El amor a los nietos: la vida que continúa más allá de nosotros

Hay amores que llegan con la fuerza del descubrimiento, con el ardor y el ímpetu de aquello que entra en nuestra vida y la trastorna desde sus entrañas, tal vez para siempre.

Pero hay algún otro tipo de amor que aparece de manera distinta. No se trata, por ello, de un amor menos intenso. Pero sí es diferente: más demorado, más contemplativo, más sereno y, tal vez, más sabio. No es un amor impaciente ni ansioso; no nace de la conquista ni de la urgencia, sino de una relación de especial intimidad con la vida, que se alcanza cuando la vida misma ya nos ha enseñado bastante, cuando el corazón ha conocido alegrías, pérdidas, cansancios, esperas y cuando, por fin, la existencia, después de tanto ruido, de tanto esfuerzo y de tanta herida, nos concede una manera más limpia de querer.

Estoy convencido de que el amor a los nietos pertenece a esta segunda forma. Tal vez por eso es un amor que suele estar lleno de paciencia. Ya no tiene el nerviosismo de quien se afana por construirlo todo desde cero. Ya no está tan atravesado por la presión de la responsabilidad que acompaña a la crianza de los hijos. Lo que aparece ahora es otra cosa: una ternura más libre, menos posesiva, más agradecida. La posibilidad de querer sin tanta lucha ni tanta ansiedad.

En los nietos, los abuelos no sólo encuentran a un niño al que querer. Es un amor que tiene una dimensión profundamente filosófica, porque nos enfrenta, de manera inevitable, con nuestra propia finitud. El abuelo —aunque no siempre lo diga— sabe que quiere a alguien cuyo futuro no le pertenecerá del todo; a alguien que seguirá viviendo cuando él se haya marchado. Hay en ese amor una verdad silenciosa: amar al nieto es aceptar que la vida continúa más allá de uno mismo; que el tiempo no se agota en la propia existencia y que algo de nosotros —no sólo en sentido biológico, sino también afectivo, simbólico, espiritual— sigue respirando más allá de su propia biografía, de manera que lo vivido no desaparece del todo, sino que se transforma, se desplaza y encuentra otra manera de seguir presente. Porque al final un nieto trae también una lección ontológica: la de que la vida, incluso sabiendo que termina en cada uno de nosotros, nunca se resigna del todo a terminar.

Aceptar todo eso, lejos de ser triste, puede convertirse en una de las formas más nobles de serenidad.


Nuestra época idolatra la novedad, la velocidad, la utilidad inmediata. En ella todo debe servir para algo, para rendir o para producir un resultado visible. En un mundo tan obsesionado por el yo, por la autoafirmación o por los deseos de permanencia, el vínculo entre abuelos y nietos devuelve a la existencia una verdad y una relación más humilde: que algunas de las cosas más valiosas de la vida no producen nada cuantificable pero, sin embargo, pueden sostener el sentido de una existencia.

¿Qué utilidad tiene contar un cuento por tercera vez, guardar un dibujo hecho con torpeza, arreglar un juguete roto, pegar los cromos en un álbum, esperar con paciencia una visita, sonreír ante una travesura, una caricia, una historia contada despacio, una mano pequeña agarrada a otra más cansada, una despedida en la puerta del colegio…? Ninguna, si se mira con ojos del mercado. Y, sin embargo, ahí late algo que vale más que casi todo y que nos sitúa ante el hecho de que vivir no consiste sólo en afirmarse, sino también en transmitir; no es sólo llegar, sino también saber dejar paso; no es sólo poseer una vida, sino entregarla en forma de herencia afectiva a los que vienen detrás.


Un nieto o una nieta no entran solamente en una familia. Cuando entran en una casa, sin ellos saberlo, alteran la respiración del tiempo. De ese tiempo que creemos que nos pertenece y al que consideramos como propio, pero que, de golpe, deja de ser un tiempo de memoria o de desgaste para convertirse en un tiempo de promesa. De pronto, todo parece rehacerse: una tarde cualquiera adquiere un brillo inesperado, una risa pequeña basta para justificar el día, un gesto mínimo se vuelve inolvidable. El nieto tal vez olvide pronto esos gestos, pero el abuelo o la abuela los retendrán ya para siempre. Con el nieto, en nuestra vida reaparece de nuevo el asombro y, allí donde el tiempo parecía ya inclinarse hacia la pérdida, se impone una presencia pequeña que no llega para borrar nada, sino para iluminar todo de otro modo.

