
En abril de 2022, Alberto Núñez Feijóo llegó a la presidencia del Partido Popular con un objetivo muy concreto, que él mismo anunció: devolver al PP una imagen de solvencia, serenidad y moderación después de años muy convulsos en la política española.
Venía de Galicia, donde había construido una larga hegemonía autonómica, y se le presentó como un gestor fiable, pero también era un político previsible, un hombre más de administración que de batalla política. Es verdad que tenía experiencia administrativa, pero, en realidad, muy poca experiencia en la política parlamentaria nacional, caracterizada por el combate político directo. Nunca antes fue un ministro de primera línea, ni líder de la oposición en el Congreso, ni negociador diario con nacionalistas vascos o catalanes, ni con fuerzas de los partidos nacionales de izquierda.
En Galicia acreditó mayorías cómodas, pero en Madrid eso no es suficiente. Feijóo tenía por delante la tarea de ser, a la vez, jefe de la oposición, líder ideológico del partido popular, negociador parlamentario, candidato a la presidencia del gobierno y gestor interno de un un PP muy tensionado por el populismo de Isabel Díaz Ayuso y por las exigencias de Vox.
No es justo decir que Feijóo fuese inexperto, pero su experiencia era muy local y no había sido puesto a prueba como líder nacional capaz de construir una mayoría transversal que le permitiese gobernar una España muy compleja. El proclamó que buscaría una «moderación eficaz«, pero esa moderación no basta con anunciarla, hay que ejercerla y defenderla, incluso frente a los suyos.
Por tanto, podría decirse que la experiencia con la que llegó a Madrid era una experiencia engañosa e insuficiente. Su éxito en Galicia le hizo parecer más preparado de lo que realmente estaba para una política nacional en la que no basta con ser gestor: hay que marcar límites, negociar con adversarios difíciles y sostener una idea de partido y, sobre todo, de país.
Aquellas promesas iniciales con las que inició su presidencia en el Partido Popular, se han ido debilitando con el paso del tiempo. Feijóo no ha conseguido convertirse en el gran líder que esperaba una gran parte de la derecha. No ha logrado conectar con amplitud más allá de su propio bloque conservador. Y, sobre todo, no ha conseguido despegarse de una evidencia incómoda: su horizonte real de poder sigue dependiendo de Vox. En el Partido Popular, incluso, hay señales de que una parte del partido ha visto frustradas las expectativas iniciales puestas en él. Lógicamente, ese tipo de críticas suelen aparecer de forma anónima, indirecta o filtradas a los medios. Hoy día, el problema no es que Feijóo no disponga de votos, sino que no logra –de momento– convertir el desgaste de Sánchez en una alternativa clara de gobierno.
Hay que señalar que las tres expectativas más importantes de Feijóo fueron: a) Recuperar la moderación del PP, lo cual ha quedado condicionado por Vox y por el tono duro del antisanchismo; b) Ampliar el espacio electoral hacia el centro, aunque la realidad, hoy, es que no consigue conectar más allá del tándem de la derecha-ultraderecha; y c) Ser una alternativa presidencial solvente, cosa que todavía no ha logrado del todo.
Entonces, ¿dónde está el problema?
Podría decirse que el núcleo del problema está en que Feijóo quiere aparecer como un dirigente moderado, pero sigue condicionado por la necesidad de contar con la derecha radical, y se ve forzado a aceptar algunos de sus planteamientos, especialmente en materia de inmigración.
En política no es en absoluto conveniente jugar con dos barajas. Suena a contradicción y a falta de proyecto serio y Feijóo, hoy por hoy, quiere convencer al centro político español, pero sin abandonar cierta sintonía con Vox, ni con aquellas facciones de la derecha española que se han acostumbrado en demasía a hablar de un «gobierno ilegítimo«, «traición«, «dictadura«, «España se rompe» o de un «sanchismo criminal«. Anuncia que quiere parecer distinto de Vox, pero demasiadas veces ha caminado dentro del marco mental que Vox le impone. Esa contradicción, no cabe duda que le perjudica…
Por otra parte, también quiere presentarse como un político institucional, pero en los últimos años se ha deslizado hacia el discurso populista que encabeza Díaz Ayuso centrado casi exclusivamente en señalar la deslegitimación del Gobierno y de su presidente Sánchez.
