Heidegger: Serenidad

En octubre de 1955, Martin Heidegger, pronunció un discurso en su localidad natal de Messkirch, con motivo de la inauguración de un monumento conmemorativo a Conradin Kreutzer, compositor también nacido en esa ciudad. A pesar de su brevedad y de tratarse de un acto local, el texto de Heidegger reviste gran importancia filosófica, porque introduce por primera vez en público el concepto de Serenidad (Gelassenheit). En sus pocas páginas se condensa una de sus inquietudes fundamentales: la relación del ser humano con la técnica moderna y la necesidad de cultivar un modo de pensar distinto, capaz de ir más allá del cálculo y abrirse a la meditación y al misterio.


Vamos a tratar de comprender ese concepto de Serenidad, en el marco del pensamiento de Heidegger y de su crítica a la técnica. Para ello, resulta necesario destacar la tensión entre dos modos de pensar: el «pensar calculador«, orientado al control y a la eficiencia, y el «pensar meditativo«, que se abre a la contemplación y al sentido. A partir de esta distinción, veremos cómo la Serenidad se configura como una actitud de libertad y de apertura frente al mundo, evitando tanto el rechazo de la técnica como su aceptación sin crítica. También veremos la vigencia contemporánea de la propuesta de Heidegger en un contexto marcado por la inmediatez, la digitalización y la hiper-conectividad, donde la serenidad aparece como una forma de resistencia y de cuidado del pensar.

Heidegger vio con claridad que la técnica no es solo un conjunto de máquinas, ni una herramienta neutral que usamos según nos convenga. La técnica, decía, es una forma de mirar el mundo, una manera de hacerlo aparecer. El problema es que en la modernidad esa mirada convierte todo en un recurso: algo que debe estar disponible, calculado y listo para ser usado. El peligro no está, por tanto, en los aparatos que fabricamos, sino en la mentalidad que generan: la de creer que todo puede ser controlado, previsto y manipulado. Y cuando esto ocurre, lo que desaparece es lo más valioso: el asombro y el misterio, aquello que nos invita a pensar más allá de la utilidad inmediata.

Así lo expresaba Heidgger:

“La esencia de la técnica no es en absoluto nada técnico. El verdadero peligro no radica en los artefactos ni en los aparatos técnicos, sino en que el hombre llegue a ser arrastrado hacia un modo de desocultamiento donde solo aparece lo calculable y lo utilizable” (Heidegger, Conferencia «La pregunta por la técnica»).

«Modo de desocultamiento», en el pensamiento de Heidegger, se refiere a la manera en la que el mundo aparece ante nosotros en cada época: en la Grecia antigua, el mundo aparecía como physis o naturaleza, en la que lo vivo brota por sí mismo; en la Edad Media, el mundo aparecía como una creación de Dios; en la modernidad, el modo predominante es la técnica moderna que nos hace ver todo como un recurso siempre a nuestro servicio (energía, materias primas, mano de obra, datos…).


El discurso Serenidad, pronunciado en su localidad natal, se sitúa en la posguerra europea, cuando la técnica mostraba ya un doble rostro: por un lado, era el símbolo del progreso y de la reconstrucción material; por otro, era la fuente de una amenaza nueva y terrible, tras las experiencias devastadoras de Hiroshima y Nagasaki, que mostraron hasta qué punto el desarrollo técnico podía poner en riesgo la propia existencia humana.

Heidegger, sin embargo, no adopta una postura contraria a la técnica, ni tampoco defiende la ingenuidad romántica de la vuelta a un mundo sin técnica. Por el contrario, reconoce que la técnica moderna constituye un poder inevitable e ineludible y que forma parte de la esencia de nuestro tiempo histórico. Ahora bien, esto no lo exime de señalar el peligro ontológico que conlleva: que el ser humano quede atrapado y reducido a una relación unilateral con la técnica. Es decir, el peligro de percibir el mundo exclusivamente bajo los parámetros de la utilidad y del cálculo, anulando otras experiencias y formas de sentido -como el asombro, el misterio o la contemplación-, que dan paso a una forma diferente de pensar.

