En estos momentos millones de personas en este mundo creen que hay algo especialmente obsceno en la forma en que Donald Trump conduce esta guerra contra Irán: no solo por su ilegalidad, no solo por la violencia, no solo por el coste humano, no solo por el riesgo de incendiar aún más Oriente Próximo, sino por la frivolidad política con la que parece administrarla. Más que una estrategia, lo que se percibe es una sucesión de impulsos, amenazas, rectificaciones, bravuconadas y cálculos de corto plazo. Como si una guerra pudiera dirigirse del mismo modo que se lanza un eslogan electoral o se improvisa un mitin. El resultado es devastador: cuanto más interviene Trump, más mete la pata y más se aleja la posibilidad de una salida pacífica y estable.
Lo más inquietante no es solo que el presidente estadounidense mande mensajes contradictorios. Eso, en Trump, revela una inestabilidad que forma parte del personaje. Lo más inquietante es que esas contradicciones se producen en medio de una guerra real, con tropas movilizadas, con el estrecho de Ormuz bloqueado o parcialmente alterado, con los mercados en tensión, con el precio de la energía amenazando economías enteras, con una región al borde de una escalada bélica mayor y, lo más dramático de todo, con muertos: sin ir más lejos, en los primeros compases de la guerra, un ataque contra la escuela Shajareh Tayyebeh mató a 168 menores, en su mayoría niñas,
La crisis en torno al estrecho de Ormuz se ha vuelto tan grave y peligrosa que ya no basta con hacer un seguimiento de la misma. Ormuz es un paso donde se estima que circula alrededor del 20% del petróleo global, de ahí la activación mecanismos internacionales para intentar mantener abierta la navegación comercial.
Por otra parte, a los países del Golfo no les tranquiliza un simple alto el fuego, porque eso no elimina la capacidad de Irán de volver a amenazar con sus misiles, drones o presionar sobre las rutas marítimas. La pretensión de esos países es reducir de forma verdadera la capacidad iraní de intimidación en la región y terminar con los riesgos que afronta el tráfico energético en esa zona.
Es decir: la guerra ya no se puede presentar como una “pequeña distracción”, pasajera o manejable, porque sus efectos se están dejando sentir sobre la economía global y sobre el equilibrio geopolítico de toda la zona. Y, sin embargo, Trump sigue oscilando entre el tono del hombre fuerte y la marcha atrás táctica; entre la amenaza y la prórroga; entre la promesa de victoria y la insinuación de una salida negociada. Pero para muchos mortales, Trump representa la equidistancia entre el narcisismo y la estupidez: mientras que él insiste en que el final de la guerra llegará pronto, desde su propia administración se habla de decisiones difíciles y plazos inciertos.
Es aquí donde aparece el verdadero problema político. Y tiene nombre propio: Donald Trump.
No estamos solo ante un líder agresivo. Estamos ante un líder voluble. Y la combinación de agresividad y volatilidad es una de las peores fórmulas posibles para dirigir una crisis internacional, cuando menos una guerra. Su autoritarismo impulsivo no genera orden: genera miedo, confusión y errores de cálculo. Un gobernante puede ser temible por su dureza o por la fuerza militar que es capaz de manejar; Trump lo es, además, por su inconsistencia. Y cuando el mando militar y diplomático de la primera potencia del mundo depende de un dirigente que parece reaccionar a la presión bursátil, al precio de la gasolina y a la dramaturgia mediática del día a día, entonces el mundo entero queda sometido a una lógica peligrosamente infantil.
Eso es lo más revelador: la guerra no aparece como una decisión sometida a un horizonte político inteligible, sino como una pieza más del teatro del poder trumpista. Sus gestos y aspavientos sustituyen al criterio; Trump no recurre a la deliberación, sino a la escenificación; no ejerce la responsabilidad histórica que corresponde a un presidente de su país, sino que esparce testosterona a diestro y siniestro.
Él amenaza para parecer fuerte, pero pronto se rectifica para frenar el castigo de los mercados, y si percibe debilidad, entonces vuelve a amenazar. Es una especie de coreografía grotesca en la que quedan atrapados civiles, soldados, aliados, los precios de la energía y la, prácticamente exhausta, estabilidad internacional.