Su presencia no trae sólo la alegría de una vida nueva, sino algo más hondo: la sensación de que la existencia continúa, de que el mundo no se cierra en nosotros, de que algo de lo ya vivido sigue respirando en su voz, en su risa, en su otra manera de mirar el mundo. Por eso conmueve tanto un nieto. Porque en él no vemos únicamente a un niño, sino también una promesa, una continuidad, una forma cercana de esa intuición antigua, tan humana, de que la vida nos sobrepasa y nos sobrevive. Gracias a su nieto, muchos abuelos vuelven a encontrar zonas de sí mismos que creían perdidas: regresa el juego, la curiosidad, la capacidad de detenerse ante esas tonterías que no son ninguna tontería. El niño devuelve a su abuelo una parte de ese mundo que dejó atrás y que los años habían ido retirando de su memoria. Se da, entre abuelo y nieto, una especie de intercambio callado y bello: el nieto que llega al mundo recibe cobijo, pero, a cambio, ofrece a sus abuelos frescura, comienzo, inocencia, una manera limpia de habitar el mundo y la capacidad de volver a maravillarse.

Y en esa mezcla de herencia y novedad se produce una emoción muy particular, porque la vida se muestra allí como memoria y, a la vez, como comienzo.

Tal vez por eso el amor a los nietos tiene una textura distinta. No se expresa por medio de grandes declaraciones, ni necesita afirmarse a toda costa, sino que se ofrece con pequeños gestos: una caricia, una merienda y una tarde en el cine, una historia contada despacio, una mirada llena de orgullo, una mano que acompaña. El amor a los nietos no necesita exhibirse porque descansa en una verdad silenciosa: la de quien ama sabiendo que el tiempo pasa, y aun así elige acompañar a esa vida que crece ante él. El abuelo sabe que el tiempo es frágil y que los abrazos no son infinitos; sabe que ese niño se hará mayor y caminará por un mundo que él ya no verá; sabe también que su nieto tendrá recuerdos, alegrías y heridas que llegarán cuando él ya esté ausente; sabe que no verá todo el futuro del niño, y aun así se alegra de que ese futuro exista. Pero al abuelo le basta con sostener, con mirar con orgullo, con estar disponible, y con ofrecer a su nieto un lugar cálido en un mundo que se presenta cada vez más áspero.


No se trata de realizar aquí una «idealización sentimental», sino de dar visibilidad a una de las experiencias humanas más hondas: la de saberse en tránsito; la de saber que no permaneceremos y, aun así, alegrarse de que el nieto sí permanezca.

El nieto es, por tanto, una respuesta al vértigo del tiempo. Una humilde aceptación del mismo. Nos ayuda a reflexionar acerca de que envejecer no es sólo perder fuerzas, sino adquirir una nueva forma de contemplar, con una mirada menos posesiva pero más capaz de reconocer el valor de aquello que es frágil e inocente. Tal vez por eso una caricia dura más, una visita importa tanto, una despedida en la puerta deja un pequeño temblor de emoción. Cuando se sabe que el tiempo es limitado, cada gesto de amor pesa más y brilla más.

Todo esto no quiere decir que el amor a un nieto viva instalado en la tristeza. Ocurre más bien lo contrario: «es alegría, humildad, compañía y agradecimiento; es protección, pero sin imponerse; es estar presente, pero sin necesidad de ocupar el centro; es cuidar, pero sin invadir; es una forma de ternura serena que el abuelo entrega, sin exigir nada a cambio».

En un mundo donde tantas relaciones están marcadas por la utilidad, el interés o la expectativa, el vínculo entre abuelos y nietos conserva a menudo una pureza que nos desarma: se quiere porque sí; porque el nieto existe, simplemente.


Por todas estas sensaciones, el amor a los nietos tiene, quizá, algo de reconciliación. Reconciliación con el tiempo, con la familia, con la propia fragilidad, incluso con la idea de la muerte, porque el nieto no elimina la conciencia del final, pero sí la vuelve más habitable.

Al final, tal vez los nietos sean eso: la humilde prueba de que la vida sabe continuar sin pedir nuestro permiso, y que esa continuidad no tiene por qué vivirse como una pérdida o una desposesión, sino como bendición. Un abuelo que mira a su nieto con ternura no está viendo sólo a un niño. Está viendo que el tiempo sigue su curso sin resentimientos. Está aceptando, con una mezcla de humildad y gratitud, que la existencia no se agota en lo que hemos sido, sino que encuentra también su sentido cuando ayuda a su nieto a caminar, a crecer y a continuar.

Quizá por eso un nieto enternece tanto. Porque no sólo llena una casa de risas. A veces llena también de sentido los últimos tramos del alma y puede que el amor a los nietos sea una de las últimas formas de gratuidad radical que nos quedan.

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