Palacio Real de Madrid, seis de junio de 2026

Cuando la identidad necesita fabricar enemigos. Una lectura del discurso del Papa desde la mirada filosófica
El primer discurso del Papa León XIV en España, pronunciado en el Palacio Real de Madrid ante las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático, ha sido una intervención serena, que contiene una advertencia moral de primer orden. No fue un discurso partidista, ni una homilía convencional, ni una simple apelación protocolaria a la concordia. Fue, sobre todo, una llamada a pensar qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando convertimos la identidad en una trinchera y las diferencias en amenazas.
El Papa habló contra los “enfoques identitarios” y las “narrativas divisivas” que llenan el mundo de fantasmas y enemigos. La expresión es importante porque se dirige al núcleo de nuestra principal enfermedad política de hoy en día: la constante necesidad de inventar un enemigo absoluto, para dar soporte a la identidad propia. A la política actual no le basta con discrepar, necesita acusar y señalar; no le basta con discutir, necesita insultar y expulsar simbólicamente al adversario político del espacio común de debate; no le basta con defender ideas, hay que convertir a todo aquél que discrepa en traidor, en invasor, en un peligro moral.
Frente a todo eso, el Papa ha señalado en su discurso en el Palacio Real de Madrid la necesidad de superar la polarización, defender el diálogo, la dignidad humana, el multilateralismo y una sociedad plural y abierta.
Desde una mirada filosófica, el núcleo del discurso puede leerse como una crítica a las identidades que se cierran sobre sí mismas. Es decir, a las identidades que son entendidas como algo fijo, puro o intocable y que se construyen en oposición a los demás.
Desde luego, esto no debe entenderse como un rechazo a la identidad en sí. No dijo que no importen la patria, la cultura, las raíces, etcétera. Lo que criticó León XIV es que esas raíces se utilicen para excluir, levantar fronteras o convertir en una amenaza a todo aquél que es diferente.
La identidad, cuando se vive de forma sana, nos permite reconocernos cómo somos. Nos otorga un lugar en el mundo. Nos permite decir: «vengo de aquí, pertenezco a una familia, hablo esta lengua, comparto esta historia o he recibido esta tradición«. En este sentido, la identidad no nos encierra, sino que sirve como una orientación desde la cual salimos al mundo.
Pero cuando la identidad se vuelve un criterio absoluto, entonces ya no es válido para habitar el mundo, ni para comprender mejor la realidad, sino para reducirlo y dividirlo entre «ellos y nosotros«. Esa diferencia tiene gran importancia, porque reducir el mundo significa empobrecerlo, considerarlo sólo desde nuestra rígida pertenencia, negar lo que es distinto y sospechar del extranjero. En suma, encerrarse en una versión estrecha de la historia propia. En cambio, habitar el mundo significa vivirlo con amplitud, con apertura y con plena conciencia de su diversidad.
En cualquier caso, no es suficiente con denunciar el peligro de esta identidad cerrada y absoluta. Es necesaria la pregunta sobre qué tipo de sociedad queremos construir como alternativa a esa deriva. La respuesta no puede quedarse en apelaciones a la convivencia, más o menos sentimentales, sino que ha de traducirse en decisiones concretas, en prioridades públicas y en políticas mantenidas en el tiempo. Como el propio Papa dijo, hace falta «dar un salto cualitativo«, un auténtico cambio de rumbo en las inversiones destinadas a la escuela, la universidad o la investigación. En este sentido, estas fueron sus palabras:
«Es necesario, sobre todo por parte de quienes tienen responsabilidades económicas, políticas e institucionales, dar un salto cualitativo, un cambio de rumbo en las inversiones destinadas a la escuela, la universidad y la investigación, a las comunidades locales y a la sociedad civil como semillero de participación y mediación cultural«.
El verdadero peligro reside, no en el amor a lo propio, que es algo legítimo, sino en convertir lo que nos es propio en un instrumento de exclusión, de expulsión. Una patria, una religión, una cultura o una comunidad son espacios de pertenencia y, como tales, deben ser espacios generosos. Lugares donde construir vínculos compartidos. Pero León XIV recordó, precisamente, que la identidad no debe servir de «frontera moral» que se levanta contra todos aquellos que no se alinean con nosotros. Como se señalaba antes, la identidad sana no precisa de humillar ni expulsar a nadie para sentirse segura. El individuo puede sentir que forma parte de una comunidad identitaria, pero sin la necesidad de negar la dignidad de aquellos que pertenecen a otras comunidades.
