La esperanza en María Zambrano: una luz que no grita
María Zambrano es una pensadora que, más que explicar el mundo, trata de escucharlo. No es dueña de un pensamiento que avanza como lo hace un conquistador, avasallando, sino con sigilo, como quien entra en una estancia oscura y espera a que los ojos se acostumbren a la penumbra. Ella no fuerza la verdad: la aguarda y la deja llegar, sin encerrarla en un concepto. Zambrano se opone a una filosofía que pretende un dominio de la realidad mediante conceptos rígidos. En vez de esto último, atiende a lo real mediante el ejercicio de la paciencia, dejando que las cosas se manifiesten sin imposición: ese acercamiento sigiloso, subraya todavía más esa actitud de «delicadeza» que es propia de nuestra pensadora.
Esto nos remite directamente a su idea de la «razón poética«. Se trata de una forma de racionalidad que no renuncia al conocimiento, pero que reconoce los límites de la razón discursiva tradicional. ¿Qué significa esto? Que, según Zambrano, hay ámbitos en la experiencia humana que sólo pueden ser comprendidos desde un pensamiento que está más próximo a la intuición, a la metáfora o a la vivencia interior. Su pensamiento se ubica, por tanto, en una posición singular dentro de la filosofía contemporánea. Una posición que se caracteriza por una actitud de conocimiento y existencial de humildad; que reivindica una filosofía que reconoce dimensiones en nuestra existencia como el sufrimiento, la esperanza, la interioridad o lo sagrado, que desbordan los límites de una razón puramente analítica. En el fondo, lo que nos está diciendo es que no todas las verdades pueden ser captadas mediante procedimientos estrictamente lógicos o discursivos.
Precisamente, por su modo de entender la verdad y su concepto de razón poética, es por lo que la esperanza tiene una importancia central en su pensamiento.
En efecto, hemos comenzado diciendo que María Zambrano no cree que la verdad pueda ser totalmente reducida a conceptos. Por tanto, el ser humano no puede situarse ante la existencia como alguien que ya lo posee todo con absoluta claridad y certeza. Se trata, más bien, de lo contrario: de vivir en un estado de búsqueda, de apertura y de espera. Es ahí donde aparece la esperanza, ocupando un lugar tan hondo en su obra. Pero no se trata de una esperanza superficial o de un consuelo fácil, como lo es el simple deseo de que las cosas salgan bien; no es entendible tampoco como optimismo o como la frase decorativa a la que se recurre en situaciones o momentos difíciles. Es mucho más que eso: la esperanza, en Zambrano, es casi una «estructura del alma»; la forma en que el ser humano permanece abierto -en actitud de espera- a cualquier forma de revelación o de sentido, incluso aunque esté en medio del dolor, de la oscuridad o del exilio -que, por cierto, ella misma experimentó al término de la Guerra Civil Española-.
Señalar la «esperanza como una estructura del alma», implica una manera esencial de estar en el mundo. El alma, según la piensa María Zambrano, no se cierra ni se agota en el presente inmediato; no queda satisfecha con lo que se nos es dado, sino que permanece abierta a algo más, a una plenitud que todavía no poseemos del todo. Esa disposición de «estar abierta a algo más» es el fundamento, precisamente, de la esperanza, tal y como la concibe nuestra filósofa.
Por estas razones, la esperanza está unida a la espera. El alma permanece orientada, y esperando, hacia aquello que todavía no ha llegado, pero que puede venir. Pero no conviene confundirnos: esa espera del alma no es pasividad, ni simple aplazamiento o mera resignación. La esperanza no tiene ese rostro ingenuo de quien cree que todo se arreglará solo: María sabe demasiado del dolor, de la guerra, de la derrota, del exilio, para permitirse esa frivolidad. Ella supo lo que significa que el mundo dejara de ser una promesa para convertirse en una ruina. Zambrano no tuvo que pensar la tragedia desde lejos, como se piensa una idea abstracta, sino que la padeció. Vio cómo todo aquello que podía contener un sentido –su patria, la historia, la cultura, la convivencia, el hogar– podía desmoronarse y dejar al ser humano expuesto ante la más cruda intemperie.
