La graduación de preescolar

El primer diploma

Una mañana en la escuela. Un patio lleno de familias. Unas camisetas blancas. Unas medallas de cartón. Unos diplomas sostenidos con orgullo y alegría por manos que todavía son pequeñitas.

Pero quien es padre, madre, abuelo o abuela sabe que esos instantes no son pequeños. Al contrario, son enormes. Son momentos que se quedarán muy guardados en lugares especiales de la memoria, porque en ellos la vida todavía se muestra limpia, luminosa, recién estrenada.

La graduación de un hijo o un nieto en preescolar tiene mucho de ceremonia sencilla pero, al mismo tiempo, es un acontecimiento inmenso.

No se gradúan solo unos niños. Se gradúa una etapa entera de la infancia. Se despide una primera forma de estar en el mundo: la de los primeros amigos, los primeros dibujos, las primeras canciones aprendidas en clase, los primeros miedos vencidos, las primeras palabras escritas con dificultad, los primeros pasos hacia una autonomía que a los adultos nos emociona aunque, en ocasiones, nos asuste a la vez.

Ahí están ellos, los hijos, los nietos, con sus diplomas en las manos y sus medallas colgadas al cuello, sonriendo emocionados y nerviosos como si hubieran conquistado algo muy grande. Y es que, en realidad, sí lo han conquistado: han conquistado sus primeros años de colegio, sus primeros vínculos fuera de casa, su primera comunidad fuera del hogar.

Ya saben que el mundo no termina en la familia, que hay otros niños, otros adultos, otras normas, otros juegos, otros afectos. Que muchas veces hay que esperar, compartir, pedir perdón, levantar la mano, sentirse parte de algo nuevo que está a pocos cientos de metros de su casa: la escuela.

Reivindico el valor de la palabra escuela. Decir “escuela” es decir infancia, cuidado, descubrimiento, ternura y porvenir. Es una palabra más cálida, más universal, más cargada de memoria. El colegio organiza; la escuela acompaña. El colegio enseña materias; la escuela inaugura mundo.


Pero alrededor de esos niños hay otra escena, quizá menos visible pero no menos conmovedora: la de la emoción contenida de sus padres. Para ellos esta mañana no es solo una fiesta escolar, ni unas horas robadas al horario laboral. Es una prueba más de que su hijo crece, de que aquel bebé que necesitaba de todo, puede, esta mañana, sostener su propio diploma, mirando feliz al enjambre de cámaras y teléfonos móviles que lo enfocan mientras ocupa su lugar entre los otros niños.

Los padres sonríen, hacen fotos, aplauden, recolocan la camiseta, se limpian una lágrima, tratando de disimular su emoción. Pero por dentro saben que algo se mueve: la vida avanza y, además, lo hace deprisa. Ellos dos, padre y madre, atesoran una mezcla profundamente humana de orgullo y nostalgia. Orgullo porque ven a su hijo avanzar, hacerse más autónomo, sentirse más capaz; y nostalgia porque cada conquista infantil trae consigo una pequeña despedida. El niño que se gradúa ya no es exactamente el mismo niño que entró por primera vez en el aula, tal vez llorando, agarrado a una mano adulta, y quizá con miedo a quedarse solo. Ahora sostiene un diploma y sonríe con sus compañeros. Pertenece ya a un pequeño mundo que él considera como propio. Y eso alegra y también conmueve hasta lo más hondo.

Los padres recuerdan en este día una de las verdades más delicadas de la paternidad: educar es acompañar para que un día el hijo pueda caminar un poco más lejos que nosotros. Todo amor verdadero hacia un niño contiene esa paradoja: queremos protegerlo, pero también queremos que vuele; queremos tenerlo cerca, pero celebramos cada paso que da hacia su independencia.

Por eso, estas graduaciones infantiles tienen tanta fuerza emocional: porque muestran, en un acto tan sencillo, el sentido profundo de criar a los hijos.


