Hay una forma muy cómoda de mirar el presente: declararlo perdido.
Basta con abrir un periódico, escuchar una tertulia, mirar las redes o dejarse arrastrar por el ruido de cada mañana para llegar a la conclusión de que todo va mal, que nada tiene remedio, que el mundo se deshace ante nuestros ojos y que cualquier pasado fue, necesariamente, mejor.
Esa es una tentación comprensible. Nuestro presente genera mucho cansancio; la política decepciona; la tecnología nos inquieta y llega a darnos miedo; el diálogo público se ha vuelto inhabitable; la mentira circula con demasiada facilidad; la desigualdad persiste; el precio de la vivienda es indecente y expulsa a muchos jóvenes de la posibilidad misma de imaginar una vida propia; Europa parece dudar de sí misma; y, en medio de todo eso, el futuro aparece muchas veces como una amenaza antes que como una promesa.
Pero conviene desconfiar también del pesimismo. No porque no haya razones para preocuparse. Las hay, y muchas. Sino porque el pesimismo, cuando se instala como actitud permanente, puede convertirse en una forma elegante de rendición. A veces decimos que todo está perdido, no porque sea necesariamente verdad, sino porque esa conclusión nos libera de algo incómodo: de la obligación de hacer algo.
El artículo de Kiko Llaneras en El País, publicado el 30 de abril, con motivo del 50 aniversario del periódico, plantea una pregunta incómoda precisamente por su sencillez: ¿Y si lo mejor está por venir?
Su argumento tiene como punto de partida una constatación que es difícil de negar: nuestro país, en estos últimos cincuenta años, ha mejorado enormemente en salud, riqueza, educación, libertades, igualdad y apertura al mundo. El propio texto nos recuerda algunos datos que refrendan esta mejora: la mortalidad infantil se ha reducido de forma drástica, vivimos más años, el PIB per cápita se ha duplicado, hay más médicos, más profesores, más universitarios y más derechos civiles que hace medio siglo.
Esa constatación no debería llevarnos a la complacencia, pero sí a una cierta higiene mental. No se trata de negar los problemas, pero sí evitar que los problemas sean lo único que vemos. Necesitamos limpiar nuestra mirada del exceso de «negatividad», del ruido constante que distorsiona, del catastrofismo que nos hace creer que todo está mucho peor, siempre y en todo lugar. La higiene mental no equivale a un optimismo ingenuo. No implica cerrar los ojos ante la injusticia, la desigualdad, la corrupción, la guerra, el deterioro democrático o la crisis ecológica. Se trata, simplemente, de ser lúcidos en la crítica, denunciando lo malo, pero reconocer también lo que hemos mejorado.
¿Por qué la necesidad de esa higiene mental? Porque una sociedad que solo se mira desde sus fracasos acaba perdiendo la memoria de sus logros. Si sólo hablamos de los errores, acabamos por olvidar que hubo esfuerzos y luchas que sí dieron fruto: los derechos laborales, la educación, la sanidad, las libertades civiles, las garantía jurídicas, la protección social, los avances democráticos.
Una sociedad que olvida lo que ha sido capaz de mejorar termina creyendo que ya no puede mejorar nada. Ahí está la clave filosófica: la memoria de lo que se ha conseguido en el pasado no sirve como mera presunción de los logros, sino para alimentar la posibilidad de un futuro mejor.
El pesimismo absoluto nos paraliza o nos devuelve al pasado, pero la memoria de nuestros logros, en cambio, nos recuerda que la historia no está cerrada. Hubo un tiempo en que los derechos laborales, las libertades civiles, la igualdad ante la ley, la educación pública, la sanidad, el voto femenino o la protección social parecían aspiraciones exageradas, peligrosas o irrealizables. Y, sin embargo, llegaron. No llegaron solas. Fueron fruto de luchas, sacrificios, organización, pensamiento y perseverancia.
Por eso, el recuerdo de ese esfuerzo colectivo tiene un enorme valor político y moral.
Tiene valor político porque los derechos no nacen de la nada, ni tienen garantía de conservación indefinida. Son conquistas frágiles, fruto de conflictos y de luchas. Su recuerdo nos ayuda a comprender que la vida en común no es una realidad cerrada, sino que puede transformarse cuando existe verdadera voluntad colectiva y perseverancia. Aquí encontramos ecos del pensamiento de Hegel cuando cree que la verdad de una sociedad no viene dada desde el principio, ni aparece de golpe, sino que se realiza mediante conflictos, luchas, mediaciones, procesos, devenir. Es decir, la libertad no cae del cielo; se construye históricamente.
