
Hay personajes y momentos en las que el lenguaje político se queda pequeño y fuera de sentido. Son momentos en los que hablar de “errores”, “excesos”, “dureza”, “estrategia” o “seguridad nacional” resulta casi obsceno. Porque detrás de esas palabras que se escogen y administran cuidadosamente hay cadáveres, niños amputados, familias enterradas bajo los escombros, hospitales devastados, hambre, miedo, desplazamiento, humillación y una larga historia de sufrimiento. Trump y Netanyahu son dos de los apóstoles principales de esa devastación, en medio de una «impunidad» tan irritante como incomprensible.
Donald Trump y Benjamin Netanyahu representan hoy dos caras miserables de una misma degradación histórica: la del poder que se cree autorizado a colocarse por encima de la vida humana. El primero actúa desde la arrogancia imperial de quien sólo reconoce el derecho cuando este se pliega a sus intereses. El segundo encarna una crueldad más directa e implacable. La de un gobernante que ha convertido la guerra, la destrucción, la muerte y el castigo colectivo de toda una población en una estrategia de supervivencia política.
En ambos casos, han normalizado el dolor humano hasta convertirlo en un cálculo político que no tiene piedad. Allí donde debería haber responsabilidad de gobierno, hay cálculo de intereses; donde debería haber límites, hay devastación; donde debería haber humanidad, hay un manejo frío del sufrimiento humano. Los muertos, los desplazados, las familias rotas, los niños sin futuro o los cuerpos sepultados bajo los escombros de ciudades arrasadas, son ya parte de una contabilidad criminal puesta en marcha por estos dos miserables.
Netanyahu es un dirigente sobre el que pesa una orden de arresto de la Corte Penal Internacional, emitida el 21 de noviembre de 2024, por presuntos crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad en Gaza. La Sala de Cuestiones Preliminares I de dicha corte, rechazó por unanimidad las impugnaciones presentadas de Israel acerca de la jurisdicción del tribunal y emitió órdenes contra Netanyahu y Yoav Gallant –ministro de defensa israelí durante la ofensiva sobre Gaza, tras lo ataques de Hamás del mes de octubre de 2023-.
No estamos hablando, por tanto, de acusaciones retóricas ni de opiniones de tertulianos, sino de un dato jurídico internacional. Entre las acusaciones de la Corte Penal Internacional figuran que, tanto Netanyahu como Gallant, podrían ser responsables de crímenes contra la humanidad cometidos en su ofensiva sobre Gaza: utilización del hambre como método de guerra, privación de bienes esenciales para la población civil o la destrucción sistemática de las condiciones de vida de la población palestina.
A pesar de ello, estos señores de la muerte parecen moverse en una zona de impunidad. La sola presencia de Netanyahu en el panorama político actual debería constituir una prueba moral decisiva para las democracias. No se puede justificar todo bajo el paraguas de la «seguridad«. Tampoco se puede aludir al «terrorismo» para evitar cualquier tipo de examen crítico y, mucho menos, ocultar el hambre, el desplazamiento, la ruina y la muerte bajo la palabra «defensa«. Todo eso constituye una degradación del lenguaje que ninguna democracia debería aceptar.
Hay una cuestión decisiva en todo este asqueroso asunto. No sólo se trata de lo que ha hecho Netanyahu -eso ya lo sabemos-, sino de lo que están dispuestos a hacer todos aquellos países que se dicen democráticos y afirman defender el derecho, la justicia internacional y la dignidad humana. Porque si una orden de arresto de la Corte Penal Internacional es ignorada cuando afecta a alguien poderoso, entonces el mensaje es desolador: el derecho existe para los vencidos y los débiles, pero no para quienes son poderosos o cuentan con la protección del poder imperial.
Ese mensaje es letal no sólo para Palestina o el Líbano, sino también para la propia idea de justicia internacional: una justicia que tiembla ante los poderosos, deja de ser justicia y se convierte en un mero decorado moral del orden establecido.
Y ahí aparece Trump.
