«La calle Sagasta, una de las más emblemáticas del centro-centro de Sevilla, que apenas tiene cien metros, que transcurren entre la plaza del Salvador y la calle Sierpes, ha sufrido y está sufriendo una drástica y lamentable transformación, con el comercio tradicional sevillano como gran damnificado y perjudicado, literalmente barrido por franquicias. Pasen y vean.»
Esta es una de las últimas entradas que ha publicado Francisco Ramón Dotor en su blog «El balcón del Jubilata». El autor es natural de Andújar, una tierra jiennense de hondura, pero comparte un alma apasionadamente sevillana, que se deja notar con claridad en su blog, en el cual la reflexión personal nunca se aleja del pulso de la calle, de la actualidad, ni de su temperamento andaluz.
Francisco tal vez no busca una profundidad analítica en sus textos. Su intención es otra: expresar la verdad tal y como la vive un ciudadano que observa, juzga y toma partido. Su voz es propia, y lanzada desde el balcón en el que se asoma al mundo con experiencia, ironía e indignación legítimas y con una conciencia absolutamente meridional…
La entrada que el autor dedica a la calle Sagasta, es una crítica breve, pero muy reconocible, a la conversión del centro sevillano en un mero decorado comercial. Pero no solamente llora por la pérdida de los escaparates que desaparecen, sino que, bajo la apariencia de una simple queja urbana, palpita realmente una meditación amarga sobre la pérdida de la memoria, el carácter y el alma de un lugar.
Todo ello me ha parecido motivo suficiente para dedicar una entrada en mi blog a las reflexiones que expongo a continuación.
Es cierto. La calle Sagasta de Sevilla es breve en metros pero es larga en la memoria de los sevillanos…. Tiene apenas cien metros entre la Plaza del Salvador y la calle Sierpes: es, por tanto, un pequeño tramo de ese maravilloso tejido vivo donde late el corazón de Sevilla, pero, al mismo tiempo, es un paradigma de la mutación que se cierne sobre algunos barrios de nuestras ciudades: la lenta desaparición de un mundo y la llegada de otro, más rentable quizá, pero más frío, más impersonal y más ajeno.
La importancia de la calle Sagasta no es su longitud, sino su valor simbólico. En ella se condensa la Sevilla que ofrecía un comercio reconocible, de trato humano. Por eso, su transformación se presenta aquí como la mutilación de uno de los tejidos más íntimos de la ciudad: donde antes había singularidad, ahora hay repetición; donde antes había arraigo, ahora hay sustitución y rotación; donde antes había vida urbana, ahora se impone la lógica impersonal de las franquicias.
Ahora, conviene que nos fijemos en el tono que emplea Francisco. Él no escribe como quien levanta un acta notarial del deterioro, aunque, sin duda, podría hacerlo, sino que lo hace como quien contempla una herida que le es muy cercana. Por eso, su texto no es solamente nostalgia, sino que tiene temperatura moral: el presente se encarga de sustituir la ciudad real por su caricatura comercial.
¿Por qué todo esto tiene su importancia? Porque esta transformación, ejemplificada en la calle Sagasta, no representa sólo un cambio económico: representa una derrota cultural. Los centros históricos, bajo la apariencia de modernidad, avanzan hacia la uniformidad dejando tras de sí calles cada vez más parecidas que se asemejan a corredores de consumo y vecinos que comienzan a sentirse cada vez más extraños en su propio barrio. Ese es el punto en el que la ciudad comienza a dejar de ser una morada habitable para transformarse en un escaparate.
¿Por qué todo esto debe ser señalado y denunciado? Porque una calle no está hecha solo de adoquines, de fachadas o de tránsito. Una calle también está hecha de voces, de costumbres, de nombres que se repiten durante años, de tenderos que conocen a sus clientes, de comercios desiguales que forman parte de la biografía sentimental de una ciudad. En las calles como Sagasta -y en otras muchas-, el comercio tradicional no era únicamente una actividad económica: era una forma de continuidad, una forma de respiración de la ciudad que viene de antiguo y una manera de estar en Sevilla que no necesita dar ninguna explicación: simplemente se trata de sentir la ciudad. Había en esas tiendas algo más que géneros a la venta. Había tiempo. Había trato. Había pertenencia.
Por eso, Francisco hace bien en reclamar visibilidad sobre esas pérdidas que muchos, lamentablemente, consideran ya normales. Su denuncia nos lleva de manera irremediable a una reflexión más amplia sobre el modelo de ciudad que estamos consintiendo.
Ahora, el visitante que camina distraído quizá solo vea locales nuevos, rótulos impecables, marcas reconocibles, una cierta apariencia de modernidad limpia y eficiente. Pero el amante de su ciudad, que mira con un poco más de atención advertirá otra cosa: un vaciamiento. Allí donde había una historia local, ha desembarcado una estética global y la calle empieza a parecerse menos a sí misma y más a cualquier otra. Y esa es una de las formas más silenciosas de vaciamiento y de pérdida: cuando los lugares no desaparecen del todo, pero empiezan a dejar de ser lo que eran.
