El agnosticismo ocupa un lugar propio en la historia del pensamiento. No se presenta como una afirmación rotunda acerca de Dios, del alma o del sentido último de la realidad, sino más bien como una actitud de suspensión, de cautela y, tal vez, de modestia intelectual.
Frente al teísmo, que afirma la existencia de Dios, y frente al ateísmo, que la niega, el agnosticismo sostiene que la razón humana no dispone de los fundamentos suficientes para pronunciarse con certeza sobre esa cuestión.
Se trata de un gesto de prudencia o reserva en el que no hay, necesariamente, ni cobardía ni indiferencia. Muchas veces, lo que hay es una exigencia rigurosa de honestidad: el agnosticismo se niega a considerar como un saber riguroso, aquello que, a su juicio, no pasa de ser una creencia, una conjetura o una esperanza.
Esta posición del agnóstico, tiene un enorme interés filosófico porque nos obliga a tener en cuenta y pensar en los límites del conocimiento humano. Podría decirse, en realidad, que el agnosticismo no es una posición religiosa o irreligiosa; es, antes que nada, una reflexión o una tesis acerca del alcance de la razón humana. La pregunta decisiva no es únicamente si Dios existe, sino si el hombre puede conocer con certeza algo acerca de Dios. Y esa pregunta no lleva hacia otra más amplia: ¿hasta dónde puede llegar nuestro conocimiento cuando intenta ir más allá de la experiencia? El agnosticismo aparece, de esa manera, como una forma de vigilancia crítica frente a la «tentación humana de absolutizar sus propios conceptos». Es decir, el agnosticismo mantiene una actitud de revisión constante acerca de aquellas afirmaciones que pretenden ser verdades absolutas, pero que no pueden ser aceptadas sin más.
La actitud agnóstica tiene raíces antiguas, aunque se considera que el término “agnosticismo” fue acuñado en el siglo XIX por Thomas Henry Huxley. Huxley utilizó ese término para describir su propia postura filosófica consistente en que no se puede afirmar aquello acerca de lo cual no hay evidencia suficiente. Con esto, quiso diferenciarse tanto del dogmatismo religioso, como del ateísmo que afirma que Dios no existe.
Ya en el mundo griego encontramos corrientes de pensamiento, como el escepticismo, que ponen en cuestión la capacidad del ser humano para llegar a conocer la realidad de manera absolutamente segura. Algunos filósofos de aquella época –Pirrón de Elis, Gorgias, Protágoras, Carneades, Sexto Empírico…– no negaban sistemáticamente que existiera la verdad, pero sí dudaban de que los humanos pudieran conocerla en plenitud. En definitiva, la actitud agnóstica encuentra raíces en aquéllos pensadores antiguos que pusieron en cuestión nuestra capacidad para alcanzar certezas absolutas sobre lo absoluto.
Más tarde, en la modernidad, esta actitud se intensificará con la crítica a la metafísica, a la cual se consideró como dogmática. En este contexto, la figura de Inmanuel Kant resulta fundamental. La filosofía kantiana no es agnóstica en sentido estricto, pero sí establece una frontera decisiva: la razón teórica no puede conocer realidades como Dios, el alma o el mundo como totalidad. Kant distinguía aquello que podemos conocer, es decir, el mundo de nuestra experiencia posible, que percibimos a través de los sentidos y organizamos con nuestra mente, de lo que no podemos conocer directamente, como son las realidades últimas o metafísicas: «Dios, el alma o el mundo como totalidad». Esto no quiere decir que esas ideas desaparezcan. Lo que Kant nos dice es que no pueden ser objetos de un conocimiento demostrable y que están situadas en otro plano: en el de la razón práctica, en el de la fe o en el de la orientación moral.
Este punto es esencial. El agnosticismo moderno nace en buena medida de ese descubrimiento de la modernidad de que no todo lo pensable es cognoscible. El ser humano puede, en efecto, formular la idea de Dios, puede incluso sentir una necesidad existencial de que esa idea sea verdadera, pero no puede demostrarla del mismo modo en que se demuestra un hecho empírico o una igualdad matemática. De ahí que el agnóstico recele, tanto de las pruebas clásicas de la existencia de Dios, como de las negaciones tajantes que pretenden demostrar que no existe. Ambas posturas, al agnóstico, le parecen que exceden de lo que en verdad puede ser legítimamente conocido.
Sin embargo, el agnosticismo no es una posición uniforme ni constituye un bloque doctrinal cerrado. Bajo esta postura, se agrupan diversas formas de entender cuáles son los límites del conocimiento humano frente a cuestiones como Dios, lo absoluto o el fundamento último de la realidad. No obstante, lo que une a esas diversas formas de agnosticismo es que comparten una actitud de «reserva epistemológica» -aunque dicha reserva pueda tener diferentes matices-. Es decir, todo agnóstico considera que no disponemos de las razones suficientes para afirmar o negar con certeza aquello que trasciende nuestra experiencia sensible o la demostración racional rigurosa y estricta.
