
Cuando la tradición sirve para excluir
“La tradición es la tradición”, dijeron en Sagunto. Con esa fórmula pobre, casi mecánica, 267 cofrades votaron el 22 de marzo de 2026 contra la modificación de los estatutos que habría permitido a las mujeres procesionar en igualdad de condiciones; 114 -menos de la mitad de los que se opusieron- votaron a favor.
La escena fue aún más elocuente porque quienes decidían sobre la exclusión eran solo hombres. Después llegó el aplauso. Y luego, un padrenuestro.
Lo ocurrido en la Semana Santa de Sagunto no es una anécdota pintoresca ni una simple diferencia de sensibilidades. Es algo más serio: la persistencia de una discriminación que, en este caso, está envuelta en solemnidad religiosa y protegida por el prestigio emocional que otorgan la costumbre y la tradición. La cofradía de la Puríssima Sang arrastra una historia de más de cinco siglos, pero eso no quiere decir que la antigüedad, por mucha que esta sea, convierta una injusticia en una virtud. Una exclusión antigua no deja de ser exclusión por el hecho de haber envejecido. La tradición no absuelve la injusticia. Nunca la ha absuelto. Si así fuera, habría que aceptar también todas las humillaciones que se han convertido en costumbre o asumir todas las jerarquías que durante siglos se presentaron como normales, simplemente porque llevaban mucho tiempo ahí.
El problema no es la tradición. El problema es que la tradición permanezca convertida en un «residuo inmóvil». Toda tradición que merezca seguir viva debería ser capaz de distinguir entre lo que es esencial y lo que es accesorio; entre la memoria compartida y los privilegios que se han heredado. Porque si una tradición necesita apartar a la mitad de la ciudadanía para conservarse pura, entonces no se está defendiendo un legado: lo que se está defendiendo es el mantenimiento de una jerarquía. Y, en el caso de Sagunto, cuando la jerarquía se presenta como «sagrada», lo que suele demandar no es respeto, sino obediencia.
Lo más hiriente del caso es, tal vez, cómo se estructura silenciosamente esa desigualdad. Lo más obsceno del caso es que las mujeres pueden coser las vestas, ayudar a vestir a maridos e hijos, limpiar la ermita, vender lotería, etcétera. Es decir, pueden sostener materialmente la fiesta, encargarse del trabajo invisible, pero lo que no pueden es ocupar un espacio visible en el ritual. No tienen acceso al lugar simbólico del reconocimiento, ni a la dignidad pública de salir en la procesión “de siempre”. Ellas sostienen la fiesta, pero son los hombres los que la desarrollan y la representan; ellas cargan con el trabajo mientras que los hombres conservan el honor. Como tantas otras veces en la historia, la mujer carga con el peso y el hombre se queda con el rito, con la celebración y con el prestigio.
¿Y cuál es la verdad de fondo que subyace en esta cuestión? Pues que no estamos ante una defensa inocente de la tradición, sino ante la defensa de un reparto desigual del poder simbólico. Se habla de costumbre o tradición, pero lo que se hace realmente es proteger es un privilegio, porque lo que se blinda es la exclusividad masculina; se apela al pasado, pero lo que se teme en realidad es el presente: que la igualdad entre de una vez en un espacio que algunos consideran suyo y exclusivo.
Todo esto, además, se produce a pesar de un contexto jurídico que no permite demasiada ambigüedad. El Tribunal Constitucional, en su sentencia 132/2024, estimó el amparo de una mujer excluida de una cofradía de La Laguna y declaró vulnerados sus derechos a la no discriminación por razón de género y de asociación, subrayando que esa exclusión no quedaba amparada por la autonomía religiosa cuando la asociación ocupa una posición dominante en los actos devocionales.
También pesa sobre Sagunto la posibilidad de perder la declaración de Fiesta de Interés Turístico Nacional. El Ministerio de Industria y Turismo abrió actuaciones preliminares para valorar si existen indicios suficientes de pérdida sobrevenida de esa distinción por falta de participación de la ciudadanía, en particular de las mujeres, a la luz de la normativa vigente. La Orden ICT/851/2019 exige atender, entre otros elementos, al valor cultural, alcance social y proyección de la fiesta; y el debate abierto por el Ministerio sitúa la exclusión femenina en el centro mismo de esa valoración pública.
Pero, incluso, dejando a un lado tribunales, ministerios y cuestiones culturales o turísticas, hay una cuestión moral que no puede eludirse: ¿Qué clase de comunidad celebra una pasión religiosa mientras niega a las mujeres el derecho a compartir plenamente el rito? ¿Qué clase de espiritualidad es la que se siente amenazada por la igualdad entre hombres y mujeres?