Precisamente, de ahí, es de donde nace su propuesta de que la esperanza debe seguir compareciendo, sustentando nuestra alma: como una disposición interior, o como una tensión silenciosa que aguarda la posibilidad de que la vida nos entregue un sentido más hondo del que ahora nos muestra. Esta es una de las más bellas lecciones que nos dejó María Zambrano: la esperanza no nace cuando las circunstancias son favorables, sino cuando todo parece conspirar contra ella; la esperanza no consiste en disponer de garantías, sino en aceptar que la realidad no se agota en lo que vemos hoy; que hay algo más que todavía no se deja poseer; que no ha tomado aún forma; que no se ha revelado todavía, pero que reclama ser aguardado.
Como vemos, la idea de la esperanza en Zambrano, tiene mucho que ver con su experiencia acerca de la fragilidad. Ella, como cualquier otro ser humano, no se basta a sí misma, no controla plenamente la verdad, ni el destino ni la historia; vive expuesta a las heridas, al desarraigo… Precisamente por eso, necesita la esperanza como forma de mantener el alma abierta, en actitud de búsqueda, de deseo, de apertura y de trascendencia. Desde este punto de vista, tan filosófico, la esperanza viene a expresar la «condición incompleta, abierta e itinerante» del alma humana. La esperanza, así entendida, es una condición propia de nuestra condición de sujetos vulnerables y finitos; seres frágiles, limitados, expuestos al sufrimiento, al paso del tiempo, a la pérdida y a la incertidumbre, que permanecemos orientados hacia la posibilidad de una mayor plenitud. O, como ella misma escribe al referirse a la esperanza: “Es el fondo último de la vida, la vida misma -diríamos- que en el ser humano se dirige inexorablemente hacia una finalidad, hacia un más allá, la vida que encerrada en la forma de un individuo la desborda, la trasciende. La esperanza es la trascendencia misma de la vida que incesantemente mana y mantiene el ser individual abierto”. («Los bienaventurados», en su apartado «las raíces de la esperanza»).
El pensamiento de Zambrano está muy alejado del modelo de razón que predomina en la modernidad. Es decir, de una razón que valora por encima de todo el control, la utilidad, la capacidad de definir, la exactitud… A partir de Descartes, y sobre todo con la llegada de la ciencia moderna, la razón ha buscado convertir la realidad en algo calculable y manejable. Es una razón que se siente segura cuando explica, ordena o domina todo aquello que tiene delante, pero que no lo está tanto ante aquello que es ambiguo o no cuantificable. Es más, esa razón moderna y calculadora ha tendido a desconfiar de todo lo que precisa de silencio o maduración interior.
Pero la razón de Zambrano es diferente. No es una razón que conquiste, como ya hemos señalado, sino una razón acogedora. Su propuesta es la de una razón más amplia que es capaz de escuchar, de esperar y de recibir todo aquello que no se deja poseer de inmediato. El motivo que aduce María Zambrano es que la racionalidad moderna se ha vuelto demasiado «estrecha» al privilegiar especialmente la utilidad, el control, la inmediatez o la productividad, dejando fuera aspectos esenciales de la existencia humana que, según ella, sólo son comprendidos por una inteligencia que sea capaz de sentir piedad y hospitalidad ante una realidad que no se nos muestra de manera evidente, sino que necesita de la espera y de la maduración. En definitiva, es una razón que está impregnada de un espíritu poético. No renuncia al conocimiento, sino que se acerca a él de manera más humilde y más honda: el dolor, la esperanza, el sufrimiento, el amor, el exilio, la fragilidad… no son realidades que puedan tratarse como los demás objetos que están disponibles para el ser humano. Por eso, necesitamos de una inteligencia que incorpore esos elementos ya citados como la piedad y la hospitalidad. La piedad no significa aquí lástima, sino una forma especial de sensibilidad que sabe reconocer el valor de lo que es frágil o de lo que está herido; la hospitalidad , por su parte, es una disposición a acoger la realidad sin violentarla, proporcionándole su tiempo, el necesario silencio interior y una atención más delicada.
