Durante demasiado tiempo, la palabra patriotismo ha quedado en manos de quienes más la vacían.
Patriotismo es una palabra que hoy, más que nunca, se pronuncia entre banderas, se invoca en discursos enfáticos o se exhibe como una credencial moral. Sin embargo, con demasiada frecuencia ese patriotismo encubre justo aquello que es lo contrario de lo que debiera entenderse por amor a un país: encubre la sumisión a la mentira, la obediencia al abuso y la tolerancia ante la injusticia.
Frente a ello, conviene decirlo con claridad: amar de verdad a un país no consiste en envolverlo en símbolos, sino en luchar y defender las condiciones concretas que hacen que la vida común sea digna. Ese es, en el fondo, el corazón del artículo que Azahara Palomeque escribió para El País, el pasado día 6 de abril: el patriotismo debería dejar de identificarse con una exhibición de pertenencia y de identidad, para pasar a significar la defensa de la verdad, de la paz, de la dignidad y de los bienes que son comunes a todos los ciudadanos. O, para decirlo con sus propias palabras: «… porque esgrimir la verdad, oponerse a conflagraciones ilegales y violaciones de los derechos humanos que, además, sientan un precedente para un potencial daño a lo propio, conforma un ejercicio de amor al país de primer nivel, mucho más que izar una bandera o ser connivente con la ley del más fuerte».
Tal vez uno de los mayores daños culturales que hemos permitido en las últimas décadas ha sido permitir que la idea de patria fuera «secuestrada» por aquellos que la entienden como una propiedad, pero no la sienten como el ejercicio de una responsabilidad. Como si la nación perteneciera más a quien grita su nombre, que a quien la cuida; como si fuera más patriota el que señala enemigos a diestro y siniestro -tanto internos como externos-, que quien protege los servicios públicos, la convivencia civil, el derecho y la paz. De esa forma, entre unos y otros, se ha ido imponiendo y consintiendo «una noción empobrecida de lo patriótico« -incluso agresiva- según la cual amar al país consiste sólo en invocarlo o exhibirlo simbólicamente frente a todos sus supuestos enemigos.
Sin embargo, una patria no es sólo una bandera, ni un himno, ni una retórica inflamada en estos tiempos de crispación, ni mucho menos una consigna. La patria, si la entendemos con algo de dignidad, debe referirse ante todo a un espacio que protege a los más vulnerables, a una escuela que facilita una educación en igualdad, a un estado de derecho que limita cualquier tipo de abuso y garantiza una educación, una sanidad y una vivienda dignas, a un espacio real de igualdad de oportunidades, a una convivencia que impide la propagación del odio, a un lugar de paz que evita que la fuerza sea sustitutiva de la razón. Todo eso debe ser la patria y no esa escenografía identitaria y teatralizada que se proclama, especialmente, en los últimos tiempos.
En definitiva, la patria es una trama frágil de vinculaciones, instituciones, memorias, lenguaje común, servicios públicos y expectativas de un futuro compartido. Y precisamente por eso se la defiende mejor cuando se impide que sea destruida por la guerra, la arbitrariedad, el cinismo o la ley del más fuerte. El artículo de Azahara Palomeque insiste en esa idea de vincular patriotismo con soberanía, arraigo y preservación de un orden internacional que esté basado en reglas, y no fundamentar su defensa sólo mediante «actos teatrales identitarios«. Así que, de acuerdo con ella, yo también me declaro patriota pero de aquellos que, como afirma textualmente en su artículo, «…reconocen la carga emotiva de los espacios que moldean subjetividades, pero también las garantías legales asociadas a los territorios, como el principio de soberanía o el derecho a existir en un mundo en paz». Quienes cuidan todo eso; quienes impiden que el país se envilezca; quienes defienden sus instituciones y se niegan a permitir que la mentira, la difamación, la calumnia, el sectarismo y la falsificación de la realidad destruyan los vínculos comunes, son los que realmente ejercen un patriotismo infinitamente más serio y más honesto que todos los que se envuelven en banderas mientras miran para otro lado cuando se degradan las condiciones reales de la vida colectiva.
A pesar de esto, que debiera imponerse como una obviedad, hemos tolerado demasiado tiempo que el lenguaje patriótico haya sido apropiado por los que han sabido convertirlo en un arma arrojadiza. De esta manera, se ha producido una inversión perversa, una «transvaloración«, por utilizar un término de Nietzsche: aparece como más patriota quien inventa amenazas, que quien trabaja en favor de la paz social; quien grita en nombre del país, que quien aspira a hacerlo más justo, más decente y más habitable; quien reclama posesión y obediencia ciega a las consignas «patrióticas», que quien defiende el bien común y rechaza la hostilidad permanente hacia el que discrepa o es diferente.
