
A comienzos del siglo XX, el filósofo francés Paul Ricœur, en su obra «De l’interprétation. Essai sur Freud», acuñó la expresión “los filósofos de la sospecha” para referirse a Karl Marx, Friedrich Nietzsche y Sigmund Freud.
Según Ricœur, los tres, a pesar de sus diferencias, comparten una actitud de crítica radical frente a los valores, las ideas y las instituciones de la modernidad occidental. Es decir, frente a las apariencias y los discursos que son aceptados como verdaderos.
El pensamiento de los «filósofos de la sospecha» rompe con la tradición racionalista que ha dominado gran parte del pensamiento occidental, desde la Ilustración. Recordemos que esa tradición supone que la razón puede guiarnos hacia la verdad, el bien y el progreso.
Estos autores, «sospechan«. Es decir, hay en ellos una desconfianza en las posibilidades de la razón y en la sinceridad de los discursos humanos. En este sentido, la sospecha debe entenderse como un gesto común cuyo objetivo es desenmascarar toda creencia ingenua y dar paso a una comprensión más profunda, y tal vez más conflictiva, del ser humano. Para los tres, lo que se presenta como evidente o verdadero suele ser una máscara que oculta intereses más ocultos: intereses económicos en el caso de Marx; pulsiones del inconsciente, en el caso de Freud; o la expresión de voluntades de poder, en el caso de Nietzsche.
- La sospecha como actitud filosófica
La sospecha, en los tres pensadores, no es solo una técnica o un método para interpretar la realidad, sino una actitud filosófica, crítica y desveladora. Su pretensión no es tomar los fenómenos sociales, morales o psíquicos al pie de la letra, sino verlos como síntomas de realidades más profundas y ocultas. Por eso, consideran que es necesario sospechar: para descubrir lo que realmente se esconde tras esos síntomas.
La actitud a la que nos referimos, marca el paso del pensamiento clásico al pensamiento contemporáneo. En el siglo XVIII, durante la Ilustración, filósofos como Kant, Voltaire o Rousseau, tenían plena confianza en que la razón humana nos podría conducir al conocimiento, a la libertad y al progreso moral. Sin embargo, los filósofos de la sospecha, terminan con esa confianza ingenua: la razón no es neutra ni objetiva; está atravesada por intereses, por deseos ocultos o por estructuras de poder. Inauguran una nueva forma de pensar y una filosofía: crítica, genealógica y subversiva.
Es crítica porque no acepta ideas o creencias tal y como se presentan. No da nada por cierto sin examen previo. Es genealógica porque investiga sobre el origen de nuestras ideas, valores y costumbres. Y es subversiva porque no se conforma con explicar el mundo, sino que abre la puerta a cambiarlo de manera radical.
- Marx: la ideología como máscara del poder
Para Karl Marx, el sistema capitalista no sólo organiza la producción y el trabajo, sino que también moldea la forma en que las personas piensan y perciben el mundo.
Una de sus ideas clave es la de «la falsa conciencia»: las clases dominadas, especialmente el proletariado, adoptan valores e ideas que no reflejan sus verdaderos intereses, sino los de la clase dominante, la burguesía.
¿Cómo se genera esa falsa conciencia? Según Marx, su origen está en la ideología. Es decir, al conjunto de creencias, normas y discursos que presentan las relaciones sociales como algo natural, justo e inmutable. Por ejemplo, el éxito económico es presentado como fruto del esfuerzo individual, ignorando las desigualdades estructurales; la libertad de mercado, se ensalza ignorando que muchas personas venden su fuerza de trabajo, no por libre elección, sino por necesidad; o la propiedad privada, que se justifica como algo legítimo cuando su origen, según Marx, está en la expropiación o en la violencia.
En definitiva, el capitalismo ofrece una visión distorsionada de la realidad y es capaz de generar una «conciencia falsa» que impide a los trabajadores que adquirir conciencia verdadera de su situación real y acaben aceptando, como legítimo, el sistema que los oprime.