Pero también tiene valor moral porque esa memoria acrecienta nuestra responsabilidad. Es decir, nos obliga a cuidar aquello que hemos recibido y a continuar con lo que todavía está pendiente o inacabado. No debemos considerar que somos propietarios a título gratuito de las conquistas democráticas, sociales o morales, como si nos pertenecieran de manera natural, o las tengamos aseguradas para siempre. En realidad, sólo somos sus depositarios temporales porque las hemos recibido de aquellos que lucharon antes. Por eso, nuestra responsabilidad consiste, precisamente, en transmitirlas a nuestros hijos y a todos los que vendrán después, pero no intactas, sino ampliadas y cuidadas. En esta línea, son varios los pensadores que se han manifestado. Por ejemplo, Hannah Arendt, cuando defiende acertadamente que la política no es solo gestión del poder, sino «cuidado del mundo común». O el propio Paul Ricoeur, para quien recordar no sólo es mirar al pasado, sino asumir una deuda con quienes nos precedieron. Desde este punto de vista, la memoria no es sólo recuerdo o nostalgia sino que incorpora una obligación moral. En sus propias palabras –en su obra «La mémoire, l’histoire, l’oubli«:
“Le devoir de mémoire est le devoir de rendre justice, par le souvenir, à un autre que soi.” («El deber de memoria es el deber de hacer justicia, mediante el recuerdo, a otro diferente de uno mismo”).
Sin embargo, hay una nostalgia tramposa que confunde la juventud perdida con un país que creíamos era mejor. Los recuerdos no siempre miran con justicia y la memoria personal no funciona como algo neutral, sino que es un foco selectivo: ilumina unas zonas mientras deja otras en sombra.
Es cierto que podemos recordar las calles y las tardes de la infancia, las voces familiares, la sensación de seguridad que nos daba la casa de nuestros padres o de nuestros abuelos, el barrio, los amigos, los primeros veranos, etcétera. Todo eso es cierto, pero no es toda la verdad. El problema está en identificar esas emociones íntimas con una afirmación: «entonces se vivía mejor». Alguien puede haber sido feliz en un tiempo que era más pobre, más injusto, o menos libre. Pero lo era, simplemente, porque era niño y todavía no podía ver la dureza del mundo y porque también vivía protegido por otros. Los niños no siempre conocen el precio que pagan los adultos. No tenían plena conciencia de todo eso.
Por eso, la nostalgia, si la examinamos, se convierte en una forma de falsificación. ¿Por qué? Porque nos hace creer que el pasado era más noble o más limpio. Pensamos que había más respeto, más orden, más humanidad, pero olvidamos que también había más resignación, más miedo, menos libertad.
Esto no quiere decir que haya que despreciar el pasado. Eso sería muy injusto. Hubo verdaderos afectos, sacrificios loables, solidaridad y dignidad en medio de las dificultades. Nuestros padres y abuelos vivieron muchas veces con una nobleza y dignidad silenciosas que merecen todo nuestro respeto. Pero no podemos convertir aquél mundo en una especie de paraíso perdido. Si queremos ejercer una memoria honesta, debemos poder decir que hubo belleza, sí, pero también dolor, injusticia, falta de libertad y miedo. Por eso es importante distinguir entre memoria y nostalgia. La memoria mira el pasado con verdad, con gratitud y con juicio; la nostalgia lo embellece hasta convertirlo en un refugio que ocultó la verdadera realidad.
Tenemos, por tanto, que desconfiar de la nostalgia cuando se convierte en la argumentación política. Algunos la utilizan para vender la idea de que hay que regresar a un país más «auténtico», más «limpio», más «nuestro». En realidad, ese regreso es imposible y engañoso. Ninguna política debería construirse sobre la idealización de un pasado nostálgico que fue, para muchos, un pasado mucho menos libre y menos habitable.
La memoria madura no debe renunciar al recuerdo, sino purificarlo. Debe permitirnos amar aquello que vivimos, pero sin edificar mentiras acerca de lo que fue realmente. Es posible recordar nuestra infancia con ternura, pero no podemos convertir esa ternura en la gran prueba de que aquel país era mejor que lo que es hoy. Es humano sentir gratitud por la casa de la infancia, por la familia, el colegio, el barrio, las costumbres, las voces que nos formaron. Pero sin olvidar que una sociedad no se mide sólo por nuestra felicidad privada, sino por la libertad, la justicia y la dignidad que es capaz de ofrecer a todos sus ciudadanos. El pasado puede ser un lugar de gratitud, pero no debería convertirse en una mentira utilizada contra el presente.
Ahora bien, tampoco se trata de caer en un optimismo ingenuo. El progreso existe, pero no borra el dolor ni elimina los problemas. Una sociedad puede ser más libre y más rica y, al mismo tiempo, más injusta y desigual.
