
El viaje de Isabel Díaz Ayuso a México no ha servido, precisamente, para tender puentes. No ha sido una visita pensada para afianzar o sostener mejor los vínculos culturales, económicos o institucionales entre España y México. Fue, más bien, una maniobra en clave de política interior española que la presidenta de la Comunidad de Madrid ha trasladado de manera torpe al extranjero.
Y ahí comienza el ridículo.
Cualquier dirigente español/a puede, por supuesto, hablar de Hernán Cortés, de la Conquista, del mestizaje o de la historia común entre España y América. Incluso, debe hablar de ello siempre que lo haga con rigor, respeto y conciencia histórica.
El problema no radica en hablar del pasado, sino en utilizarlo el discurso como arma partidista. La complejidad de la historia no puede ser reducida a consignas de interés político actual. Tampoco el problema es defender una interpretación, que puede ser discutible o analizada desde diversos puntos de vista, sino en convertir esa interpretación en provocación.
Eso es lo que ha ocurrido.
Ayuso no viajó a México para abrir un debate histórico sereno, sino a trasladar una batalla cultural al territorio mexicano. Prueba de ello es que el acto no se planteó como un foro académico sobre la conquista, sino como una celebración por la evangelización y el mestizaje, con homenaje a figuras como Cortés e Isabel la Católica, en un contexto cargado de provocación. Cuando Nacho Cano afirmó que Hernán Cortés también era fundador de México, dentro de un acto donde se obvió que la conquista también fue saqueo, esa experiencia histórica, que para muchos seres humanos fue traumática, se reduce y quedó simplificada a un relato de celebración.
Se dio la circunstancia, además, que la presidenta madrileña llegó a México después de haber acusado al gobierno mexicano de ser un «narcoestado» y calificar a Claudia Sheinbaum de «dictadora de ultraizquierda«.
Es un error burdo considerar que la sensibilidad histórica mexicana puede tratarse con el mismo tono de bronca y polarización que tantas veces domina la política española. ¿Alguien cree que la figura de Hernán Cortés puede ser agitada allí sin consecuencias, sin matices, sin memoria y sin escuchar a quienes también forman parte de esa historia?
México no puede ser tratado como un apéndice terminal de la política española. México es un país soberano, con su propia memoria, sus propias heridas, sus propios debates y su propia manera de relacionarse y entender el pasado colonial.
Pretender llegar allí a impartir doctrina sobre cinco siglos de historia, desde una posición de altiva y simple, no es hacer política valiente: es torpeza. Y, en este caso, una torpeza servida con espectáculo, merced al tándem Ayuso-Nacho Cano.
La figura de Hernán Cortés pertenece tanto a la historia de España como a la historia de México. No es un personaje neutro. Pero, precisamente por eso, exige cuidado. ¿Por qué? Porque para una parte importante de la memoria mexicana, Cortés representó el inicio de una nueva realidad histórica, sí, pero también representó la violencia, el sometimiento, la destrucción de mundos indígenas y la imposición de un orden colonial.
Históricamente, Cortés pertenece a un tiempo de conquistadores, sí. Pero constatar eso no debe de servirnos como coartada moral. La comprensión de su tiempo no quiere decir que embellezcamos o dulcifiquemos sus actos. Fue un hombre de una época que convirtió la conquista, la expansión, la guerra y la evangelización forzosa en instrumentos de poder de la corona española. No se puede negar su inteligencia, audacia o valor militar, pero tampoco la violencia, el terror y la destrucción que acompañaron su empresa.
Por eso, presentar la Conquista únicamente como una historia de grandeza, evangelización o mestizaje fecundo, supone una verdad parcial y pobre. Hubo mestizaje, sin duda, y de ella nacieron nuevas culturas, nuevas lenguas, nuevas formas religiosas, nuevas ciudades, nuevas identidades y una nueva realidad histórica. Pero todo esto no puede ser reducido a un simple esquema de «buenos y malos». Esa mezcla no se produjo en condiciones de igualdad: no fue el resultado de un diálogo entre dos mundos que se encontraron y, libremente, decidieron unirse. En gran medida, todo surgió como consecuencia de una relación desigual de poder: de un lado, los conquistadores, sus armas, la Corona, la Iglesia, la fuerza militar y política; de otro, los indígenas sometidos a una ruptura radical con su mundo, sus derrotas bélicas, la destrucción de sus estructuras religiosas y sociales, las enfermedades, la subordinación cultural y la explotación económica.
