No es la intención de este artículo del blog desplegar ningún tipo de valoración o crítica personal acerca de la figura de este personaje; tampoco se trata de dejar constancia de simpatías o antipatías, aunque debo advertir que la distancia que me separa del Sr. Quiles en lo que se refiere a cómo debe llevarse a cabo la acción política, es sideral. Se trata de algo más profundo: del modo en que la política se está transformando en espectáculo.
En ese contexto, Vito Quiles representa un estilo absolutamente provocativo, que no persigue la comprensión. Con ello, no voy a referirme a las intenciones íntimas del personaje, sino que prefiero centrarme en cómo éste lleva a cabo un determinado modo de intervención pública.
Quiles no busca esclarecer, sino generar tensión. Es decir, su objetivo no es aclarar asuntos más o menos complejos del panorama político, sino aumentar la confrontación. ¿Por qué? Porque la confrontación produce visibilidad y eso, en un ambiente tan mediático y digital resulta rentable. Él no aspira a la deliberación, sino a generar impacto. Deliberar requiere tiempo, escucha y reconocimiento del interlocutor. En cambio, el impacto se consigue con la brevedad, la intensidad y la simplificación.
Sus intervenciones no tienen, en absoluto, la pretensión de abrir o propiciar el diálogo, sino producir fragmentos muy virales. Esto significa que el destinatario de esos fragmentos no es el interlocutor o el público que está presente en sus intervenciones de manera inmediata, sino que, en realidad, se dirigen a una audiencia digital posterior: los fragmentos virales están especialmente diseñados para ser recortados, compartidos y amplificados.
Vito Quiles es un ejemplo claro -aunque hay otros muchos- del giro que se produce en el conjunto del espacio público: la política deja de ser un lugar donde se busca construir un sentido común compartido, para desplazarse hacia lo viral. Esto implica que la aspiración máxima es capturar la atención y buscar el impacto mediático. El resultado es que, cuando lo viral se convierte en lo dominante, el debate público pierde toda profundidad y degenera en espectáculo.
Este fenómeno no nace de la nada. El desarrollo de este tipo de «comportamiento provocador» es perfectamente coherente con el entorno digital/mediático que rige hoy día. Sabemos que las plataformas funcionan mediante algoritmos cuyo principal objetivo es maximizar la atención. Y se ha demostrado muchas veces que los contenidos que proporcionan más atención son los que apelan a emociones intensas: indignación, miedo, burla, insulto… En resumen, el conflicto engancha mucho más que cualquier argumentación pausada y razonada.
Es importante señalar también que, no sólo el algoritmo premia mucho más los mensajes polarizadores, sino que, además, provocar indignación genera ingresos: publicidad, seguidores, suscripciones, notoriedad política. El enfado es, por tanto, una especie de capital simbólico y monetario.
En este marco, no es difícil de entender que el ecosistema mediático y digital favorece lo inmediato frente a lo reflexivo: una explicación rigurosa exige datos y tiempo; pero un eslogan que busca la confrontación cabe en diez segundos y se extiende mucho mejor y más rápido.
Y aquí, ¿qué papel juega el periodista?
Tradicionalmente, el periodista ejercía como mediador crítico. Su labor de mediación trataba de establecer un puente entre el poder político y el ciudadano, formulando preguntas para esclarecer los asuntos y exigir la rendición de cuentas. Pero ahora, en ciertos casos, el periodista actúa sabiendo que su intervención es también generadora de espectáculo. Ya no sólo informa, sino que interpreta su propio papel ante la audiencia digital: cuando formula una pregunta, no importa tanto la información que pueda obtener sino que su valor viene determinado por el momento de tensión que es capaz de producir; el verdadero producto que se espera ya no es la verdad, sino dejar constancia viral de las reacciones que suscitan sus preguntas -los gestos incómodos, las evasivas, los enfados, etc.-.
La conclusión es que nos encontramos, no sólo ante una degradación individual de personajes como Vito Quiles y otros, sino ante una verdadera transformación del espacio público. Como ocurre en las subastas de los mercados, hay un auténtica lucha por lograr la «atención» inmediata de la audiencia, lo cual da un nuevo sentido al discurso político: ya no se articula en torno a la verdad, sino a la capacidad de captar y retener el interés inmediato. Da igual la solidez del mensaje, lo que importa es que sea visible.
En este punto, debemos ser todos conscientes de si seguimos optando porque el espectáculo sea el principio que organice nuestra vida pública.
Aquí conviene traer a colación a Hannah Arendt.
En su obra, «La condición humana», explica que el ser humano se revela como tal «cuando habla y actúa en presencia de los otros«. Para ella, la política es un espacio en el que los ciudadanos tienen que aparecer, unos ante otros, por medio de la palabra y de la acción. Ese espacio exige pluralidad, escucha, responsabilidad y respeto por la verdad de los hechos. No se trata, simplemente, de emitir opiniones, sino de exponerse públicamente, asumir la responsabilidad de lo que se dice y permitir que otros puedan respondernos. Sin pluralidad de voces, no hay política; hay uniformidad o simple propaganda.
