Las comunidades judías en España: la paradoja de un derrumbe moral

Ochenta años después del Holocausto, volvemos a estremecernos ante un nuevo eco siniestro de la historia. Organizaciones como B’Tselem, Amnistía Internacional, Human Rights Watch y otras voces expertas en genocidio —incluidas israelíes— alertan de una tragedia en Gaza que adquiere proporciones históricas. Las imágenes son un golpe al corazón: cuerpos sin nombre, ciudades reducidas a polvo, vidas suspendidas en la incertidumbre, la devastación, el hambre y la muerte.

Y, sin embargo, desde el gobierno israelí se niega el genocidio. Se invoca una vez más la memoria de Auschwitz, no como advertencia moral, sino como escudo para justificar la violencia. El historiador Daniel Blatman lo expresó con una claridad dolorosa: la narrativa de víctima cultivada durante décadas por el Estado de Israel, se ha convertido en una armadura que impide mirar de frente los crímenes propios.


El 7 de octubre de 2023 Hamás perpetró ataques terroristas en suelo israelí, causando la muerte de centenares de civiles, y también secuestro, en una secuencia de actos de una brutalidad inaceptable. Esos ataques, además de horrorizar al mundo, constituyen también una grave violación del derecho internacional y de los principios más elementales de humanidad. Reconocer este hecho no atenúa las responsabilidades de Israel frente a Gaza, pero sí obliga a situar el problema en toda su complejidad: ninguna causa, por legítima que sea, justifica la masacre de inocentes, ni de un lado ni del otro.

En España, durante años, la Federación de Comunidades Judías de España (FCJE), lideró la «pedagogía de la memoria» de la Shoá. Esa Federación, tuvo un papel principal en diseñar y guiar estrategias educativas y culturales que sirvieran para recordar y comprender ese hecho histórico, con el fin de mantener viva la memoria de las víctimas y prevenir que no vuelva a ocurrir algo similar. Su labor se apoyaba en la idea de que el sufrimiento del pueblo judío debía servir de lección universal: prevenir toda forma de odio y defender los derechos humanos de cualquier colectivo vulnerable.

Shoá es el término con el que el pueblo judío se refiere al Holocausto nazi, es decir, al exterminio sistemático de aproximadamente seis millones de judíos europeos durante la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, hoy, la Federación afronta una dramática paradoja al oscilar entre dos posturas: la deshumanización y el silencio.

La primera postura llegó tres días después del 7 de octubre de 2023, cuando su secretario general, Maxo Benalal, publicó en «El Debate» un artículo titulado “Si las madres árabes quisieran tanto a sus hijos”. En él, defendía los bombardeos masivos sobre Gaza y el bloqueo total de agua, alimentos, electricidad y comunicaciones. Recogía así, palabra por palabra, las declaraciones del ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant. Nadie dentro de la FCJE —ni siquiera su actual Junta Directiva— desmintió o matizó nunca esas palabras.

La segunda postura ha consistido en un silencio prolongado durante más de veintidós meses, que no puede entenderse como neutralidad, sino como complicidad. Ante la ocupación y la guerra, el apoyo incondicional a Israel, por parte de sectores de la diáspora judía, ha generado una crisis moral sin precedentes. Peter Beinart -intelectual judío y estadounidense-, ha denunciado lo que él considera una peligrosa deriva moral consistente en una especie de «idolatría» hacia el Estado de Israel, al que se le brinda respaldo, haga lo que haga, mientras que la vida palestina carece de valor. Bajo esa lógica, toda crítica al Estado de Israel se convierte en una traición y la solidaridad con dicho estado desplaza la conciencia moral. Esa idolatría política no sólo erosiona los fundamentos éticos del judaísmo, sino que perpetúa un ciclo de violencia, que hiere por igual a víctimas y agresores.

Lo que Beinart señaló es aplicable, dolorosamente, a nuestras comunidades judías en España. La ironía histórica es brutal. Entre 1991 y 1994 la FCJE desempeñó un papel decisivo para incluir en el Código Penal español el delito de negación del genocidio. Violeta Friedmann, superviviente de Auschwitz, rompió su silencio en 1985, cuando denunció al nazi León Degrelle por negar el Holocausto en televisión. Degrelle, símbolo de la colaboración pronazi en Bélgica y elogiado públicamente por Hitler, fue condenado a muerte en su país, Bélgica, pero logró huir a España donde fue protegido por el régimen de Franco. La lucha de Violeta, asistida por juristas, abrió un camino de memoria y de justicia. Hoy, sin embargo, podría darse la paradoja de que, si la Corte Internacional de Justicia o algún tribunal español calificaran lo ocurrido en Gaza como genocidio, la propia FCJE quedaría en el lado de los negacionistas. Eso supondría una vuelta de tuerca amarga y devastadora, como si la historia misma, cansada de ser olvidada, nos devolviera el espejo de nuestras contradicciones. ¿No sería un giro cruel de la historia que quienes lucharon contra el negacionismo del Holocausto puedan ser señalados un día por cerrar los ojos ante el sufrimiento ajeno?