Marx, por lo tanto, sospecha de una visión del mundo que oculta las relaciones reales de explotación y dominio. Lo que se presenta como neutral —el mercado, el derecho, la propiedad, la moral burguesa— está ideológicamente contaminado: es, en realidad, una construcción ideológica al servicio de la clase dominante.
a) El mercado aparece como un espacio libre donde los individuos intercambian bienes y servicios, pero queda oculto el hecho de que el trabajador vende su fuerza de trabajo por necesidad y el capitalista se apropia de la plusvalía producida. La plusvalía es un concepto central en Marx: es el excedente de valor que el trabajador genera y que no le es retribuido porque el capitalista se lo apropia. Para Marx, aunque esto parezca que es una relación de justicia (intercambio de salario por trabajo), en realidad es una relación de explotación, porque el trabajador crea más valor del que recibe. Lo que ocurre es que el mercado trata la fuerza de trabajo como una mercancía más y enmascara, como si fuera un intercambio justo lo que, en el fondo, es una apropiación sistemática del trabajo ajeno.
b) También el derecho, aparece como imparcial y universal, pero, en realidad, es una construcción que protege la propiedad privada de los medios de producción y garantiza el poder de la burguesía. Marx explica que toda sociedad tiene una estructura económica -la base material compuesta por las relaciones de producción, propiedad y trabajo- y una superestructura -ideas, leyes, moral, religión, política. Pues bien, él considera que el derecho forma parte de esa superestructura y que su función es legitimar y sostener la estructura económica dominante. Prueba de ello es que el derecho es históricamente cambiante. No es una construcción natural y eterna, sino que varía según el modo de producción: el derecho feudal, el derecho burgués, etcétera. Cada sistema jurídico refleja la lucha de clases de su época y se adapta para consolidar el poder de la clase dominante en cada momento.
c) La propiedad privada se supone que es legítima y fruto del esfuerzo individual, pero Marx cree que muchas veces tiene su origen en procesos históricos de despojo. Señala, particularmente, la expropiación de los campesinos en Europa, como en el caso de los cercamientos de campos en Inglaterra; también el colonialismo, que despojó a pueblos enteros de sus riquezas y sus tierras, con sistemas productivos basados en la esclavitud o los trabajos forzados. Esos procesos de «despojo» son denominados por Marx como la «apropiación originaria» en virtud de la cual, una minoría se apropió de los recursos y medios de producción de una mayoría que quedó desposeída.
d) En cuanto a la moral burguesa, exalta la responsabilidad individual, el trabajo y la obediencia, pero, en el fondo, lo que hace es contribuir a dar carta de naturaleza al orden capitalista y hacer responsable al pobre de su situación. Esa moral, promueve valores como la responsabilidad individual, el trabajo disciplinado y la obediencia al orden establecido. Aparentemente son valores loables y positivos, pero en el contexto del capitalismo son herramientas de control que legitiman el sistema. A la moral burguesa no le importan las condiciones reales que determinan la vida de las personas, como son su clase social, el acceso a la educación, la herencia económica, o las opciones laborales. Su punto de partida es la idea, falsa, de que todos tienen las mismas oportunidades y que el triunfo o el fracaso son fruto exclusivo del mérito o la disciplina de cada uno. De nuevo, Marx señala que esa moral burguesa enmascara las enormes desigualdades que hay en el origen: no es lo mismo nacer en una familia rica que en una pobre, que no dispone de apoyo económico ni de capital cultural. De esa manera, ignorando las condiciones que determinan las condiciones de vida de las personas, se construye una visión del mundo que premia a los privilegiados y culpa a los desfavorecidos.
Para Marx, la ideología dominante es un instrumento útil para conservar el «statu quo» . Es una especie de máscara que justifica el orden existente y desactiva el potencial revolucionario que pudieran tener las clases oprimidas: les hace creer que el orden es legítimo, inmodificable o, incluso, es beneficioso para ellas. Esa ideología presenta las relaciones sociales como si fueran naturales, necesarias o eternas, cuando en realidad son históricas y cambiantes. Uno de los principales efectos de la ideología, considera Marx, es que desactiva la conciencia de clase de los oprimidos: les hace creer que ellos son sus propios culpables en vez de un sistema que es estructuralmente injusto. Por ello, la ideología tiene una función conservadora en favor de los intereses de la clase dominante.
En el contexto del pensamiento de Marx, que estamos comentando, su pensamiento crítico tiene como tarea fundamental desenmascarar la ideología. Por ello, Marx desenmascara la religión (“el opio del pueblo”), pero también la economía política clásica y la filosofía hegeliana. La verdadera comprensión de la historia y de la sociedad no pasa por la contemplación, sino por el análisis materialista y dialéctico de las condiciones de producción. La sospecha marxiana revela que las ideas dominantes son siempre las ideas de la clase dominadora.