Se suele distinguir entre un «agnosticismo débil y un agnosticismo fuerte». El agnosticismo débil defiende que, dado el estado actual de nuestro conocimiento, no poseemos pruebas concluyentes ni a favor ni en contra de la existencia de Dios. Se trata, por tanto, de una actitud de «prudencia intelectual» que nos lleva a suspender nuestro juicio, ya sea favorable o desfavorable, respecto a dicha existencia. Por su parte, el agnosticismo fuerte llega a la conclusión de que la cuestión de Dios rebasa, de manera estructural, las capacidades de la razón humana. Es decir, no sólo es que hoy no sepamos, sino que acaso no podamos saber nunca, porque nuestro conocimiento queda limitado al ámbito de la experiencia posible mientras que lo divino, si es que existe, pertenece a otro orden que no es accesible para nuestras facultades.
Junto a la distinción entre agnosticismo débil y agnosticismo fuerte, es interesante otra entre agnosticismo teórico y agnosticismo práctico. El primero se sitúa en el plano estricto del conocimiento. Se pregunta qué puede conocer el ser humano y cuáles son los límites cuando la razón intenta sobrepasar la experiencia y pensar lo trascendente. Sin embargo, el agnosticismo práctico se manifiesta sobre todo en el «ámbito de la existencia«. Es decir, hay personas que, aunque no nieguen de manera expresa la posibilidad de Dios, viven como si esa cuestión careciera de importancia para orientar sus vidas. Para ellas, el agnosticismo no es una tesis filosófica rigurosa, sino una cierta indiferencia existencial respecto a lo religioso o respecto a la idea de Dios.
Hay varias causas que conducen al agnosticismo. Estamos hablando desde el inicio del artículo de una de las más importantes: la exigencia de un rigor racional y de evitar afirmaciones acerca de todo aquello que no pueda justificarse de manera suficiente. Pero no es la única causa. El agnosticismo también puede nacer de una actitud crítica frente a las religiones históricas, a sus dogmatismos, a sus estructuras de poder y a las contradicciones que a menudo se dan entre los principios que predican y lo que dichas religiones llevan a la práctica. Asimismo, el agnosticismo puede surgir de la experiencia del mal y del sufrimiento, cuando a una persona le resulta muy difícil conciliar la idea de un Dios bueno y omnipotente con la realidad del mal y del dolor, especialmente si dicho dolor recae sobre seres inocentes. En este caso, el agnosticismo no expresa sólo una duda teórica, sino también surge desde esa herida moral y existencial.
En cualquier caso, el agnosticismo tal vez introduzca la distinción más potente: la que media entre «creer» y «saber». Hoy día, vivimos en una época en la que ambos planos se confunden. ¿Por qué? Porque creemos saber aquello que sólo es una opinión y, por otro lado, exigimos a la fe una certeza científica que no le corresponde.
Saber significa poseer un conocimiento que tiene fundamentos suficientes, justificados y que son compartibles racionalmente; saber exige pruebas, argumentos y algún tipo de verificación. Creer, en cambio, es mostrar nuestra conformidad a algo acerca de lo cual no poseemos un conocimiento demostrable. La fe, por tanto, pertenece a otro ámbito diferente al del saber científico o empírico.
El gran problema -muy propio de nuestro tiempo- es que creer y saber se mezclan. Muchas personas confunden sus opiniones con conocimiento: repiten ideas, prejuicios o impresiones personales como si fueran verdades evidentes, dando por sabido algo acerca de lo cual apenas han pensado o contrastado. En ese sentido, vivimos rodeados de convicciones que se presentan como verdadero conocimiento cuando, en realidad, no pasan de ser opiniones más o menos interesadas y, con frecuencia, falsas.
Por otra parte, hemos hablado de la exigencia a la que se ve sometida la fe cuando se le pide un tipo de certezas que sólo corresponden a la ciencia. Se pretende que las creencias religiosas muestren su verdad del mismo modo que se demuestra un hecho físico o una ley matemática. Y ahí se comete otro gran error: la fe no opera en el ámbito de la prueba empírica, sino en el de la confianza, el sentido o la interpretación u orientación de nuestra existencia.
Por eso, el agnosticismo resulta filosóficamente importante: nos obliga a ser más precisos y más modestos. Nos recuerda que no todo aquello que opinamos lo sabemos realmente, y que no todo lo que creemos puede -ni debe- presentarse como una conocimiento demostrable. En el fondo, el agnosticismo nos está defendiendo de dos excesos bastante comunes: el dogmatismo de la opinión (creer que se sabe, sin saber realmente) y el dogmatismo de la fe (creer que la fe debe imponerse como si fuera una ciencia).
El agnosticismo nos recuerda que el conocimiento debe estar basado en criterios estrictos y que las «convicciones subjetivas» no pueden ser elevadas a «verdades objetivas». Pero, al mismo tiempo, nos muestra que la existencia humana no queda reducida por completo al conocimiento positivo o científico: no sólo vivimos de certezas demostrables. Vivimos también de confianza, de sentido, de esperanza, de interpretación, etcétera. Por eso, el agnosticismo no es una posición puramente negativa, porque plantea una cuestión profundamente humana: ¿cómo podemos vivir cuando las últimas respuestas no podemos asegurarlas con plena certeza?
