Los sofistas: ¿la palabra frente a la verdad?

En la Historia de la Filosofía, hay personajes o corrientes cuyo nombre se utilizó de manera despectiva. Eso ocurrió con los sofistas. Históricamente, fueron maestros de la retórica, de la argumentación y de la educación en la Grecia clásica, pero su figura acabaría muy desacreditada. Platón fue muy influyente en esa labor de desacreditación. Incluso, todavía en la actualidad, «sofista» no hace referencia a un filósofo antiguo, sino a alguien que manipula el lenguaje y que puede defender algo que es falso, aunque lo haga de manera elegante.

Los sofistas aparecen en la Atenas del siglo V antes de Cristo. Lo hacen en un contexto de cambios políticos y culturales que resultarían decisivos tanto en el terreno de la historia como en el de la filosofía. La polis ya no se organizaba en torno al prestigio de los linajes aristocráticos o de las autoridades heredadas del pasado, sino en torno a una nueva forma de vida pública caracterizada por la intervención del ciudadano en los asuntos públicos. Estamos asistiendo al nacimiento y consolidación de la democracia ateniense que, con todas sus limitaciones, permitió un espacio nuevo donde la palabra -logos- fue una herramienta imprescindible para la participación, influencia y ascenso social.

La Asamblea, por ejemplo, era el lugar donde se discutían los asuntos fundamentales de la polis. Allí se decidía sobre la guerra, la paz, las leyes, los impuestos, las alianzas con otras ciudades, etcétera. Hay que señalar que en la Asamblea no era suficiente con tener una opinión, sino que había que saber expresarla y defenderla de manera persuasiva, ordenada y eficaz. El dominio del discurso era fundamental para influir en las decisiones que se tomaban en la vida colectiva. La política, por tanto, comenzó a depender en gran medida del arte de argumentar ante los demás.

Algo similar ocurría en los tribunales o en la plaza pública. No existían abogados, en el sentido moderno del término, y con frecuencia el ciudadano defendía en el tribunal su propia causa. De ahí la necesidad de saber construir su defensa, argumentar, refutar al adversario, conmover al auditorio, etcétera. De nuevo la palabra fue un instrumento de primer orden para salvaguardar el patrimonio, la propia reputación o, incluso, la vida.

En esos espacios, la Asamblea, el Tribunal o la Plaza Pública, ya no bastaba con tener linaje, fuerza o riqueza. Era necesario saber hablar, argumentar, convencer, refutar, conmover…


Ahí entraron ellos: los sofistas.

Fueron maestros de retórica, educadores, especialistas en formar a ciudadanos para que se impusieran en el debate, en el discurso. Supieron leer su tiempo al darse cuenta de que la polis democrática necesitaba un tipo de formación diferente a la tradicional, que todavía estaba vinculada al linaje, al prestigio social, a la excelencia -areté- entendida como valor, honor, nobleza de carácter. Es decir, a un modelo de educación aristocrática como la que reflejan los héroes de las dos grandes obras de Homero, la Ilíada y la Odisea.

Sin embargo, los sofistas ofrecieron enseñar retórica, gramática, técnicas de persuasión… Fueron, en cierto modo, profesionales de la educación que iban de ciudad en ciudad enseñando, sobre todo a los jóvenes, cómo intervenir con éxito en la vida política y social.


Por tanto, los sofistas no fueron filósofos que especularon acerca de la Naturaleza o del Cosmos, como hicieron los presocráticos. No buscaron ese primer principio de la realidad -al que los griegos denominaban el arjé- que fue el eje de reflexión de filósofos anteriores, junto a la cuestión del ser o del movimiento. Su reflexión se dirigió hacia otro lugar: hacia el lenguaje, la ley, la educación, la ciudad, el conflicto entre la naturaleza y las normas o convenciones. No se preguntaron acerca de qué es el mundo, sino quién decide lo que es justo, cómo se edifica la verdad o de qué forma las palabras pueden ordenar la vida común. En ese sentido, los sofistas llevaron a cabo una especie de «revolución» en el mundo de la filosofía al alejarse de la problemática filosófica del Universo y de la Naturaleza, y llevarla al terreno de lo humano.