En definitiva, aquello no fue una «fiesta del encuentro» entre dos pueblos libres que se reconocieron mutuamente. Fue un proceso marcado por la guerra, la dominación, la evangelización forzosa, la desigualdad y la subordinación. Por eso, hablar de mestizaje es correcto pero siempre que se entienda como una realidad histórica compleja y no se emplee como una cortina que oculte la dominación o como una coartada para borrar la violencia. América Latina no puede entenderse sin ese «mestizaje«, sin esa mezcla de pueblos, lenguas, religiones, costumbres y memorias. Pero tampoco puede entenderse sin las pérdidas, los despojos y la destrucción que acompañaron a la conquista. Hubo encuentros, pero también imposiciones; hubo nacimiento histórico, pero también dolor y sufrimiento; hubo nuevas culturas, pero también otras desaparecieron.
En definitiva, la Conquista no puede recordarse solamente como una celebración «luminosa», porque cualquier ejercicio de memoria adulta debería ser capaz de comprender e incluir, a la vez, tanto la fecundidad histórica del mestizaje como las condiciones de injusticia y violencia en que se produjo (1). La Conquista, tal vez no debamos recordarla como una leyenda negra de la cual arrastremos una culpa eterna, pero, desde luego, tampoco como una historia feliz que rememoremos y celebremos quinientos años después como un episodio del orgullo imperial español. Lo que se necesita es una memoria crítica, prudente y coherente con los hechos históricos.
(1) Ahí están, por ejemplo, los episodios de la masacre de Cholula, en octubre de 1519; la masacre del Templo Mayor o de Tóxcatl, en mayo de 1520; la noche triste de junio de 1520; el sitio y caída de Tenochtitaln, en mayo-agosto de 1521 con la captura y posterior muerte de Moctezuma. A estos episodios concretos pueden añadirse otras consecuencias también dolorosas: el colapso demográfico posterior a la conquista que sufrió la población indígena; el choque de la religión indígena con la fe cristiana de los conquistadores, que provocó la destrucción de templos, ídolos y espacios sagrados de los indígenas, además de obligar a una conversión masiva y al bautismo. Por último, la conquista no terminó con la caída de Tenochtitlan. Tras ella, vino algo también decisivo: la explotación de los vencidos: la violencia militar dio paso a una violencia más económica y administrativa cuyo eje principal fue el sistema denominado de la encomienda.
Ayuso, sin embargo, ha sido imprudente y torpe al elegir el camino de la simplificación orgullosa. En ese punto, su gesto dejó de ser histórico para convertirse en ideológico. Tomó solamente una parte de la verdad y trató de hacerla pasar por la verdad entera. Sin embargo, cuando sólo se habla de una parte y se silencia lo demás, la historia ya no es memoria crítica, sino un ejercicio de autoafirmación interesada.
Cabe pensar también que el viaje de Ayuso no ha sido solo una excentricidad personal o una imprudencia diplomática: forma parte de una estrategia más amplia: llevar la guerra cultural al terreno de la historia. Es decir, Hernán Cortés, la evangelización, la Hispanidad y el mestizaje fueron utilizados como materiales inflamables para construir identidad nacional, provocar al adversario en su propio país y alimentar una épica conservadora de la civilización occidental.
La presidenta de la Comunidad de Madrid, no participó en un seminario académico sobre la Conquista, ni abrió una reflexión madura sobre el pasado entre España y México. Lo que hizo fue participar en un acto de homenaje al mestizaje y a Hernán Cortés, acompañada de personajes del mundo conservador mexicano y por Nacho Cano, cuyo musical -«Malinche«- ya está en esa línea de celebración de la conquista y del mestizaje. En ese acto, se defendió el proceso de Conquista como un proceso civilizatorio, obviando su vertiente de genocidio. De ahí que se hablara en ese acto de los «cinco siglos de mestizaje entre España y México» frente a los «discursos del odio» o se utilizaran frases como «que la libertad nunca pida perdón«. Ayuso seleccionó una versión del pasado: escogió la parte épica y dejó fuera la violencia, la dominación, la explotación y la desigualdad.
La frase «que la libertad nunca pida perdón» es, en el contexto del acto de Ayuso en México, absolutamente despreciable y resume el núcleo ideológico del viaje: presentar una defensa noble de la libertad, cuando de lo que se trata, en realidad, es de negar la autocrítica histórica. O sea, no se habló de una «libertad en abstracto», sino de una libertad que es aprovechada para rechazar cualquier tipo de revisión crítica del pasado. ¿Acaso pedir perdón es perder libertad, señora Ayuso? ¿reconocer daños históricos, asumir responsabilidades simbólicas o comprender a los pueblos que fueron heridos o aniquilados supone una humillación o una pérdida de libertad?