Podemos añadir también un punto adicional en este panorama de desolación: una parte de esa negativa a la incorporación de las mujeres, procede también de los jóvenes, como mostró la crónica de la asamblea. Eso obliga a abandonar una ilusión a la que solemos recurrir con comodidad: no siempre el tiempo corrige por sí solo la injusticia: a veces esa injusticia resulta heredada o actualizada; a veces nos sorprende que el lenguaje viejo de la injusticia sea defendido por los rostros nuevos y jóvenes…
Conviene que lo digamos sin rodeos: no toda tradición merece ser conservada tal y como fue recibida. Las tradiciones no son piezas de museo que permanecen cerradas bajo una urna, intactas y ajenas al paso del tiempo. Son formas de vida, y toda forma de vida que se niega a evolucionar, que rechaza la igualdad y que se aferra a una inercia injusta, termina degenerando en una caricatura de sí misma.
Someter la memoria colectiva al criterio de la justicia y de la igualdad, lejos de traicionarla, constituye, en realidad, una forma de honrarla. ¿Por qué? Porque las tradiciones no se desvirtúan cuando son modificadas con el objetivo de incluir, reparar o dignificar; pero sí se desvirtúan cuando se utilizan para excluir, para perpetuar privilegios o para bloquear avances que son necesarios. No podemos preservar una tradición manteniéndola congelada, sino que hemos de permitir que respire, que dialogue con el presente y que incorpore nuevos aspectos que la enriquezcan y amplíen la dignidad humana. Sólo de esa manera seguirá teniendo sentido.
Incluso, desde el mundo de la filosofía, un pensador como Hans-Georg Gadamer, en su obra «Verdad y método» se muestra partidario de que el pasado y el presente tienen que entrar en relación. Es ahí donde aparece, justamente, la noción de tradición como algo dinámico: la tradición no se conserva simplemente repitiéndola, sino interpretándola; y toda interpretación implica ya un diálogo con el presente.
Lo sucedido en Sagunto no habla solo de una cofradía. En cierto modo, habla de un país que todavía arrastra espacios donde la igualdad debe pedir permiso para entrar y, como vemos, ese permiso es negado en ocasiones; habla de una cultura que, en algunos rincones, sigue confundiendo continuidad con inmovilismo; y habla, sobre todo, de una vieja estrategia de dominación: presentar como una cosa natural, algo que solo es privilegio, llamando tradición a lo que en realidad es exclusión.
¿Qué se quiere preservar realmente acudiendo a la tradición? Porque si lo que se desea conservar es la fe, la comunidad, el sentido ritual, nada de eso peligra porque las mujeres procesionen. No peligra el rito, ni la fe, ni la memoria. Lo único que peligra es el privilegio de unos pocos de seguir decidiendo quién cuenta y quién no. Y cuando lo único que una tradición sabe defender es un monopolio, entonces ya no custodia un legado: lo que custodia es una derrota moral. Muchos dirán que no hay que correr el riesgo de romper el pueblo; que no conviene generar controversia; que las cosas llegarán «por su propio peso»… Todo eso no es más que la retórica del «aplazamiento», que es muy utilizada por el conservadurismo: esperar, no forzar, no incomodar, no alterar. Es decir, que todo siga igual mientras se finge que el cambio llegará algún día por sí solo, como si fuera una especie de milagro moral. Pero todos sabemos que los derechos no caen del cielo, como la fruta madura que cae del árbol. Los derechos han sido peleados, conquistados, discutidos, frente a la resistencia de aquellos que siempre han aducido razones para mantener la desigualdad y el status quo.
No es difícil ver en todo esto una profunda contradicción: se invoca una fe que apela a la dignidad humana, mientas que se mantiene una frontera de sexo en el corazón de una celebración religiosa y pública. Ahí reside la contradicción, porque se habla de religión, de fraternidad, de devoción y sin embargo se vota mantener una estructura de exclusión que humilla a una parte de esa misma comunidad. Y las preguntas se encadenan inevitables: ¿Qué fraternidad es esa que necesita cerrar la puerta a las mujeres para sentirse segura? ¿Qué espiritualidad es esa que parece temblar cuando se le pide la igualdad más básica?
En Sagunto no se ha defendido una tradición. Lo que realmente se ha hecho es proclamar una resistencia. La resistencia hacia algo que se sabe cuestionado y que, por eso mismo, se aferra con más fuerza a la costumbre. Lo triste, no sólo es que esto ocurra, sino que sea aplaudido; que haya hombres jóvenes que, además de heredar la túnica de la cofradía, hereden la convicción de que la igualdad puede suponer una amenaza.
A mí, sinceramente, defender las tradiciones de esta manera, me parece que revela una cobardía moral, por mucho que se revista de incienso…
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