Asco y servidumbre: Trump y la humillación de Europa

Hay veces en que el lenguaje político que utilizamos de manera corriente se queda corto. Podemos hablar de indignación, de rechazo, de preocupación. Pero hay momentos en que la palabra justa que debe utilizarse es otra: asco.

Asco moral. Asco histórico. Asco ante el ejercicio de un poder que ni siquiera intenta revestirse de grandeza, ni disimular su obscenidad, sino que se presenta, más bien, como una mezcla de amenazas, narcisismo y desprecio por la vida ajena. Donald Trump encarna hoy día esa degradación. No solo por lo que hace, sino por cómo lo hace: convirtiendo la violencia en espectáculo, la diplomacia en un chantaje y la fanfarronería en su estilo de gobierno. En fechas recientes, en este mismo mes de abril, ha vuelto a elevar el tono con amenazas extremas a Irán, ha ordenado nuevos bombardeos en la isla de Jarg y ha utilizado una «retórica de ultimátum» que contempla la devastación como instrumento político. 


Lo realmente penoso no es solo que Trump ocupe la cúspide del poder mundial, sino que haya dirigentes que, sabiendo perfectamente quién es, qué representa y de qué manera gobierna, opten por acomodarse a él, sonreírle, templar sus declaraciones para no irritarlo y esperar dócilmente que los distinga con algún gesto de favor. Constituyen toda una corte de «mediocres, oportunistas y cobardes que le ríen las gracias», porque un personaje así no asciende nunca solo: asciende entre aduladores y dirigentes que prefieren acomodarse al poder antes que asumir los costes de un discurso digno.

En esos casos, el asco no se refiere sólo a un personaje concreto, sino que alcanza a toda una cultura de la sumisión. ¿Por qué? Porque el problema no reside únicamente en que el poder se manifieste de forma brutal, sino en que esa legión de mediocres y oportunistas otorgue carta de normalidad a esa brutalidad, para permanecer cerca de las posiciones de mando. Ahí es donde la degradación es más profunda: no sólo por la violencia del poderoso, sino por la docilidad de quienes la aceptan o la justifican.


Esa «corte« existe hoy y Europa no está libre de ella. La tibieza de la Unión Europea ante el inicio de la ofensiva contra Irán es una muestra de la división de los europeos, de su escasa influencia y del temor a quedar relegados en un momento decisivo del orden mundial. Basta recordar que, tras los bombardeos del 1 de marzo, la Unión Europea no condenó de manera frontal la ofensiva de los Estados Unidos y de Israel, sino que se limitó a pedir «máxima contención» en un texto de compromiso. Mientras solo algunos pocos denunciaban los ataques y se posicionaban con claridad en contra de la guerra, otros prefirieron no incomodar a Washington. Esto muestra la situación actual de una Europa fragmentada y temerosa, más que reflejar una verdadera voluntad de plantarse ante el abuso del poder.

Sin embargo, conviene ser precisos. No toda Europa le está haciendo la pelota a Trump. De hecho, varios gobiernos europeos han rechazado acompañarlo en esta aventura bélica. Alemania, Francia y Reino Unido se desmarcaron de la petición de apoyo militar estadounidense en la guerra contra Irán; España y también Italia han negado el uso de bases militares ubicadas en esos dos países; y ya hay algunos países que consideran que las amenazas de Washington de abandonar la OTAN deberían hacer reflexionar a Europa sobre la búsqueda de otras alternativas de seguridad más autónomas.

Por eso la crítica debe ser precisa: el problema europeo es la insuficiencia moral de una respuesta que ha sido demasiado débil y pequeña, habida cuenta de la magnitud del desastre. Es cierto que hay gobiernos que se resisten a seguir a Trump, pero Europa sigue apareciendo en demasiadas ocasiones como una potencia cansada, vacilante, incapaz de hablar con una sola voz, en un momento histórico como este que exige algo más que la simple prudencia. Europa pide “contención”, invoca el derecho internacional, emite fórmulas diplomáticas impecables. Pero mientras tanto, la guerra sigue escalando, se amenaza con destruir una civilización entera, se bombardean infraestructuras y se utiliza como algo normal un lenguaje de devastación. Todo esto, debería de producir una ruptura política mucho más clara y si ello no ha ocurrido es por la diversidad de posturas dentro de la UE y por la escasa capacidad real de influencia que hoy tenemos los europeos.