Pese a este naufragio moral, aún hay voces judías en España que resisten a la deshumanización. Entre ellas, la del pensador Federico Zukierman, residente en España, quien el 23 de agosto publicó en El País el artículo «Los judíos españoles no pueden justificar el genocidio en Gaza». En él denuncia el apoyo incondicional de algunas comunidades judías españolas a las acciones de Israel en Gaza, una postura que califica de «derrumbe moral», por contradecir décadas de trabajo en la sensibilización de la memoria del Holocausto. Zukierman encarna una visión judía crítica y comprometida con una ética universal: denuncia la deshumanización de los palestinos y advierte sobre el deterioro moral que implica respaldar al Estado de Israel sin ejercer una mínima función crítica.

Las comunidades judías españolas se hallan, pues, ante una encrucijada: seguir ofreciendo un apoyo ciego a Israel, incluso a costa de su coherencia moral, o reconstruir su identidad sobre los propios cimientos de la ética judía: justicia y la rectitud social; amor al prójimo; la dignidad y el valor infinito de cada persona; la primacía de la vida, etcétera.

El Talmud – recopilación monumental de debates, leyes y enseñanzas judías – lo dice con una gran belleza: “Quien salva una vida, salva a la humanidad entera”.

La memoria del Holocausto no nació para justificar nuevas violencias, sino para sembrar el compromiso de que jamás se repitan. Su sentido más profundo es recordar que la deshumanización comienza cuando la vida de los otros deja de importarnos, cuando el dolor ajeno se vuelve invisible, nos deja insensibles o se relativiza en nombre de causas, banderas o intereses políticos. Hoy, el desafío es enorme, pero también urgente: escoger la vida por encima de cualquier identidad nacionalista; afirmar la compasión en lugar del odio y la venganza; defender la humanidad frente al silencio cómplice. La verdadera fidelidad a la memoria de las víctimas no consiste en erigir monumentos vacíos, sino en proteger a cada ser humano del horror, sin importar su origen.

Las preguntas que surgen son incómodas, y no sólo para las comunidades judías en España o en el mundo, sino para todos nosotros: ¿De qué lado de la historia queremos estar? ¿Puede la memoria del Holocausto seguir teniendo sentido si se usa para justificar el sufrimiento de otros? ¿Cómo podemos recuperar una ética que ponga la vida humana por encima de cualquier bandera?


No basta con recordar; la memoria auténtica exige actuar y educar. Tenemos que renunciar a los rituales efectistas. Eso implica denunciar toda violación de derechos humanos, venga de quien venga y afecte a quien afecte, sin dobles raseros ni silencios cómplices. También implica escuchar y dar espacio a las voces que, dentro de cada comunidad, defienden la justicia y la dignidad. La propia tradición judía no distingue entre pasaportes, religiones o banderas. Ese principio ético puede convertirse en el puente hacia una memoria viva, capaz de conectar Auschwitz y todos los campos de exterminio, con cualquier sufrimiento actual. Theodor Adorno -filósofo judío- decía que «escribir poesía después de Auschwitz era casi imposible». Una bella reflexión acerca de que, tras los campos de exterminio, donde millones de personas fueron asesinadas, el arte y la filosofía no podían seguir como si nada hubiera pasado. No podemos permanecer en la indiferencia moral o estética: cualquier creación artística o intelectual, en opinión de Adorno, debe asumir el peso de lo ocurrido, sin olvidarlo ni encubrirlo.

La recuperación ética, en este aspecto, exige volver a considerar algunos puntos clave: separar la memoria histórica de cualquier acción de la política coyuntural; no hacer de la memoria del Holocausto un instrumento para legitimar el sufrimiento de otros; educar en la empatía y en el conocimiento crítico; insistir en la afirmación de los valores universales.