Y eso, en principio, era más peligroso de lo que parece. ¿Por qué? Porque los sofistas comenzaron a cuestionar cosas muy sensibles. Por ejemplo, que las leyes fueran intocables; que las costumbres fuesen sagradas; que haya una única verdad pública para todos; que el poder se base en la nobleza o en la fuerza. Los sofistas pensaron que todas estas cuestiones podían ser discutidas, y que también podría discutirse quién y con qué legitimidad podía ejercer el poder. Dicho de otra manera, los sofistas aparecieron como «peligrosos» porque enseñaban que el orden social no era ni natural ni sagrado, sino humano y, por tanto, discutible, criticable y modificable. Ellos introdujeron una sospecha muy fuerte: quizá muchas normas, leyes, valores o creencias que hasta entonces se consideraban como «absolutas«, eran simplemente el resultado de acuerdos, hábitos, tradiciones o convenciones que se adoptaron a lo largo de la historia.

De ahí, la importante oposición que los sofistas convirtieron en un tema central en el pensamiento de la segunda mitad del siglo V a. C.: la oposición que media entre «Physis» y «Nomos». Physis significaba Naturaleza: lo que es por sí mismo; lo que crece o existe al margen de las decisiones humanas: En cambio Nomos significaba ley, norma, costumbre o convención; o sea lo que una sociedad establece y es considerado como válido. Los sofistas no fueron, necesariamente, los primeros en utilizar esos términos, pero sí quienes radicalizaron la pregunta: ¿lo bueno, lo justo y lo político tienen valor por sí mismos o son el resultado de una convención? Una de las cuestiones de mayor hondura en la filosofía griega.

Hemos comentado anteriormente que será Platón uno de los que más insiste en desacreditar a los sofistas. Lo hace en varios de sus diálogos y por una razón de fondo: quiere separar la filosofía de la sofística. Platón consideraba que el filósofo busca, ante todo, la verdad, aunque pierda la discusión o el debate; en cambio, el sofista busca el éxito, la persuasión o el prestigio, aún a costa de la verdad. Por si fuera poco, Platón también critica el hecho de que cobren por sus enseñanzas. De esta manera, en su diálogo Protágoras, llega a comparar -por boca de Sócrates– las doctrinas de los sofistas con mercancías que son peligrosas para el alma (Diálogo Protágoras, pasaje 313c-314b). También en el Gorgias, Platón, de nuevo por boca de Sócrates, señala que la retórica de los sofistas no es un verdadero saber riguroso, sino una especie de adulación o halago (462c-466a). Es decir, algo que produce placer y poder, pero no verdad ni justicia. Estas críticas también se extienden en otros diálogos como el Eutidemo o el titulado propiamente el Sofista.

En definitiva, Platón cree que los sofistas han degradado el logos -razón, palabra o discurso- renunciando a la verdad para convertir la palabra en instrumento de dominio y, además, cobran por ello. Llegados a este punto, la cuestión que se impone es: ¿son realmente justas estas críticas de Platón a los sofistas? Esta cuestión se ha debatido enormemente por los especialistas y desarrollarla excede de las pretensiones de este breve artículo. A modo de resumen puede decirse que es cierto que Platón denuncia un riesgo real de la sofística, como es que la palabra se separe de la verdad y de la justicia, pero se excede cuando convierte ese riesgo en una imagen global de todos los sofistas porque, en realidad, no todos pueden ser condenados como si se tratase de simples charlatanes que cobran. Además, hoy se está reconociendo que los sofistas realizaron importantes aportaciones al lenguaje, la política, la educación o a la distinción que antes hemos apuntado entre la Naturaleza y el Nomos.


Los principales sofistas aparecen en la segunda mitad del siglo V a. C., en plena Grecia Clásica y, especialmente, en el entorno de Atenas. Fue un grupo heterogéneo de enseñantes que, a cambio de honorarios, daban lecciones de retórica, argumentación, educación cívica, lenguaje y, en general, formación para la vida pública.

