Hipatia de Alejandría: la razón frente al fanatismo

Algunas figuras históricas no pertenecen solamente al pasado. Vuelven una y otra vez porque encarnan algo que seguimos necesitando.

Hipatia de Alejandría es una de ellas. Filósofa, matemática y astrónoma. Las fuentes la presentan como una figura intelectual de gran prestigio dedicada principalmente a la enseñanza. Su nombre ha quedado unido para siempre a la defensa del saber, de la libertad de pensamiento y de la dignidad de la razón frente a la violencia del fanatismo.


Hipatia vivió en Alejandría entre los siglos IV y V, en un tiempo de cambios y transiciones profundas. El mundo antiguo se marchaba lentamente y el cristianismo se consolidaba como fuerza religiosa, y también política, social o cultural. Alejandría, era una de las grandes ciudades intelectuales del Mediterráneo que todavía conservaba entre sus muros el prestigio de la filosofía griega, de la ciencia matemática y de la tradición astronómica. En ese ambiente, Hipatia logró ser una maestra respetada, escuchada por sus discípulos, por otros pensadores y también por algunas autoridades. En su formación, tuvo un papel decisivo su padre, Teón de Alejandría, matemático, astrónomo y filósofo en la Alejandría del siglo IV. Seguramente fue su primer maestro y su introductor en esas disciplinas. Su labor docente no es desdeñable. En la antigüedad, comentar a Platón, Aristóteles, Ptolomeo, Diofanto o Apolonio, no era tarea sencilla. Era una forma de conservar, ordenar, enseñar y transmitir una enorme tradición intelectual. Ahí reside la labor encomiable de Hipatia.

Hipatia no fue sólo una mujer culta, sino que su cultura y su pensamiento se hicieron visibles en el espacio público de su época, en su ciudad. Ella intervino, pensó, enseñó y discutió en un lugar que estaba reservado a los hombres. Su presencia intelectual fue reconocida, lo cual, para el tiempo en que vivió, adquirió una importancia enorme.

Enseñó filosofía, esencialmente neoplatónica (1), pero también matemáticas y astronomía. Su figura reunía tres aspectos que a menudo se presentan separados: la reflexión filosófica, la razón científica y una autoridad moral. Fue respetada tanto por su sabiduría como por la libertad de pensamiento que ejerció y por la coherencia a lo largo de su vida.

(1) La filosofía neoplatónica es una corriente filosófica de la Antigüedad tardía, inspirada en Platón, que entiende la realidad como una jerarquía que desciende desde un principio supremo, llamado el Uno. De ese Uno proceden la Inteligencia, el Alma y finalmente el mundo material. Todo lo existente nace de esa fuente primera y tiende a regresar a ella mediante la purificación interior, la contemplación y la vida filosófica.

Dicho brevemente: el neoplatonismo considera la realidad como una emanación de lo divino y la filosofía como un camino de retorno del alma hacia su origen más alto.


Tal vez, por esa libertad de pensamiento que siempre la caracterizó, fue por lo que acabó representando un peligro.

No resultaba peligrosa porque la fuera cabecilla de una rebelión o dirigiera acciones armadas. Su peligro nacía silencioso y, por ello, resultaba más inquietante para todos aquellos que quieren imponer una verdad y un pensamiento únicos. Su figura representa, simbólicamente, una forma de autoridad que no emana de la fuerza, ni del dogmatismo, ni de la obediencia ciega. Emana del conocimiento. Pocas cosas resultan tan contrarias al fanatismo como una inteligencia libre. Hipatia la tenía y la cultivaba.

En ella, se unen «historia y símbolo«. Es cierto que fue víctima de una época y de una ciudad en la que se desató una violencia política y religiosa concreta. Pero, como símbolo, representa algo que está plenamente vigente en la actualidad: aquél que no obedece ciegamente y recurre al pensamiento, despierta sospechas y recelos. Por eso, ella, ha quedado asociada a una decisiva pregunta: ¿qué hace la sociedad con quienes piensan libremente, cuando ese pensamiento libre molesta al poder?


Su muerte, en el año 415, fue brutal. Una muchedumbre la asesinó en Alejandría en medio de tensiones religiosas y políticas.