Esa «inversión perversa« a la que nos hemos referido en el párrafo anterior, no es una cuestión baladí, sino que adquiere gran importancia porque acaba minando la propia idea de la patria como «comunidad política». ¿Por qué? Porque cuando la patria pasa a ser patrimonio emocional sólo de una determinada facción, deja de ser considerada como la «casa común». Es entonces cuando aparecen fronteras interiores que dividen y clasifican a los ciudadanos entre los que son supuestamente auténticos -los patriotas- de los que son presuntamente desleales.
Pero hay que insistir en una intuición que es decisiva: el verdadero patriotismo no es excluyente. Es decir, no está al servicio del odio, al que viene de fuera, sino que está para proteger aquello que hace posible la vida «de dentro»; el patriotismo no necesita inventarse amenazas permanentes para justificarse; ni necesita convertir la identidad en un arma arrojadiza; al contrario: cuanto más inseguro se vuelve el mundo, más evidente resulta que el patriotismo que es digno de ese nombre debería expresarse como una defensa de la paz y del marco jurídico, para poner límites a la sinrazón, a la grosería, a la mentira y a la barbarie. Por eso es importante recuperar cualquier tipo de evidencias que, incluso, pueden parecer hasta subversivas en los tiempos que corren. Decir “no a la guerra”, por ejemplo, no es un gesto ingenuo, ni sentimental, ni evasivo. Es una posición política seria. Es una forma de lealtad a la humanidad y, precisamente por ello, también al propio país. Palomeque lo destaca en su artículo cuando nos recuerda que oponerse a guerras ilegales y a violaciones de derechos humanos es una forma superior de amor al país: «En este sentido, la consigna «no a la guerra» se vuelve un búnker donde guarecernos, una suerte de banco de semillas que pugna por cobijar las posibilidades de la vida frente a quienes ensalzan abiertamente el sufrimiento impulsado por la sinrazón (…) oponerse a conflagraciones ilegales y violaciones de los derechos humanos que, además, sientan un precedente para un potencial daño a lo propio, conforma un ejercicio de amor al país de primer nivel, mucho más que izar una bandera o ser connivente con la ley del más fuerte.
El «patriotismo de banderas«, que aquí estamos cuestionando, tal vez nos ha llevado a caer en una de las trampas intelectuales y morales de nuestro tiempo y que conviene revisar: haber asociado el realismo político con la aceptación resignada de la violencia.
Sin embargo, ¿acaso es ser realista asumir que el mundo es brutal y que, por tanto, sólo cabe adaptarse a esa brutalidad? ¿acaso la madurez política consiste en aceptar que las potencias pueden hacer lo que quieran -matanzas de civiles, ocupaciones, guerras ilegales-? ¿debemos asistir al convencimiento de que el derecho internacional es papel mojado o que la paz no es más que un ideal propio de los ingenuos?
Lo cierto es que nada hay más cínico -y, a la larga, más peligroso- que acostumbrarse a que la sociedad contemple la brutalidad como algo normal. Cuando los bombardeos se convierte en una rutina informativa; cuando la devastación de pueblos enteros se presenta como un «daño colateral»; o cuando el lenguaje diplomático empieza a sonar ridículo frente a los misiles, no estamos avanzando hacia un mundo más adulto, sino que retrocedemos hacia un mundo más primitivo. Precisamente, tras la Segunda Guerra Mundial, nos recuerda la autora del artículo, se estableció un sistema de contrapesos para tratar de impedir el retroceso civilizatorio en el que parece que hoy nos adentramos. Esos contrapesos fueron, por ejemplo, «la creación de la ONU, la defensa de los derechos humanos y del derecho internacional, los tribunales internacionales, las constituciones democráticas, o las alianzas para que un solo Estado pudiese actuar descontroladamente». Pero, en la actualidad, algunas potencias -EEUU, Rusia, Israel- están empeñadas en destruir ese sistema de contrapesos lo cual supone, sin lugar a dudas, no sólo una legitimación de la violencia, sino también un desprecio a las generaciones anteriores que lucharon por un futuro más apacible y justo y la privación de toda esperanza para los más jóvenes, si lo único que les ofrecemos es una «lluvia de drones.»
Hay algo que tampoco deberíamos olvidar en todo esto: la dimensión moral. El patriotismo no debe estar alineado solamente con la defensa del territorio, porque una patria no sólo es un espacio físico y geográfico, sino con la fidelidad a una determinada idea de país. Y en esa fidelidad hay una obligación esencial: no mentir. De hecho, defender la verdad, frente a la manipulación, es también una manera -tal vez la mejor- de defender la nación. No porque la nación sea sagrada, sino porque una comunidad política decente no puede permitir la falsificación deliberada de la realidad y debe salir, sin titubeos, en defensa de la verdad cuando el poder miente; debe resistirse a ser atropellada y negarse a aceptar lo que es injustificable. Es ahí donde está el verdadero patriotismo. Mucho más que en mil desfiles militares. La dimensión moral del patriotismo, por tanto, exige una defensa de la verdad, una promesa ética, una forma de vivir juntos, una memoria común y un horizonte de obligaciones y responsabilidades para todos. En el fondo, se trata de una cuestión sencilla: la patria merece ser defendida no sólo porque sea nuestra, sino porque aspira a ser justa. Por eso, considero que es más patriota el que protege su patria frente a la mentira, el abuso o la barbarie, que el que grita más fuerte, desfila más o enarbola más banderas. Ahí está la diferencia moral decisiva y, desde ese punto de vista, el patriotismo supone una exigencia de valentía cívica.