Lo curioso del caso es que Trump quiso vender durante años la imagen de un líder antiintervencionista; la imagen de un presidente que no abriría nuevas guerras y que pondría a Estados Unidos, por fin, al servicio de sus necesidades internas. Pero la realidad vuelve a mostrarnos su engaño: el nacionalismo populista, cuando se instala en el poder, no elimina la tentación imperial, tantas veces ejercida por Estados Unidos. Al contrario, Trump la utiliza y la convierte en un espectáculo. No abandona las pulsiones de dominio, sino que las disfraza de un marketing patriótico. Sigue practicando los errores del intervencionismo pero esta vez administrado sin planificación, sin escrúpulos y con más dosis de narcisismo autoritario.
Y, ¿qué lecciones nos está dejando esta guerra ilegal, innecesaria y absurda? No son sólo lecciones acerca de Irán ni de su miserable régimen- esas ya las conocíamos-. Esta guerra nos habla también de la degradación de la política contemporánea. De una forma de ejercer el mando que no consiste en comprender la complejidad del mundo contemporáneo, sino en imponer un relato de fuerza, aunque la realidad lo desmienta al día siguiente. Habla de una presidencia que parece incapaz de distinguir entre la negociación y la fanfarronería, entre la diplomacia y el chantaje, entre la autoridad y la mera pose. El problema no es únicamente moral. Es estructural. Una potencia nuclear no puede estar dirigida con la lógica del espectáculo, de las apuestas o de las reacciones viscerales y nerviosas, sino que necesita de prudencia, procesos medidos y estables y objetivos nítidos. Trump gobierna a base de impulsos, faroles y giros bruscos. Es un estilo corto de horizontes y más pendiente del impacto inmediato en los mercados, en las encuestas o en la percepción pública. No estamos ante un estadista, sino ante un hombre que está intoxicado y engreído por su propia imagen: vulgar y peligrosa. No preocupa sólo su brutalidad verbal sino la ligereza de sus decisiones que se convierten en caprichos amenazantes para todo el mundo.
El gran drama es que millones de personas quedan a merced de esos vaivenes: un día se anuncia una ofensiva mayor. Al siguiente, una prórroga. Luego se anuncian nuevos refuerzos. Después se niega la inminencia de una operación terrestre. Entre tanto, los mercados se hunden, la energía se encarece, los aliados desconfían y la región arde. Trump no ejerce liderazgo, sino una improvisación irresponsable que está sustentada por la mayor fuerza militar del planeta.
Sobre los aliados, hay «aliados y aliados«. Por ejemplo, Israel no sólo es una aliado fiel, sino un socio con enorme capacidad de influencia en las decisiones estadounidenses. Netanyahu no sólo ha sido defensor de la guerra contra Irán, sino su propio impulsor. Hay otro grupo de aliados, especialmente los países del Golfo, que pagan un alto precio por la dependencia de EEUU: necesitan de su paraguas de seguridad militar pero, precisamente por ello, son unos aliados expuestos y de los más golpeados por la crisis del estrecho de Ormuz. Por último, hay otros aliados que siguen siendo aliados formales, pero que cada vez aceptan menos dejarse arrastrar de manera automática por Trump. Son los países de la OTAN, hoy más cuestionada que nunca, algunos de los cuales se han negado a que se utilicen las bases norteamericanas o a enviar buques a Ormuz.
Por lo tanto, estamos entrando en un nuevo tipo de orden internacional en el que los aliados comienzan a protegerse, no sólo del adversario, sino también del que ha sido hasta ahora el principal protector. Trump está forzando a sus socios a tener miedo de sus derivas imprevisibles y ello está resquebrajando a marchas forzadas la propia idea de Occidente que se forjó tras las dos guerras mundiales.
Para ir concluyendo, Trump, bajo la apariencia de una política fuerte, lleva a cabo, en realidad, una política vacía de seriedad, donde la fuerza ya no está subordinada a un fin, sino al estado de ánimo del dirigente y a la reacción de la audiencia. A la verdadera tragedia que siempre representa una guerra, se añade en este caso que está gestionada por un narcisista, autoritario, que la vive como una cuestión de relato, de imagen y de rentabilidad política.
Cuando eso sucede, no solo peligra la paz. Peligra también la idea misma de responsabilidad pública. Porque el mundo no necesita dirigentes que jueguen a tensar y destensar el horror según el precio del barril o la apertura de Wall Street. Necesita gobernantes capaces de comprender que cada amenaza lanzada desde una superpotencia puede convertirse en muerte, ruina y desorden para pueblos enteros.
Trump no demuestra fortaleza. Está mostrando algo peor y el rasgo más aterrador de nuestro tiempo: no sólo que hay dirigentes dispuestos a llevar al mundo al abismo, sino que además lo publicitan con frivolidad. En manos de esos líderes, la guerra no es sólo una monstruosidad, sino una forma improvisada de indecencia histórica.
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