Ese crimen no puede quedar reducido de manera simple a un episodio de «la ciencia contra la religión». Eso supondría un relato sin duda atractivo, pero simple: de un lado la razón; del otro la fe; de un lado el conocimiento; del otro la oscuridad del fanatismo. Pero la historia siempre es más compleja. En la Alejandría de Hipatia estaban presentes conflictos religiosos, rivalidades políticas, luchas entre la autoridad civil y el poder episcopal, viejos resentimientos acumulados a lo largo del tiempo, etcétera.

Sin embargo, la complejidad histórica en el momento de su asesinato, no implica que el hecho pierda su carga simbólica. Hipatia no fue asesinada por que fuera una enseñante de filosofía o de matemáticas. Fue atacada porque era una autoridad intelectual independiente dentro de una ciudad en la que ciertos poderes querían imponer obediencia, adhesión y disciplina. Su ejercicio del pensamiento se volvió peligroso porque pensar significa trabajar las diferencias y los matices, mientras que el fanático sólo quiere certezas y sumisión absoluta.

Por eso, la muerte de Hipatia habla, no sólo de una mujer asesinada en el año 415, sino también de lo que puede llegar a ocurrir cuando una sociedad desprecia o ignora a los que piensan. Mientras una comunidad conserva la palabra –el antiguo logos de los griegos– podrá discutir, disentir, equivocarse y rectificar. Pero si la palabra es desplazada por la adhesión fanática, aparece la furia y la convivencia se rompe. De alguna manera, eso pasó en Alejandría y eso lo vivió y sufrió Hipatia: una ciudad culta, brillante y heredera de una inmensa tradición intelectual, permitió que el odio se impusiera al pensamiento.

Hipatia no murió solo por su sabiduría. Murió porque esa sabiduría era visible. Porque fue una mujer que resultaba incómoda en una sociedad atravesada por luchas de poder. Su asesinato nos recuerda que el conocimiento nunca está completamente a salvo. Necesita instituciones, necesita libertad, necesita respeto, necesita una cultura capaz de proteger a todos aquellos/as que son capaces de cuestionar y ejercer el pensamiento libre de adhesiones fanáticas.

Y aquí aparece una cuestión se se me antoja decisiva: ¿se sigue matando hoy a otras Hipatias?


Sí. Todavía se sigue matando a otras Hipatias.

A veces no se las mata físicamente: mujeres perseguidas por estudiar, por enseñar, por escribir, por no someterse a normas impuestas, injustas e indignas; por denunciar una injusticia; por exigir y defender derechos elementales; o, simplemente, por pensar en voz alta.

Pero también se las mata físicamente. Se las encarcela, se las golpea, se las viola, se las desaparece, se las asesina. Miles de ellas son matadas cada año en algún lugar del mundo. Nuestro país no es ninguna excepción. Conviene decirlo sin suavidad. A veces se mata en nombre de la religión; o en nombre de la tradición, del honor; también en nombre de la patria, de la familia o de cualquier otro concepto que se degrada por la violencia.

Por eso, recordar a Hipatia no es recordar un mito. Es tener presente, aquí y ahora, una advertencia: la violencia contra la mujer no siempre se ejerce con un cuchillo o una paliza; a veces empieza con la burla, con ridiculizarla, con la prohibición, con las amenazas, con obligarla a callar. Estas y otras formas de linchamiento no dejan sangre física, visible, pero consiguen el mismo resultado: que la mujer señalada se calle, se retire o desaparezca.


Por todas esas razones, Hipatia deja de ser solo una mujer del siglo V y se convierte en una figura que atraviesa los siglos y adquiere la condición simbólica de representar a los que se atreven a pensar libremente en medio de sociedades que prefieren la obediencia.

El fanatismo puede cambiar históricamente de rostro, de formas, pero conserva la misma estructura: necesita enemigos; no vive sin ellos. A veces, el enemigo es el extranjero; otras el hereje; otras el intelectual, el artista o el científico; en el caso que nos ocupa, el enemigo es la mujer libre que piensa.

El fanático adora sus propias certezas. Habita en un mundo simple dividido entre «buenos y malos, puros e impuros, fieles y traidores«. Por eso detesta a todo aquél que duda, que cuestiona y que hace que su edificio comience a tambalearse. Cualquier diferencia o experiencia distinta es, para el fanático, un peligro. La libertad ajena le parece ofensiva, y tampoco quiere el diálogo. Sólo entiende dialogar si es para vencer, no para buscar la verdad. Por eso, cuando la palabra no le resulta suficiente, recurre al insulto, a la persecución o a la violencia.