Y cuando un líder intenta ser dos cosas a la vez, corre el riesgo de no resultar creíble en ninguna.
Sin embargo, no podemos reducir todo el problema de Feijóo a decir que existe Vox. La cuestión es algo más profunda: el Partido Popular no sólo compite con la extrema derecha, sino que en algunos momentos ha asumido parte de su retórica y de sus prioridades.
En los últimos años el discurso del PP contra el Gobierno, y especialmente contra Sánchez, se ha edificado sobre fórmulas que se repiten hasta el agotamiento: “España se rompe”, “gobierna ETA”, “el Gobierno es ilegítimo”, “Sánchez es un dictador”, “la democracia está secuestrada”, “los separatistas mandan en España”. La perspectiva del tiempo señala ahora la falsedad absoluta de tales afirmaciones, pero nunca fueron frases inocentes, ni frases típicas que se dicen en campañas electorales o que forman parte de las exageraciones de un mitin. Han sido auténticas consignas cuyo objetivo era causar daño moral al adversario, al que se consideraba, no como un rival político, sino como una anomalía democrática que había que extirpar cuanto antes.
En efecto, decir que «España se rompe» no es lo mismo que decir que un pacto es discutible; decir que «gobierna ETA» no es lo mismo que criticar un acuerdo parlamentario con Bildu; decir que vivimos bajo un «Gobierno dictatorial» no es lo mismo que denunciar abusos institucionales, sectarismo político o una utilización partidista del poder.
Todas esas expresiones son grandilocuentes, cargadas de dramatismo, de visceralidad y que sitúan al adversario, no en el terreno normal de la discrepancia democrática, sino prácticamente en el espacio de la traición.
A mi juicio, esto constituye un problema para Feijóo y para el PP porque queda de manifiesto una gran hipocresía y contradicción: la diferencia entre el discurso del cual el PP ha usado y abusado durante años y la práctica política que ahora pretende. Porque si durante años se ha presentado a los partidos nacionalistas e independentistas como una amenaza existencial para España, ¿cómo explicar ahora que esos mismos partidos puedan convertirse de pronto en interlocutores útiles para una operación política propuesta y encabezada por el PP?
Junts, para el Partido Popular, era la prueba evidente de la inminente ruptura nacional (que, por cierto, nunca ha llegado a producirse, a pesar de los anuncios apocalípticos de la derecha). Entonces ¿cómo puede pasar ahora a ser una posible pieza para una solución constitucional?. Por su parte, el PNV también formaba parte del bloque que sostenía al “sanchismo”: ¿por qué ahora se le pide responsabilidad de Estado? Si los apoyos periféricos eran moralmente ilegítimos cuando sostenían al PSOE, ¿por qué dejan de serlo cuando sí podrían servir para desalojar a Sánchez?
Ahí aparecen el cinismo, la contradicción y la hipocresía principal: no se condenan siempre los pactos por su naturaleza; se condenan según quién los firma. ¿Dónde han quedado todas aquellas acusaciones sistemáticamente repetidas, cuando ahora el PP se dirige al PNV y a Junts para intentar forzar un cambio de gobierno?
Ese tipo de discurso puede movilizar a los convencidos, pero difícilmente atrae a quienes esperan una alternativa serena, reconocible y capaz de gobernar para todos.
La política de Feijóo ha quedado demasiado adherida al clima emocional de Vox. El presidente popular ha construido buena parte de su liderazgo sobre una indignación casi permanente. Su oposición se ha caracterizado por convertir cada decisión del Gobierno en un «drama nacional», por denunciar de manera reiterada la supuesta ilegitimidad del Ejecutivo y por presentar muchas de sus actuaciones como actos de “traición» a España.
A ello se puede sumar un uso exaltado y sobredimensionado de la idea de «unidad nacional», que no es presentada como una convivencia plural, sino aprovechada como arma política contra el adversario. Esa apelación constante a una España única, homogénea y que está en peligro, ignora o deja en segundo plano el reconocimiento de la diversidad territorial, cultural y política de nuestro país.