La modernidad de la franquicias no se limita sólo a ocupar los locales: va colonizando también el imaginario colectivo. Impone una lógica en la que todo debe ser reconocible de inmediato, rápido, estandarizado, intercambiable. Bajo esa tiranía, la ciudad, que era una trama viva de matices, rarezas y diferencias, empieza a domesticarse bajo el lenguaje plano del consumo. Lo peculiar incomoda; lo pequeño estorba; lo que no puede reproducirse en serie, replicarse o venderse con facilidad acaba siendo arrinconado. Así, poco a poco, casi en silencio y sin estrépitos, la ciudad que se vive cede terreno a la ciudad que se exhibe…
Lo más doloroso de esta transformación es su escenario: como dice el autor, ocurre en pleno «centro del centro». Es decir, en un lugar que no es solo un espacio de paso, sino también un lugar de memoria. Sagasta no es una calle cualquiera. Está situada en ese núcleo simbólico donde Sevilla, a lo largo de los siglos, se ha reconocido y se ha representado a sí misma.
Toda ciudad se sostiene por los vínculos invisibles que se han trazado entre el pasado y el presente; entre el espacio físico y las costumbres de sus gentes; entre el vecino y su barrio. Pero cuando esos vínculos se resienten, también se resiente la identidad misma de la ciudad y se abre paso una mutación de su propio significado. Aparece un nuevo modelo urbano que ya no necesita de la memoria, sino sólo de gente que circule y compre.
Y, por si fuera poco, el autor recurre a la ironía: «pasen y vean».
Sí, señores, «pasen y vean» cómo la calle sigue en pie pero pierde parte de su alma. «Pasen y vean» cómo la ciudad no siempre se destruye por la acción de las piquetas, sino también por ese desgaste silencioso que va sustituyendo un tejido vivo por un tejido rentable, tejido propio y singular por tejido repetido. También hay demoliciones elegantes que no levantan polvo ni acumulan cascotes. Simplemente se va borrando la hondura de los lugares, para convertirlos en espacios lisos, uniformes, transitables… pero muy alejados de sí mismos. La modernidad, las más de las veces, no guarda memoria de aquello que ha desplazado.
Hemos abierto esta entrada del blog reproduciendo el breve texto de F.R.Dotor sobre la calle Sagasta de Sevilla.
Pero la cerramos, no sin antes destacar la importancia de la idea que subyace en él: no se trata de defender con simpleza unas cuantas tiendas antiguas frente a unas cuantas franquicias nuevas. Se trata, sobre todo, de reivindicar algo mucho más hondo: la conciencia de una ciudad, de su memoria, de su convivencia y de su identidad compartida.
El valor de esta denuncia está en la negativa del autor a llamar «normal» a lo que, en el fondo, no es más que una forma de empobrecimiento colectivo.
Lo que lleva a cabo Francisco es, sin duda, un acto de resistencia. Defiende su ciudad como un «espacio de experiencias humanas» y no solo como una superficie de consumo o de rentabilidad. Defender el comercio tradicional no supone una idealización del pasado, sino seguir comprendiendo la ciudad desde los hilos invisibles que tejieron su alma a través del tiempo. La denuncia del autor no sólo es estética o sentimental, es, incluso, ética. ¿Por qué? Porque subyace en sus líneas una cuestión decisiva: ¿Para quién existe en realidad la ciudad? ¿Para sus habitantes o para la maquinaria económica que la convierte en un producto? Lo que realmente está en juego aquí es una forma de vida urbana que, tal vez, ya no podamos recuperar cuando nos demos cuenta de que la echamos de menos o la hemos perdido.
Por eso, creo que hoy día importa tanto mantener viva una mirada como la de F. R. Dotor: porque se niega a aceptar determinadas formas de progreso; porque se opone a la forma de pérdida más peligrosa de todas, que es aquella que nos acaba pareciendo normal. El verdadero riesgo no es solo que la ciudad cambie, sino que dejemos de juzgar lo que perdemos con el cambio; que aceptemos sin resistencia y sin crítica aquello que la vacía de memoria, de singularidad y de mundo compartido. Cuando el deterioro se vuelve costumbre, cuando el cambio se disfraza de progreso y cuando nadie se detiene ya a nombrar lo que desaparece ante nuestros ojos, la ciudad no solo se empobrece, sino que empieza a olvidar quién es.
Quizá la tarea más urgente de ciertas voces no consista en detener por sí solas esa transformación, sino llamar nuestra atención para impedir que esa transformación nos parezca inocente. Mantener esta visión es también mantener una crítica lúcida frente a lo que se nos presenta como normal y ejercer, al mismo tiempo, una forma de fidelidad: fidelidad a la memoria de nuestras ciudades, a sus singularidades y a nuestro derecho, como habitantes, a seguir reconociéndonos en ellas.
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