Hipatia representó todo aquello que el fanatismo no puede admitir: que existe una libertad de pensamiento interior que no puede ser dominada o esclavizada del todo. Hay siempre, en los recovecos últimos de la conciencia, una zona que permanece irreductible cuando alguien decide no entregar o someter su pensamiento.

Por ello, la presencia de Hipatia en aquellos tiempos alejandrinos acabó siendo insoportable para cierta clase de autoridades. A pesar de su muerte cruel, la enseñanza que nos dejó es muy superior: la verdadera autoridad no nace de la fuerza, sino del conocimiento, de la coherencia y de la libertad.


Si proyectamos una lectura filosófica sobre la historia de Hipatia en Alejandría –grandiosa y terrible al mismo tiempo-, su figura aparece como símbolo de un conflicto permanente: el que enfrenta al pensamiento libre con el poder dogmático.

La filosofía nace precisamente de esa tensión existente en aquello que se nos dice que debemos aceptar y la íntima necesidad de comprender por nosotros mismos. El pensamiento filosófico nos recuerda que toda verdad debe poder ser sometida a duda.

Pensar filosóficamente marca una distancia radical respecto a repetir lo que ya está establecido. Lejos de refugiarse en certezas, que pueden resultar provechosas o cómodas para nuestros intereses, pensar, es ante todo, preguntar; buscar razones; examinar lo que se nos presenta, incluso, como evidente; negarse a confundir autoridad con verdad.

La filosofía siempre mantiene abierta esa posibilidad de que el mundo pueda ser comprendido de otra manera. Por ello, el pensamiento filosófico comienza cuando alguien se para y pregunta: ¿por qué? ¿con qué fundamento? ¿quién se beneficia? ¿a quién se perjudica? ¿por qué esto se presenta como natural o necesario?

El fanatismo, en cambio, funciona al revés que la filosofía. Allí donde el pensamiento abre preguntas, el fanatismo cierra el diálogo; donde la razón busca comprender, el fanatismo trata de encontrar culpables; donde hay afán por aceptar la complejidad de lo real, el fanatismo tiende a simplificarlo todo para convertirlo en una batalla simple: buenos contra malos; puros contra impuros, etcétera.

De manera muy especial, el fanatismo se enfrenta a quien piensa por sí mismo, porque eso implica no entregar la conciencia a una autoridad externa; ni repetir automáticamente consignas dictadas por el jefe, por la secta, por la multitud o por la tradición. Cualquier persona que piensa es capaz de obedecer, claro que sí, pero nunca de manera ciega. También puede pertenecer a una determinada comunidad, pero siempre se resiste a que esa comunidad colonice su pensamiento.

Por eso, el fanatismo no soporta el «logos», ese fundamental concepto de los griegos. El logos no es sólo palabra: es palabra razonada, espacio común de discusión. Es un ámbito en el que las diferencias no se resuelven mediante la imposición, la orden o la fuerza, sino mediante los argumentos. El fanático trata de imponerse gritando más fuerte, mandando más, invocando una autoridad sagrada o movilizando multitudes a las que inocula resentimiento, miedo u odio. El fanatismo ignora que hay otros interlocutores que también son válidos, que la verdad no pertenece a nadie por completo y que su búsqueda sólo puede ser compartida. Cuando la palabra común desaparece y se fracciona en múltiples argumentos que son irreconciliables entre sí, la sociedad termina por romperse. En ese momento, la razón deja de gobernar para dejar paso a las acusaciones, a los insultos, a la confrontación permanente y a la necesidad de encontrar culpables o, si no se les encuentra, a fabricarlos.


Matar a Hipatia significó intentar destruir ese «espacio del logos», que defendemos aquí. No se trata sólo de la muerte de una mujer concreta –hecho que, por sí mismo, ya tiene la suficiente gravedad– sino de atacar lo que ella representaba: la libertad de pensamiento y la palabra razonada. En el caso de nuestro personaje de hoy, la sinrazón llegó hasta el extremo máximo de quitarle la vida -algo que también ha ocurrido con muchos otros personajes a lo largo de la historia-.

