El pasado 14 de abril, el diario El País publica una interesante entrevista con Michel Mayor, premio Nobel de Física en 2018, descubridor del primer exoplaneta conocido (es decir, un planeta fuera del sistema solar). El científico desmonta con claridad algunos de los proyectos que circulan actualmente de la mano de magnates como Elon Musk y otros: crear una nueva residencia para la especie humana fuera de la Tierra, como puede ser el caso de colonizar la Luna o el planeta Marte. Este astrónomo suizo (nacido en Lausana en 1942) es optimista respecto de la posibilidad de que haya vida en alguno de los miles de millones de planetas que existen en el universo conocido: «… tengo la idea de que la vida existe en muchas partes del universo», afirma textualmente en su entrevista pero se muestra bastante contrario a la idea de que la humanidad, como piensan muchos, será eterna sino que, por diversas causas que cita en su artículo «nuestro tiempo como humanidad es limitado»
Nuestro tiempo se caracteriza por la presencia, entre otras, de una gran paradoja: cuando más poder técnico creemos tener, más nos comportamos como si fuésemos invulnerables.
Por eso, no deja de llamar la atención que sea, precisamente un científico, un astrónomo, que ha pasado su vida mirando más allá de la Tierra, hacia la inmensidad del cosmos, el que nos devuelva un poco al terreno de la sensatez, de la cordura y, sobre todo, de la humildad. Michel Mayor nos revela una verdad elemental que no conviene olvidar: la humanidad no ocupa un lugar privilegiado en el universo; no somos su centro; no somos necesarios, ni tampoco somos eternos. Tarde o temprano, nos extinguiremos.
Esta última frase encierra una gran fuerza dentro de sí. ¿Por qué? Porque desmonta o desinfla, al mismo tiempo, varias ilusiones contemporáneas. En primer lugar, la ilusión de que el progreso científico nos salvará de todo, a veces en el último instante. En segundo lugar, la fantasía de que siempre habrá una escapatoria tecnológica que nos permitirá, cuando la vida en la Tierra ya no sea posible, escapar a otro escenario. Y, en tercer lugar, acaba con esa creencia de que nuestra especie posee algún tipo de excepción ontológica: al contrario, somos seres vivos que estamos bajo la misma ley de la finitud que afecta a todo lo existente.
Nos hemos acostumbrado a pensar que siempre hallaremos una solución en el exterior para cada uno de los desastres que somos capaces de organizar aquí, en el interior; que, si destruimos la Tierra, ya construiremos otra posibilidad en Marte; que, si volvemos inhabitable el único mundo común que tenemos, alguna élite tecnológica nos abrirá con urgencia una puerta de escape hacia el cielo. Estas son algunas de las fantasías perfectas de una civilización que ha dejado de creer en el «cuidado«, para pasar a creer, algunos ciegamente, en la «huida«.
Entre el cuidado y la huida, encontramos una núcleo filosófico potente: ambas son dos maneras opuestas de estar en el mundo.
La huida nace de una relación irresponsable con la realidad. Aquél que huye, o planea huir, no se siente verdaderamente vinculado al mundo que habita. Al contrario, lo usa, lo agota, lo deteriora y, cuando el daño ya es irreparable, entonces busca la huida. Por eso, la fantasía de Marte es tan apetecible. Porque más allá de una legítima ambición científica, expresa también una moral concreta: si arruinamos este mundo, podremos mudarnos a otro. La huida mira hacia delante, pero no para construir con mayor profundidad, sentido y respeto, sino para dejar atrás, y no sentirnos responsables, lo que hemos destruido.
En cambio, el cuidado, tiene su origen en una conciencia muy diferente. «Cuidar» significa aceptar plenamente que no somos dueños de lo real, sino seres que -como muchos otros- estamos inmersos en una trama de dependencias, de fragilidades y de límites. El cuidado, por lo tanto, exige atención, responsabilidad y fidelidad a todo lo que nos ha sido dado. El que cuida no sueña con escapar del mundo, sino con habitarlo, sin devastarlo ni destruirlo.
Esta oposición entre «la huida» y «el cuidado» revela también dos formas de entender la libertad: la huida es partidaria de una libertad sin ataduras, sin obligaciones ni responsabilidades, sin permanecer retenido por ningún lugar, por ningún vínculo, ni por ningún pasado. Pero el cuidado propone una libertad más madura: no la de aquél que se desentiende, sino la del que se compromete; no la del que huye cuando aparecen las consecuencias, sino del que permanece y se responsabiliza.
