Crónicas del desencanto 3: la ultraderecha

Cuando el miedo encuentra sus banderas

La ultraderecha no crece solo en las urnas. Antes crece en el ambiente; en las conversaciones; en los bares donde la rabia sustituye al análisis; en las redes donde los insultos valen más que los argumentos; en los hogares donde la incertidumbre ante el futuro se mezcla con la nostalgia de un pasado que nunca fue tan digno como ahora se recuerda. Es decir, se idealiza el pasado, recordándolo como una época mejor, más justa, más ordenada o más decente, cuando, en realidad, fue una época de dictadura, de injusticia, de falta de libertad, de precariedad y de sufrimiento. En suma, la ultraderecha crece en ese momento en el que una sociedad deja de creer en sí misma y empieza a buscar culpables.


España no es una excepción. Durante mucho tiempo se ha creído que en nuestro país la extrema derecha no encontraría un arraigo fértil, como si la experiencia traumática del franquismo hubiera sido una enseñanza irreversible. Se creyó que esa memoria histórica funcionaría como una vacuna contra el autoritarismo. Pero la historia tiene otras enseñanzas: ninguna sociedad queda inmunizada para siempre. Ningún tipo de memoria histórica es suficiente cuando el descontento social se extiende, cuando la desigualdad se normaliza o cuando una parte significativa de la población vive con el convencimiento de que el futuro ya no es prometedor.

Es en ese momento, cuando concurren el deterioro de las condiciones de vida, la frustración o el cansancio, cuando el terreno se vuelve propicio para los discursos reaccionarios, es cuando reaparecen antiguas tentaciones, no necesariamente bajo las mismas formas del pasado, ni con los mismos símbolos -aunque a veces sí-, ni con idéntica retórica, pero sí con el mismo fondo y las mismas promesas morales: restablecer el orden por medio de la exclusión; restablecer la autoridad a través del miedo; reforzar la identidad propia, rechazando al que es diferente.

Vuelve entonces lo que creíamos enterrado para siempre: el deseo de orden, pero no entendido como una convivencia justa, sino como imposición de una disciplina; vuelve la necesidad de encontrar culpables sobre los cuales descargar la frustración acumulada; y vuelve la tentación de señalar al diferente -el migrante, el pobre, el feminista, el ecologista, el extranjero…- como chivo expiatorio de todos nuestros malestares. La explicación política es sencilla, pero eficaz: siempre es más fácil identificar enemigos que efectuar propuestas; es más rentable políticamente alimentar los agravios que afrontar las causas reales de la precariedad.

Es importante insistir en esa dimensión: la ultraderecha no crece solamente por el odio, sino por su «gestión de los miedos«. Esa gestión sabe llevarla a cabo bastante simpleza, pero no exenta de eficacia: allí donde la realidad es compleja, la ultraderecha ofrece culpables inmediatos; allí donde se necesitan acuerdos, trabajo y negociación para realizar reformas complejas, la ultraderecha ofrece castigos ejemplares; allí donde la democracia exige paciencia y mediación, la ultraderecha ofrece la fantasía de la «limpieza moral».

Esas son las respuestas que la ultraderecha maneja. Sin duda son respuestas crueles, falsas y humillantes. Pero respuestas que, al fin y al cabo, seducen a muchas personas. Ahí tenemos la lección más bochornosa que debemos aprender: la ultraderecha no sólo avanza por el odio, sino también porque demasiada gente ya no cree que el sistema en el que vive pueda ofrecerle dignidad, reconocimiento o futuro.


Con frecuencia, se discute mucho sobre qué pesa más en el auge de Vox: si la economía o la defensa de una identidad nacional.

La realidad es que se trata de una pregunta legítima en sí, pero tal vez insuficiente. ¿Por qué? Porque en ella aparece una delimitación demasiado clara entre dos planos -economía e identidad- que suelen aparecer mezclados en el sentir real de la gente. Es decir, la inseguridad económicaprecariedad laboral, inflación, dificultad para llegar a final de messe vive también como una humillación identitaria, como una sensación de irrelevancia, de no contar para nadie; de sentir que el esfuerzo no se traduce en avance sino en un retroceso; que los políticos hablan un lenguaje muy lejano y que los hijos, quizá, vivirán aún peor…

Aquí es donde la ultraderecha se muestra eficaz. No porque explique las causas del malestar, sino porque lo traslada a un lenguaje emocional e inmediato. Mientras es preciso hablar de «salarios, vivienda, servicios públicos, redistribución de la riqueza, regulación laboral», etcétera, la ultraderecha presenta una narración simple y rentable: si alguien ocupa tu lugar es que ese alguien te ha quitado algo y amenaza lo que eras desde siempre.