Trump es un aliado político de Netanyahu. Pero también es algo más: ha sido también una pieza central en la tarea de detener o impedir cualquier intento de que Israel —o los propios Estados Unidos— se sometan al dictamen de una instancia jurídica internacional. Por ejemplo, en febrero de 2025, la Casa Blanca impuso sanciones contra la Corte Penal Internacional, acusándola de actuar contra Israel y contra los Estados Unidos.
La escena es terrible: mientras Gaza o el sur del Líbano se desangran, mientras la población civil paga el precio insoportable de la guerra, mientras se multiplican los informes sobre destrucción, hambre y desplazamiento, el gran gesto del poder no consiste en proteger a las víctimas, sino en proteger a los poderosos asesinos, a los impulsores de la guerra. Ni se castiga la devastación, ni se persigue la impunidad.
Ahí se pone de manifiesto la arrogancia del poder imperial: se trata de colocar a ciertos Estados, a ciertos dirigentes y a ciertos ejércitos, por encima de toda rendición de cuentas. En definitiva, el mundo que concibe Trump no está alineado, en absoluto, con una concepción universal y justa del derecho, sino con una jerarquía en la que unos pueden ser juzgados y otros quedan protegidos bajo el poderío económico, militar y político de la gran potencia.
Esa es la obscenidad y la grave inversión moral de nuestro tiempo: mientras Occidente proclama los derechos humanos como fundamento de la civilización democrática, se relativizan -o se ignoran- las víctimas que no están en el «lado correcto del mapa». Aparecen en ese momento los infinitos matices que justifican lo injustificable: cautelas diplomáticas, excusas geopolíticas, referencias a la seguridad, silencios calculados… Sin embargo, nada de todo eso sirve como fundamento absolutamente de nada y, mucho menos, como justificación para la destrucción física y moral de un pueblo.
Netanyahu asesina con su ejército; Trump le cubre las espaldas. Uno proporciona sufrimiento; el otro intimida a quienes pretenden investigar los hechos y juzgarlos.
Es cierto que el pueblo judío sufrió en el Holocausto una de las mayores atrocidades de la historia. Ese horror inmenso merece memoria, respeto y una vigilancia frente a toda forma de antisemitismo. Pero reconocer el sufrimiento del pueblo judío no evita ni limita la crítica a Netanyahu, sino que la convierte en más exigente moralmente. La memoria del Holocausto nunca debería ser utilizada como escudo político o como coartada para justificar cualquier acción del Estado de Israel, o para silenciar el sufrimiento y la muerte de los palestinos.
Tampoco es válida la referencia a los ataques de Hamás en octubre de 2023. Hay que decirlo con contundencia, sí, Hamás cometió crímenes atroces el 7 de octubre de ese año. La toma de rehenes y el asesinato de civiles fueron actos criminales. Pero precisamente por eso la respuesta de un Estado no puede consistir en reproducir una lógica de destrucción masiva contra la población civil. La existencia de un crimen no autoriza otro crimen. El horror sufrido no concede licencia ilimitada para infligir otro horror aún mayor.
Netanyahu gobierna como si la seguridad de Israel pudiera edificarse sobre las ruinas ilimitadas de Palestina. Pero no hay ninguna seguridad verdadera que pueda fundarse sobre la destrucción moral del adversario: ¿acaso el pueblo israelí queda más seguro cuando ha provocado que otro pueblo sea reducido a escombros, hambre y desesperación?
Netanyahu, que confunde la seguridad propia con la devastación ajena, parece no conocer las lecciones más amargas de la historia: que ningún poder se vuelve legítimo por aplastar al débil; ningún Estado es más seguro por destruir la dignidad de otro pueblo; ninguna victoria militar sirve para ocultar por siempre una derrota moral. Netanyahu y su ejército criminal podrán ufanarse de la destrucción, del miedo, del hambre, de la desesperación. Pero nunca podrán sentir el orgullo de que han alcanzado una paz ni verdadera ni justa.
Por su parte, Trump, representa otra forma de brutalidad: la del dirigente que convierte la política mundial en un escenario para desplegar su fuerza, sus amenazas, sus negocios y su propaganda. El derecho internacional le importa nada en absoluto. Si acaso, sólo hace referencia a él cuando le resulta útil a su propio poder.
