4 de junio de 2026

Durante siglos, una parte importante de la filosofía occidental ha pensado al ser humano como si estuviera dividido en dos mitades: por un lado, la mente; por otro, el cuerpo. Por un lado, el pensamiento; por otro, la materia. Por un lado, el alma que tiene la facultad de conocer; por otro, el cuerpo que siente, se mueve, envejece, enferma y ocupa un lugar o una extensión en el mundo.
Esa separación tiene uno de sus momentos decisivos en René Descartes. Su famoso “pienso, luego existo” no es solo una frase célebre en la historia de la filosofía. Significa también una forma de entender al ser humano. Para Descartes, lo más seguro, lo más propio, lo más indudable de nosotros es el pensamiento: puedo dudar del mundo, puedo dudar de mis sentidos, puedo incluso dudar de mi cuerpo, pero no puedo dudar de que estoy pensando. Si dudo, pienso; y si pienso, existo.
A partir de ahí, Descartes distingue entre dos realidades: la res cogitans, o sustancia pensante, y la res extensa, o sustancia material.
De esa manera, el dualismo de Descartes aparece con claridad: la mente piensa, mientras que el cuerpo ocupa una extensión en el espacio. La conciencia es interioridad, mientras que el cuerpo pertenece al mundo físico. La mente duda, quiere, imagina, decide; el cuerpo se mueve, pesa, se mide, se deteriora.
Esta distinción cartesiana –dualismo mente/cuerpo– tuvo una enorme fuerza filosófica y científica. Permitió pensar que la naturaleza es como un campo de investigación racional, medible, calculable. Pero también dejó abierto un problema inmenso: si mente y cuerpo son tan distintos, ¿cómo se relacionan? ¿Cómo puede una decisión mental producir un movimiento corporal? ¿Cómo puede un dolor físico afectar a la conciencia? ¿Cómo puede el cuerpo, que sería materia, estar atravesado por sentido, deseo, miedo, memoria o esperanza?
Ahí aparece la importancia de Maurice Merleau-Ponty.
El filósofo francés nació en Rochefort-sur-mer, en 1908 y falleció en París en 1961. Su tarea intelectual vino marcada por una cuestión que él consideraba esencial: ¿cómo se relaciona la conciencia con el cuerpo y con el mundo?
Tuvo una gran formación filosófica y coincidió en la École Normale Supérieure de París, con pensadores como Jean-Paul Sarte y Simone de Beauvoir. Una de las influencias decisivas para la formación de su pensamiento fue la de Edmund Husserl -considerado el fundador de la fenomenología-. De él tomó la idea de que es preciso estudiar de qué manera la realidad se nos presenta en la experiencia, antes de elaborar teorías abstractas sobre ella.
Merleau-Ponty, partiendo de esa idea, orienta la fenomenología hacia el cuerpo. Para él, no existe una conciencia pura separada del mundo, sino que toda conciencia es siempre una conciencia que está encarnada corporalmente. Su gran aportación es considerar que el ser humano no conoce la realidad desde una mente aislada, sino como un cuerpo vivo que percibe, actúa y se relaciona con su entorno. Por ello, el cuerpo no debe entenderse como un simple objeto que poseemos, sino como nuestro modo fundamental de estar en el mundo. Esta es la tesis principal que desarrolla en su obra más importante «Fenomenología de la percepción», publicada en 1945.
Hay otros aspectos interesantes en la vida y la obra de este filósofo francés del siglo XX, como su relación intelectual con Sartre y su posterior distanciamiento, su faceta de profesor y pensador público, o el desarrollo del concepto de «carne» en sus últimos años. Con esa noción, Merleau-Ponty quiere expresar que no sólo tenemos cuerpo, sino que somos parte de un tejido sensible común: podemos ver el mundo, pero también somos visibles; podemos tocar, pero también somos tocados…
Son cuestiones que merecen un desarrollo propio y que no desarrollaremos en esta breve entrada del blog, cuyo propósito es ofrecer una pincelada del pensamiento de Merleau-Ponty y de su crítica al dualismo de René Descartes. En cualquier caso, su gran mérito fue dotar al cuerpo de una dignidad filosófica que, en muchas ocasiones, había sido olvidada.
