A propósito del día mundial del teatro (27 de marzo de 2026)

El teatro. Tal vez la última forma de encontrarnos

El teatro no es únicamente un escenario, ni una técnica, ni una tradición cultural que ha sobrevivido al paso de los siglos. Es algo mucho más valioso: es un espacio en el que todavía sucede el milagro de la presencia. Es la presencia de unos cuerpos frente a otros; de unas voces, que a veces son firmes, y que a veces tiemblan; es presencia de silencios que se comparten y presencia de una comunidad efímera que se reúne durante unas horas para mirar, escuchar y sentir algo en común. En tiempos como estos, eso ya no es poca cosa. Casi es un acto de salvación.

¿Por qué? Porque vivimos rodeados de estímulos, de pantallas, de mensajes, de imágenes que aparecen y que, con idéntica velocidad, desaparecen; se nos promete conexión infinita e inmediata, pero muchas veces lo que se nos entrega es la dispersión; se nos promete la cercanía, pero a menudo quedamos instalados en una soledad que únicamente está acompañada de ruido; se nos augura estar permanentemente localizables y, sin embargo, cada vez nos sabemos más lejos unos de otros…. Pero en medio de toda esa intemperie y soledad, el teatro resiste y permanece como un lugar antiguo donde el ser humano todavía puede comparecer directamente, sin intermediarios: por eso nos salva.

Quizá por ello, son conmovedoras las palabras de quien, como Willem Dafoe, recuerda sus comienzos en el teatro, no desde el brillo del éxito, sino desde la humildad de las funciones casi vacías, de los ensayos largos, del cansancio, de la duda y, sin embargo, de la obstinación de seguir. Hay una verdad muy profunda en esa imagen de una compañía que podría haber cancelado la función porque había más actores que espectadores, pero no lo hizo. No lo hizo porque, aunque fueran pocos, aunque casi no hubiera nadie, allí seguía ocurriendo algo esencial: era suficiente la mirada; era suficiente la presencia; y, sobre todo, era suficiente ese pacto invisible entre el que sale a escena y el que, desde su butaca, acepta ser testigo…

Eso es el teatro en su forma más pura: la fidelidad a un encuentro. Un encuentro donde no importa tanto la cantidad como la intensidad; donde no importa la magnitud del brillo de los focos, sino la verdad de lo que se está a punto de compartir .

Enfrentado a esta época que mide lo valioso en función del número, del impacto o de la rentabilidad, el teatro sigue defendiendo la dignidad de lo irrepetible.

El teatro pertenece a ese género de cosas que no necesita hacerse viral, pero puede transformar una vida. Puede entregar instantes que permanecen dentro de nosotros durante años: Una voz quebrada; Una frase dicha con verdad; Un silencio que cae sobre la sala y que une a desconocidos en un mismo aliento… Todo eso pertenece a la materia invisible del teatro.

Hoy, estar presente se ha convertido en una de las tareas más difíciles de nuestro tiempo. Estamos en todas partes y en ninguna. Miramos sin ver. Escuchamos sin oír. Pasamos de una cosa a otra sin demorarnos lo suficiente como para que algo nos toque de verdad. El teatro, en cambio, no permite esa huida constante hacia el siguiente estímulo. Nos obliga a quedarnos. A atender. A escuchar. A aceptar la lentitud de una escena, la densidad de las palabras, el peso de los gestos. Nos recuerda que la atención no es solo una facultad mental, sino una forma de amor al mundo.

Por eso, el teatro puede producir todavía asombro. Y el asombro no es una emoción menor. Es una forma de despertar: asombrarse es salir por un instante de la costumbre, del automatismo, de esa convicción absurda de creer haberlo visto todo. Asombrarse es un acto de apertura. Es un acto de comienzo… no en vano Aristóteles situaba en el asombro el origen mismo de la filosofía.