El resultado es que Feijóo ha optado por una forma de oposición que no se limita a la critica del Gobierno, algo legítimo y necesario en toda democracia, sino que trata de convertir al adversario político en un enemigo moral. Es decir, en alguien que no sólo está equivocado, sino que es ilegítimo, sospechoso o incluso contrario a la propia España. Aunque Feijóo parece utilizar un tono más templado que Santiago Abascal, en muchas ocasiones el fondo político no es tan diferente.
Y eso es un problema político que acarrea consecuencias. ¿Por qué? Porque el centro político es un espacio amplio, cambiante, no siempre fijado ideológicamente, pero que resulta decisivo en las elecciones. Ese espacio central puede aceptar que se critique duramente al Gobierno; puede incluso compartir el cansancio ante sus errores, contradicciones o los casos de corrupción recientemente aparecidos (sobre los cuales, por cierto, todavía estamos esperando una explicación convincente del Gobierno). Pero eso no implica que el centro político comparta la visión apocalíptica del país que se empeñan en mostrar tanto PP como Vox.
La mayoría social no siente ni vive España como una nación que todas las mañanas está al borde de la desaparición. La gente vive otras preocupaciones: la vivienda, los salarios, la sanidad, la inflación, la polarización o la corrupción. Puede estar cansada, decepcionada o indignada, pero eso no significa que crea que nuestro país está necesariamente secuestrado por una conspiración permanente, ni que la política se tenga que vivir como una guerra continua entre los «patriotas» y los «traidores» y de que se prive a la ciudadanía de un debate público sereno ofreciendo, a cambio, un bochornoso panorama parlamentario. Feijóo, y otros muchos políticos, tienen dificultades para entender esa diferencia.
En definitiva, Feijóo ha hecho una oposición más centrada en desgastar que en ilusionar. Ha actuado con mayor contundencia en contra del gobierno de Sánchez, que explicando sus propios proyectos. Ha repetido hasta la extenuación qué quiere quitar o cambiar, qué está mal, pero no siempre ha explicado con la misma fuerza qué es lo que quiere construir.
Nadie debe pensar que aquí se cuestiona la labor de la oposición. En absoluto. La oposición tiene el derecho —y el deber— de fiscalizar al Gobierno. Eso es incuestionable. La oposición, hay que recordarlo, es una garantía fundamental de la democracia, pero siempre y cuando ejerza su papel dentro de la lógica democrática y con respeto a unas normas básicas: reconocer la legitimidad del Gobierno elegido, distinguir entre adversario político y enemigo y no convertir cada discrepancia en una amenaza existencial para la nación.
Por eso, un líder que aspira a ser presidente del Gobierno no puede vivir solo de la impugnación y del rechazo permanente. Necesita ofrecer un horizonte. Necesita decirle al país no solo que “este Gobierno es malo”, sino “este es el país que quiero levantar”. Y ahí Feijóo muestra debilidad.
¿Cuál es su gran proyecto para España? ¿Una bajada de impuestos? ¿Más dureza contra el independentismo? ¿Derogar el «sanchismo«? ¿Volver a una supuesta «normalidad anterior«? ¿Recuperar una España que nunca termina de concretarse? ¿Permanecer ciego ante la realidad compleja y diversa de España? Todos ellos son mensajes que pueden servir para las campañas electorales, pero no son suficientemente sólidos para aglutinar una mayoría amplia.
Feijóo busca, legítimamente, la alternancia -sustituir un gobierno por otro-. Pero, a mi criterio, falla en el ofrecimiento de alternativas profundas: su idea de país, su visión social, sus propuestas morales y políticas, que sean capaces de ilusionar también a todos aquellos que no forman parte de su espacio ideológico.
Y Feijóo, ahí, tiene un problema evidente. Ha querido ocupar el centro sin romper con su estrategia de confrontación total. Quiere parecer institucional mientras su partido sigue alimentando la idea de que el Gobierno es ilegítimo. Quiere presentarse como hombre de Estado, pero mantiene una relación ambigua con una derecha radical que cuestiona -o directamente rechaza- consensos básicos sobre memoria democrática, igualdad, violencia machista, cambio climático, inmigración, modelo autonómico o la propia Unión Europea.