La ofensiva israelí sobre Gaza en 2023-2025, con un elevado número de víctimas civiles y denuncias de organizaciones humanitarias (HRW, 2024; Amnistía Internacional, 2024), ha reabierto un intenso debate sobre la legitimidad de las acciones militares y el derecho internacional humanitario.

Las Comunidades judías parten de una legítima preocupación por el antisemitismo y del derecho de Israel a defenderse frente a ataques terroristas. Sin embargo, no puede invocarse la memoria del Holocausto sin una dimensión universal o cosmopolita. Esa dimensión exige recordar no sólo a las víctimas judías, sino a todas las víctimas de cualquier pueblo, como hoy las palestinas, cuando sufren persecución o exterminio. Hacer del recuerdo del Holocausto un ejercicio de memoria selectiva, debilita su fuerza moral y universal, y conduce al derrumbe ético del que estamos hablando.

Tal vez, el verdadero desafío en el seno de las comunidades judías no consiste en abandonar su vínculo con Israel, sino reformular un discurso capaz de conciliar la legítima defensa de los derechos del pueblo judío con una condena inequívoca de todo sufrimiento civil. Esta postura no solo es ética, sino también estratégica: mantener la universalidad de la memoria es la única vía para que el recuerdo del Holocausto siga siendo pedagógicamente eficaz.

Parece apropiado traer aquí la idea del profesor norteamericano Michael Rothberg cuando introduce el concepto de «memoria multidireccional» (2009). En efecto, la memoria no es un juego de suma cero, en el que recordar a unas víctimas sirve para borrar a otras. La memoria del Holocausto, por tanto, sólo puede mantenerse viva y ética cuando se conecta con otros sufrimientos actuales (palestinos, migrantes…) y se eleva como una advertencia contra toda forma de violencia deshumanizadora.


Para concluir, la polémica en torno a las comunidades judías en España y la situación en Gaza, no es solo un desencuentro coyuntural, ni una disputa política más; es el síntoma de una herida mucho más honda, donde se cruzan memoria, ética y política. Cuando la memoria del Holocausto se percibe como selectiva, su luz moral se apaga y con ella se desmorona el legado de décadas de esfuerzo para que aquel horror no se repita. El «nunca más» no fue concebido para unos pocos, sino para todas las víctimas, sin importar su origen, su fe o su bandera. Si se olvida esto, Auschwitz deja de ser advertencia universal y se convierte en un recuerdo parcial, incapaz de conmover y transformar. La respuesta no puede ser el silencio ni la indiferencia, sino una reafirmación valiente de los valores que dieron sentido a la memoria: la dignidad de cada vida humana, el derecho de todos los pueblos a vivir sin miedo y sin humillación. Solo así la memoria de Auschwitz seguirá viva, no como una reliquia del pasado, sino como una llamada eficaz a la compasión y a la justicia, en el presente.

2 respuestas a «Las comunidades judías en España: la paradoja de un derrumbe moral»

  1. Nunca pude entender cómo todo un pueblo, el alemán, se pudo dejar arrastrar a una demencia colectiva como la que dio lugar al Holocausto.

    Hoy la historia parece repetirse, pero al revés. La brutal respuesta del gobierno israelí al criminal atentado de Hamas apenas está teniendo contestación en pueblo israelí.

    Parece mentira que el pueblo que fue victima del Holocausto ahora mire para otro lado, cuando no justifica abiertamente, el genocidio que está cometiendo su gobierno.

    Ojalá las ideas de Zukierman y los otros pensadores que mencionas, tuvieran mayor eco en el pueblo judío, dentro y fuera de Israel, y la sociedad saliera en masa a la calle a reivindicar el verdadero espíritu de la memoria del Holocausto: el compromiso de que jamás se repita semejante barbarie.

    Un abrazo

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    1. Buenas tardes César. Muchas gracias, como siempre…
      Estoy convencido que en Israel -y en la diáspora judía- también hay voces que se elevan contra la violencia y el castigo colectivo, aunque no tengan demasiada visibilidad. Mi esperanza es que esas voces crezcan y se abra paso un diálogo y que la memoria del dolor que padeció el pueblo judío no sirva para justificar el miedo y los deseos de venganza. No podemos callar ni ante la miseria de Hamás ni ante la del Estado de Israel porque denunciar y exigir la paz no es estar en contra de nadie, sino a favor de la vida y de la paz.
      Nuestras voces y nuestras acciones también son necesarias mi querido César en esa lucha por un mundo más justo…
      Un abrazo.

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