Ese es el fondo de la humillación: Europa recuerda con mucha frecuencia sus valores, pero también comparece con frecuencia sin la energía necesaria para defenderlos. Y un valor que no se defiende acaba convertido en una valor decorativo.

El proyecto europeo quiso presentarse como algo más que un mercado económico común. Quiso encarnar una experiencia política nueva nacida del horror, de la memoria de las guerras mundiales y de la voluntad de limitar el poder mediante normas, derechos y cooperación.

Pero, si ante la brutalidad contemporánea, esa noble tradición no se expresa con una mayor firmeza política, entonces se convierte en una retórica vacía. Más allá de saber lo que está mal, hay que tener fuerza y coraje para decirlo cuando el agresor es poderoso, cuando el aliado es incómodo y cuando la verdad tiene sus costes. Eso es justamente lo que hoy se echa de menos en buena parte de las élites europeas. 


Trump, además, no representa solamente una orientación ideológica discutible o una estrategia internacional dura. Representa también una forma de descomposición del poder. ¿Por qué? Porque su manera de ejercerlo degrada la política mundial al nivel de los impulsos, de las intimidaciones y al amparo de los focos mediáticos. Incluso, hay algo peor: la improvisación obscena que va acompañada, lamentablemente, de la capacidad para destruir países, vidas y equilibrios geopolíticos enteros: ¿acaso no es una obscenidad flagrante manifestar que “una civilización entera morirá esta noche”? Ese lenguaje no pertenece a una diplomacia responsable. Pertenece a la política del espanto, a una escenificación del poder que convierte el miedo masivo en herramienta de gobierno. Y cuando un dirigente con semejante poder actúa así, quienes lo halagan, lo justifican o atenúan sus excesos, no lo hacen por pragmatismo, sino porque revelan su profunda pequeñez y miseria moral.


Sentir asco en este contexto no es una reacción exagerada. Es una reacción sana ante un panorama degradante. Asquea Trump, sí. Asquea su narcisismo, su desprecio por la fragilidad humana, su capacidad para hablar de devastación como quien anuncia una operación de bolsa. Pero también asquea esa vieja enfermedad europea que confunde la prudencia con la servidumbre, la moderación con la cobardía y el realismo con la inclinación reverencial ante el poder estadounidense.

Una cosa es tratar de mantener las alianzas, negociar, o evitar rupturas temerarias y dolorosas. Y otra muy distinta es aceptar que el centro del mundo libre lo ocupe una figura que convierte la amenaza contra pueblos enteros en una pura exhibición de su autoridad.

Europa todavía puede elegir otras cosas. Puede dejar de comportarse como una periferia complaciente y elegante ante el poder norteamericano y asumir, por fin, que la autonomía estratégica no es solo una cuestión militar o económica, sino también ética. Puede atreverse a decir “no” cuando nuestro mayor «aliado» se vuelve un irresponsable. Puede comprender que no todo lo que nos garantiza la seguridad, nos garantiza la dignidad; puede recordar que el verdadero prestigio político no consiste en ser recibido en Washington con sonrisas, sino en conservar la capacidad de mirar a la propia historia sin sentir vergüenza.

Figuras como Trump han existido siempre, bajo distintas máscaras y distintas banderas. El problema decisivo es qué hacen ante ellas las democracias que dicen defender la civilización. Si vacilan, si se rebajan, si calculan demasiado, si sonríen para no molestar, entonces la barbarie no necesita imponerse del todo: le basta con ser tolerada. Y cuando eso ocurre, el asco ya no es una emoción particular, sino que se convierte en una forma de lucidez.

Al final la cuestión es sencilla y, a la vez, terrible: no basta con denunciar al hombre fuerte; hay que denunciar también a los débiles que le ríen las gracias, le disculpan las amenazas o le allanan el camino. Y quizá esa sea hoy una de las tareas más urgentes de Europa: decidir si quiere ser un actor histórico con voz propia o seguir administrando el vasallaje ante personajes como Donald Trump.

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