España es hoy una sociedad más libre, más próspera y más plural que la España vigilada y estrecha de otros tiempos. Disfrutamos de derechos que antes eran impensables, de libertades antes prohibidas y de oportunidades que se abren a muchos ciudadanos cuando antes sólo eran el privilegio de unos pocos. No reconocer esto sería algo injusto, además de faltar a la verdad. Pero también lo es creer que todos esos avances han terminado con toda forma de sufrimiento. Atrás han quedado muchas miserias antiguas, pero han aparecido otras. Por ejemplo, la soledad, en medio de una conexión permanente; la ansiedad, en medio de la abundancia; la desinformación, en medio de un acceso ilimitado a la información; o la precariedad vital, en medio de una economía más desarrollada y potente.
Por eso, la comparación entre pasado y presente deber realizarse con cierta finura y exactitud. No es suficiente con decir que antes todo era peor, ni que ahora todo es mejor. La historia no avanza en línea recta. Con cada avance real surgen nuevas heridas, fragilidades y nuevos cansancios.
El articulista de El País, Kiko Llaneras, lo expresa con una idea sugerente cuando dice que muchos problemas actuales son, en realidad, “hijos del éxito”. Es decir, no nacen de la antigua escasez, sino de una abundancia que no siempre sabemos gestionar. Su idea es que el progreso de nuestro país en los últimos cincuenta años -en salud, riqueza, educación, igualdad, libertad- ha generado nuevas tensiones. Es lo que él llama «la paradoja de la abundancia».
La idea de Llaneras es fuerte. Muchos males actuales no demuestran que todo haya ido a peor, sino que estamos en una fase más compleja del progreso. En ella, no basta con conquistar derechos, riqueza, información… sino que hay que aprender a gestionar sus consecuencias. La tarea política y moral de nuestro tiempo, tal vez consista en pasar de adquirir la abundancia a saber usarla. Antes nos faltaban cosas básicas; ahora sufrimos, en parte, por la mala gestión de los excesos. Disponemos de mayor información que nunca, pero prestamos poca atención; tenemos infinidad de posibilidades de comunicación, pero muchas veces lo que se escoge es el ruido mediático y poco argumentado; disfrutamos de mayor longevidad pero el horizonte está amenazado por la falta de atención, de cuidado y de reconocimiento hacia nuestros mayores; hay mayor libertad, pero se encauza prioritariamente hacia el ámbito individual y se separa demasiado de la libertad común. Es decir, la libertad queda encerrada en el consumo, en la preferencia personal, en el proyecto individual, etcétera. El individuo actual habla mucho de «mi vida», «mi espacio», «mi tiempo», «mi bienestar»… pero cuesta más que hable de deberes comunes, de vínculos verdaderos, de solidaridad o de responsabilidades colectivas.
Se abre, con esta última idea, una nueva paradoja: nunca hemos tenido tanta autonomía personal, pero nunca nos ha costado tanto convertir esa autonomía en sentido de la comunidad.
La cuestión, por tanto, es aprender a civilizar el progreso o, mejor dicho, a humanizarlo. Creo que ahí reside la clave. ¿Por qué? Porque el progreso, por sí solo, no nos garantiza una vida más humana, más justa o más digna. Y si no, tratemos de responder a esta pregunta: ¿al servicio de qué idea de ser humano ponemos el avance de la técnica, el desarrollo de la información o el crecimiento de la economía?
La filosofía nos ha ayudado dando algunas respuestas a esa pregunta. Desde Kant, por ejemplo, sabemos que humanizar el progreso significa que el ser humano nunca debe ser tratado solo como un medio, sino también y siempre como un fin; con Hegel, podría añadirse que el progreso sólo es verdaderamente humano cuando se traduce en formas más altas de una libertad que es compartida por todos; Marx, por su parte, nos enseñó a desconfiar de un progreso que se mide únicamente por la producción o por la riqueza. No basta con producir más, sino que es necesario preguntar qué tipo de sociedad y de vida genera ese modelo, quién se beneficia de él y quién queda excluido o subordinado. Heidegger nos llama la atención sobre la técnica: el peligro no está en ella, sino en que la utilicemos de manera que todo quede convertido en un recurso siempre disponible. O sea, el peligro está en reducir todo a la utilidad, al cálculo y a la explotación, desdeñando una relación más respetuosa y agradecida con la realidad; por último, Arendt introduce una idea decisiva: el progreso deber servir para proteger el mundo común. No vivimos solo para producir, consumir o sobrevivir mejor, sino para compartir una realidad más habitable. La política, en su más noble sentido, consiste precisamente en cuidar ese espacio común en el que los seres humanos hablan, actúan, se reconocen y construyen juntos.
En suma, humanizar el progreso significa someterlo a una pregunta ética fundamental: no sólo qué somos capaces de hacer, sino qué tipo de humanidad construimos con aquello que hacemos.