Es muy necesario, en los tiempos que corren, distinguir perfectamente entre pertenencia y fanatismo identitario. La primera nos vincula a una historia y una tradición que deben ser abiertas; el fanatismo, en cambio, convierte esa historia y esa tradición en una frontera moral -y física- contra todos los que no pertenecen a ella. Además, los partidarios del fanatismo identitario faltan gravemente a la verdad histórica: ninguna identidad es pura; ninguna comunidad nace aislada de las demás; lo que consideramos como genuinamente «nuestro», casi siempre está hecho de encuentros, heridas, influencias, migraciones, gentes y palabras que han venido de lejos…
El Papa, ante el jefe del Estado y otras muchas autoridades, tuvo un discurso sereno y supo tocar una fibra muy sensible en nuestro presente. En España, sabemos de pluralidad, de tensiones territoriales, de memorias enfrentadas, de heridas históricas no cerradas del todo y de relatos que son incompatibles. Pero también deberíamos saber a estas alturas, que la democracia no consiste en que todos pensemos igual, sino en aceptar que nadie posee la exclusividad de la verdad pública.
Estas ideas evocan a Hannah Arendt, para quien la política nace donde los seres humanos se ven, unos junto a otros, en su pluralidad -idea que, entre otras, sostiene en su obra «The Human Condition» (La condición humana), publicada en 1958-. Para ella, la condición básica de la vida política no es la unidad, sino la pluralidad, de la cual afirma que no es algo molesto que tengamos que soportar, sino que es la condición de toda vida política. ¿Por qué? Porque donde sólo prevalece la uniformidad, no hay política. La uniformidad precede a la obediencia, a la masa, a las consignas o al silencio resignado. La pretendida uniformidad es, en el fondo, un discurso pobre, que divide a la sociedad y que, al hacerlo, prepara el terreno para distintas formas de violencia simbólica o material. La uniformidad casi nunca es inocente porque bajo la apariencia de defender la cohesión social, esconde muchas veces una voluntad de control. Su objetivo no es una convivencia más profunda, sino una sociedad más dócil.
«Invito a todos, por amor a la verdad, a abandonar las narrativas divisivas y polarizantes de vuestra realidad social y de su historia, para pasar de las simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la complejidad»… «Apreciar la complejidad y estudiarla, aprender a no negarla y a vivirla como una bendición, huir de esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos: he aquí la tarea de quien tiene una gran historia a sus espaldas».
(Palabras del discurso de León XIV en el Palacio Real de Madrid, seis de junio de 2026)
Además de Hannah Arendt, también puede evocarse aquí el pensamiento de Emmanuel Levinas. La idea de que la pluralidad es la condición para la vida política se vuelve más radical en el plano ético, cuando nos fijamos en el pensamiento del filósofo francés, expuesto en su obra «Totalidad e infinito», publicada en 1961.
Para Levinas, el «otro», es decir, el que es distinto a nosotros, no puede reducirse a una apariencia física diferente, ni a una amenaza que debo neutralizar. Es, sobre todo, una presencia que interrumpe y cuestiona nuestra tendencia a encerrarnos en nosotros mismos, en nuestros intereses exclusivos o en nuestro grupo de pertenencia. Levinas nos ayuda a entender que la verdadera relación con el «otro» no puede surgir desde el dominio o la superioridad, sino desde la responsabilidad. En tiempos de consignas rápidas, algoritmos alocados y vertiginoso y discursos de odio, esta idea resulta casi revolucionaria: antes de preguntarme qué amenaza representa el otro para mí, debería preguntarme qué responsabilidad tengo ante él. Si antes señalábamos que la uniformidad empobrece la vida política, Levinas da un paso más allá al considerar que traiciona la exigencia ética más elemental.
La referencia del Papa a la dignidad humana no es, por tanto, un adorno moral. Es el punto decisivo. Porque la dignidad humana significa que ninguna persona puede ser reducida a una etiqueta: inmigrante, adversario, extranjero, pobre, creyente, no creyente, conservador, progresista, nacionalista, españolista, europeo, musulmán, cristiano, judío, ateo. La etiqueta puede describir una parte de alguien, pero nunca agota su humanidad. El problema de las narrativas que intentan dividir es precisamente ese: tratar de convertir a seres humanos concretos en categorías abstractas contra las que resulta más fácil combatir.