En España, donde estamos lamentablemente instalados en una dinámica de enfrentamiento partidista, esta estrategia de Ayuso en México podría tener acogida entre sus partidarios: se lanza una frase, se provoca una reacción, se denuncia una persecución y se convierte el conflicto en munición electoral. Es un mecanismo viejo y conocido: provocar para luego sentirse víctima; incendiar para después decir ante los medios que son otros los que han prendido el fuego.
Pero en México, ese juego ha resulta mucho más problemático y se ha convertido en un fracaso. No es lo mismo que alimentar titulares en Madrid y que provocar tensiones en las relaciones entre dos países que están unidos por una historia tan profunda como dolorosa. La política exterior exige prudencia, conocimiento y sentido institucional. Exige entender que no todo puede decirse en tono combativo o reivindicativo. Exige saber que hay heridas históricas que no pueden ser manejadas con frases que son propias de un mitin.
Cualquier forma de revisionismo histórico exige, como hemos señalado, conocimiento, estudio y prudencia. No vale con lanzar consignas, ni convertir el pasado en una pancarta que se muestre conforme con nuestros intereses partidistas o electorales. Revisar la historia significa volver a las fuentes una y otra vez, contrastar testimonios, tratar de resolver contradicciones y aceptar que los hechos históricos rara vez tienen cabida en las frases brillantes y efectistas del mitin. El mitin está en otro plano: en él no se busca comprender, sino movilizar. El mitin precisa de frases de efecto, enemigos concretos, emociones rápidas y el aplauso inmediato. La historia, en cambio, requiere distancia crítica, tiempo de estudio y cierta carga de humildad y paciencia ante los enigmas históricos que no pueden ser resueltos de inmediato.
Por eso, cuando Ayuso llevó la historia al terreno del mitin y, además, la llevó incompleta, su gesto se convirtió en desafortunado y ridículo. No sólo porque habló como defensora de una cruzada civilizatoria, en nombre de una España altiva y eterna, orgullosa de su pasado imperial y dispuesta a convertir cualquier crítica histórica en una agresión contra la patria, sino también porque se atribuyó funciones que no le competen. Ayuso no es España. Conviene decirlo claramente. Una presidenta autonómica no representa formalmente al Estado español, ni todos los españoles comparten su visión de la historia. Sin embargo, cuando cualquier autoridad pública -y ella lo es- actúa en el extranjero, su actuación se lee de manera inevitable como parte de la imagen de nuestro país. Desde ese punto de vista, contribuyó a proyectar en México una imagen de España arrogante, simplificadora y muy incómoda.
Su ridículo no consistió sólo en que el viaje saliera mal -o fallido como lo ha calificado la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum– sino que se confundió de escenario, de papel y de tono: confundió México con cualquier otro escenario para una tertulia política española; confundió la historia con la propaganda típica de un mitin; confundió el mestizaje con una forma automática de absolución de la violencia de la conquista (2); y confundió la representación institucional con la autopromoción política.
(2) La cuestión del mestizaje es uno de los aspectos más problemáticos del viaje. En apariencia, la palabra remite a una realidad histórica que nadie cuestiona: la mezcla de pueblos, culturas, lenguas y tradiciones que dio lugar a nuevas identidades en América Latina. Pero el problema no está en reconocer el mestizaje, sino en utilizarlo para dulcificar la conquista. ¿Por qué? Porque el mestizaje no suprime la violencia ejercida; no elimina la dominación; no cancela la destrucción de pueblos, de instituciones, de lenguas y formas de vida indígenas; de la misma manera que tampoco impide reconocer que de aquel proceso nacieron realidades culturales fecundas. Pero precisamente por eso debe pensarse con complejidad. El mestizaje habla de encuentro, pero también de asimetría; habla de mezcla, pero también de imposición; habla de nacimiento, pero también de pérdida; habla de creación, pero también de sometimiento.
La historia no funciona de esa manera. La memoria del que somete y coloniza no es la misma del que es sometido o colonizado; la memoria del vencedor y del vencido nunca coinciden del todo. Un político o una política responsable, debería saberlo. México tiene todo el derecho a discutir sobre su pasado; a mirar críticamente la Conquista. No necesita que un personaje de la política española vaya allí a ofrecer un homenaje a lo que para muchos mexicanos sigue siendo una herida abierta. España y México -y por extensión América Latina- necesitan relacionarse desde una mayor madurez que la demostrada por Isabel Díaz Ayuso, y entender que la historia compartida no quiere decir que la memoria histórica, a ambos lados del Atlántico, se interprete de manera idéntica. Ayuso fracasó porque parece que es incapaz de admitir que existen otras memorias que también son legítimas…
Hay otro punto del viaje que también ha llamado la atención: la polémica sobre escribir “México” o “Méjico”. Se trata de una polémica que puede parecer menor, pero fue muy reveladora.
