Vox frente al cambio climático: cuando negar la realidad se convierte en programa político

La mentira no siempre consiste exactamente en decir lo contrario de la verdad. A veces la mentira llega con más astucia: consiste en desplazar el foco del problema, sembrar sospechas o confusión, dejar en ridículo las evidencias, o convertir un problema real en una caricatura ideológica. Eso es lo que hace Vox con el cambio climático.


Vox no necesita proclamar todos los días que el cambio climático no existe. Su negacionismo funciona de manera más eficaz: consiste en desplazar el problema, burlarse de las soluciones y convertir la emergencia climática en una supuesta «manía ideológica» de la izquierda.

Dicho de otra forma: presenta la lucha contra el calentamiento global como una conspiración de burócratas, ecologistas, izquierdistas, élites globales y fanáticos de la Agenda 2030. De ese modo, el problema deja de ser la sequía, las olas de calor, la desertificación, los incendios, la pérdida de biodiversidad o el sufrimiento de agricultores y trabajadores que están expuestos a temperaturas extremas. El problema pasa a ser “Bruselas”, “la izquierda”, “los globalistas” o “los ecologistas radicales”.

Es una estrategia política muy clara: sustituir la realidad por un enemigo.


El cambio climático no es una opinión conservadora o progresista. Es una realidad científica que no depende de que uno sea de izquierdas, de derechas, liberal, conservador o ecologista. Tampoco es una moda universitaria, o una consigna de las Naciones Unidas, del mismo modo que no es una ocurrencia de los “urbanitas” que viven alejados del campo.

El cambio climático es un fenómeno físico, que está medido, documentado y es, además, acumulativo. Aumentan las temperaturas medias, se alteran los ciclos de lluvia, se agravan las sequías, se intensifican los fenómenos extremos y se transforma la vida cotidiana de millones de personas. Negar esto, minimizarlo, o convertirlo en una “manía progre” es una de las grandes trampas del discurso reaccionario actual. Con ello, se evita debatir sobre lo importante: qué modelo energético necesitamos, cómo proteger nuestros bosques y campos, cómo defender la salud pública y qué futuro dejamos a los que vienen detrás.

Llevar la cuestión del cambio climático y sus dramáticos efectos –que en el futuro pueden ser devastadores-, al terreno de una batalla cultural o ideológica, no es valentía política ni patriotismo: es una irresponsabilidad mayúscula puesta al servicio de miserables estrategias de poder.

La atmósfera no vota. Los ríos no son militantes. Los incendios no leen los programas electorales. La desertificación no distingue entre conservadores y progresistas. Cuando falta agua, cuando sube el precio de los alimentos, cuando una ola de calor mata a personas mayores, o cuando el campo se agrieta, no estamos ante una opinión ideológica: estamos ante una realidad material incontestable.

La física y la química no son negociables, ni se someten al ruido interesado y mediático de las tertulias. Las leyes del clima no cambian porque un grupo político, absolutamente irresponsable, las niegue o las ridiculice. Hay un consenso internacional claro: el planeta se ha calentado aproximadamente 1,1º C desde la era preindustrial debido, sin duda alguna a la actividad humana. Este aumento, aun siendo todavía pequeño, en apariencia, ya está alterando las condiciones de vida material de nuestras sociedades: más calor, más sequía, más incendios, más mortalidad asociada a las altas temperaturas, menos agua disponible….

La región mediterránea, a la que pertenecemos, es una de las más vulnerables del planeta. Los modelos de predicción, apuntan a que, si el calentamiento global supera los 1,5º C– aumentarán de forma significativa todos los episodios que hemos señalado al final del párrafo anterior. A ello, habría que añadir el aumento del nivel del mar, que amenazará zonas costeras donde viven millones de personas.

Negar todo esto no es tener opinión propia. Es desentenderse deliberadamente de la realidad. Pero cuando la realidad afecta a la vida, a la salud y al futuro de nuestros hijos, esa deserción política de Vox -y de otros partidos-, es una evidente inmoralidad pública.


Lo más grave e indignante es que Vox de manera hipócrita se presenta como defensor de la gente común, frente a unas élites que supuestamente son urbanas, progresistas y globalistas.

Como hemos señalado anteriormente, la Agenda 2030, el Pacto Verde Europeo o las políticas de transición ecológica, sirven a Vox como símbolos perfectos para construir un enemigoBruselas, la ONU, los ecologistas, el Gobierno, los progres, etcétera-.

Al mismo tiempo, Vox explota los miedos reales. Es cierto que ese miedo existe entre agricultores, ganaderos, transportistas, trabajadores o pequeños empresarios que temen que la transición ecológica les obligue a aceptar costes difíciles de asumir.

