CRÓNICAS DEL DESENCANTO 1: VOX y EXTREMADURA. «El sabotaje de la política»

Cuando el sabotaje se disfraza de política

Hay partidos que entran en las instituciones para gobernar. Otros entran para incendiar los pasillos, bloquear las puertas y luego presentarse ante sus votantes como las víctimas del incendio y del humo. Lo ocurrido en Extremadura con la investidura fallida de María Guardiola no es un simple accidente parlamentario, ni una disputa más entre socios que tienen unas relaciones difíciles: es una escena que refleja con bastante nitidez una forma de hacer política -la de VOX– que no busca construir nada, sino impedir que las cosas puedan funcionar. Lo que ha hecho VOX no solo es negarse a señalar con claridad cuáles son los desacuerdos reales con el PP -que justificarían su rechazo a la investidura-, sino que ni siquiera ha precisado si quería formar parte del Gobierno o, sencillamente, impedir que hubiera Gobierno.  


Eso es lo verdaderamente inquietante. No la dureza de las negociaciones, ni los cálculos electorales, ni el pulso entre partidos: todo eso es tan viejo como la política misma. Lo inquietante es otra cosa: la posibilidad de que una fuerza política descubra que le resulta más rentable deteriorar las instituciones que formar parte de ellas; que le compensa más erosionar el marco político que ejercer con responsabilidad el mandato recibido de los votantes que confiaron en sus ideas y en su programa.

Negociar con dureza o efectuar cálculos electorales entra dentro de la lógica política. Pero desacreditar parlamentos, tribunales, prensa o reglas que deben ser compartidas, para presentarse como la única voz legítima –con una considerable dosis de victimismo y de odioya no es hacer política. Es vaciarla de contenido. Es no querer actuar desde las reglas, sino limitarse a estorbar. Ese es el caso de VOX: un partido político que se ha convertido en un auténtico traidor a la confianza de todos aquellos que creyeron que sus ideas serían defendidas desde las reglas democráticas, y no contra ellas. En este sentido, se puede afirmar sin ambages que VOX es una verdadera «estafa» -expresión que, hasta el propio Feijóo ha llegado a utilizar-.

¿Por qué puede hablarse de estafa? Dicho con claridad: porque practica el oportunismo mientras vende rebeldía. Su discurso se presenta como «antisistema» pero cuenta con 33 diputados en el Congreso y está en las mismas instituciones que desprecia en su retórica. También incurre en una flagrante contradicción territorial: lleva años cargando contra el Estado Autonómico y propone un modelo de recentralización de competencias, pero, al mismo tiempo, compite en las elecciones autonómicas, negocia cuotas de poder poder en ellas y presenta programas electorales que, por cierto, son prácticamente un calco unos de otros.

Es también una estafa porque convierte el bloqueo en una estrategia oportunista. Al impedir la investidura de Guardiola en Extremadura, lo único que hace es proporcionar más inestabilidad y huir deliberadamente de la responsabilidad adquirida ante sus propios votantes. La cuarta razón para considerar a VOX como verdadera estafa política tiene que ver con su dimensión social. Dice hablar en nombre de la «España que madruga» y del «ciudadano común», pero buena parte de su programa económico favorece especialmente a las rentas más altas. Su propuesta para las elecciones del 23J (2023) defendía una bajada radical de impuestos mediante un diseño del IRPF que beneficia a los contribuyentes de mayores rentas y reducía la recaudación. Es decir: un engaño por partida doble al utilizar una retórica populista mientras se promueve una fiscalidad regresiva que perjudica, precisamente, a los sectores más populares y vulnerables.

Su programa económico para el 23J dibujaba otra realidad bastante menos «madrugadora»: una fuerte rebaja fiscal cuyos mayores beneficios se concentraban en las rentas altas, los grandes patrimonios y las herencias elevadas. Su propuesta de dejar el IRPF en solo dos tramos —15% hasta 70.000 euros y 25% a partir de esa cifra—, junto con la supresión de Patrimonio, Sucesiones y Donaciones y la rebaja del Impuesto de Sociedades al 15%, favorecía sobre todo a quienes más tienen. De hecho, los análisis difundidos entonces mostraban que el ahorro crecía de manera muy acusada conforme aumentaba la renta, hasta el punto de que los contribuyentes con ingresos muy altos podían ahorrarse decenas de miles de euros al año, mientras que las rentas bajas y medias obtenían beneficios mucho más modestos. Es decir: bajo una retórica popular, Vox ofrecía en realidad un diseño fiscal que beneficiaba profundamente a los de «arriba».