Arendt insiste en esta idea: la política crea un mundo común. No se refiere a un mundo físico, sino a un mundo simbólico que está compuesto por relatos que son compartidos; de hechos que son reconocidos por todos aunque sus significados puedan discutirse. Lo que se quiere decir con todo esto es que no se trata de imponer una verdad o una visión ideológica, sino de preservar al menos un mínimo de hechos que sean compartidos por todos. Si esto no sucede, y los hechos se convierten en opcionales, el mundo común salta por los aires. Esto ocurre cuando cada grupo acepta sólo aquellos hechos que están alineados con su identidad o con su narrativa y somete a la manipulación de forma sistemática, o incluso a la negación, el resto de los hechos. Con esta actitud, no sólo se destruye la verdad sino también la confianza en la realidad misma y la política, al desaparecer la base de hechos comunes sobre los cuales debatir y dialogar, se convierte en un choque permanente de relatos cerrados, de mundos paralelos donde no cabe ningún tipo de deliberación posible.
Por si fuera poco, en este contexto, la palabra se degrada al convertirse en un arma arrojadiza: no busca persuadir o convencer, sino humillar; no intenta aclarar, sino destruir al adversario; convertir al «otro» en un enemigo absoluto.
Evidentemente, esto no ocurre de golpe. La degradación de la palabra es un proceso gradual donde se suceden diversas fases: trivialización del insulto; normalización de las descalificaciones o banalización de la mentira.
Nuestra tradición democrática, que podemos remontar hasta los griegos, se fundamenta en la capacidad de argumentar y deliberar acerca de lo que se considera justo o injusto, adecuado o no adecuado. Es decir, necesita como base aquello que los griegos, especialmente Aristóteles, denominaba «logos». Logos es un término filosófico muy potente que, en el tema que estamos tratando en esta entrada del blog, puede entenderse como «razón articulada». El Logos implica deliberación, argumento y razón. No obstante, hay que añadir, por supuesto, que la democracia no se basa exclusivamente en el logos racional y abstracto, sino que necesita también de instituciones, procedimientos y una adhesión de la ciudadanía al proyecto democrático.
Hoy, tal vez, la mayoría de la ciudadanía no ha abandonado su adhesión a la democracia, pero sí se observa una tendencia que es preocupante y que consiste en otorgar cierto grado de normalización a los discursos autoritarios. En algunos países occidentales se observa, especialmente entre los jóvenes, que la adhesión a la democracia no se da con el mismo carácter incondicional que se daba en generaciones anteriores. Para muchos de ellos, la democracia ha dejado de percibirse como un valor en sí mismo y se mide en función de su eficacia o de su capacidad de respuesta a las demandas materiales concretas de la ciudadanía. A diferencia de los que vivieron dictaduras o transiciones políticas, y que por ello vinculan la democracia a una conquista histórica y política irrenunciable, las generaciones más jóvenes -que han vivido en sistemas democráticos- se ven afectadas por la paradoja de que lo que no se ha experimentado como pérdida, tampoco se valora como un logro.
Esto último es un fenómeno social y político muy complejo que puede ser abordado desde multitud de puntos de vista y de factores, lo cual excede de la pretensión de este breve artículo del blog. Pero si puedo dejar abierta una cuestión que me parece decisiva: ¿nos encontramos ante una generación antidemocrática, o, más bien, ante una generación desilusionada con la democracia que realmente existe hoy?
La crítica contemporánea al fenómeno de la degradación de lo político en favor del espectáculo y de lo mediático, tiene un pensador clave: el francés Guy Debord.
Su obra más influyente es «La sociedad del espectáculo» (1967). ¿Qué nos explica Debord en esa obra? Que en las sociedades modernas, el espectáculo no es solo entretenimiento, sino que «es la forma dominante de relación social». Es decir, el espectáculo es un sistema en el que la realidad se presenta a través de imágenes que organizan nuestra percepción del mundo. Las imágenes son circulantes y lo que importa no es lo verdadero, sino lo que es más visible. En este «sistema dominado por el espectáculo«, el ciudadano acaba por convertirse en un mero espectador.
Lo verdaderamente sorprendente es que Debord escribía sobre todo esto en 1967, mucho antes de la aparición de internet y, desafortunadamente, hemos podido comprobar que su diagnóstico del “espectáculo como sistema” está perfectamente confirmado y amplificado por las redes sociales y afecta a todos los aspectos presentes en nuestra sociedad, incluida la política.
Pero volviendo a Vito Quiles…
Sería ingenuo reducir el problema a una persona. Quiles no es la causa, sino un síntoma. El estilo provocador que practica no surge en el vacío. No se trata de una anomalía individual, sino que es expresión de un determinado clima cultural y mediático, caracterizado por una degradación estructural. La actualidad política entera ha adoptado la lógica del enfrentamiento permanente. En la política española tenemos ejemplos muy claros de cómo se lleva a la práctica esa lógica, aunque tal vez vez sea exagerado concluir que toda la política en España es pura hostilidad.