Esa es la transformación decisiva que consiste en explicar las heridas económicas desde el resentimiento cultural y encontrar, de manera fácil, un enemigo al que culpar, una bandera bajo la que agruparse y un grito con el que descargar las frustraciones. Ahí reside una de las claves del éxito de partidos como Vox: en su capacidad para recoger la angustia de una parte de la sociedad y devolverla en forma de consignas y de hostilidad.


Sin embargo, podría considerarse que Vox no es más que la punta del iceberg y que debajo hay una quiebra más profunda: la ruptura entre las promesas sociales y las experiencias reales que se viven. Veamos esto con algo más de detalle.

La idea central es que, durante décadas, se ha transmitido a nuestros jóvenes una especie de pacto: estudiar, esforzarse, trabajar y ser responsable se traduciría en una vida más o menos estable, digna y autónoma. Ese era el relato de la democracia social: ofrecer, tal vez no riquezas, pero sí progreso, seguridad y cierta confianza de cara al futuro.

Pero ese «pacto» parece no haberse cumplido. Hoy día, tenemos una generación que siente que «estudiar no garantiza nada, que trabajar no asegura la independencia y que el esfuerzo no abre, necesariamente, ninguna puerta». Los jóvenes experimentan que llegan tarde a demasiadas cosas: «al empleo estable, al salario justo, a la vivienda, a la idea misma de ser adultos y poder desarrollar su propio proyecto de vida». Han crecido en una democracia que les prometió bienestar y ascenso social, pero a cambio les da contratos breves, salarios insuficientes, viviendas inalcanzables o alquileres salvajes… es decir, todas las condiciones para que su vida quede como en suspenso, sin horizonte. Y sin horizonte no hay proyectos, y sin proyectos se debilita o se pierde el vínculo con la sociedad. El resultado es inquietante: cuando una sociedad niega el futuro a sus jóvenes, no sólo produce frustración, sino también las condiciones para que crezca la ira, el cinismo y la tentación autoritaria. Es decir, condiciones para que crezcan partidos como Vox.


La argumentación que estamos exponiendo es que el voto ultra desplaza lo puramente económico hacia una posición donde domina el resentimiento moral y afectivo. En esa posición, las necesidades materiales se viven como humillación y agravio. Vox no busca a un votante que sólo reclame mejoras materiales, sino que también quiera recuperar una situación que considera perdida. El discurso de la ultraderecha atrae a todos aquellos que necesitan oír que ellos no han fracasado, sino que les han robado, les han expoliado o les han desplazado del lugar que desde siempre les ha pertenecido. La maquinaria reaccionaria no ofrece explicaciones, ni análisis, ni justicia, sólo ofrece chivos expiatorios: el inmigrante, la feminista, el ecologista, el pobre, el disidente... Desde luego, siempre hay alguien que está disponible para cargar con el peso del resentimiento y del odio. Ese es la idea que resume la lógica de la ultraderecha: convertir la frustración, que desde luego puede ser legítima, en un resentimiento indigno y miserable.

¿Por qué es un resentimiento indigno y miserable? Porque no cura las heridas sociales, sino que las infecta aún más. Su intención no es ayudar a construir una comunidad, sino más bien una «tribu». Y es vital señalar las diferencias: una comunidad se basa en la pluralidad, el respeto, los derechos y la convivencia; la tribu reaccionaria, en cambio, defiende una pertenencia que es excluyente, una obediencia emocional y una gran hostilidad hacia todo lo que se sitúa fuera de ella.


Sin embargo, sería ingenuo pensar que todo se arregla con una mejora en las cifras macroeconómicas. Nuestro país, por ejemplo, lo demuestra: España, en ese terreno, presenta unas cifras que están en la cabeza de la Unión Europea y, sin embargo, es la ultraderecha la que experimenta una notable ganancia en las intenciones de voto de los ciudadanos. Es obvio que hacen falta mejores salarios, acceso a la vivienda, servicios públicos potentes y una mejor redistribución de la riqueza. Pero hace falta algo más: combatir también en el terreno emocional y simbólico que es, precisamente, el que la extrema derecha ha ocupado con habilidad.