La religión es uno de los blancos más conocidos de Marx. Ya hemos citado en el párrafo anterior su famosa expresión de que es el «opio del pueblo». Con ello, se quiere decir, no que la religión sea mala o falsa, sino que funciona como consuelo para el sufrimiento y distrae al pobre de las causas verdaderas de su miseria: no indaga en dichas causas sino que convence al creyente para que busque el sentido en la resignación, o en la promesa de una recompensa en la vida futura.
Por lo que respecta a la economía política clásica, Marx desenmascara la visión que ofrecen las obras de economistas liberales, como Smith o Ricardo. Esos economistas nos ofrecen una visión que oculta las relaciones de explotación que se dan en el trabajo asalariado. Los conceptos de salario justo, libre mercado o valor de mercado son, a ojos de Marx, construcciones ideológicas que legitiman la apropiación de la plusvalía por parte del capitalista.
Por último, Marx también critica la filosofía de Hegel al considerar que invierte la relación entre pensamiento y realidad. Recordemos que, en esencia, Hegel considera que la historia es el despliegue de lo que él llama Idea o Espíritu. Marx piensa justo lo contrario: no es el desarrollo de la Idea lo que determina la vida, sino que es la vida social y material la que determina la conciencia. Marx se opone al idealismo de Hegel al proponer un enfoque materialista (y dialéctico) que está centrado en las condiciones de producción. La comprensión de la historia no se logra por medio de la especulación filosófica, sino a través del análisis de las relaciones sociales concretas, los modos de producción y los conflictos de clase. Como vemos, se trata de un análisis materialista pero también es dialéctico porque la historia es resultado de un proceso dinámico de lucha, contradicción y cambio.
Antes de pasar a Nietzsche, concluimos con Marx revelando su propósito, que no es describir el mundo, sino transformarlo. Su pensamiento le lleva a «sospechar» de la ideología dominante y a desenmascararla en lo religioso, lo económico o lo filosófico, dejando el camino abierto para una conciencia revolucionaria que pueda construir una sociedad justa e igualitaria.
- Nietzsche: la moral como resentimiento
Friedrich Nietzsche aplica su sospecha a los valores morales y a la cultura occidental en su conjunto. Realiza una crítica radical a la moral tradicional, en particular a la moral cristiana.
Según él, la moral cristiana promueve valores como la humildad, la obediencia, la culpa o la compasión. Pero esos valores no son expresión de virtud, sino el producto del resentimiento que los débiles sienten hacia los poderosos o fuertes.
Se trata de una auténtica inversión de los valores: frente a los valores que expresan fuerza, orgullo y autoafirmación y que son propios de quienes se saben poderosos, surgen los valores de los débiles, los cuales, incapaces de ejercer dominio, crean una moral alternativa que condena todo aquello que no son capaces de alcanzar.
Nietzsche presenta aquí un doble juego: la moral de los señores (fuertes), por un lado, y la moral de los esclavos (débiles), por el otro. Esta última moral es fruto del resentimiento y se concreta en lo que Nietzsche llama la «transvaloración de los valores«: un cambio por el que los valores vitales y afirmativos son reemplazados por valores decadentes, reactivos y de culpa. El resultado es una cultura occidental que deja de celebrar la vida, el deseo, el cuerpo o la creatividad, para vivir bajo el peso de la culpa, la represión o el miedo.
Por otra parte, Nietzsche lleva a cabo una de las críticas más profundas a la tradición filosófica occidental. Comienza cuestionando una pilar fundamental: la voluntad de verdad.
¿Qué significa esto? Pues que, para Nietzsche, la filosofía, desde Platón hasta Kant, ha estado ocupada y obsesionada con encontrar verdades absolutas, inmutables y trascendentes. Pero, en línea con la filosofía de la sospecha, Nietzsche cree que tras esa «voluntad de verdad», lo que hay es una «voluntad de poder» encubierta. Esto tiene una gran importancia para el pensamiento filosófico puesto que la verdad deja de considerarse como algo que se descubre, para pasar a ser algo que se construye y se impone. Es decir, cada sistema filosófico, religioso o moral, tiene tras sí intereses de todo tipo: biológicos, psicológicos, sociales. O sea, la supuesta «objetividad» de la moral o de la religión, es una ficción, tras la cual se encuentran intereses de seguridad, de control, de superioridad o de supervivencia.