Antes hemos señalado el optimismo. Es cierto que lo necesitamos, pero el optimismo necesario no puede ser un optimismo de fachada. No puede ser un optimismo que proclame que todo va bien mientras hay muchas personas que siente que su vida cada vez se estrecha más; personas que trabajan mucho y aún así, pasan por dificultades; que ven cómo sus hijos no alcanzan la estabilidad necesaria o que la vivienda es casi una frontera infranqueable. El futuro, en esas condiciones, no es algo abierto a la esperanza, sino algo que se aleja o se aplaza indefinidamente.
Ese es un optimismo falso, casi ofensivo, porque el progreso no debe medirse sólo desde los indicadores macroeconómicos. Tiene que descender a la experiencia real y concreta del malestar que está presente en las vidas de los ciudadanos.
Algo parecido ocurre con la tecnología. Se ha instalado en nuestras vidas con rapidez endiablada. La mayoría de las veces celebramos sus avances pero sin cuestionar cómo afecta a nuestro tiempo, a nuestra intimidad, a nuestras relaciones o a nuestra capacidad de decidir con libertad.
En realidad, el verdadero optimismo es otra cosa. Es una forma de responsabilidad. No niega la gravedad de los problemas, pero sí se opone a aceptar que sean definitivos. Un optimismo necesario y digno supone creer que siempre, también ahora, merece la pena corregir aquello que va mal. Ahí radica la gran diferencia entre el consuelo ingenuo o el optimismo barato y la esperanza. El consuelo barato puede tranquilizar, pero no cambia las cosas: nos dice que no nos preocupemos demasiado, que todo al final se arregla, que el tiempo lo cura todo. La esperanza, en cambio, nos llama a actuar. Es lo contrario del consuelo barato porque, en los tiempos difíciles, corregir lo que va mal se convierte en una obligación moral.
Lo humano, tal y como nos recordaba Hannah Arendt, tiene siempre la capacidad de iniciar algo nuevo. Nada humano hay completamente concluido o cerrado, mientras haya personas que son capaces de dialogar, organizarse, pensar, crear, denunciar y comenzar de nuevo. La esperanza no es una evasión, sino que mantiene abiertas todas las posibilidades del porvenir.
Y aquí aparece una cuestión política de fondo: el pesimismo social no es inocente. Una ciudadanía convencida de que «nada puede cambiar, que nada tiene arreglo, que siempre ganan los mismos o que todos son iguales«, es una sociedad más fácil de gobernar, más fácil de manipular y más fácil de enfrentar consigo misma. En ese contexto, el malestar no desaparece ni se soluciona, sino que se cambia el punto de vista: no se da paso a las energías que son capaces de transformar las cosas, sino que aparecen el cinismo, la rabia, la sospecha y la búsqueda de culpables. La frustración es legítima, sin duda, pero peor es utilizarla contra los más débiles o para destruir la confianza común.
Esto último es uno de los peligros de nuestro tiempo: el cansancio democrático, que conduce, muchas veces, a la resignación. El ciudadano puede seguir votando, opinando o consumiendo información, pero pierde algo importante: la esperanza y la confianza en que sus acciones tengan algún tipo de efecto. En ese momento, es cuando entregamos nuestras iniciativas a los populistas, a los demagogos, a todos aquellos que se benefician de una sociedad agotada, sobre la que arrojan sus miserables consignas: señalar culpables y prometer castigo.
Es evidente que el presente debe ser sometido a una crítica lúcida. ¿Por qué? Porque las libertades pueden retroceder; los derechos pueden revertirse; la igualdad puede quedarse en papel mojado; la información puede ser simple propaganda interesada; o la tecnología puede convertirse en una forma muy sofisticada de control.
Por eso defender la esperanza hoy es casi un acto de resistencia democrática.
El artículo de Kiko LLaneras, nos deja una enseñanza valiosa: el mejor futuro no vendrá solo, hay que actuar. No se mejora una sociedad desde el desencanto. Todo eso empieza, no sólo en los parlamentos o en las grandes decisiones, sino también por pequeños gestos: cuidar nuestro lenguaje público; no compartir bulos o falsedades; exigir responsabilidades; leer más, mucho más; defender lo público; huir del prejuicio; no regalar ningún tipo de espacio a los fanáticos, ni que la indignación sustituya al pensamiento.
En el futuro, quizá no tengamos asegurado que lo mejor esté por venir. Pero tampoco está perdido -como señalo en el título de esta entrada del blog-. Sobre todo, si somos capaces de cuidar lo que hemos recibido y no tratamos de convertir la memoria en mentira; si humanizamos nuestro progreso, defendiendo un mundo común.
Esa es nuestra tarea: vivir de manera que quienes vengan después digan de nosotros que, incluso en tiempos difíciles, hicimos lo posible por construir algo mejor.
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