Cuando se afirma que el reconocimiento al Estado palestino sirve de «premio» al terrorismo de Hamás, se está cometiendo un error, una injusticia y, además, es peligroso.
Este tipo de razonamientos son un error porque tienen su origen en una confusión deliberadamente intencionada: identificar al pueblo palestino y a sus instituciones con un grupo armado, que ni siquiera tiene la representación de la totalidad de los palestinos, ni en Gaza ni en Cisjordania.
Hamás es una organización político-militar, o grupo terrorista para muchos, que controla Gaza desde 2007, pero no representa hoy día a todo el pueblo palestino ni a la ANP (Autoridad Nacional Palestina), que, en cambio, sí tiene un reconocimiento internacional y gobierna en Cisjordania.
Es una injusticia porque se castiga a millones de personas por los actos de una parte, negando los derechos colectivos a los palestinos, por los crímenes de unos pocos.
Además, es peligroso, porque se alimenta el extremismo y la violencia. Si se identifica a todo el pueblo palestino con una narrativa violenta, se refuerza la idea de que no hay una salida política posible y eso, precisamente, es lo que Hamás necesita para justificar su existencia y su violencia.
Reconocer a Palestina no es en absoluto reconocer a Hamás. Es reconocer al pueblo palestino como tal, y concederle su derecho a la autodeterminación, tal y como está recogido en numerosas resoluciones de la ONU.
El presidente francés, Enmanuel Macron, ha sido claro al situar el reconocimiento de los palestinos en ámbito del derecho internacional y en la necesidad de una solución de dos Estados, que esté basada en la seguridad de las fronteras y en una coexistencia pacífica.
A pesar de ello, se ha generado un terremoto diplomático cuando altos cargos en EEUU, como el Secretario de Estado, Marco Rubio, han afirmado de manera acusadora que ese reconocimiento premia el terrorismo y da alas a Hamás. Se trata de una afirmación falsa y perversa. El reconocimiento es un acto de justicia que ha sido aplazado largamente y mientras, el pueblo palestino ha sido despojado, repetidamente, de su tierra, su voz y su dignidad.
Hoy día, hay serias dudas de que Hamás represente al pueblo palestino, ni política ni moralmente. Cierto es que gobierna de facto la Franja de Gaza, tras haber expulsado a las fuerzas de Al-Fatah (el partido dominante en la ANP) y que ganó las últimas elecciones palestinas, celebradas en 2006. La consecuencia de estas elecciones fue una gran tensión interna entre Hamás y Al-Fatah.
En 2007, Hamás tomó el control exhaustivo de Gaza por la fuerza -con enfrentamientos entre las milicias de Hamás y las fuerzas de Al-Fatah- mientras que Al-Fatah, por su parte, retuvo el control de Cisjordania. Esta división ha debilitado mucho la causa palestina, pero eso no justifica negar el derecho a existir como Estado.
La representación legítima de Hamás sí se obtuvo en 2006, como fuerza ganadora de unas elecciones palestinas. Pero, hoy día, la situación ha cambiado tanto que no se puede seguir manteniendo la idea de que Hamás conserva esa representación legítima, porque han pasado casi 20 años sin elecciones y, sin una renovación electoral transparente, no se puede decir que se mantiene la legitimidad democrática. Israel, por su parte, ha tenido un papel clave en el bloqueo de elecciones en las zonas palestinas, mediante restricciones al voto y a la actividad política de Hamás, con medidas directas en Jerusalén Este. Por supuesto, hay otros factores como las sanciones internacionales o la falta de unidad palestina.
Precisamente, el hecho de que ninguna autoridad palestina tenga una legitimidad actualizada es una razón de peso para impulsar una solución política y democrática y dejar de lado cualquier tipo de bloqueo.
Negar ese derecho al pueblo palestino bajo el pretexto de que se premia al terrorismo es castigar, en el fondo, a millones de personas por la existencia de un grupo armado. Es sentenciar que 75 años de ocupación, exilio y colonización no han sido una humillación suficiente. Es dar un portazo a cualquier solución política madura, mientras se siguen construyendo muros, expandiendo los asentamientos y matando a la población civil de Gaza, no sólo por los bombardeos sino también de hambre.