Entre los más importantes están Protágoras de Abdera, Gorgias de Leontinos, Pródico de Ceos, Hipias de Élide, Antifonte, etcétera…

Sólo vamos a referirnos brevemente al que está considerado como el más importante de todos ellos en la Historia de la Filosofía: Protágoras de Abdera.

Era natural de Abdera, en la región de Tracia, al nordeste de Grecia, y nació hacia el 490 a. C. Las fuentes nos lo presentan como un hombre de prestigio, viajero, inteligente y con una gran dote para el discurso. Su figura tiene algo de frontera o de bisagra: no pertenece al mundo anterior de las indagaciones cosmológicas, propias de los presocráticos, pero tampoco al mundo filosófico y sistemático que vendrá a continuación de la mano de Sócrates, Platón y Aristóteles. Poco se sabe de cuál fue su verdadera extracción social, ni de los hombres que pudo tener como maestros (se le ha llegado a presentar como discípulo de Demócrito, aunque hoy se considera muy poco probable que lo fuera). Tampoco hay pruebas de una posible relación personal con Platón, aunque por cronología sí llegaron a coincidir. Sin embargo, Platón sería un niño o un muchacho muy joven cuando muere Protágoras que era, aproximadamente, 60 años mayor que el filósofo ateniense. Sin duda, la relación más interesante entre ambos es la que tuvo lugar en el ámbito literario y filosófico.

Platón no se fija en Protágoras por casualidad. Lo elige porque era el sofista más prestigioso de todos. Pero, al mismo tiempo que lo combate, le concede una gran dignidad como adversario. No lo considera un charlatán de escasa importancia, sino un hombre inteligente que representaba una forma distinta de entender la educación, la verdad y la política.

Protágoras quedó unido para siempre a una frase que suena como un desafío: «el hombre es la medida de todas las cosas». Supone un desafío porque, hasta entonces, los pensadores buscaban «una medida» más elevada que el hombre: la Naturaleza, el Ser, el Cosmos, los Dioses… pero Protágoras dice algo esencialmente distinto: la medida no está fuera, sino en el propio ser humano y eso resulta un desafío provocador en su época.

La frase, es considerada por los especialistas como uno de los pocos fragmentos auténticos de Protágoras, y que nos ha sido transmitido por testimonios indirectos de la tradición antigua. ¿A qué se refiere Protágoras con esa afirmación? Se refiere a que nuestras verdades, nuestras normas o nuestras certezas, no descienden puras e intactas desde un reino ideal, sino que se forjan en el seno de la experiencia humana. La verdad, de pronto, ya no aparece como algo sólido e inmutable: las leyes pueden ser discutidas, las costumbres desenmascaradas y hasta lo sagrado puede aparecer como una convención. No se trata de pensar que el ser humano es el que crea arbitrariamente el mundo, sino que el ser humano es el criterio, o la «medid, desde el cual las cosas se juzgan, se perciben y se valoran. Por eso, para Protágoras, los juicios y el conocimiento son, de alguna manera, relativos a la persona que juzga o que conoce: no hay conocimiento sin sujeto; Siempre hay alguien que conoce. Dicho de otra forma, cuando conocemos lo hacemos desde nuestra perspectiva humana: vemos, sentimos, pensamos, comparamos… todo conocimiento pasa por ahí.

Por otra parte, los sofistas entendieron que la palabra no es neutral. El lenguaje no es un simple espejo del mundo que sólo describe lo que hay. Sirve también para dar forma a la realidad, porque todo lo que se nombra, se define o se expone de una determinada manera, acaba siendo percibido así por los demás. El lenguaje construye jerarquías, otorga significados, ofrece interpretaciones y sirve de orientación para la mirada colectiva. De ahí que no sea lo mismo llamar a alguien «ciudadano, enemigo, criminal, extranjero o héroe». La palabra no sólo describe, sino que coloca a las personas y a las cosas en un determinado lugar y eso tiene consecuencias morales, políticas y sociales. Por eso, los sofistas creían que quien controla el lenguaje controla buena parte de la realidad. Hoy día, también eso puede comprobarse: no sólo importa lo que ocurre, sino cómo se cuenta, cómo se nombra y cuál es el relato que logra imponerse. El poder no se sostiene muchas veces por la verdad, sino por la capacidad de presentarse como verdadero, aunque no lo sea.