Pero a veces, la barbarie no precisa llegar hasta ese extremo brutal y trágico: basta con despreciar al que sabe, ensalzando al ignorante; con sospechar del que enseña; con convertir en un enemigo a todo aquél que discrepa de nosotros; con utilizar el grito en vez de la palabra o las consignas en lugar de los razonamientos

Por estos motivos, Hipatia sigue siendo actual. No porque nuestro mundo sea igual que el suyo, sino porque seguimos haciendo enfrentados a una misma fragilidad: la fragilidad de la razón frente a la violencia de las certezas fanáticas y absolutas.

A prácticamente nadie -que no sea un fanático- se le oculta que vivimos tiempos de «ruido» que amenazan el pensamiento; de opiniones rápidas que sustituyen a la reflexión calmada; de insultos que ocupan el lugar de los argumentos.

La cerrazón avanza rápido por las nuevas autopistas que están libres de todo peaje: las redes sociales. Son espacios donde las consignas circulan con una velocidad inédita difundiendo en segundos lo que antes necesitaba de pausa reflexiva y elaboración prudente.

Sin embargo, a nadie debería ocultársele tampoco que una sociedad democrática no puede vivir sin «Hipatias«. Necesitamos mujeres y hombres capaces de pensar «contra corriente»; profesores que enseñen a sus alumnos a preguntar y a cuestionar; periodistas que investiguen; científicos y científicas que busquen la verdad; escritores incómodos y ciudadanos que, en definitiva, no se resignen al ruido mediático.

Proclamamos aquí nuestra admiración por la Hipatia de Alejandría y por todas las demás Hipatias de la historia. Pero lo verdaderamente importante es haber aprendido la lección que ellas nos dejaron y ser capaces de reconocerlas en nuestro tiempo, mientras ellas están vivas. No basta con admirarlas o recordarlas cuando han muerto. Tal vez no debamos contentarnos solamente con levantar monumentos a quienes fueron asesinados por pensar, sino proteger más a los que todavía hoy piensan. Nuestro reto es reconocer los fanatismos del pasado para identificar los fanatismos del presente: la libertad no basta con ser amada; su fragilidad es tal que debe, además, ser defendida.

Estas breves líneas no van contra nadie, excepto contra el fanatismo y los fanáticos, que hoy día ganan espacios con inusitada rapidez. Son, o pretender ser, un modesto homenaje a la larga lista de mujeres que, durante siglos, han sido borradas, ocultadas, silenciadas, reducidas o, simplemente, asesinadas. Todas ellas, como nuestra protagonista de hoy, debieron de constituir una «presencia luminosa» en las vidas de su tiempo y no una tragedia infame que cargar sobre nuestras espaldas.

Esa «presencia luminosa«, en el caso de Hipatia de Alejandría, tal vez podríamos tratar de recuperarla en parte, no sólo rememorando su horrible muerte, sino recordando que, antes de ser asesinada, Hipatia vivió como maestra; que antes de convertirse en símbolo, su pensamiento estuvo vivo; y que antes de su final trágico, llevó a cabo una vida dedicada al conocimiento.


Quizá esa sea su enseñanza más profunda: frente a la oscuridad, no basta con lamentarse. Hay que seguir iluminando con inteligencia. Frente al fanatismo, hay que defender la palabra. Frente al odio, hay que cuidar la razón. Frente a quienes quieren imponer silencio, hay que mantener abiertas las preguntas…


Según la fuente antigua más citada, Sócrates Escolástico, historiador del siglo V, una multitud la interceptó cuando regresaba a casa en su carro. La arrastraron hasta el Cesáreo, un antiguo templo convertido en iglesia, la desnudaron y la mataron con fragmentos cortantes —a veces traducidos como tejas, conchas o trozos de cerámica—. Después, su cuerpo fue despedazado y sus restos fueron quemados. Su cruel asesinato se ha vinculado al conflicto entre el prefecto de la ciudad, Orestes, y el obispo de Alejandría, Cirilio. Pero Hipatia no murió del todo aquel año. Sigue muriendo cada vez que una mujer es castigada o muerta por pensar o por tratar de ser libre; muere cada vez que el fanatismo vence a la palabra; muere cada vez que una sociedad prefiere la sumisión a la verdad.

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