despachos en otros lugares, incluso en Roma, que frenaron decisiones, y responsables que prefirieron usar el lenguaje de la cautela al lenguaje del compromiso con la justicia y con la verdad.

De manera más filosófica, no hay verdadera redención moral si no hay verdad histórica y una institución que pide perdón sin asumir íntegramente su responsabilidad, tal vez convierte el arrepentimiento en una máscara. La autoridad moral no es algo que se proclame: se merece o no se merece. Y la Iglesia, que ha exigido durante siglos pureza y verdad tiene que aceptar, por fin, que la verdad también tiene que caer sobre ella. Evitar la justicia no es algo virtuoso: es complicidad. Y toda acción pastoral que no pone en el centro al débil, al vulnerable o a la víctima, es propia de una organización cínica.

Y lo peor es que durante años se ha querido revestir todo eso de espiritualidad. Pero la gran pregunta permanece en pie golpeando a la Iglesia: si el Vaticano sabe más de lo que dice, ¿por qué no lo revela todo? ¿Qué teme perder? ¿Autoridad? ¿Legitimidad? ¿Poder simbólico? Tal vez no haya nada más corrosivo para su autoridad que esa negativa a abrir por completo la verdad. Porque el descrédito de la Iglesia no nace de que se conozcan sus crímenes. Nace de que ella misma se haya resistido tanto a reconocerlos de manera plena. Lo que destruye la institución no es solo el mal que en ella se anida, sino la obstinación en esconderlo mientras por otro lado se predica la virtud.


En estos últimos tiempos hemos vivido una gran paradoja, bastante insoportable: una Iglesia que habla de luz pero que todavía vive defendiéndose de sus propias sombras. Una Iglesia que invoca a Cristo pero que no se ha atrevido a mirar a todos aquellos que fueron sus víctimas…

Mientras no se abran los archivos, mientras no se entregue la verdad entera, mientras no se permita que la memoria de las víctimas sea más importante que la autoprotección de la jerarquía, la Iglesia seguirá atrapada en una contradicción devastadora: predicar la salvación mientras administra el silencio, ocultando la verdad en sus archivos.

La Iglesia debe terminar con los «gestos». Hace falta una ruptura: que caiga de una vez la vieja lógica clerical según la cual todo puede soportarse con tal de que sobreviva la institución. Si la Iglesia pretende sobrevivir a costa de la verdad, su supervivencia será moralmente vacía. Y eso es lo que está en juego: no sólo si la Iglesia sigue siendo creíble ante la opinión pública, sino algo mucho más profundo: qué quiere seguir siendo ante la historia. La crisis de los abusos sexuales no afecta sólo a su prestigio, sino a su propia esencia ética.

Por todo ello, la Iglesia necesita una confesión real, sin reservas, sin archivos cerrados, sin excusas y sin demora.

Solo entonces empezará, quizá, a parecerse a aquello que dice ser.

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