En definitiva, la huida nace de un tipo de relación muy pobre con la realidad. Sólo pretende del mundo aquello que puede extraer de él. No es una actitud agradecida, sino de explotación. Y cuando el mundo explotado comienza a dar síntomas de agotamiento, entonces el que huye no ofrece una respuesta ética, sino irresponsable porque, no sólo provoca el daño, sino que, además, no quiere permanecer a responder por el daño causado.
El cuidado, sin embargo, reconoce que no somos los dioses del mundo, sino seres finitos que vivimos gracias a una red de dependencias que no controlamos del todo. El que cuida no se olvida de una verdad elemental: existir es mantener nuestra posición vulnerable en un mundo que debemos sostener con dignidad y respeto.
Hay algunos filósofos como Heidegger o María Zambrano en los que la idea del cuidado, con diversos matices, ha prendido en el mundo de la filosofía, especialmente en el siglo XX. O también Hans Jonas, por ejemplo, que comprendió y explicó que el poder técnico ha crecido tanto que nuestras acciones afectan ya a la propia continuidad de la vida en el planeta. Por eso, Jonas señaló una nueva exigencia moral: hay que actuar de tal modo que los efectos de esas acciones tienen que ser compatibles con el mantenimiento de una verdadera y auténtica vida humana sobre la Tierra -y la del resto de seres vivos-. Esto es lo que desarrolla en su obra más importante, «The Imperative of Responsibility» (El principio de responsabilidad). Dicho de manera más simple, Hans Jonas es el filósofo que convierte el cuidado del futuro en una obligación moral esencial.
Dejamos estas incursiones filosóficas en torno a la huida y el cuidado, para volver de nuevo a nuestro científico, Michel Mayor, y proseguir con las principales conclusiones e ideas que pueden extraerse de su entrevista publicada en El País.
Si hemos afirmado anteriormente que Mayor desmonta algunas ilusiones contemporáneas, es porque sabe de lo que habla. Marte no es un plan B. No es una promesa de redención. No es una nueva frontera para la esperanza humana. Lejos de todo eso, el planeta Marte es un mundo desierto y extremo; hostil, casi irrisorio como alternativa de vida. El lugar más brutal de la Tierra sigue siendo, comparado con Marte, un refugio. Dicho con claridad: antes que aprender a vivir en otro planeta, tendríamos que aprender a no arrasar este. Pero eso exige una madurez moral que, por ahora, parece seducirnos menos que los poderosos cohetes, las simulaciones digitales de viajes y colonizaciones espaciales o la épica hueca de los magnates del espacio –Elon Musk o Jeff Bezos, por ejemplo-. Porque sí, es cierto que hay algo de épica en ese relato de abrir fronteras y desafiar los límites de la humanidad, pero es hueca porque ese relato, que es presentado como «heroico«, oculta lo esencial: que seguimos siendo incapaces de actuar con justicia, prudencia y responsabilidad el mundo que ya habitamos.
Conviene decirlo sin ingenuidad: la obsesión contemporánea por vivir fuera de la Tierra no nace solo del interés científico. En muchos casos nace de algo bastante más turbio e indecente: del cansancio ante el deber de sostener un mundo compartido; de que es más fácil fantasear con colonias marcianas que afrontar la devastación ecológica, la desigualdad obscena, la pérdida de contenido real de nuestra política -muchas veces reducida a mero espectáculo-, o la incapacidad de poner límites a un modelo de producción suicida que genera riqueza y poder para unos pocos, pero destruye las condiciones que hacen posible la vida común.
Hay en todo esto una mezquindad que apenas disimulamos. Soñamos con abandonar la Tierra y relegamos a un segundo plano la responsabilidad de habitarla con decencia. La «fuga espacial» se presenta como «un gran proyecto para la humanidad», pero a menudo eso funciona nuevamente como la manifestación de los privilegios (en niveles cósmicos esta vez). De la misma manera que algunos pueden pagarse una sanidad privada, mientras se degrada la pública, o habitan lujosas urbanizaciones cerradas y blindadas, mientras se deteriora el resto de la ciudad, también hay quienes imaginan un futuro donde los poderosos tendrán salida mientras el resto perecerá en las ruinas. No se trata, por tanto, del gran proyecto para tratar de salvar al ser humano, sino sólo de seleccionar quién merece seguir. La utopía espacial, en manos de este capitalismo tardío, corre el riesgo de convertirse en una «distopía» de clase, haciendo que el espacio no sea un horizonte común, sino un lujo, un refugio o una reserva para las élites.