Lo que se está llevando a cabo no es, ni más ni menos, que la lógica con la cual Carl Schmitt caracteriza «lo político«, en su obra «El concepto de lo político« (1932). Para este pensador alemán -afiliado al Partido Nacionalsocialista-, la política no es vista como un debate racional, sino que pasa a interpretarse bajo la «distinción amigo/enemigo«. Esta oposición no sólo es ideológica o moral, sino nada más y nada menos que existencial: el adversario no es alguien con quien discrepo, sino alguien cuya victoria amenaza mi forma de vida.
El verdadero problema está en que la democracia liberal no está pensada ni preparada para funcionar bajo esas condiciones de amigo/enemigo, sino que está diseñada para funcionar bajo condiciones de pluralismo y de alternancias legítimas en el ejercicio del poder.
Llegados a este punto, la pregunta que deberíamos hacernos no es si un comunicador -tipo Vito Quiles- es más o menos extremo, sino qué tipo de espacio público estamos construyendo: ¿Queremos una esfera pública donde la palabra sea instrumento de esclarecimiento o de demolición? ¿Queremos «ciudadanos» o «espectadores«?
La palabra, entendida como «instrumento para el esclarecimiento», sirve para comprender, aportar, argumentar y reconocer al otro interlocutor; en cambio, la palabra entendida como «demolición», se utiliza como un arma para la humillación, el menosprecio, el insulto o la destrucción y donde el objetivo no es la verdad sino ganar el relato sin importar el precio. Respecto a la distinción entre «ciudadano y espectador», es muy clara: el ciudadano participa, contrasta y acepta la complejidad y la pluralidad; el espectador se limita a consumir la política como si fuera un «show», reaccionando con impulsos y delegando su criterio en el bando que le es más afín o propicio.
Evidentemente, no se trata de eliminar la tensión política. Todo conflicto es inherente a la vida pública, pero la polarización transforma el desacuerdo en un antagonismo permanente. Y ese antagonismo utiliza sus propias formas de expresión: el eslogan viral, el grito, el insulto, la descalificación, la amenaza, etc. Lo más peligroso de todo esto no son estas formas, sino el hecho de que nos habituemos a ellas.
Cuando el ruido mediático es la norma, la reflexión desaparece o es interpretada como una debilidad. La provocación se abre paso y es celebrada con valentía, mientras que la argumentación se ignora o se desprecia y la política ya no premia la lucidez, sino que recompensa todo aquello que es estridente y que golpea con más contundencia el ánimo de las audiencias…
Es así como también puede morir la democracia: no sólo lo hace por golpes de Estado, sino también de manera más sibilina cuando domina la mentira organizada, la falsedad del relato, la negación de los hechos, la trivialización y la conversión del lenguaje público en algo banal.
Sin embargo, la degradación del espacio público que hemos tratado de caracterizar brevemente en este artículo, no es inevitable. Hay pensadores, como Habermas o Ricoeur, que nos hablan de cómo reconstruir el espacio público en estos tiempos de polarización. No vamos a entrar en las diversas propuestas que desarrollan estos autores, lo cual haría muy extenso este artículo, pero sí añadiré que esa reconstrucción requiere de una auténtica decisión colectiva.
En el centro de esa decisión colectiva está lo más importante: volver a valorar la palabra como un lugar de encuentro y no como un arma de destrucción de todo interlocutor. Es necesario elegir, conscientemente, otra forma distinta de estar en lo público: aceptar que el desacuerdo no es una amenaza; huir de la tentación de humillar a nuestro adversario o de la búsqueda del aplauso fácil e inmediato; renunciar al impacto viral; apostar por la argumentación razonada en vez de por la provocación instantánea…
En definitiva, volver a sustentar la democracia en una «cultura del diálogo«, en una «ética del lenguaje y de la escucha«. No sólo es cuestión de que esta cultura vuelva a los parlamentos, a los medios y a las redes, sino que debe empezar también -y quizás antes- en nuestras propias conversaciones, en el tono con el que respondemos, en la paciencia que somos capaces de conceder y en la humilde, pero firme, decisión de intentar comprender antes que descalificar. Al final, la política no es sólo la lucha por el poder: es también cuidar del espacio que compartimos con otros ciudadanos, entre los cuales hay muchos que no piensan como nosotros. Pero, si ese espacio lo destruimos a fuerza de ruido, insultos o desprecios, entonces perderemos la posibilidad de reconocernos como comunidad humana y nuestra sociedad se convertirá en un conjunto de bandos, incapaces de reconocerse ni de comprenderse entre sí, donde los voceros de la provocación permanente, como Vito Quiles y tantos otros, campan a sus anchas…
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