Merleau-Ponty no niega que el pensamiento tenga importancia, pero su crítica va encaminada a que la filosofía ha colocado demasiado pronto y por demasiado tiempo a la conciencia por encima del cuerpo.
Para él, el ser humano no es primero una mente pura que después “usa» un cuerpo. Al contrario, lo que este filósofo considera es que somos, desde el principio, «cuerpo vivido«. Eso significa que no tenemos un cuerpo como quien tiene una herramienta o una posesión externa, sino que somos cuerpo: existimos corporalmente.
Dicho de otro modo, el cuerpo no es una especie de máquina que está dirigida desde fuera por la mente: el cuerpo es nuestra manera fundamental de estar en el mundo. A través del cuerpo percibimos, actuamos, sentimos, recordamos y nos abrimos a la realidad.
Por eso, la idea de cuerpo vivido es una idea central en el pensamiento de Merleau-Ponty. Significa que la conciencia no está separada de ese cuerpo, sino que toda experiencia humana es siempre encarnada. No conocemos el mundo desde una mente aislada, sino desde una existencia corporal, sensible y situada.
Esta idea cambia muchas cosas.
Cuando caminamos por una calle, no vamos calculando cada movimiento. Cuando saludamos a alguien, cuando cogemos una taza, cuando abrazamos a un hijo, o cuando tocamos una pared para orientarnos en la oscuridad, nuestro cuerpo ya comprende el mundo antes de que lo formulemos en conceptos. El cuerpo tiene una especie de sabiduría silenciosa. Una inteligencia práctica, que es previa a la reflexión.
Por eso Merleau-Ponty concede tanta importancia a la percepción. Para él, percibir no consiste en recibir unos datos aislados que después la mente ordena y procesa. Percibir es estar ya implicados en una realidad que nos afecta, nos rodea y nos interpela.
No vemos el mundo desde ningún lugar externo, como si fuéramos una conciencia flotante o un espectador neutral. Lo vemos desde unos ojos, desde una altura, desde un cansancio, desde un deseo, desde una edad, desde una historia personal; en suma, desde una situación concreta. Nuestra mirada nunca es pura ni desencarnada, sino una mirada atravesada por el cuerpo, por la sensibilidad y por esa pertenencia común al mundo que Merleau-Ponty llamará, en sus últimos escritos, la carne.
Y esto tiene una enorme carga filosófica porque significa que el mundo no se nos presenta, en primer lugar, como un objeto frío situado ante una mente neutral. Se nos presenta como un espacio habitable o amenazante, familiar o extraño, deseado o temido.
Del mismo modo que una casa no es solo un conjunto de paredes sino que, para quien ha vivido en ella, puede ser infancia, refugio, pérdida o memoria, el cuerpo no es solo organismo. Es biografía, presencia, vulnerabilidad, relación… En él se inscriben nuestras experiencias, nuestros miedos, nuestros deseos y nuestras formas concretas de estar en el mundo.
Frente al dualismo cartesiano, Merleau-Ponty nos recuerda que la existencia humana no puede dividirse limpiamente entre pensamiento y materia. La conciencia no está encerrada en una especie de torre interior, aislada del mundo. Está abierta al mundo a través del cuerpo. Y el cuerpo no es una cosa más entre las cosas, ni un simple objeto situado en el espacio. Es el lugar desde el cual el mundo aparece ante nosotros y tenemos experiencia de él. Por eso, para Merleau-Ponty, no conocemos la realidad desde una mente separada, sino desde una existencia corporal, sensible y ubicada en el mundo.
