Hoy, quiero llamar la atención sobre un antiguo y fundamental conflicto: el que media entre poesía y pensamiento filosófico, tal y como lo aborda María Zambrano en su obra «Filosofía y Poesía» (1939-1940).
En un capítulo de esa obra, titulado «Pensamiento y Poesía«, Zambrano, discípula de Ortega, reflexiona acerca del origen de esa escisión entre la filosofía y la poesía, y la remonta nada más y nada menos que hasta el propio Platón.
Sin embargo, María Zambrano no se queda sólo en el análisis de esa separación, sino que nos propone un concepto original que ella denomina la “razón poética”, del que luego hablaremos. Dicho concepto es el que sirve de vía de reconciliación entre esos dos modos de conocimiento que históricamente han vivido enfrentados.
Desde luego, no hay que perder de vista que el texto de Zambrano, en su conjunto, reivindica algo esencial: el valor cognoscitivo de la poesía y su capacidad de revelar lo humano en toda su profundidad.
Introducción
Como decimos, para Zambrano, la historia del pensamiento occidental ha estado marcada en sus inicios por una fractura esencial: la separación entre filosofía y poesía.
Esta división alcanza una doble importancia. Por un lado, ha condicionado la forma en que comprendemos el conocimiento y, por otra parte, supone también una división interna que se instala en el alma humana entre la razón y la emoción, entre lo universal y lo particular.
María Zambrano, en su obra, examina este conflicto con una maravillosa mirada que es al mismo tiempo crítica, lírica y filosófica. Su propuesta consiste en que filosofía y poesía, lejos de ser formas excluyentes, constituyen expresiones complementarias y necesarias del espíritu humano.
La condena de la poesía y el imperio del logos
Desde los tiempos de Platón, la filosofía ha tendido a excluir a la poesía de los dominios del saber legítimo. Zambrano recuerda que esta ruptura fue una decisión fundacional en el devenir del pensamiento occidental: “Desde que el pensamiento consumó su ‘toma de poder’, la poesía se quedó a vivir en los arrabales, arisca y desgarrada, diciendo a voz en grito todas las verdades inconvenientes«. Esta expulsión desplazó a la poesía a los terrenos de la irracionalidad, de la subjetividad y de lo emocional.
No olvidemos que Platón, en el libro X de La República, realiza una crítica severa contra la poesía, a la que llegó a considerar como una mímesis (una copia) de la realidad; es decir, como algo que nos aleja de la verdad.
Por su parte, ni que decir tiene, la filosofía se reservó para sí -prácticamente en exclusividad- el camino del Logos. Es decir, del discurso racional, en tanto que es la forma de pensamiento que persigue la verdad por medios racionales.
Pero para lograr esta “toma de poder”, la filosofía tuvo que desmarcarse de la inmediatez que es propia del mundo sensible. Zambrano lo expresa en términos radicales: “La filosofía es un éxtasis fracasado por un desgarramiento”. Con esto, Zambrano pone el dedo en la llaga de esa violencia trágica que impulsó al filósofo a desprenderse del mundo y a buscar lo eterno, alejándose de lo sensible y terrenal.
La expresión «violencia trágica» alude al sufrimiento humano, a la inestabilidad de la vida, que llevó a Platón a buscar una realidad superior y eterna –el Mundo de las Ideas– despreciando lo concreto, lo humano, y al abandono del mundo de la vida por parte del pensamiento filosófico (el «mundo de la vida», afortunadamente, sería recuperado por la filosofía contemporánea, muchos siglos después de Platón, y nosotros, tenemos en Ortega a un destacado maestro de ese «mundo de la vida»)
El poeta y el amor a lo concreto
Pero, a diferencia del filósofo, el poeta no abandona el asombro originario ante el mundo. No busca la abstracción ni la síntesis racional, sino que busca cada cosa en su singularidad concreta e irrepetible. Para ella, la poesía se mueve por el don, por el hallazgo, por lo que se da sin ser buscado. Es decir, el poeta persigue una forma de conocimiento que brota desde la intimidad del ser, y que se asocia con la intuición, la inspiración, la emotividad o el asombro. Su relación con el mundo es de fidelidad, de acogida, y no de copia o de dominio u abstracción racional o conceptual.
En este sentido, la poesía no es inferior a la filosofía, sino otra forma de saber: “El poeta alcanza su unidad en el poema más pronto que el filósofo […] El logos de la poesía es de un consumo inmediato, cotidiano; desciende a diario sobre la vida” . De esta manera, Zambrano defiende, frente al logos (que se alza como razón filosófica, inmóvil y abstracta), la palabra poética (que es humilde, próxima, misericordiosa).
La razón poética como reconciliación
Zambrano no propone una jerarquía entre filosofía y poesía, sino todo lo contrario: una reconciliación. ¿Por qué? Porque ambas responden a necesidades humanas que son irrenunciables.
Por ello introduce el concepto de “razón poética”: una forma de pensar que no deja fuera ni la emoción, ni lo simbólico, ni la imagen, sino que las incorpora en el proceso de conocimiento. Esta razón poética afirma que es “una forma de saber que parte de la vida y vuelve a ella”, que no excluye lo concreto (particular) en nombre de lo abstracto (universal).
En suma, «Filosofía y Poesía», es una meditación profunda sobre las posibilidades del saber humano.
Frente a una tradición que ha enfrentado filosofía y poesía como formas antagónicas, Zambrano defiende su complementariedad. La poesía no es una forma menor o inferior de conocimiento, sino un modo de alcanzar verdades que la filosofía —encerrada en sus métodos— no puede tocar. No en vano, en la metafísica actual, la poesía ha recuperado un espacio central de la mano de otros pensadores como Heidegger, Gadamer o Ricoeur.
Defensora de esa recuperación de la poesía, la autora aboga por una racionalidad distinta, por una razón poética que permita dar cuenta de la complejidad de lo humano y de reconciliar al hombre consigo mismo.
María Zambrano, exiliada en 1939, inicia un camino de desgarramiento personal y también filosófico. Su propuesta de la razón poética es integración de una forma de pensar más compasiva, humana y misteriosa que todos nosotros deberíamos asumir.
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