La irresponsabilidad de Vox se ve agrandada con un elemento más: desplaza el debate desde los términos científicos hacia el «debate identitario«. No se discute si la temperatura sube más o menos, si las sequías son más intensas o si el Mediterráneo se calienta provocando Danas terroríficas como la de la Comunidad Valenciana en octubre de 2024. Lo que Vox discute es si se está con el campo o contra el campo, si se está con España o con Bruselas, si se defiende la libertad o la Agenda 2030.

Ahí está la falsedad, la trampa y la paranoia irresponsable: Vox no plantea un debate riguroso sobre el cambio climático. No le interesa, porque eso no es tan atractivo para sus posibles votantes. Lo que hace es cambiar el debate por una serie de alternativas emocionales que son falsas. Construye una verborrea paranoica para que la gente deje de mirar la realidad y empiece a mirar enemigos… y, mientras tanto, niega uno de los procesos que hará más daño, precisamente, a esa gente común.

Porque, seamos honestos: ¿Quién sufre más ante una ola de calor? Desde luego, no quienes viven en casas bien aisladas, con aire acondicionado y con margen económico para protegerse, sino los trabajadores que pasan la jornada al sol; o los mayores que aguantan en un piso mal ventilado; o la familia que no puede permitirse encender el aire por miedo a la factura eléctrica. También sufren el monte calcinado, los barrios sin árboles y sin sombras; el agricultor que ve perder su cosecha; el pequeño ganadero que depende de un agua cada vez más escasa; o los pueblos que se vacían porque el territorio se vuelve, año tras año, más difícil de habitar.

El calor extremo no golpea a todos de la misma manera. La crisis climática también tiene clase social, tiene edad, tiene territorio y tiene, sobre todo, el rostro de los más vulnerables. Por eso, el negacionismo climático no protege al pueblo: lo deja solo ante el desastre.


Vox lleva a cabo una estrategia política peligrosa. En tiempos de dificultades, lo más rentable, electoralmente, no es explicar la verdad, sino ofrecer culpables fáciles. Así ocurre, por ejemplo, con la inmigración: en vez de analizar con seriedad las causas profundas de muchos problemas —precariedad laboral, vivienda inaccesible, deterioro de servicios públicos, desigualdad o abandono territorial— el discurso de Vox encuentra un atajo beneficioso: señalar al inmigrante como culpable de todos los miedos sociales y, todo ello, a pesar de que el inmigrante no creó la especulación inmobiliaria, ni los salarios bajos, ni la precarización del empleo, ni el colapso de determinados servicios públicos y que, con frecuencia, ocupa precisamente los trabajos más duros, invisibles y peor pagados que nuestra sociedad necesita para seguir funcionando: agricultura, construcción, cuidados, reparto, hostelería o limpieza.

Por eso, de manera análoga, convierte la transición ecológica en una amenaza contra la libertad.

Sin embargo, ¿qué libertad hay en respirar peor, en vivir bajo calor extremo, en perder cosechas, en depender energéticamente de combustibles importados, en llegar tarde a todos los cambios? ¿Qué patriotismo es ese que dice amar España mientras desprecia su agua, sus campos, sus costas, sus montes y a las generaciones futuras?


Vox habla continuamente de «patria, suelo, nación, raíces, mundo rural, tradición». Apela al campo, al pequeño propietario, al agricultor, al ganadero, al pueblo abandonado, a la España interior y a la memoria de una comunidad que está supuestamente amenazada por Bruselas, por la Agenda 2030 o por las élites urbanas.

Pero ahí aparece su discurso contradictorio e hipócrita, porque cuando se trata de defender materialmente ese territorio —sus ríos, sus acuíferos, sus bosques, sus suelos agrícolas, sus ciudades habitables—, entonces todo se convierte de repente en una “ideología climática”. Es un patriotismo de lo más extraño: se dice amar la bandera, pero no parece que se ame demasiado el país físico que esa bandera representa. La patria no es solo bandera, himno, emociones abstractas o fronteras. La patria es también todo lo que permite vivir a sus gentes -los pueblos, la fertilidad de los campos, los montes, el aire limpio…-. Si se invoca constantemente la nación, pero se niega la degradación material de su territorio entonces no estamos ante un verdadero amor a la patria, sino ante una retórica vacía, una consigna, una agitación sentimental cuyo objetivo es muy distinto del verdadero amor al país.

El discurso de Vox es, por tanto, tramposo. No discute una política concreta, una subvención errónea, una norma mal planteada o una transición energética mejorable. Todo eso sería legítimo y necesario. Lo que hace es otra cosa: trasladar el problema climático al terreno de la supuesta conspiración ideológica.

La trampa de su discurso está también en las medias verdades. Es verdad que algunas políticas ecológicas pueden ser injustas, tecnocráticas o mal diseñadas. Es verdad que no se puede pedir siempre el sacrificio a los mismos. Es verdad que muchas veces las élites predican austeridad ecológica mientras mantienen formas de vida insostenibles. Es verdad que la transición debe hacerse con justicia social, cuidando al campo, a la industria, al transporte, a las familias trabajadoras.