Precisamente, el ataque de Hamás a Israel en octubre de 2023, causando la muerte de casi mil doscientas personas y tomando numerosos rehenes, muchos de los cuales han muerto ya, es una consecuencia de los fracasos internacionales por lograr una solución justa y digna, del bloqueo asfixiante sobre Gaza por parte de Israel y de la desesperación de un pueblo al que se le niega su derecho a existir como tal. Sobre este hecho, ha existido un amplio consenso internacional de que los ataques no se justifican bajo ninguna circunstancia pero también se recuerda que la crisis tiene raíces profundas en esos fracasos políticos, en la ocupación prolongada, en los asentamientos, etcétera.
Lo que ha ocurrido tras los ataques de Hamás en 2023, es de sobra conocido. Israel lanzó una ofensiva militar con el objetivo de destruir a Hamás. Además de los bombardeos masivos sobre barrios enteros, hospitales, campos de refugiados o escuelas, ha impuesto un bloqueo total que incluye el corte de electricidad, agua, combustible y alimentos. Al día de hoy se cifran alrededor de sesenta mil palestinos muertos, en su mayoría civiles, con un porcentaje enorme de niños; millones de desplazados y el repetido fracaso de negociaciones de alto el fuego o liberación de los rehenes. El número de fallecidos, según el tipo de organización o fuente consultada puede ser muy superior a esos sesenta mil que hemos dicho. La última página de este terrible genocidio que está cometiendo Israel tiene una perversidad incrementada: matar en las colas del hambre. La línea entre el derecho a la legítima defensa del Estado de Israel ante ataques armados y el genocidio, la cruza el estado judío prácticamente a diario, bajo la impunidad internacional y no faltan, incluso, quienes aplauden.
En resumen, el conflicto ha derivado en una guerra total, con la destrucción masiva de Gaza, la polarización internacional y ninguna solución política real a la vista. Una de las propuestas más ridículas y que, en el fondo, revela un total desconocimiento del problema y falta de sensibilidad para encontrar una solución fue la bufonada de Trump, en febrero de 2025, cuando propuso que EEUU tomase el control de Gaza, expulsase a los palestinos residentes a otros países vecinos y que la Franja se convirtiera en la «Riviera del Medio Oriente», con nuevas infraestructuras y resorts de lujo. Una boutade más del presidente norteamericano: una estupidez, una tontería, una provocación u ofensa moral y un absurdo político.
El reconocimiento del Estado palestino, en el contexto actual, marcado por la tragedia de octubre de 2023, y la guerra implacable en Gaza, tiene, más que nunca, una dimensión histórica y política, y es, al mismo tiempo, un acto de justicia pendiente y una apuesta por la paz.
Como ya han hecho en Europa otros países antes que Francia (España, Irlanda o Noruega) el reconocimiento representa un mensaje potente y totalmente contrario al discurso que sostiene Hamás: se trata de dejar claro que hay un camino político, una vía legal, una esperanza, si se actúa desde la ley y no desde la violencia.
Las voces más sensatas coinciden en que la situación exige un alto el fuego inmediato y permanente, garantizar la entrega de ayuda humanitaria de forma segura y masiva, liberar a los rehenes israelíes y a los presos palestinos que lo están sin juicio, reconocer plenamente al Estado palestino, dar fin a la ocupación y a los asentamientos, reversión progresiva de expropiaciones y anexiones ilegales, desarme de grupos armados bajo supervisión internacional, des-militarización progresiva de la zona y apertura posterior de procesos de rendición de cuentas para todos los responsables implicados.
Esto, desde luego, es un proyecto de máximos, pero hay que empezar por recorrer un camino de paz y de justicia, reconociendo el derecho del pueblo palestino a existir dignamente como un Estado y no bajo las ruinas, los muros, la ocupación y la muerte.
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