En otras palabras, el peligro de la técnica es más profundo de lo que parece, porque cambia la forma en que comprendemos el mundo y a nosotros mismos. En la modernidad, ya no vemos la naturaleza como algo de lo cual que formamos parte, que nos habla, o que merece ser contemplada y respetada, sino únicamente como un recurso: la tierra y sus minerales, mares y ríos como fuentes de energía; los animales como producción; los objetos como mercancías; las personas, incluso, como «recursos humanos«. Si esa mirada, se convierte en la única posible, empobrece nuestra experiencia vital y nos aleja del misterio y del asombro que dan sentido a nuestra vida.

Se puede objetar, con razón, que el mundo siempre ha sido visto como recurso; que el ser humano siempre ha utilizado la naturaleza para sobrevivir. Eso es cierto, pero no capta el giro cualitativo que se ha producido en la modernidad donde la utilización se vuelve absoluta. En otros tiempos, la explotación convivía con el mito, lo sagrado o la contemplación: los ríos, las montañas o los mares, eran dioses; los bosques tenían espíritus; la tierra era madre. La relación era ambivalente: de aprovechamiento, pero también de respeto y admiración. En cambio hoy, Heidegger nos habla solamente de una relación unilateral, mediada por la técnica.

En este contexto, hemos de entender el sentido del discurso «Serenidad«: como la necesidad de mantener una relación libre con la técnica, sin sucumbir a su dominio absoluto.


En su discurso, Heidegger distingue entre dos modos de pensar: el pensar calculador y el pensar meditativo.

El pensar calculador es un modo de pensar que organiza, planifica, mide, optimiza, pero que no cuestiona los significados, o el sentido último de las cosas. Es un pensar útil e imprescindible en los ámbitos de la práctica y del desarrollo técnico. Pero no podemos quedar limitados a permanecer en esa única forma de pensar, que prima optimizar los resultados, y que si se radicaliza, reduce todo a lo cuantificable:

«El pensar calculador nunca se detiene, nunca alcanza la meditación» (Heidegger).

Con esta poderosa frase, Heidegger expresa muy bien el poder del pensar calculador: nunca se para, siempre está en marcha, siempre busca hacer, producir, planificar. Su lógica es la de la eficiencia y el rendimiento; siempre hay algo más que optimizar, algo más que controlar, algo más que explotar, convirtiendo la vida en mera gestión. En cambio, la meditación exige pausa, admiración, detenimiento, silencio, abrirse al misterio. Heidegger no rechaza el pensar calculador, pero nos advierte que, cuando se radicaliza, nunca nos lleva al terreno de la meditación, empobrece nuestra experiencia y nos priva de la dimensión profunda del sentido.

Frente a este dominio calculador, Heidegger propone el pensar meditativo.

Para oponerse a la lógica de la eficiencia y el control, el pensar meditativo nos invita a una disposición diferente: demorarnos, escuchar, contemplar, dejarnos interpelar por todo lo que se nos muestra. Recuperar la actitud meditativa no significa el rechazo de la técnica, ni el abandono del progreso, sino equilibrarlos con la capacidad de asombro y de misterio, para que la vida conserve su hondura y su riqueza y no se reduzca a mera gestión.

“Necesitamos que un pensar que no calcule, un pensar que medite sobre el sentido, recobre su vigencia en nuestra vida” (Heidegger)

En definitiva, Heidegger nos dice que no basta con acumular conocimientos técnicos, sino que hace falta recuperar una forma de pensar que nos mantenga en el diálogo con el misterio del ser y del sentido. Eso no es un lujo intelectual reservado a los filósofos, sino una tarea que nos afecta a todos porque afecta al modo en que habitamos el mundo. Heidegger lo plantea como una verdadera exigencia: sin el pensar meditativo, corremos el riesgo de reducir la vida a mera gestión, vaciarnos interiormente y perder aquello que nos hace auténticamente humanos: ser seres que reflexionan.

«Entonces el hombre habría negado y arrojado de sí lo que tiene de más propio, a saber: que es un ser que reflexiona. Por ello hay que salvaguardar esta esencia del hombre. Por ello hay que mantener despierto el pensar reflexivo» (Heidegger, Serenidad)

El pensar meditativo no reemplaza al calculador, sino que lo complementa. La Serenidad, como veremos a continuación, consiste en mantener abiertos ambos modos de pensar, sin radicalizar ninguno.


Después de ver con brevedad los dos modos de pensar, estamos en mejor disposición para comprender el concepto de Serenidad, tal y como lo entiende Heidegger: como una actitud ante la técnica.