«Hoy, la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones parece crecer, en lugar de disminuir; la dignidad humana no deja de ser violada. Por eso necesitamos cultura, interioridad, una educación libre y de calidad, necesitamos trascendencia» (…) “Evitemos las palabras que humillan o enfrentan. Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos. No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles. Más bien, indiquemos criterios de discernimiento —la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa común, la paz— y traduzcámoslos en prácticas: planificación responsable, evaluaciones del impacto humano y social, inclusión de los más frágiles, alfabetización digital, investigación e industria orientadas a la justicia y la paz”
(Palabras del discurso de León XIV en el Palacio Real de Madrid, seis de junio de 2026)
En su defensa de la pluralidad y la tolerancia, el discurso de León XIV también tuvo una dimensión muy española. Recordó la riqueza histórica de la convivencia cultural y religiosa en España, al hacer referencia a figuras como Averroes y Maimónides que convivieron con la tradición cristiana, o a ciudades como Córdoba o Toledo que fueron «lugares de mediación entre lenguas, religiones y saberes».
No debemos idealizar de manera ingenua esa evocación histórica, porque España tiene también una historia llena de violencia, expulsiones, intolerancias y guerras. Pero, al mismo tiempo, esa referencia contiene una lección que hoy parece olvidada: España no puede entenderse desde una pureza originaria inexistente, sino desde una mezcla conflictiva, pero también fecunda; dolorosa, pero también creadora. Estamos muy lejos de las simplificaciones actuales porque nuestra realidad es mucho más compleja que cualquier consigna o que cualquier bandera que enarbolemos.
¿Y qué decir de Europa?
El discurso también tiene una lectura europea. En un mundo dominado por grandes potencias, guerras, nacionalismos agresivos y tentaciones autoritarias, León XIV se refirió a la Unión Europea como impulsora del compromiso con la paz y la solidaridad entre los pueblos.
Subyace aquí la idea de que Europa solo tendrá sentido si persevera en su promesa más exigente: construir unidad -lo cual no implica borrar las diferencias-. Ahora bien, la unidad europea no debería ser una simple alianza económica ni una maquinaria burocrática, sino una apuesta ética y política por la convivencia entre pueblos distintos.
Pero para eso hace falta educación. Repito sus palabras: «necesitamos cultura, interioridad, una educación libre y de calidad, necesitamos trascendencia».
Es decir, no precisamos sólo de formación técnica, no solo de preparación para el mercado, no solo saber cómo actuar en un marco de competencia. Hace falta educación en el juicio: distinguir la crítica legítima de la manipulación; no dejarse arrastrar por el miedo; reconocer que la realidad rara vez cabe en una consigna. Hace falta pensar y el pensar exige lentitud, matiz y responsabilidad.
El Papa también advirtió sobre el peligro de las tecnologías, cuando debilitan el pensamiento crítico y favorecen los prejuicios: «las nuevas tecnologías se han convertido en un entorno artificial en el que nuestras opciones fundamentales se ponen a prueba: en su interior, los prejuicios se exacerban, el pensamiento crítico se debilita, los intereses prepotentes siembran pulsiones de muerte. Por otra parte, el bien puede resistir y comunicarse«. Como vemos, un aviso contundente para una época en la que las redes sociales no siempre amplían el mundo: muchas veces lo estrechan hasta encerrarnos en nuestras propias burbujas, en las que no tiene cabida nadie más.
La cuestión de fondo es sencilla y enorme: ¿queremos vivir en una sociedad de ciudadanos o en una sociedad de bandos? El ciudadano pregunta, duda, escucha, exige, critica. El militante fanático solo busca la confirmación de aquello en lo que ya creía. El ciudadano sabe que tanto él como el adversario pueden estar equivocados y ninguno de los dos, por ello, dejan de ser legítimos. El fanático necesita presentar al adversario como moralmente monstruoso para justificar su desprecio y su exclusión.
Por todo esto, el discurso del Papa no debe ser tomado en serio, tanto por creyentes como por no creyentes. Su valor no depende de que uno comparta o no la fe católica. Hay discursos religiosos que, en determinados momentos, entran en el espacio público no para imponer doctrina, sino para recordar algo anterior a cualquier doctrina: que una sociedad no puede sostenerse sobre la deshumanización del otro. Es en ese punto donde la palabra religiosa se encuentra con la filosofía moral, con la tradición humanista y con la mejor cultura democrática.