La «x» de México, no es una grafía caprichosa. De hecho, mantiene una huella histórica de la lengua náhuatl y de la evolución del español antiguo –muchas palabras que hoy llevan la «j» se escribieron antiguamente con «x»-. Pero México mantuvo esa grafía como parte de su identidad y de la manera antigua de escribir ciertos sonidos indígenas en español.
Por eso, la insistencia de Ayuso en la «jota» -Méjico- no es una simple preferencia ortográfica. En el contexto de su viaje, pareció más como un gesto de desafío; como una pequeña bandera simbólica; como una manera de decir: “Yo nombro vuestro país desde mi propio relato”, sin respetar la forma en que ese otro país se nombra a sí mismo. Dicho de otra forma, esa insistencia en la «j» puede equivaler a decir «no me importa cómo os nombráis; os nombro desde mi versión de la historia». Eso es lamentable porque las palabras también forman parte del territorio, especialmente cuando se trata de un país que ha sido atravesado por una historia colonial compleja. Además, si se va a México a reivindicar la figura de Cortés, se debería de saber que la forma histórica más coherente es México, con «x». Ayuso eligió mal la letra y esa elección también la desnudó políticamente. La propia presidenta Sheinbaum la reconvino para que escribiera México con «x»…
España, como cualquier otro país, gana prestigio cuando aparece como un país culto, democrático, respetuoso y capaz de dialogar con América Latina desde la igualdad y la conciencia crítica. Pero lo perdemos cuando alguna de nuestras figuras públicas se comporta en el extranjero de una manera que prolonga la «bronca nacional». En el caso de México, necesitamos una conversación inteligente, respetuosa y humilde. Podemos, desde luego, rechazar una culpa hereditaria simplista. Se puede argumentar que la historia fue compleja; que hubo alianzas indígenas, mestizaje, transmisión cultural y creación. Pero todo eso no puede hacerse desde la ignorancia o, lo que es peor, desde el desprecio a las memorias que han sido heridas. Defender nuestro patriotismo no exige negar los crímenes que se cometieron. Consiste, precisamente, en reconocerlos sin que por ello dejemos de amar nuestro país y nuestra historia. Ayuso, en cambio, parece que ha estado más preocupada por ganar batallas simbólicas en torno a Cortés, a la Conquista, al mestizaje o a la «j», que por la verdad histórica.
Lo que si es cierto es que en este viaje, fallido y ridículo, Ayuso no ha renunciado a su estilo político que está caracterizado más por el gesto que por la responsabilidad: no importa tanto dialogar como provocar: no importa tanto representar bien como polarizar eficazmente. Su política resulta rentable en determinados contextos, pero es muy limitada cuando se traslada más allá de España. Fuera de casa, no basta sólo con hablar para los que te siguen o son tus partidarios. Hay que escuchar también a los otros, medir el posible daño y entender que la diplomacia no es desafiar, sino cuidar relaciones.
Ella, tal vez se sintió envalentonada y quiso actuar como portavoz de una hispanidad herida o como defensora universal de la civilización española. Sin embargo, lo que aparentó fue una política fuera de sitio, usando la historia de dos países en beneficio de su propio relato e incapaz de separar una visita institucional de un acto de campaña partidista. Así, no es de extrañar que su visita fuera cancelada anticipadamente, ni que cayera en el ridículo.
En nuestro país, hay ciertas posiciones políticas que siguen creyendo que la historia es propiedad exclusiva. Que México debe escuchar sin responder y que el pasado colonial es un arma que puede utilizarse electoralmente, sin pagar ningún precio moral. Pero ningún pueblo es mudo y cuando se viaja a otro país con el convencimiento -y la arrogancia- de llevar la verdad bajo el brazo, tal vez nos encontremos con un espejo que nos devuelve una imagen incómoda.
No se puede construir futuro desde la soberbia
Concluyo, España y México comparten una historia inmensa. Una historia hecha de encuentros y violencias; de lenguas compartidas y de mundos destruidos; de mezclas culturales y de heridas abiertas. Una historia que merece inteligencia, delicadeza y respeto. No consignas. No provocaciones. No homenajes simples. No gestos calculados para alimentar la bronca interna española. No utilizar la memoria histórica de un país como escenario para un protagonismo político. México lo ha dicho muy claro: la historia no está para ser el decorado de nadie.
Esperemos que nuestra presidenta haya aprendido que no es necesario ir por el mundo dando lecciones historia, sino que lo necesario es saber escucharla.
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