Esta crítica que realiza el pensador francés sigue siendo muy actual. Porque vivimos en una época que, de algún modo, continúa separando al ser humano de su cuerpo. La productividad exige cuerpos resistentes, disponibles, siempre activos. La tecnología convierte muchas relaciones en pantallas. La medicina corre el riesgo de reducir a los pacientes a datos, pruebas, diagnósticos y órganos. La política habla de poblaciones, cifras, estadísticas, pero olvida a veces los cuerpos concretos que sufren las decisiones. Incluso nosotros mismos tratamos a menudo nuestro cuerpo como algo externo: algo que hay que controlar, moldear, corregir, ocultar o rentabilizar.
Merleau-Ponty nos invita a pensar de otro modo. Nos recuerda que el cuerpo no es un obstáculo para la verdad, sino una condición necesaria para poder establecer nuestra relación con ella. No pensamos a pesar del cuerpo, sino desde el cuerpo. No amamos a pesar del cuerpo, sino corporalmente. No sufrimos como mentes puras, sino como seres de carne. No habitamos el mundo desde fuera, sino desde nuestra fragilidad física, nuestra sensibilidad, nuestra mirada y nuestra piel.
Esto también tiene consecuencias éticas. ¿Por qué? Porque si el ser humano es cuerpo vivido, entonces hacer daño a un cuerpo no es dañar una simple máquina biológica, sino que es herir o violentar toda una existencia entera. El hambre, la violencia, la enfermedad, la explotación laboral, la soledad, el abandono de los mayores, la precariedad de la infancia, no son solo problemas materiales. Son heridas que afectan al corazón mismo de nuestra forma de estar en el mundo. Un cuerpo cansado no percibe igual que un cuerpo descansado. Un cuerpo con miedo no habita el espacio igual que un cuerpo seguro. Un cuerpo humillado no se mueve igual que un cuerpo que es reconocido o halagado. Un cuerpo enfermo no vive el tiempo igual que un cuerpo sano. La filosofía de Merleau-Ponty permite comprender que la justicia no puede limitarse a ideas abstractas: debe atender también a las condiciones corporales de la existencia. Porque allí donde un cuerpo es maltratado, no se vulnera sólo su realidad física, sino una vida entera en su modo de habitar el mundo.
Quizá por eso el pensamiento de Merleau-Ponty resulta tan necesario hoy. En nuestro tiempo miramos con frecuencia al ser humano de forma fragmentada o desde aspectos parciales. Por ejemplo, desde el trabajo, desde las redes sociales, desde la economía, desde la política, desde la medicina, etcétera. Pero Merleau-Ponty devuelve unidad a la experiencia humana: una persona no es la suma de partes aisladas. Somos una experiencia completa en la que se entrelazan cuerpo, conciencia, memoria, deseo, esperanza, lenguaje, historia, miedo…
En definitiva, su filosofía nos recuerda algo tan simple como decisivo: pensar, sentir, percibir y vivir, siempre van juntos. No son actos separados, sino dimensiones de una misma existencia encarnada.
Descartes fue grande al afirmar la dignidad del pensamiento. Pero, el precio que pagó fue dejar al cuerpo en un segundo plano, como si fuera una cosa menor, un elemento subordinado a la mente. Merleau-Ponty corrige esa herencia cartesiana. Nos recuerda que no somos una mente atrapada en un cuerpo, sino una vida corporal abierta al mundo. Somos pensamiento, sí, pero pensamiento encarnado. Somos conciencia, sí, pero conciencia situada. Somos razón, pero una razón que respira, camina, mira, envejece, toca y necesita ser cuidada.
Tal vez la frase cartesiana podría ser reformulada así: no solo “pienso, luego existo”, sino también “percibo, siento, habito un cuerpo; luego estoy en el mundo”.
Y en esa pequeña corrección se abre una filosofía entera: una filosofía menos separada de la vida, menos abstracta, menos fría. Una filosofía que devuelve al cuerpo su dignidad y nos recuerda que toda existencia humana empieza siempre por algo tan sencillo y tan profundo como estar aquí, respirando, mirando, sintiendo, viviendo.
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