Platón vio todo esto y reaccionó con dureza. Temía que, si todo quedaba sometido al arte de la persuasión, la polis acabara en manos de aquellos que supiesen mejor manejar las apariencias. Él, frente a los sofistas, defendía que existe una verdad que no depende del aplauso, del éxito ni de las habilidades retóricas. Y tenía razón en advertir ese peligro. Pero también la tenían los sofistas al creer y mostrar que la palabra no es inocente, que toda sociedad vive atravesada por discursos que entran en disputa y que la política no es el reino de la pura verdad, sino un espacio conflictivo donde concurren muchas interpretaciones.


De alguna manera, la figura de los sofistas sigue viva, porque nosotros también habitamos un mundo «sofístico«. Es decir, un mundo saturado de relatos, titulares, opiniones, propaganda, marketing, consignas emocionales, etcétera. Un mundo en el que en numerosas ocasiones importa lo que es «viral» y no tanto la verdad; lo que es «eficaz» y no tanto lo que es justo; lo que se «escenifica» y no tanto la realidad.

Los sofistas, por tanto, no son una rareza de la antigüedad y, en muchos aspectos, también son nuestros contemporáneos. Pero eso no es demasiado preocupante. Lo preocupante es creer que vivimos sin ellos cuando, en realidad, están en esa forma de hacer política que se aproxima al puro espectáculo en donde las opiniones sin fundamento se sobreponen a los argumentos; cuando el discurso moviliza resentimientos; cuando la mentira aparece disfrazada de seguridad; o cuando no se busca convencer sino derrotar sin paliativos al adversario. La lección de los sofistas permanece entre nosotros en su faceta más degradada: cuando la palabra deja de servir para pensar juntos y funciona como una técnica de dominación.


A pesar de todo, no parece oportuno condenar a los sofistas en base a una supuesta superioridad moral. Ellos también nos dejaron una enseñanza valiosa: que la educación no puede prescindir del lenguaje, que los ciudadanos han de aprender a hablar, a razonar y a defenderse, y que ninguna sociedad democrática puede prescindir del uso crítico de la palabra. El problema no es, por tanto, la retórica, sino que sea utilizada sin verdad, sin justicia o cuando la palabra se pone al servicio del dominio. Todavía hoy, los sofistas nos obligan a plantearnos una pregunta que no ha perdido fuerza: ¿qué ocurre con una comunidad cuando la palabra ya no busca la verdad, sino únicamente el triunfo? Esa pregunta atravesó la Atenas clásica, pero también atraviesa nuestro presente, tan lleno de ruido y tan escaso de pensamiento.

Tal vez por ello, convenga volver a ellos sin ingenuidad y sin distorsiones, sino con equilibrio. No para disculparlos totalmente como si fueran unos pensadores impecables, pero tampoco para asumir de manera mecánica la condena de Platón: Platón tenía razones para temer ciertos usos manipuladores o persuasivos del lenguaje, que se alejaban de la verdad, pero eso no significa que toda la sofística se pueda reducir a fraude o charlatanería. La idea central está en que los sofistas descubrieron que la lucha por el poder pasa por la «lucha por el sentido». El poder no se impone sólo con fuerza o dinero, sino también controlando el significado de las palabras: qué significa justicia, orden, libertad, patriotismo… y allí donde las palabras se corrompen, no tarda mucho en corromperse también la vida pública.

Al final, los sofistas no son solo un capítulo remoto de la historia de la filosofía. Son una advertencia incómoda: nos recuerdan que una civilización empieza a perderse cuando se confunde la elocuencia, o hablar bien, con tener razón o con la verdad; la persuasión con el pensamiento y la victoria en los debates con la justicia. En ese momento, cuando las palabras dejan de estar al servicio de la verdad y pasan al servicio del dominio, la vida pública pierde su fundamento y la comunidad comienza, poco a poco, a extraviarse…

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