En efecto, es la actitud que permite convivir con la técnica sin ser absorbidos por ella. Heidegger explica que esa actitud tiene una doble manifestación: aceptar la técnica: es decir, dejar que los objetos técnicos entren en nuestra vida diaria. No se trata de rechazarlos ni de añorar un pasado idílico, sin tecnología, porque la técnica ya forma parte de nuestro mundo y sería ingenuo negarlo. Ahora bien, al mismo tiempo, debemos mantenernos libres frente a ella: no permitir que nos atrape en lo más profundo, es decir, que la técnica no llegue a definirnos como seres humanos, ni a determinar nuestra manera de comprender el sentido de la vida.

Por eso, la Serenidad no es resignación ni pasividad. Más bien es libertad: usar la técnica cuando nos sirve, pero sin rendirle culto, ni verla como enemiga. En pocas palabras, aprender a vivir con la tecnología de manera equilibrada y consciente.

Otro elemento esencial del discurso de Heidegger es su referencia al misterio.

El misterio, aquí, no es algo oculto en un sentido místico o irracional, sino una dimensión de lo real que no puede ser controlada ni calculada por el pensamiento científico o técnico. Es decir, el misterio es lo que mantiene abierta la posibilidad de pensar de otra manera.

Cuando pensamos únicamente de manera técnica, todo se vuelve explicable y disponible, pero corremos el riesgo de olvidar que la realidad siempre guarda un fondo que permanece oculto, que nunca se muestra por completo. La apertura o disposición al misterio consiste, precisamente, en aceptar que siempre hay algo que nos sobrepasa y ante lo cual debemos situarnos con respeto. Supone mantener una disposición de acogida, de asombro y de reconocimiento hacia lo que no se deja reducir por el dominio de la técnica.

Por eso Heidegger cree que el misterio es lo contrario a la pretensión de dominio y de posesión propia de la técnica moderna. No se trata de ignorancia ni de renuncia al saber, sino de reconocer que el ser del mundo desborda cualquier representación técnica. En ese sentido, el misterio se expresa como una disposición de humildad, de escucha y de acogida.


El discurso, como hemos dicho al principio, fue pronunciado en 1955, pero todavía hoy tiene relevancia. La era digital, la expansión de internet, las redes sociales, la inteligencia artificial, etcétera, hacen más patente el dominio del pensar calculador, con sus datos, métricas y algoritmos.

Es cierto que estamos hiper-conectados, pero esto arroja una paradoja: cuando más comunicados estamos, menos capacidad real de escucha poseemos. Se está imponiendo un modelo de comunicación que está acaparado por multitud de aplicaciones de mensajería instantánea –Chats, Sms, WhatsApp, Twitter/X– en las que el mensaje llega de inmediato pero no propicia una conversación en profundidad y nos aleja de una auténtica escucha.

En este contexto, la Serenidad que nos propone Heidegger se presenta como una forma de resistencia. Implica usar la técnica sin dejarse absorber por ella, y, al mismo tiempo, preservar espacios de silencio y apertura frente al exceso de información. Filósofos contemporáneos -como el caso de Byung-Chul Han– han retomado las advertencias de Heidegger, reflexionando sobre el hecho de que la saturación comunicativa genera un profundo cansancio social y la añoranza por la pausa y el silencio en medio del incesante ruido digital.

Desde luego, la propuesta de Heidegger, también ha sido objeto de críticas. Algunos la consideran demasiado abstracta, sin ofrecer pautas claras para enfrentarse a los desafíos de la técnica; otros advierten que, al hablar de misterio, se señala el riesgo de caer en actitudes contemplativas, desvinculadas de la acción.

En cualquier caso, su propuesta sigue siendo válida como llamada a la reflexión: meditación frente a cálculo, en un mundo regido por la inmediatez y la eficiencia, y necesidad de repensar nuestra relación con la técnica que nos permita adoptar una disposición interior que abra espacios al misterio y al sentido.

El mayor peligro no radica en la técnica misma, sino en nuestra incapacidad de pensar más allá de ella. Serenidad es, entonces, el modo de habitar en esta modernidad sin perder lo esencial: la relación del ser humano con el Ser.

2 respuestas a «Heidegger: Serenidad»

  1. Avatar de scented9243def82a
    scented9243def82a

    Muy bueno.

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    1. Muchísimas gracias por leer el blog y comentar… espero que te esté gustando

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