Extremadura, en ese sentido, no aparece así como una anécdota regional, sino como un síntoma. Hay que recordar que Guardiola adelantó las elecciones precisamente para reducir su dependencia de Vox, pero el resultado fue el contrario: la ultraderecha reforzó su posición y endureció su capacidad de chantaje. También subraya que el PP llegó a firmar un pacto de sesenta medidas, ceder una consejería y, además, asumir marcos discursivos muy ajenos a su tradición, como el rechazo genérico a la inmigración o la oposición a políticas climáticas. Nada de eso bastó. 

Y aquí aparece una de las lecciones más amargas de nuestro tiempo: cuando la derecha tradicional cree que puede domesticar a la ultraderecha, suele terminar domesticada por ella. No porque adopte de golpe toda su ideología, sino porque acepta buena parte de su discurso, sus obsesiones, sus falsos dilemas y su forma de intoxicar el espacio público. El problema no es solo pactar con quien piensa distinto; la democracia vive, precisamente, de esa posibilidad. El problema comienza cuando, para mantener un acuerdo, uno tiene que humillarse semánticamente hasta el punto de llegar a hablar de un supuesto “feminismo de Vox”: «El feminismo que defiendo es el de Vox», proclamó María Guardiola…

Las palabras importan. Importan mucho. Porque cuando se pervierten, no solo se confunde el lenguaje: se desorienta también la realidad común. Y una democracia no se rompe únicamente con golpes espectaculares o pronunciamientos solemnes. A veces se desgasta de una manera más silenciosa y constante: cuando se acude repetidamente a la mentira; se convierten las negociaciones en emboscadas; se recurre al cálculo electoral como principio absoluto; al desprecio sistemático e intencionado de toda negociación; se siembran sospechas sobre cualquier forma de convivencia institucional, etcétera.

Vox parece haber entendido algo que otros aún se resisten a admitir: en una época cansada, crispada y rota por dentro, el caos puede capitalizarse. La inestabilidad ya no se percibe necesariamente como un coste; puede convertirse en activo político. Cuanto peor funcione todo, cuanto más se debilite la confianza en las instituciones, cuanto más inútil parezca la política ordinaria, más fácil le resulta a Vox venderse como una fuerza “distinta”, “valiente”, “antisistema”. Pero ahí reside su verdadera impostura: no estamos ante un partido “antisistema» que viene de fuera, sino ante uno que crece dentro del sistema democrático y se aprovecha de él, para vaciarlo desde dentro.

Ese es el núcleo del problema. No tanto que Vox sea radical, sino que convierte la propia descomposición del marco institucional en parte de su negocio político. No necesita explicar con claridad qué quiere para Extremadura, porque en el fondo, tal vez, les importa muy poco Extremadura y los extremeños. Sus cálculos están también condicionados por las próximas elecciones de Castilla y León del 15 de marzo de 2026 y por la posibilidad de reproducir allí una dinámica semejante. Es decir: que una comunidad autónoma concreta, con sus ciudadanos concretos y su necesidad concreta de gobierno, quede subordinada a una estrategia más amplia de tensión, desgaste y posicionamiento electoral. Una estafa política en toda la extensión de la palabra.


Cuando ocurre esto, la política deja de ser servicio, incluso en su versión más modesta, y se convierte en la movilización y desarrollo de técnicas emocionales. Ya no importa resolver, sino excitar. Ya no importa acordar, sino mostrar fuerza. Ya no importa ofrecer estabilidad ni soluciones a los problemas, sino mantener al adversario, al aliado y al ciudadano dentro de una atmósfera de desgaste permanente. La comunidad política, es decir, la ciudadanía, se convierte entonces en rehén de un conflicto teatralizado en el que siempre surge una nueva exigencia, una nueva línea roja, un nuevo gesto de desafío. Como se dice en el argot futbolístico, la portería se mueve una y otra vez….

Lo más grave es que esta lógica no erosiona solo al adversario: erosiona a toda la comunidad. Porque una institución bloqueada no humilla únicamente a un partido; humilla a todos los ciudadanos que dependen de ella para que la vida pública siga funcionando. Y cuando esa parálisis se normaliza, cuando se presenta como una simple “estrategia legítima”, lo que se quiebra no son los pactos o los acuerdos concretos, sino la idea misma de que la política debe servir para algo más que para alimentar trincheras.

Por eso conviene llamar a las cosas por su nombre. Es cierto que no todo conflicto es antidemocrático; no toda firmeza indica extremismo; no todo desacuerdo es un sabotaje. Pero cuando una fuerza política como Vox rehúye aclarar qué pretende, utiliza su poder para impedir el funcionamiento institucional y convierte la incertidumbre pública en su principal combustible particular, ya no estamos ante negociaciones más o menos duras: estamos ante una lógica corrosiva. Una lógica que se alimenta del enfado, de la confrontación, de la desconfianza y del bloqueo. Que una fuerza como Vox -que se señala como política- se sitúe en esas líneas es un engaño a toda la comunidad.