¿Y cuál es la propuesta de Nietzsche? Él propone una ética afirmativa que celebre la vida tal y como es: cambiante, contradictoria, corporal y pasional. No se muestra en absoluto conforme con la ética que propone Kant, basada en el deber, porque cree que eso supone una forma de negar la libertad del individuo, el cual queda sometido a las normas que le dicta su propia razón autónoma (Kant, «La Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres«). En lugar de ello, Nietzsche defiende la creación individual de unos valores que no sean «consuelos metafísicos o especulativos«, sino que supongan la capacidad de abrazar la vida en su dimensión trágica.
La actitud trágica, inspirada en los antiguos griegos -particularmente en la figura del dios Dionisio – supone aceptar el sufrimiento, el caos, el cuerpo, la pasión y el devenir, como partes constitutivas de la existencia, sin que sea necesario que queden ocultados tras ideas como «el Bien», «Dios», «el Más Allá«. Lo trágico de la vida no se refugia en «ilusiones«, sino que se afirma también en el dolor, en el sinsentido o en la imperfección.
El camino filosófico que Nietzsche utiliza para llegar a esta actitud trágica, partiendo de la sospecha para desenmascarar los valores tradicionales de la moral cristiana, es la genealogía. En efecto, en obras como «La genealogía de la moral«, Nietzsche analiza históricamente cómo surgieron ideas como la culpa, el pecado, el castigo y descubre que no se trata de verdades eternas, sino invenciones culturales que han prestado servicio a determinados fines de dominación y de control.
Por tanto, la genealogía de Nitzsche se convierte en una crítica potente a la cultura occidental y, a la vez, en una filosofía liberadora de las cadenas de la tradición, de los dogmas, o de la moral reactiva.
¿Esto supone que Nietzsche plantea vivir sin valores? En absoluto, Nietzsche no plantea vivir sin valores. Su crítica se refiere a los valores tradicionales – especialmente a los de origen cristiano y kantiano – porque considera que niegan la vida. Cuando él habla de la «muerte de Dios«, o de la caída de los valores absolutos, no se regocija con el caos o con un relativismo moral vacío. Lo que señala es que la cultura occidental no puede sostenerse sobre las antiguas certezas y que es necesaria una reconstrucción: la revalorización de todos los valores. Propone no seguir obedeciendo normas heredadas, sino asumir la tarea de afirmar la vida y crear nuevos valores desde la experiencia, el cuerpo, el arte y la voluntad.
Este es un proceso que exige coraje y es la condición para el nacimiento del Übermensch, el superhombre, que, por supuesto, nada tiene que ver con la burda manipulación que hizo de esta idea el nazismo, merced a la labor de su hermana, Elisabeth Förster-Nietzsche, la cual simpatizaba con el nacionalismo alemán y reeditó textos de su hermano, una vez muerto, con ese sesgo ideológico.
La idea del superhombre, para Nietzsche, no es la de un líder autoritario, ni un guerrero nacionalista de raza superior. Nada más lejos del pensamiento de Nietzsche. El Übermensch representa al individuo libre, que supera la moral tradicional, que afirma la vida, que crea sus propios valores y que vive sin necesidad de verdades absolutas, ni religiosas ni ideológicas.
El nazismo tergiversó, como hemos dicho, la idea del superhombre y la presentó como la idea de un ario dominante, fuerte, justificador del poder, de la guerra y de la exclusión. La realidad es que, el pensamiento de Nietzsche, era profundamente individualista, contrario a la masa, al dogma y al totalitarismo: Él desconfió de todo lo que se había presentado como absoluto y quiso desenmascarar sus orígenes históricos y psicológicos. Su pensamiento es una invitación a superar las ficciones morales y a confiar en nuevos valores que afirmen la vida.
- Freud: el inconsciente como fundamento de la subjetividad
Sigmund Freud, el tercero de nuestros filósofos, aplica la sospecha al terreno de la conciencia individual.
En sus estudios sobre el inconsciente, Freud considera que éste no es sólo una zona oculta de la mente, sino el verdadero fundamento de la subjetividad: gran parte de lo que somos – deseos, temores, conflictos – no es accesible a la conciencia, pero determina nuestra conducta. Aunque creemos que decidimos con libertad y que actuamos con racionalidad, lo cierto es que muchas de nuestras emociones, pensamientos y comportamientos, están determinados por el inconsciente que actúa como una especie de almacén de deseos reprimidos, traumas y conflictos psíquicos que no están resueltos. Es decir, según Freud, la racionalidad consciente es una capa superficial sobre un fondo pulsional, caótico y conflictivo (Freud utilizaba la metáfora del iceberg: lo visible es sólo una mínima parte).