Frente a esto, las palabras de Michel Mayor tienen una dignidad muy valiosa. No prometen consuelo fácil. No venden humo. No disfrazan de grandeza lo que muchas veces no es más que infantilismo tecnológico. Nos recuerdan que quizá existan otros mundos semejantes al nuestro, pero situados a una distancia prácticamente inabordable. Que la idea de emigrar a ellos pertenece, hoy por hoy, más al terreno del mito contemporáneo que al de las posibilidades reales. Y que, por tanto, la lección más seria y profunda que deberíamos aprender de la astronomía no es la embriaguez del poder tecnológico, sino el aprendizaje y la práctica de la humildad.
Durante siglos, el ser humano se creyó el centro del universo. Ahora, cuando por fin sabemos que habitamos un rincón mínimo del cosmos, somos incapaces de extraer la consecuencia ética más elemental: precisamente porque no somos el centro de nada, deberíamos cuidar mejor aquello de lo que dependemos. La importancia de la Tierra no es que esté o deje de estar en el centro, sino en que es la única condición que nos permite existir. En ella estamos, no solamente nosotros y el resto de seres vivos, sino nuestros antepasados, nuestra memoria, nuestras lenguas, nuestras ciudades, nuestras heridas, nuestros amores, nuestros hijos. En ella, ha surgido todo lo que para nosotros significa mundo. Pensar que eso lo podemos sustituir por una infraestructura artificial sobre un planeta como Marte, absolutamente inhabitable, no es ambición. Es una forma sofisticada de estupidez.
En todo caso, conviene distinguir dos cosas: una cosa es el interés científico por Marte, por cualquier otro cuerpo espacial, o por estudiar las posibilidades de que exista vida fuera de la Tierra, y otra muy distinta es convertir ese interés en una «fantasía de sustitución«, como si otro planeta pudiera reemplazar al «mundo humano» que la Tierra nos ha permitido construir en ella. El interés científico es legítimo, necesario y valioso porque amplía nuestro conocimiento acerca del universo y de nosotros mismos. Pero el problema surge cuando, bajo ese impulso científico se alimenta la ilusión de escapar, de huir, de que ya no es preciso cuidar la Tierra porque siempre habrá una colonia marciana o un planeta de recambio.
Fantasear con la posibilidad de establecernos en Marte -o en otros lugares- permite soñar con la idea de que no será necesario transformar seriamente nuestro modo de producir, de consumir y de destruir el planeta, así como la vida que en él habita. Elon Musk, por ejemplo, ha señalado a Marte como una especie de seguro de supervivencia para la vida («life insurance for life collectively«) y es defensor de que la humanidad se convierta en una civilización multiplanetaria.
Frente a esto, cuidar de la Tierra exige límites, responsabilidad, justicia y cambio en nuestro modelo de desarrollo. Esto último resulta, sin duda, mucho más incómodo que una salida tecnológica hacia otros mundos. Dicho de manera más filosófica y reflexiva: huir ejerce fascinación; sin embargo, cuidar de la Tierra requiere humildad, lentitud y responsabilidad.
Es evidente que no se trata de acusar a Musk o a Bezos de querer destruir la Tierra. Su discurso explícito apunta, más bien, a la necesidad de la supervivencia de la especie y buscar soluciones de largo alcance. Pero incluso, ese discurso, puede producir un efecto inquietante: el deterioro de nuestro planeta siempre podrá ser compensado por una tecnología que nos permita una huida.
La cuestión filosófica que subyace aquí es que se contribuye a consolidar la idea de una civilización que, en vez de pensar en el cuidado de su mundo, comienza a pensar en la posibilidad de que sea sustituido. Explícitamente, no se afirma la voluntad de destruir nuestro mundo, pero se contribuye a debilitar la conciencia de que estamos obligados a cuidarlo y preservarlo.