Quizá esa sea una de las marcas más degradadas y distintivas de la política contemporánea: no gobernar, sino estropear; no proponer, sino intoxicar; no sostener un mundo común, sino aprovecharse de su desgaste; estropear las palabras, estropear los puentes y los acuerdos, estropear las instituciones, estropear también la paciencia democrática de una sociedad hastiada; estropear, incluso, hasta la propia verdad.

Después, sobre esos restos, Vox levanta su bandera y se auto-presenta como «salvador«, gritando que nada funciona. Ahí reside su impostura, su estafa, su engaño y su hipocresía. Vox no viene a rescatar nada: viene a sacar provecho del derrumbe al que ellos mismos han contribuido.

El PP debería tomar nota. No solo de que Vox puede bloquear investiduras, sino de algo más profundo: un partido que se reivindica como «constitucional y de gobierno» no puede ir de la mano de aquellos que se aprovechan del desgaste institucional. La derecha tradicional española debe resolver de una vez por todas -por su propio bien y por el de la democracia en nuestro país- la contradicción en la que lleva tiempo instalada: denuncian a Vox como un problema cuando les bloquea, pero recurren a él cuando les conviene para alcanzar el poder. Esa ambivalencia resta gran credibilidad política al proyecto conservador. Si el PP insiste en utilizar a VOX como palanca de salvación para llegar al gobierno, probablemente acabará descubriendo que esa supuesta palanca no era más que un instrumento de chantaje. El caso de Extremadura no es una anécdota parlamentaria: es una advertencia política de primer orden…


5 respuestas a «CRÓNICAS DEL DESENCANTO 1: VOX y EXTREMADURA. «El sabotaje de la política»»

  1. Completamente de acuerdo.

    Pero la estafa de VOX también se ve alimentada por el bloqueo que se produce por la izquierda. Desde que el PSOE compró los planteamientos de la ultraizaquierda y decidió levantar un muro, se ha hurtado a los ciudadanos la posiblidad de la alternancia.

    La posibilidad de grandes pactos de estado entre los dos grandes partidos, que resuelvan los problemas reales, en la España de hoy es imposible.

    Estoy cansado de los analistas que no se hartan de decir que las urnas han dictado que se hagan determinados pactos por la izquierda o por la derecha. Lo cual también es una «tremenda estafa». A mi modo de ver lo que tozudamente dictan las urnas es que un 80% de los ciudadanos quieren que gobierne la moderación.

    Cuando la política se convierte en una lucha de bloques se nos condena a elegir entre «guatemala» y «guatepeor». Lamentable.

    Un abrazo.

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    1. Buenos días César.
      Te agradezco, como siempre, tu lectura del blog y los comentarios que efectúas. Ayudan a enriquecer la visión de ciertos temas.
      En tu comentario al que trato de responder con estas breves líneas, hay algunas cosas con las que no estoy plenamente de acuerdo. Afirmas que la «estafa» de Vox se ve alimentada por el bloqueo que establece la izquierda. Yo creo que no es prudente confundir el bloqueo, como medida de acción política que llevan a cabo tanto el PP como el PSOE, con un partido que se aprovecha intencional e interesadamente de ese bloqueo, que lo perpetúa y que hace de él su «modus vivendi» convirtiéndose en una verdadera estafa o engaño para sus propios electores y para la salud democrática. El PP practica el bloqueo y el PSOE también, pero ninguno de esos dos partidos considero que sean una estafa. Dices también que se ha hurtado a los ciudadanos la posibilidad de la alternancia. Esa afirmación no es correcta. ¿Por qué? Porque la alternancia existe y se concreta en las elecciones generales en las que la voluntad de los ciudadanos puede determinar una nueva composición del Congreso de los Diputados y, como consecuencia, provocar un cambio de gobierno. De hecho, en las Comunidades Autónomas esa alternancia está funcionando. Tenemos muchos casos en los que ha gobernado durante un amplio periodo de tiempo el PSOE y ahora gobierna el PP -Andalucía, sin ir más lejos-. Por último, me cuesta mucho entender que el PSOE haya comprado los planteamientos de la ultra izquierda. ¿A qué planteamientos concretos te refieres? En mi opinión, el gobierno de coalición actual no está implementando políticas que podríamos llamar de ultra izquierda como podrían ser un programa de ruptura revolucionaria o anti capitalista. Desde luego, a mi modo de ver, no pueden calificarse de ultra izquierda medidas de protección social como subidas del salario mínimo inter-profesional, garantizar el poder adquisitivo de las pensiones, o algunas medidas o incentivos fiscales para contener el abuso en los alquileres (por cierto, esto último, siempre con el rechazo de la derecha que parece estar más atenta y sensible a los intereses de los propietarios y de los adinerados que de los trabajadores y pensionistas). Tampoco creo que pueda considerarse de ultra izquierda la adopción de alguna fiscalidad algo más dura sobre los beneficios extraordinarios de las entidades financieras o de las grandes multinacionales. Es una forma de redistribución económica, pero sin abandonar los límites de la economía de mercado y de que estas grandes corporaciones que están obteniendo un máximo de beneficios anuales, contribuyan algo más al mantenimiento del estado del bienestar. En definitiva, si se entiende por ultra izquierda un control amplio de la economía, nacionalizaciones masivas, ruptura con la UE o con la OTAN, colectivización de sectores estratégicos o supresión del mercado, eso no se ha producido ni está en la agenda del gobierno que se vaya a producir.
      Por tanto, lo que yo creo al respecto es que todo este tipo de medidas, que los votantes de derecha suelen calificar como radicales o de ultra izquierda, encajan mucho mejor en un reformismo progresista, más bien moderado, que en un intervencionismo radical. La calificación de ultra izquierda creo que es una calificación subjetiva y política, más que un fundamento real.
      Un abrazo.