Tal vez, esa sea una de las grandes derrotas de nuestra democracia: haber permitido que la política perdiera hondura moral, imaginación y fuerza. Es un error pensar que es suficiente con una gestión razonable del presente, y olvidarnos de un lenguaje de dignidad que aglutine a los ciudadanos.

En el párrafo anterior, se ocultan algunas ideas que considero importantes: cuando digo que hemos consentido en «una política que ha perdido hondura moral, imaginación y fuerza», eso implica que la política ha dejado de ser un espacio donde se discute sobre qué clase de vida en común merece la pena, sobre qué es justo, sobre qué tipo de sociedad queremos construir o sobre qué valores deben orientar nuestra convivencia. En lugar de esto, la política queda arrinconada en un nivel demasiado técnico y pierde esa energía simbólica que hace falta para movilizar, convencer, ilusionar y ofrecer un sentido a los ciudadanos. También la idea de que «es un error quedarse en una gestión razonable del presente», supone una crítica a aquellos políticos que consideran que la acción de gobierno consiste sólo en administrar bien: «cuadrar las cifras, realizar ajustes, mantener la estabilidad», etcétera. Sin embargo, el «olvido de un lenguaje digno que aglutine a los ciudadanos» sugiere que la democracia necesita algo más que eficacia técnica. No hay que hablar a los ciudadanos solo como contribuyentes, consumidores o votantes, sino como sujetos dignos de reconocimiento; transmitirles que su vida importa, que nadie debe ser humillado y que la política está para crear una comunidad en la que la vida de todos/as sea más justa y más habitable.

La conclusión a la que puede llegarse, es algo que estamos comprobando en los últimos años: cuando la democracia deja de ofrecer dignidad, horizonte moral, y renuncia a construir un relato capaz de integrar a los ciudadanos, serán otros -con la ultraderecha a la cabeza- los que aprovechen el resentimiento para lanzar respuestas falsas o crueles.

Hay algunos pensadores, como es el caso de Nietzsche, han captado muy bien esa transformación del resentimiento: el resentimiento no es un simple enfado, sino una energía reactiva que no es creadora, sino que acusa; una energía que se utiliza para condenar a los otros.


En definitiva, la democracia también tiene su parte de culpa en este análisis del ascenso de la ultraderecha, al haber dejado de dar razones morales para ser defendida y querida. Es decir, Vox crece porque hay demasiada gente que se siente cansada y porque, mientras la democracia no ha sabido transformar ese cansancio y ese dolor en una energía emancipadora, la extrema derecha hace justamente lo contrario: retoma el malestar, lo envilece y lo dirige contra los más vulnerables. Pero, eso sí, mantiene intactas las estructuras que provocan la verdadera desigualdad.

En esto último reside su gran fraude: se atribuyen el monopolio de hablar en nombre del pueblo -populismo, puro y duro-, pero siguen estando al servicio de los poderosos; se presentan como enemigos de la élite, pero siguen creyendo en los privilegios; se les llena la boca de libertad, pero, en realidad, ordenan obediencia, sumisión y silencio…


Y, sin embargo, sería un error consolarse llamando ignorantes a sus votantes. Porque el problema no reside sólo en Vox. El problema también está en el suelo histórico que hace posible que el discurso de la ultraderecha eche raíces y crezca. Un suelo hecho de desigualdad, de abandonos, de saturación digital, de debilitamiento cultural y de pérdida de confianza en todo aquello que antes servía para organizar la vida en común. Por eso, surge inevitable la cuestión: ¿qué hemos dejado de ofrecer como sociedad para que tanta gente prefiera el insulto o el desprecio, a los argumentos; las fronteras a los vínculos entre seres humanos; o los castigos a la justicia? ¿Por qué hemos dejado un terreno tan devastado para que el autoritarismo levante su discurso?


Tal vez, frente a todo esto no bastan los análisis fríos, sino que es el momento de una defensa apasionada de la democraciaclaro está, de una democracia que merezca ser defendida-; de una democracia que no abandone a los jóvenes; que no normalice la precariedad; que no convierta la vivienda en un privilegio, ni la dignidad en un bien escaso.

Y hace falta también «coraje cultural»: llamar al odio por su nombre, a la mentira, mentira y a la crueldad, crueldad. Porque aquí no está en juego una simple oscilación electoral, sino una disputa más profunda: cuando el odio, la mentira y la crueldad se normalizan, no sólo se degrada la política, sino también el alma de nuestro tiempo.

En esa batalla, no podemos ser tibios…

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