Precisamente por esa distancia que media entre la razón que nos propone Zambrano y la razón que domina en la modernidad, es por lo que se ha calificado su filosofía, con acierto, de «tono auroral». En su pensamiento, en efecto, siempre hay algo de aurora, de amanecer, del despertar incipiente en el que la verdad todavía no aparece como algo cerrado, sino como inicio, como una aparición frágil y naciente que empieza a mostrarse, a semejanza de cómo lo hace la aurora del día. Eso es, precisamente, lo que destaca Chantal Maillard, en sus estudios sobre Zambrano, cuando dice que «la razón poética se inicia como conocimiento auroral», en su tesis doctoral titulada «La razón-poética en la obra de María Zambrano. Su posibilidad y validez metodológica» (Universidad de Málaga, 1987).
Tal vez, donde la esperanza de María Zambrano, alcanza un tono más conmovedor es en su relación con el exilio. ¿Por qué? Porque el exiliado vive entre pérdidas: ha sido arrancado de sus lugares, de los nombres que le son familiares, de la continuidad de su mundo; vive como si estuviera en un «estado de suspensión». Cuando la esperanza se cruza con el exilio, es una esperanza que no nace en la comodidad ni en la confianza ingenua ante el porvenir, sino una esperanza que nace desde la soledad, el desarraigo o desde la ruina histórica.
Varios estudiosos de la obra de María Zambrano han subrayado este aspecto: el exilio, para nuestra filósofa, no es sólo el abandono de su país, el quedar separada de su lengua, de la continuidad propia de su vida y del tiempo común con otros, sino que en ella el exilio llegó a convertirse en una categoría existencial, no meramente política; una forma de estar en el mundo que supuso una experiencia límite donde la esperanza no puede apoyarse en seguridades ni en comodidades, sino que tiene que brotar desnuda y, por ello, más pura. Por ejemplo, en su obra «Los bienaventurados» se unen claramente dos núcleos de su pensamiento: el exilio y la esperanza; en el exilio, la esperanza deja de ser una idea abstracta y se convierte en una forma de resistencia espiritual; el exiliado pierde su tierra, su casa, su comunidad o su historia compartida, pero lo que no puede perder es esa mínima esperanza hacia una mayor plenitud que es todavía posible.
¿Acaso no puede contemplarse en el pensamiento de Zambrano algo profundamente espiritual? ¿No se reconoce que la realidad contiene un don de misterio, de revelación? ¿Que la vida no se deja reducir sólo a lo que es útil, calculable o administrable?
En efecto, hay algo de sagrado en la existencia. Algo que aparece como piedad o como llamada, y la esperanza pertenece a ese ámbito. No es un entusiasmo superficial, sino más bien una resistencia secreta o una fidelidad a todo aquello que consideramos lo mejor de lo humano. La esperanza de Zambrano supone una negativa a aceptar que la violencia, la destrucción o la mentira tengan la última palabra.
Y eso vuelve a su pensamiento profundamente actual y cercano. Porque la esperanza no es ingenua, sino una de las formas más elevadas de la dignidad. Seguir abiertos y esperando es dejar un hueco para que algo verdadero nazca, aunque estemos, precisamente, en este tiempo tan proclive al cinismo, al desencanto y a la ironía.
Aprendamos, pues, una de las grandes enseñanzas de esta pensadora de gran humildad intelectual y vital: que el alma humana no vive solo de certezas, sino también de auroras. Que hay luces que no irrumpen, sino que amanecen. Y que la esperanza, cuando es verdadera, no grita, no promete, no se exhibe. Simplemente, permanece, como esa claridad todavía frágil de la aurora que, sin haber vencido del todo a la noche, ya impide que las sombras reinen por completo. Leer a Zambrano es recordar que no todo está perdido mientras el alma conserve esa capacidad de «aurora«; mientras quede en el ser humano una mínima apertura a la verdad, al bien y a la esperanza en una luz, aunque todavía no nos ilumina del todo.
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