Está, además, el problema de la desviación ingente de recursos que podrían utilizarse en fines mucho más urgentes. No se trata de oponerse al conocimiento científico ni de negar el valor de la exploración espacial, sino de preguntarse por la jerarquía de nuestras prioridades. En un mundo atravesado por el hambre, la desigualdad, la destrucción de las guerras, la crisis ecológica, el colapso de servicios públicos básicos y la precaria vida de millones de personas, resulta legítimo cuestionarse por el sentido de invertir sumas descomunales en proyectos que, al menos por ahora, no ofrecen una mejora real para la mayoría, sino que alimentan sobre todo el prestigio, la fantasía tecnológica y la promesa de salvación sólo para unos pocos. El problema, por tanto, no es únicamente técnico, sino ético: ¿qué nos dice, acerca de una civilización, el hecho de que sea capaz de movilizar recursos inmensos para preparar una futura fuga, mientras se muestra incapaz de cuidar con justicia del mundo presente?
La entrevista con Mayor nos revela otra gran verdad, ciertamente incómoda, pero igualmente profunda: la especie humana desaparecerá. No mañana; tal vez no pronto; pero desaparecerá. Y eso debería bastar para echar por tierra, de una vez por todas, esa ridícula y falsa imagen del ser humano como dueño definitivo del universo y del tiempo.
La civilización actual vive como si su duración estuviera garantizada; como si la historia nos proporciona una continuidad sin límite; como si nuestra inteligencia nos hubiese liberado de esa ley que es común para todos los seres vivos: la finitud. Pero no es así. También nosotros somos transitorios y pertenecemos a la lógica de la aparición y la desaparición.
Lo grave es que, sabiendo eso, actuamos demasiadas veces como una especie que está ebria de sí misma. No solo no aceptamos nuestros límites: los despreciamos. Explotamos la Tierra como si no fuéramos a seguir viviendo en ella y dependiendo de ella. Multiplicamos la violencia como si no dependiéramos radicalmente unos de otros. Convertimos la técnica, que podría ser un instrumento de mediación inteligente, en instrumento de aceleración ciega y destructiva. Y después, cuando el horizonte se vuelve inquietante, fantaseamos con escapar. En vez de corregir nuestra desmesura, la proyectamos hacia el cosmos…
Quizá haya que invertir por completo el relato. La verdadera señal de civilización no será nunca una bandera plantada en Marte, sino ser capaces de construir una forma justa, habitable y consciente de vida en la Tierra. La grandeza no reside en desarrollar una capacidad para abandonar nuestro planeta, sino en estar a la altura de él; no en conquistar otro mundo, sino en dejar de tratar éste como un material desechable; no en buscar refugio fuera, sino en reconciliarnos con el único suelo donde la aventura humana ha sido posible.
Hay algo que es, sin duda, muy obsceno en la puesta en escena de esa huida: mientras se habla de «colonias espaciales», aquí abajo se incendian bosques, se contaminan nuestros mares y nuestros cielos, se expolian los recursos hasta su agotamiento, se normaliza la crueldad social, se destruye el lenguaje común y algunos frívolos criminales administran nuestro porvenir. Tal vez el problema no sea que falten visionarios para el espacio, sino que sobran irresponsables en la Tierra. Nos hemos llenado de discursos sobre el futuro mientras nuestro presente lo estamos vaciando de responsabilidad y de contenido moral.
Michel Mayor, es un hombre que ha ensanchado nuestro horizonte cósmico. Suele citarse que, junto a Didier Queloz, descubrió el primer exoplaneta confirmado, alrededor de una estrella semejante al Sol. Pero hoy, nos conduce hacia una conclusión humilde y dura: no habrá otro planeta para nuestra cobardía; no habrá una segunda oportunidad cósmica que compense nuestra incapacidad de cuidar de nuestra oportunidad en la Tierra; no habrá una redención tecnológica que sustituya nuestra obligación política, ecológica y moral de sostener nuestro mundo común. Y quizá el primer gesto de verdadera lucidez como seres humanos, consista precisamente en aceptar eso.
La Tierra no necesita que soñemos con traicionarla, marchándonos de ella. Simplemente, necesita que aprendamos, de una vez, a cuidarla. Necesita que dejemos de comportarnos como una especie fascinada por las fugas al exterior. Necesita adultos históricos, y no turistas apocalípticos. Necesita menos delirios colonizadores y más conciencia real de lo que implica la pertenencia a nuestro mundo.
Al final, tal vez la pregunta no sea si encontraremos vida fuera de la Tierra. La pregunta decisiva es si aquí, en este planeta castigado y magnífico, seremos capaces todavía de vivir como seres dignos de él.
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