Feijóo ha intentado muchas veces presentarse como moderado. Pero la moderación no consiste solo en hablar más despacio, llevar traje elegante, evitar algunos excesos verbales o mostrarse como gestor. Dicho de otro modo: la moderación no es sólo una cuestión de imagen, sino que es ante todo una práctica política: la moderación se demuestra en la relación con los adversarios, en el respeto a la pluralidad territorial, en el cuidado de las instituciones, en la disposición al pacto y en renunciar a la tentación de incendiar el país cuando se está en la oposición.
Ese es su drama. Necesita diferenciarse de Vox para conectar con el centro, pero, a la vez, necesita no separarse demasiado de Vox para conservar unido al bloque de la derecha y acceder al poder. Esa tensión contradictoria, de alguna manera le resta categoría de liderazgo, credibilidad ante otras fuerzas políticas y capacidad de pactar.
Vox, por su parte, está demostrando que no necesita gobernar para condicionar a Feijóo y al PP. Le basta con existir. Le basta con exhibir su crecimiento en intención de voto -aunque parezca que está llegando a su techo, al menos de momento-. Le basta con acusar al PP de cobardía -«derechita cobarde» es una expresión muy utilizada por Abascal-, de tibieza o de traición cada vez que intenta moverse hacia posiciones más centradas.
Eso explica muchas de las contradicciones a las que se enfrenta el líder popular. Si se acerca al centro, Vox lo acusa de ser parte del sistema. Si endurece el discurso, pierde su credibilidad como moderado. Si pacta con Vox, se contamina ante una parte del electorado. Si intenta gobernar sin Vox, se queda sin mayorías suficientes. Y, por último, si propone o intenta acuerdos con partidos nacionalistas -como ha ocurrido muy recientemente-, se vuelve en su contra todo el discurso que él mismo ha alimentado contra Sánchez por pactar con esos mismos partidos.
El resultado es una política atrapada en su propia retórica
Durante años, el PP ha presentado los pactos de Sánchez con los nacionalistas vascos o los independentistas catalanes como una anomalía moral, casi como una traición a España. El exponente máximo de esos pactos fue, sin duda, la ley de amnistía. Pero cuando Feijóo necesita esos mismos votos para forzar un cambio de Gobierno, se encuentra ante una contradicción difícil de explicar: lo que ayer era una indignidad, hoy se convierte en táctica parlamentaria; lo que ayer rompía España, hoy es válido para salvarla; lo que ayer era intolerable, hoy se vuelve instrumental.
Esas contradicciones erosionan su credibilidad, especialmente ante los que no son los suyos. En política se puede cambiar de posición, por supuesto, pero hay que poder explicarlo y Feijóo no siempre consigue explicar con claridad sus giros, sin dejar de parecer que son giros que obedecen a su propia conveniencia.
Hay otro elemento decisivo: Feijóo no conecta suficientemente en los territorios donde el PP necesita ampliar sus apoyos si quiere gobernar España con estabilidad. Cataluña y Euskadi siguen siendo espacios donde el bloque PP-Vox genera una fuerte resistencia. No se trata solo de aritmética parlamentaria. Es una cuestión de clima político, de memoria, de autogobierno y de percepción.
Para muchos votantes nacionalistas o simplemente autonomistas, Vox no es un partido más con el que se pueda llegar a pactos, sino que representa una amenaza directa al modelo territorial, al autogobierno y a la pluralidad nacional de España. Y Feijóo, aunque intente presentarse como una opción razonable, no logra despejar la sospecha de que cualquier gobierno suyo dependería, antes o después, de la extrema derecha.
Esa sospecha pesa mucho. Porque una cosa es que PNV o Junts manifiesten su descontento con Sánchez, que traten de tensar la cuerda o de buscar ventajas en la negociación parlamentaria, y otra muy distinta es facilitar la llegada al poder de un bloque donde Vox tenga capacidad de condicionar la agenda de gobierno. Feijóo intenta ofrecerse como alternativa sin Vox, pero el sistema político le recuerda una y otra vez que su mayoría natural pasa por Vox. Así queda acreditado en los recientes acuerdos PP-Vox en Comunidades Autónomas como Extremadura, Aragón o Castilla León, donde el PP se ha visto forzado a aceptar la «prioridad nacional» impuesta por Vox.