Naturalmente, no basta con pronunciar palabras hermosas. La propia Iglesia tiene heridas abiertas y contradicciones profundas que han causado, y siguen causando, dolor y sufrimiento. Especialmente grave son los escándalos por abusos sexuales cometidos por miembros del clero, ante los cuales una parte de la jerarquía ha estado sin actuar con rapidez, transparencia, sensibilidad y firmeza, persistiendo en el silencio, en la respuesta insuficiente, en la falta de atención a las víctimas y en los encubrimientos. Es misión del Papa trasladar a toda la Iglesia que la autoridad moral también se demuestra afrontando los propios fracasos, especialmente los abusos, los silencios y las complicidades.
Nuestra sociedad de hoy, necesita escuchar este tipo de mensajes. Discursos hay muchos, pero sobran todos aquellos que están inflamados y que convierten cada discrepancia en una traición. Sobran los que se apropian de la palabra patria para herir la convivencia. Sobran los que apelan constantemente a la libertad, mientras atacan o no atienden debidamente a los más vulnerables. Sobran los discursos que simplifican los problemas hasta reducir a caricatura una complejidad que exige inteligencia, trabajo, paciencia y justicia.
En el Palacio Real de Madrid, habló un hombre sereno. No lo hizo con el tono inflamado del que trata de imponer una verdad dando un golpe sobre la mesa, sino con la calma del que sabe lo que dice y desde convicciones profundas que no necesitan del grito para hacerse escuchar.
Su serenidad, sin embargo, no hay que confundirla con miedo o tibieza. En sus palabras hubo una «firmeza tranquila» al señalar grandes problemas sin caer en la estridencia. Estamos acostumbrados a intervenciones públicas que se formulan desde la crispación, el reproche, el insulto o el desprecio del contrario, pero el Papa introdujo una forma distinta de presencia: frente al grito, la pausa; frente al insulto, la llamada a la responsabilidad; frente al espectáculo político, la hondura de pensamiento.
Todo eso no evita, por supuesto, que su discurso deba aceptarse sin discusión, ni esté libre de zonas muy discutibles. Pero su actitud invitó a otra forma de estar en la vida pública. No hay que temer las diferencias ni los conflictos, pero sí se ha de temer la conversión del conflicto en odio y en violencia.
La filosofía nos enseña que el ser humano no vive solo de certezas, sino también de reconocimiento. Es decir, la filosofía no renuncia nunca a la verdad, pero el ser humano no se agota en el conocimiento. No solo somos seres que necesitamos saber, sino también seres que necesitan ser reconocidos, escuchados y respetados. Necesitamos saber quiénes somos, sí, pero también necesitamos no olvidar que el otro tiene el mismo derecho que nosotros a aparecer en el mundo, a ser mirado, valorado y respetado.
Tal vez ahí resida la profundidad del mensaje: no se trata solo de moderar el lenguaje, sino de cambiar la mirada. Ver al otro no como amenaza, sino como parte inevitable de un mundo común. Ver la pluralidad no como decadencia, sino como riqueza. Ver la identidad no como arma, sino como memoria abierta. Ver la política no como guerra permanente, sino como la difícil tarea de construir la convivencia.
En tiempos de ruido, el mensaje de León XIV puede parecer uno más de entre tantos mensajes y, además, algo ingenuo. Pero quizá lo verdaderamente ingenuo sea creer que una sociedad puede vivir indefinidamente del resentimiento, la sospecha y la construcción irracional de enemigos. Ninguna sociedad, ningún país, ninguna patria, se construyen solo en contra de alguien. Ninguna democracia se fortalece por aprender a odiar más y mejor. Ninguna comunidad mejora expulsando o discriminando a una parte de sí misma.
Por eso el discurso del Papa en España merece ser tomado en serio. No como consigna religiosa o como afirmación doctrinal –eso pertenece al ámbito de la fe y queda, naturalmente, para los creyentes-, sino como advertencia filosófica, ética y democrática: cuando una sociedad deja de reconocer la dignidad del otro, pierde también la suya propia. Y cuando la identidad se convierte en una fábrica de enemigos, la primera víctima no es el adversario, sino la verdad misma de la convivencia, que es una verdad frágil, exigente y compartida.
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