Para los abuelos, contemplar esa escena también produce una emoción difícil de explicar. Porque el abuelo o la abuela no solo ven al niño que tienen delante. Recuerdan también al hijo o a la hija que hace muchos años llevaron de la mano al colegio. Ven el paso del tiempo. Ven cómo la vida continúa, cómo se renueva, cómo vuelve a empezar con otra cara, con otra risa, con otra voz. Hay una ternura inmensa en comprobar que aquello que un día vivimos como padres regresa ahora bajo otra forma, quizá más serena, quizá más contemplativa, pero no por ello menos intensa.

Y entonces aparece esa cara brillante enmarcada por el pelo blanco de los abuelos, un rostro ya trabajado por los años, por las pérdidas, por las preocupaciones, por las alegrías y por los cansancios de una vida entera, pero que de pronto se ilumina como si la infancia volviera a rozarlo.

Hay algo hermoso en esa imagen: el pelo blanco es signo del tiempo vivido, pero debajo de él hay unos ojos encendidos, casi infantiles, que miran al nieto como si en ese pequeño cuerpo se concentrara todo el futuro.

Los abuelos tienen su propia manera de emocionarse. Suele ser una emoción callada, A veces solo miran. A veces solo sonríen en silencio. A veces levantan el móvil para hacer una foto, pero lo que de verdad buscan es conservar la voz de su nieto, su risa, sus gestos, su alegría, la forma en que sostiene el diploma, el vaivén de la medalla golpeando suavemente sobre la camiseta, la alegría del patio, la certeza de estar presenciando un momento irrepetible y que no volverá. A pesar de esto último, los abuelos saben que un día no recordarán todos los detalles de una conversación, pero sí recordarán esta mañana, esa sonrisa, ese diploma, y la sensación única de haber estado allí, cuando la vida abría una puerta nueva.

Los padres miran hacia delante. La vida les obliga a ello. Piensan en el próximo curso, en los nuevos horarios, en los libros, en las rutinas que vendrán. Pero los abuelos se permiten el lujo de poder mirar hacia adelante y hacia atrás al mismo tiempo.

Ven el futuro en el nieto y ven el pasado en sus propios hijos. Por eso su emoción es tan honda: porque en un solo instante se juntan varias generaciones. El niño que empieza, los padres que sostienen, los abuelos que contemplan. Tres tiempos de la vida reunidos en el patio de la escuela…

Ese patio repleto da testimonio de que educar nunca es una tarea solitaria. Educan los padres, los maestros –qué seríamos sin los maestros!!!-, los compañeros, los abuelos, los gestos cotidianos, las rutinas, las palabras de ánimo, los abrazos, los juegos. Educa una pequeña red de afectos que sostiene al niño mientras se le enseña a estar en el mundo.

Y los niños… siempre los niños: juntos con sus diplomas, mirando a la cámara con inocencia, curiosidad, alegría y timidez.

Todavía no saben del todo lo que significa terminar una etapa. No saben que algún día mirarán esas fotos y se reconocerán en una infancia que ya no volverá. La infancia tiene ese misterio: mientras ocurre parece ligera, casi despreocupada; pero cuando la contemplamos desde la edad adulta comprendemos que ahí se juegan muchas cosas. En esos primeros años se forma una parte esencial de la confianza, del respeto, de la alegría, del compartir, de la seguridad afectiva, del modo de relacionarse con los demás. Por eso no hay graduación menor cuando se trata de un pequeño..

Como abuelo, ver a un nieto graduarse en preescolar es orgullo y gratitud. Gratitud por estar ahí. Por poder verlo. Por formar parte de la historia de su vida. Cuando sostiene, nervioso y confiado, su diploma en las manos, tengo la absoluta seguridad de que todo comienza cada mañana en los patios de las escuelas…

Y uno, al ver esa sonrisa, al ver a los padres emocionados, piensa que quizá la felicidad no puede ser algo tan complicado. A veces cabe en una medalla infantil, en una camiseta blanca, en un diploma de colores y en la emoción silenciosa de una familia que comprende que el tiempo pasa, sí, pero también nos ofrece regalos. Y que estas mañanas, tan sencillas, ya forman parte de lo más importante de la vida.

Mi nieto, hoy ha tenido su graduación de preescolar en su escuela de Tres Cantos. Cinco de junio de 2026.

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