Ese es el techo político del PP actual: puede ganar votos, puede ser primera fuerza, puede desgastar al Gobierno, pero le cuesta construir una mayoría de país porque arrastra una alianza potencial que provoca, hoy por hoy, un gran rechazo más allá de su propio bloque.
No podemos dejar de lado otro gran problema de fondo: que una parte de la derecha española sigue teniendo enormes dificultades para aceptar la pluralidad real del país. España no es una nación uniforme, cerrada, homogénea, sin conflictos territoriales ni identidades diversas. España es una realidad compleja, con lenguas, memorias, instituciones, sensibilidades y proyectos políticos distintos.
Para gobernar un país como España se debería entender esa complejidad. No basta con invocar la Constitución y disponer de ella como si fuera una piedra arrojadiza que solucione todas las diferencias. No basta con decir “igualdad de todos los españoles”, si luego se niega o se rechaza cualquier singularidad territorial. No puede apelarse constantemente a la unidad si, en el fondo, esa unidad se confunde con uniformidad.
Se da la circunstancia, además, que Feijóo, viene de una nacionalidad histórica como Galicia. En ese sentido, debería haber sido capaz de articular una derecha más inteligente territorialmente: con respeto constitucional, por supuesto, pero también con capacidad para dialogar con la diversidad.
Sin embargo, su liderazgo nacional parece demasiado condicionado por la presión del nacionalismo español más duro. En lugar de ofrecerse como líder para una España plural y compartida, Feijóo ha terminado muchas veces por competir en el terreno de todos aquellos que reducen la política territorial a un conflicto entre «patriotas y traidores«.
Y así es muy difícil conectar más allá de Vox. Porque quien habla solo para los que se sienten los únicos y auténticos dueños de la palabra España y de sus símbolos –como la bandera-, pierde la capacidad de hablar con quienes también se sienten españoles de otro modo, o de hablar también con quienes quieren convivir en España sin aceptar la imposición de una identidad única.
Pero Feijóo no solo tiene un problema externo con Vox. También tiene un problema interno con Isabel Díaz Ayuso.
La presidenta de la Comunidad de Madrid, lidera una derecha más combativa, más emocional, más mediática, más simple en sus mensajes, pero muy eficaz en la guerra cultural. Su modelo político se basa en dar a la palabra “libertad” un significado poderoso, casi mágico: libertad para consumir, para bajar impuestos, para abrir negocios, para vivir sin que el Estado moleste, para oponerse, sea como sea, al Gobierno central.
Feijóo, frente a eso, aparece a veces como un líder sin sintonía propia. Ayuso tiene un relato, aunque sea discutible. Vox tiene un relato, aunque sea radical. Sánchez tiene un relato, aunque esté sometido a desgaste. Feijóo, en cambio, parece moverse entre todos esos relatos ajenos: el de la moderación gallega, el del antisanchismo madrileño, el del constitucionalismo duro, el de la gestión económica de tinte neoliberal, el de la regeneración institucional, el de la moción instrumental, el de la unidad nacional. En suma, demasiados relatos de los cuales prácticamente ninguno es propiamente suyo.
La sombra de Ayuso es, por tanto, otra de sus principales dificultades, porque le impide mandar totalmente sobre el imaginario de su propio partido. Si bien otro dirigente como Moreno Bonilla puede realzar el perfil de Feijóo como líder de la derecha, Ayuso, hoy por hoy, rebaja ese perfil.
No cabe duda de que hay un evidente desgaste del Gobierno de Pedro Sánchez. Hay cansancio, desconfianza, irritación, críticas legítimas y una acumulación de conflictos que han erosionado su imagen, tal vez de manera irreversible.
Feijóo hace bien en apuntalar ese desgaste, pero no ha sabido convertirlo en una oleada de adhesiones a su propia figura política. Una parte del electorado está cansada de Sánchez, pero eso no significa que de manera automática se considere a Feijóo como la alternativa ilusionante. El voto no sólo obedece al rechazo, sino que necesita también de la confianza. Y Feijóo suscita dudas en sectores que pueden ser decisivos en las próximas generales: los autonomistas moderados, las mujeres preocupadas por los retrocesos en la igualdad, los pensionistas que temen perder poder de compra, los trabajadores que no acaban de fiarse de las reformas laborales de la derecha, los ciudadanos que no se encuentran cómodos en este ambiente de continua crispación o simplemente aquellos que no quieren saber absolutamente nada de un partido como Vox.