Una de las derrotas más silenciosas de nuestra época es, precisamente, la pérdida de esa capacidad de asombro, la dificultad que tenemos tan a menudo para conmovernos de verdad, para quedarnos en silencio ante algo, para sentir que lo que tenemos delante merece ser mirado con la plenitud de nuestra alma y no solo con la volatilidad de los sentidos.

Pues bien, el teatro recupera para nosotros algo de eso. Nos devuelve, aunque sea por un rato, la posibilidad de una atención que no está dominada por las prisas ni por el cálculo.

Hay también una dimensión política en el teatro. No me refiero a la política en el sentido de alineamiento ideológico, sino en un sentido más noble: el teatro crea un espacio común (polis, ciudad, comunidad…). Reúne cuerpos y almas en un mismo lugar y les propone una experiencia compartida. En un mundo cada vez más fragmentado, esa simple reunión ya tiene algo de resistencia, de subversivo. Nos recuerda que no tenemos porqué estar condenados a vivir cada uno encerrado en su burbuja, en su pantalla, en su versión privada del mundo. Nos recuerda que todavía es posible habitar juntos. Y pocas cosas como esa, nos hacen tanta falta hoy día.

El verdadero teatro trasciende la mera distracción. ¿Por qué? Porque el teatro incomoda, despierta, interroga, hiere a veces, pero hiere para provocar apertura en nosotros. No es un mero acompañante de nuestra época, sino que la pone en cuestión. Nos obliga a mirar aquello de lo que solemos apartar la vista. Nos enfrenta a la violencia, al miedo, al amor, a la pérdida, al deseo, a la memoria, al poder, a la fragilidad. Nos proporciona auténticas imágenes de nosotros mismos y nos obliga a mirarlas para que cada cual sepa elegir aquella que le resulta verdadera.

Quizá por eso quienes aman el teatro de verdad no hablan de él solo como una profesión o una disciplina, sino casi como una necesidad espiritual. Porque en el teatro, además de representar historias, se representa la condición humana misma, con toda su grandeza y su dolor. Ni la grandeza ni el dolor son puros datos sino que, en el teatro, adquieren de nuevo espesor, honestidad y hondura. Todo vuelve a tener cuerpo, voz, y su propio tiempo, su ritmo. Y eso, en una cultura cada vez más abstracta y simbólica como nuestra, más acelerada y más desechable, tiene algo de refugio y de salvación.

Defender el teatro hoy no es defender una reliquia. No es un gesto de nostalgia ni de añoranza de aquellos que anhelan un mundo anterior a lo digital. Es defender una forma de humanidad. Una forma de habitar este mundo que consiste en reconocer que todavía necesitamos reunirnos físicamente para escuchar las historias, como lo hacían aquellos lejanos antepasados que se sentaban alrededor del fuego y se miraban y se escuchaban unos a otros; todavía hoy necesitamos mirar un rostro humano y no solamente una imagen; todavía hoy necesitamos el temblor de una presencia viva, corpórea…

Al final, lo que el teatro nos recuerda es que somos seres hechos para el vínculo, para la palabra compartida, para la emoción que atraviesa una sala y deja a todos en silencio. Nos recuerda que todavía podemos estar juntos sin consumirnos ni derrotarnos unos a otros.

Y esa quizá sea su bella y más profunda lección: que cuando todo empuja hacia la separación, el teatro insiste en reunir. Cuando todo empuja hacia la distracción, el teatro pide atención. Cuando todo empuja hacia la rentabilidad, el teatro sigue apelando a la sensibilidad. Y cuando el mundo parece olvidar lo que significa ser humano, el teatro vuelve a poner los cuerpos bajo los focos y nos dice: mira, esto eres; mira, esto somos; mira, todavía tenemos tiempo de ser humanos.

Por todo esto y también por muchas más cosas, el teatro debe importarnos. Porque quizá sea uno de los últimos lugares donde la verdad todavía necesita de cuerpos, de voces, y de presencias reales para seguir existiendo.

(Con todo cariño para nuestra amiga Lola, actriz de teatro)

27 de marzo de 2026.

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