El sujeto, según el pensamiento de Freud, no es dueño de sí mismo, sino que vive en constante tensión con sus fuerzas internas: el Ello (instintos, pulsiones), el Yo (la parte consciente que intenta mediar con la realidad), y el Superyó (cómo interiorizamos las normas, las prohibiciones o los juicios morales). El fondo pulsional, en la teoría freudiana, es el núcleo inconsciente de nuestra vida psíquica. En dicho fondo actúan las pulsiones, que son fuerzas que empujan al sujeto hacia la satisfacción de los deseos que, muchas veces, son reprimidos o incompatibles con las normas sociales o morales. El fondo pulsional que comentamos, es caótico, porque las pulsiones no obedecen a la lógica racional, sino al principio del placer: buscan la satisfacción inmediata (aunque eso pueda estar en contra de la moral). En conclusión, la racionalidad del Yo, para Freud, es frágil: es una especie de mediador entre los deseos y las normas que han de cumplirse; entre lo inconsciente y lo social.
(Por supuesto, esta visión ha sido ampliamente debatida. Pensadores posteriores – Jung, Lacan, Foucault… – o corrientes cognitivas modernas, han reinterpretado o matizado esta estructura que propuso Freud. Pero, parece que existe un consenso amplio, filosófico, psicológico o neurocientífico, en que la conciencia no es plenamente soberana ni controla por completo todos nuestros pensamientos, decisiones o emociones.)
Como estamos viendo, Freud aplica la «sospecha» al mundo de la conciencia porque cuestiona la idea de que el ser humano es plenamente racional, consciente y dueño de sí. Su sospecha se centra en que los actos conscientes no son tan libres, ni tan racionales, como creemos. Tras nuestras decisiones, emociones y comportamientos, hay deseos reprimidos, traumas infantiles, conflictos entre las diversas instancias psíquicas… Lo que hace Freud es, en definitiva, convertir al sujeto moderno en un ser dividido, frágil y en conflicto.
Así como Marx desvelaba los intereses ocultos en el sistema capitalista y Nietzsche los intereses ocultos de la moral cristiana y kantiana, Freud hace lo propio con la conciencia, afirmando que lo más importante de la vida psíquica está fuera del alcance del Yo racional. Eso permite entender, según él, que muchas de nuestras decisiones, juicios y creencias no obedecen a razones conscientes, sino a dinámicas ocultas que operan en la sombra de la mente.
- Un fondo común: la deconstrucción de la subjetividad moderna
Marx, Nietzsche y Freud coinciden en que la conciencia no es transparente ni libre de condicionamientos. Lo que llamamos razón, moralidad o verdad, está atravesado por el poder (Marx), por la voluntad (Nietzsche) o por el deseo (Freud). La sospecha se convierte así en una herramienta para deconstruir la subjetividad moderna, y mostrar que el sujeto está atravesado por fuerzas inconscientes, históricas, sociales o económicas. Esto equivale a pensar en el Yo, no como algo fijo, esencial o natural, sino como una construcción histórica y cultural. Lo que entendemos por «identidad personal» o «sujeto» no está dado desde siempre, sino que se conforma a lo largo del tiempo en función del lenguaje, las normas, lo valores o las instituciones de cada sociedad.
Gracias a los «filósofos de la sospecha«, el pensamiento contemporáneo ha transformado profundamente nuestra forma de comprender el mundo, la cultura y a nosotros mismos. Marx reveló los mecanismos de la ideología, Nietzsche desarmó los valores morales, y Freud excavó las profundidades del inconsciente. Juntos, inauguraron una nueva época en el pensamiento, donde no es suficiente con describir el mundo: es necesario cuestionar su apariencia y desvelar las estructuras que están ocultas.
La sospecha no es una negación de todo lo anterior, ni destruir por destruir. Al contrario, supone un gesto de lucidez crítica: una forma de pensar en la que se cuestiona lo que se ha venido aceptando como evidente o natural.
Esta actitud es imprescindible hoy día, en un mundo saturado de discursos, de verdades absolutas, de identidades fijas o de moralismos. La «sospecha» invita a pensar por cuenta propia, a resistir la comodidad de quedarnos en lo que nos viene dado y abrir nuevos espacios para el pensamiento libre.
Supone, para concluir, una «mirada desde las heridas»: es decir, desde todo lo que ha sido negado, reprimido, marginado o silenciado.
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