Pero toda esa crítica, que es legítima, no da pie ni justifica de ningún modo que el problema se niegue. Al contrario: obliga a implicarse para tratar de resolverlo mejor. No es serio decir que ante medidas injustas es mejor no hacer nada; lo serio es luchar por una transición ecológica justa, protegiendo a los que menos tienen. Pero Vox no quiere esa respuesta, tan urgente y necesaria a ojos de la ciencia, para el problema climático. Quiere desacreditar la transición ecológica o, sencillamente, que no haya transición.

Y mientras tanto, el tiempo corre. O, mejor dicho, el clima cambia. Es el viejo mecanismo reaccionario de siempre: cuando la realidad exige cambio, avance y transformación, se inventa una amenaza cultural para que nada cambie…


Frente al cambio climático, la política puede optar por dos caminos esenciales. Uno es aceptar la realidad, aunque resulte incómoda. En este caso, reconocer que el cambio climático existe, que tiene causas humanas y que ya está produciendo efectos. Tras esa aceptación o reconocimiento, una política adulta debe debatir sobre las posibles soluciones, corregir aquellas actuaciones que se consideren erróneas, ofrecer mayor protección a los más vulnerables y planificar el futuro.

El otro camino es mucho más fácil. Consiste en no afrontar el problema, sino negarlo, ridiculizarlo, agitar las banderas y fabricar enemigos. Este es el camino que ha elegido Vox.

Pero la realidad no desaparece porque se la insulte; las temperaturas no bajan porque se grite en contra de la “Agenda 2030”; la sequía no se resuelve con propaganda ni los incendios se apagan a base de consignas; nuestro Mediterráneo tampoco dejará de calentarse porque un partido necesite votos. En definitiva, la atmósfera -la única que tenemos y que nos permite estar vivos- no entiende de tertulias, de broncas parlamentarias ni de campañas de resentimiento.


La gran cuestión de fondo, no es si el cambio climático encaja o no en el discurso político de un partido como Vox. Lo que realmente importa es si queremos una política adulta que hace frente a la dureza de los problemas, frente a una política infantil que se refugia en la negación, en lo caricaturesco y en la búsqueda constante de enemigos y culpables.

Una cosa es discutir cómo se puede hacerse la transición ecológica y otra, muy diferente, es que la ignorancia se convierta en una identidad política determinada. Es decir, se hace necesario -y urgente- debatir sobre las políticas concretas, pero Vox niega el problema de fondo. Ahí radica el principal y verdadero problema.

En algún párrafo anterior hablábamos de «estrategia política peligrosa». En efecto, el negacionismo climático no solo niega que el clima está cambiando. Supone la negación de otras muchas cosas: la negación de la responsabilidad, del cuidado, de la herencia que dejamos o de la obligación moral de mirar más allá de un simple eslogan. También supone que nos negamos a aceptar que nuestras decisiones tienen consecuencias o que nuestro comportamiento parece no tener ningún compromiso con el futuro, como si el mundo acabara en la próxima encuesta, en el próximo mitin, en las próximas elecciones, o en las próximas frases incendiarias que se vuelvan en las redes sociales.

En el fondo, el cambio climático nos plantea una pregunta ética: qué hacemos con el mundo que no nos pertenece del todo, porque también pertenece a quienes vendrán después. Con esta afirmación, se abre una dimensión filosófica para este problema: el clima ya no es sólo una cuestión técnica, sino que se abre un abanico de cuestiones de tipo moral.

¿Podemos consumir, destruir, contaminar y agotar los recursos como si nadie tuviera que venir después de nosotros?

El planeta no es una propiedad privada de la generación que vive actualmente en él. Nosotros lo hemos recibido de quienes nos precedieron y, por ello, no podemos comportarnos como dueños absolutos. Como mucho, somos administradores provisionales de un mundo que debe seguir existiendo cuando ya no estemos y, a ser posible, mejorado. El cambio climático nos coloca, por tanto, ante una prueba de madurez. Nos interpela acerca de la decisiva cuestión de si somos capaces de pensar más allá de nosotros mismos. Y la respuesta a esa interpelación no puede ser la burla, los eslóganes fáciles, o la simple negación del problema echando la culpa a otros.

Y ahí Vox fracasa estrepitosamente. Porque su discurso no piensa en el futuro: lo sacrifica; no cuida la tierra: la aprovecha como un decorado patriótico; no defiende a ningún pueblo, sino que lo expone peligrosamente a un futuro incierto o, tal vez, devastador; no combate una mentira: fabrica otra más grande. Pero la verdad es que quien niega el cambio climático no está defendiendo la libertad. Lo que defiende es el derecho a seguir destruyendo sin hacerse responsable. Está vendiendo una rebeldía que es falsa porque no es más que una rendición moral ante la realidad.

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