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  2. Querido Mariano.

    Acepto tus matizaciones y entiendo que no estes de acuerdo con algunas de mis afirmaciones, aunque creo que no me expliqué bien en el comentario anterior.

    No me refería al bloqueo hacia VOX, que sin duda ha hecho del bloqueo su objetivo político, sino al que sistemáticamente practica el PSOE al no plantearse siquiera reunirse con el PP para tratar de  alcanzar determinados pactos que serían beneficiosos para todos. Efectivamente el PP también ha rechazado este diálogo, las veces que se ha intentado, alegando que el PSOE solo busca acuerdos cuando no puede alcanzarlos con sus socios actuales. Tampoco comparto esta postura del PP, que lo único que hace es retroalimentar el bloqueo. Creo que el diálogo ha de intentarse siempre, sea cual sea la causa que lo propicie.

    Al decir que el PSOE compra los planteamientos de la ultraizquierda me refería al doble rasero que se establece cuando se tacha al PP de ultraderecha cuando intenta alcanzar pactos con VOX, mientras que cuando el PSOE llega a acuerdos con la ultraizquierda es talante democrático.

    Con este planteamiento si, de facto, el PP no puede pactar con el PSOE, ni tampoco puede pactar con VOX, con el panorama político tan fracionado que existe, el PP nunca podría llegar a gobernar. En mi opinión, en la práctica, eso pretende hurtar la posibilidad de la alternancia.   

    Del mismo modo que pactar con la ultraizquierda no convierte al PSOE en ultraizquierda, pactar con VOX, no debería convertir al PP en ultraderecha. Pactar significa renunciar, para pactar todos deben ceder algo, de modo que los pactos no subsumen un partido en otro, pero buscan elementos comunes que benefician a la mayoría.

    Respecto a la revisión que haces de las medidas de carácter social, por supuesto que estoy de acuerdo con que son necesarias, aunque puede que discrepe en el enfoque de algunas de ellas y de los beneficios que se consiguen. La redistribución de la riqueza y la protección de los mas desfavorecidos está en la base de la socialdemocracia que siempre he apoyado, desde la base del diálogo social. Pero no quiero extenderme mucho ya que este tema da para un debate muy profundo y extenso.

    Un abrazo

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    1. Buenos días César.
      Agradezco mucho tus aclaraciones. Creo, con toda franqueza, que en el fondo coincidimos en muchas cosas de las que hemos hablado en este intercambio de comentarios. PSOE y PP practican el bloqueo como instrumento político, eso es cierto, y también lo es que ambos creemos que no debería de ser así y que debería de primar el interés de los ciudadanos por encima de las tácticas de los partidos, pero esto es lo que hay. No es algo específico de nuestro país, sino que la política contemporánea se mueve en esa dirección. Entiendo también que el PP pueda tener la libertad de pactar con aquellos grupos políticos que puedan estar más cerca programáticamente, aunque creo sinceramente que VOX no es un socio fiable (como tampoco el PSOE ha estado fino con la elección de algunos de sus socios de gobierno). En definitiva, esperemos que, cuando llegue el momento, la ciudadanía establezca nuevas mayorías que den entrada a nuevos aires en esta política tan contaminada y tan espesa que vivimos hoy en día en España. Ojalá esto sea así y podamos disfrutar de tiempos de consenso, de pactos y de soluciones.
      Un abrazo.

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  3. Efectivamente Mariano, creo que en lo esencial mantenemos puntos de vista muy coincidentes.

    Un abrazo

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