En esa última cuestión, aparece la dimensión existencial del agnosticismo. Con esto, queremos decir, que el agnosticismo no sólo es una postura teórica acerca de los límites del conocimiento, sino también una manera de habitar en medio de la incertidumbre. Esa incertidumbre se concreta en que el agnóstico, además de decir que no sabe si Dios existe o no, se enfrenta en su vida a la ausencia de certezas definitivas que sean capaces de sostener o dar sentido a su existencia. Es decir, para el agnóstico, la pregunta acerca de Dios ya no es únicamente un problema intelectual, sino que se convierte en una experiencia que afecta al modo en que comprende el dolor, la esperanza, la soledad o la muerte.
Precisamente por habitar en esa incertidumbre, la persona agnóstica no tiene necesidad de fingir una certeza que, en realidad, no posee. En ese sentido, puede hacer gala de una cierta forma de libertad interior. ¿Por qué? Porque el agnóstico renuncia al consuelo que proporcionan las respuestas rotundas cuando no encuentra razones suficientes para sostenerlas. Sin embargo, dado que el ser humano no pregunta por Dios solo por una curiosidad teórica, sino también porque necesita una orientación, un consuelo, una justicia o un sentido, el agnosticismo puede ser visto como el reconocimiento de un misterio, pero no como algo que proporcione la respuesta definitiva y que obliga a seguir interrogando y pensando.
Para ir concluyendo estas breves líneas sobre el agnosticismo, conviene recordar que, si bien supone una lección de humildad epistemológica, también puede parecer una postura insuficiente. La filosofía de la existencia – y de modo particular, el existencialismo– ha mostrado con claridad que el hombre no es un sujeto cognoscente puro, frío y abstracto, sino que es un ser vulnerable, finito, arrojado al mundo y que está necesitado de orientación. Desde ese punto de vista, el agnosticismo puede resultar «intelectualmente honesto«, pero «existencialmente incompleto«, lo cual puede dejarnos en una posición algo incómoda.
No obstante, quizá su mayor valor resida precisamente en esa incomodidad, porque el agnosticismo impide que cerremos demasiado pronto las preguntas decisivas. Nos obliga a mantener viva la tensión entre razón y misterio, entre finitud y absoluto, entre conocimiento y esperanza. En lugar de resolver el problema de Dios mediante una afirmación o una negación apresurada y definitiva, conserva ese problema abierto. Y conservar abierta una pregunta de tal naturaleza no es poca cosa: supone resistirse tanto al dogmatismo como al desinterés.
En un tiempo como el nuestro, marcado por la polarización, el fanatismo y la prisa por opinar sobre todo, el agnosticismo puede alcanzar una inesperada dignidad ética. Nos enseña a no hablar con ligereza sobre lo que nos desborda, ni a pronunciarnos con una falsa seguridad sobre aquello acerca de lo cual desconocemos sus fundamentos. También nos recuerda a distinguir entre la convicción y la prueba racional, entre el deseo o la mera opinión y el verdadero conocimiento. Enseña, en suma, que también hay verdad en el reconocimiento de nuestros límites cognitivos. No toda grandeza intelectual consiste en afirmaciones rotundas; a veces consiste, más bien, en saber detenerse, dudar y guardar silencio ante lo que supera nuestra capacidad de comprensión.
El agnosticismo no elimina la pregunta religiosa; más bien, habita en ella. Se sitúa en una especie de frontera entre la necesidad humana de encontrar sentido y la conciencia de los límites que tiene nuestro conocimiento. El agnóstico no suprime la inquietud por Dios, por el fundamento absoluto o por el sentido último de la existencia, sino que mantiene abierta dicha inquietud, pero sin convertirla en una certeza definitiva que, tal vez, resulte errónea.
En esa frontera también se halla buena parte de la experiencia filosófica moderna. No es casual que haya pensadores contemporáneos –Habermas, Ricoeur, Vattimo…– que desconfíen tanto de las certezas religiosas absolutas, como de las negaciones radicales y simplistas.
En suma, el agnosticismo no debe entenderse como una mera indecisión o una neutralidad cómoda. En su mejor versión, es una forma rigurosa de honestidad intelectual y de humildad filosófica. Reconoce que la razón humana es poderosa, pero no infinita; que puede aclarar muchos ámbitos de la realidad, pero no apropiarse o dominar por completo el misterio último del ser.
Así entendido, el agnosticismo no es el punto de llegada de la filosofía de la religión, sino uno de sus momentos más serios: no elimina ni destruye la pregunta por Dios, sino que la limpia y purifica de falsas certezas. No renuncia a la búsqueda del sentido, sino que quiere una búsqueda más exigente y quizá también más verdadera.
Su enseñanza más valiosa, tal vez sea recordar que, frente a las grandes cuestiones de la existencia, el pensamiento digno no siempre es el que proclama seguridades, sino el que, a veces, es consciente de su límite y se inclina con respeto ante el misterio.
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