Quizá las opciones políticas más nacionalistas y autoritarias han logrado monopolizar esa «estética» del patriotismo. Se han apropiado de una escenografía patriota –banderas, himnos, exaltación, orgullo nacional, lenguaje de unidad, etcétera– y han conseguido presentarse como los únicos intérpretes legítimos del amor a un país. Pero esa apropiación «estética» no significa, ni mucho menos, que posean la verdad: una cosa es monopolizar los símbolos y otra muy diferente representar el sentido político y moral de lo que la patria debería de ser y que, por supuesto, es mucho más que una coartada emocional.
El patriotismo autoritario, en realidad, ama poco el país que es real. Lo que ama, en el fondo, es una ficción simplificada de dicho país. Lo que anhela y reivindica es una imagen uniforme de la nación, de la que se excluye cualquier elemento incómodo o que no resulte de su agrado, como, por ejemplo, el conflicto social, la desigualdad, la diversidad cultural y lingüística, la pluralidad política, la memoria de las injusticias cometidas, la vulnerabilidad de los más débiles, etcétera. Es un patriotismo que no soporta que una nación democrática sea, precisamente, un espacio en el que conviven diferencias que se han gestado y han coexistido a lo largo de los siglos, y a las que desearía eliminar a golpe de consignas o decretos.
Lo que desea, en suma, es una visión pobre de la patria en la que la pluralidad es entendida como algo decadente, ruinoso, y donde cualquier crítica es sentida como traición. Lo que olvida ese patriotismo es que una comunidad política se fortalece cuando hace frente a sus propias diferencias y contradicciones, para hacerse cargo de ellas. Hay que desertar, por tanto, del patriotismo idealizado y rígido que teme a las verdades históricas y reivindicar una idea de patria mucho más exigente y un amor al país mucho más verdadero.
Por eso es urgente que el patriotismo cambie de bando, idea que se recoge en el título de esta entrada del blog. Que el patriotismo no quede encerrado sólo en la adhesión emocional, ni en los símbolos, y que muestre la valentía de enfrentarse a todo aquello que degrada las condiciones de la vida en común. Patriotismo debería ser hoy defender el bienestar público frente a los saqueos; apoyar la legalidad internacional frente al matonismo de algunos; exigir la paz frente a las derivas belicistas; reclamar la justicia frente a los cálculos interesados; o exhibir dignidad frente a los agresores. Esa es la inversión moral que Azahara Palomeque reclama en su artículo periodístico y que consiste, en el fondo, en que el patriotismo se cambie de bando.
Vivimos una época de auge de un patriotismo belicista y no podemos olvidar que la guerra mata, arrasa, destruye, provoca desplazamientos y devasta el medio ambiente. Nuestro mundo, aunque hay muchos que no quieran verlo, se encuentra atravesado por una emergencia climática de la cual se esperan graves consecuencias, según nos advierte la la comunidad científica. En ese escenario, que el patriotismo alardee y glorifique la fuerza militar resulta, cuando menos, obsceno.
A modo de conclusión, conviene insistir en la necesidad de recuperar una idea de patria más honda, más exigente y más digna. No es necesario seguir entendiéndola como una esencia cerrada e inmóvil, ni ser vista como una identidad que deba afirmarse en un plano de superioridad frente a otras identidades, sino como una herencia compartida y, a la vez, como una tarea comunitaria. El patriotismo que aquí se defiende no necesita de tanto ruido ni de tanto estruendo, tampoco de gestos sobreactuados, ni de exhibiciones de fervor. Necesita lealtades silenciosas, adhesión sincera a la cultura democrática, respeto a la verdad, defensa de las instituciones y fidelidad a los vínculos que se establecen en la sociedad civil. El verdadero patriotismo no está, por eso, en el bando de los que jalean la fuerza, con banderas en mano, ni tampoco en el de quienes aceptan con complacencia las mentiras impunes, o contemplan la barbarie con indulgencia o cobardía. El patriotismo debe estar en otro bando: en el de aquellos que creen que la patria no se salva agitando banderas o gritando su nombre, sino sosteniendo la verdad ante aquellos que la prostituyen y trabajando para que un país merezca algo mejor que el miedo o la ley del más fuerte.
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