El antisanchismo ha sido el gran cemento emocional de la derecha española durante los últimos años. Es algo que ha unido, y sigue uniendo, a liberales, conservadores, ultras, nostálgicos, empresarios, medios afines y sectores sociales irritados con el Gobierno. Pero como todo «anti», el antisanchismo tiene un límite: no es, por sí mismo, un proyecto de país.
El «anti» puede llenar mítines; puede alimentar tertulias; puede generar muchos titulares mediáticos; puede cohesionar y enardecer a los convencidos. Pero no basta para gobernar una sociedad compleja. España no necesita solo saber quién ha de irse; necesita saber qué modelo de convivencia, de economía, de Estado social, de transición ecológica, de vivienda, de educación, de sanidad y de cohesión territorial se propone.
Feijóo ha abusado de una política reactiva. Sigue construyendo una identidad pública demasiado en negativo: contra Sánchez, contra la amnistía, contra los socios del Gobierno, contra el independentismo. Pero hay que ofrecer al país no solo la crítica o el rechazo de aquello acerca de lo cual se está en contra, sino alternativas e ideas afirmativas para el futuro. En ese punto es donde Feijóo no termina de aparecer.
Haría bien Feijóo es cambiar esa negatividad por algo de emoción positiva. Si quiere conectar más allá de su bloque, tiene que ofrecer mucha mayor dosis de esperanza, de seguridad, de futuro. Tal vez deba ya dejar el exclusivo protagonismo que en su estilo de oposición tiene el ataque constante a Sánchez y al Gobierno y hablar mucho más de las dificultades de toda una generación que no puede acceder a la vivienda, de la precariedad laboral, de la crisis climática, de las transformaciones tecnológicas, de las desigualdades territoriales, de la cohesión entre los territorios, de las infraestructuras, del modelo de bienestar que desea para los ciudadanos de este país, de una población que envejece cada año, de la política de pensiones, de la atención sanitaria o de la educación.
Como ciudadano, estaría encantado de conocer las propuestas del Sr. Feijóo en esos ámbitos y no tanto las repetidas consignas ideológicas acerca de la nación como unidad, o las broncas parlamentarias que se suceden a diario.
Para concluir, Feijóo se enfrenta a un dilema que no puede aplazar indefinidamente: necesita marcar distancias reales con Vox. No solo tácticas. No solo verbales. Reales. Eso implica asumir costes, renunciar a ciertos marcos de discurso, defender consensos democráticos básicos y aceptar que la pluralidad española no puede gestionarse con amenazas permanentes o regresiones constantes a un pasado que debe superarse. Si no lo hace, seguirá atrapado en el mismo sitio; a veces muy cerca de Vox; a veces utilizando su mismo lenguaje…
Y por eso no conecta más allá.
Feijóo prometió ser un puente: entre la derecha y el centro, entre la gestión y la política, entre la moderación y el cambio, entre la España conservadora y una mayoría social más amplia. Pero no ha terminado de construir ese puente. Ni ha convencido al centro, ni ha roto con Vox. Entre los suyos, tampoco despierta pasiones, y queda pendiente, tras estos cuatro años al frente del PP, que nos ofrezca un proyecto de país reconocible.
Lejos de eso, incurre en flagrantes contradicciones. La política es cruel porque tiene memoria y porque todas las palabras dejan huella. No se puede pasar años diciendo que los pactos con algunos partidos rompen España y después pedir ayuda precisamente a esos partidos; no se puede estar afirmando que el Gobierno es ilegítimo y luego querer ser un líder institucional; no se puede coquetear con la extrema derecha y después reclamar moderación.
Sr. Feijóo: demuestre que usted es capaz para algo más que condenar sistemáticamente toda acción del Gobierno; no basta con querer llegar a la Moncloa, sino que ha la ciudadanía ha de saber para qué quiere usted llegar, qué idea de país tiene y qué respuestas daría a los problemas reales de los ciudadanos.
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