Ambos, Netanyahu y Trump, comparten una misma lógica: la vida humana no sirve como límite del poder, sino como material disponible para sus estrategias.
Y ahí se encuentra el punto filosófico y moral decisivo: ninguna razón de Estado justifica la destrucción física y moral de un pueblo.
La política, se envilece en manos de estos dos personajes y deja de ser el arte de organizar la convivencia para convertirse en administración de de la muerte. La cuestión ya no es cómo vivir juntos, cómo convivir, sino quién merece vivir, quién puede ser sacrificado, o quien debe ser expulsado. Esa es la frontera más peligrosa: cuando el poder decide que algunas vidas importan menos o, sencillamente, no importan nada.
Hannah Arendt –pensadora que miró de frente la responsabilidad humana ante el mal, la violencia y el totalitarismo– nos advirtió que el mal político no siempre aparece bajo una forma monstruosa evidente. No siempre se presenta con gritos o discursos criminales. A veces se presenta bajo un aparente lenguaje de normalidad. Un lenguaje que habla de cálculo estratégico o militar, de decisiones técnicas, burocráticas o económicas, pero ocultando detrás de ellas la radical diferencia entre la vida y la muerte para miles de seres humanos.
Eso ocurre en Gaza y en el Líbano hoy día. Se llama «operaciones» a la destrucción de barrios y ciudades enteras; «daño colateral» a la destrucción de una escuela y a la muerte de decenas de niños y niñas; «control logístico» a la administración del hambre. Esa es la normalidad que Trump y Netanyahu han impuesto en esos territorios. Una normalidad insoportable que viene acompañada por el incesante incremento de las estadísticas de devastación, muerte, sufrimiento, hambre, expulsión e infancias destruidas.
Netanyahu ha traspasado demasiados límites con total impunidad. Y Trump ha actuado demasiadas veces como protector político de esa impunidad. Mientras uno ejecuta la lógica de la devastación. El otro la ampara, la bendice o la protege impidiendo la acción de los tribunales. Son dos formas complementarias de ejercer la misma ambición de poder. Ambos tienen la convicción de que los fuertes no deben rendir cuentas.
Pero deben rendirlas.
Deben rendir cuentas ante la justicia, ante la historia y ante la conciencia moral de una humanidad que no puede seguir mirando hacia otro lado. Porque el problema no es solo lo que hacen Trump y Netanyahu. El problema es también el mundo que les permite hacerlo. El problema son los gobiernos que callan cuando deberían denunciar; las instituciones que efectúan sus cálculos en vez de proteger decididamente a las víctimas de esta atrocidad; también los medios que suavizan con eufemismos lo que deberían definir con claridad lo que no son acciones militares, sino asesinatos; y también los ciudadanos que nos acostumbramos poco a poco al horror.
Esto último es una de las grandes derrotas morales de nuestro tiempo, la facilidad con la que se asimila el sufrimiento ajeno cuando no afecta directamente a nuestros intereses y aceptar que los poderosos puedan matar sin consecuencias. Por lo tanto, no basta con señalar a los que ordenan las masacres y los asesinatos. Hay que señalar también el trasfondo moral que justifica o ampara esa violencia: las tibias condenas, los silencios cómplices, los vetos, las excusas, las negociaciones eternas que siempre llegan tarde para los muertos, las abstenciones calculadas, la podredumbre de la complicidad con la barbarie.
Hay que maldecir a estos miserables y enfrentarse a un mundo sin límites jurídicos, sin freno moral y sin responsabilidad internacional. Trump y Netanyahu simbolizan la falta de respeto por la vida, la sustitución del derecho por la fuerza, o la seguridad como excusa para el exterminio. Son dos personajes siniestros que dominan esta época oscura en la que se está convirtiendo nuestra realidad geopolítica actual. Y es oscura porque es la democracia la que está conviviendo con la crueldad: han sido las urnas las que han llevado al poder a hombres que están dispuestos a pisotear la dignidad humana. Hombres cuya boca se ensucia cuando tras el lenguaje de patria, seguridad, paz o derechos, lo que queda es hambre, ruina y cadáveres.
Frente a todo esto, la prudencia diplomática no es suficiente. Tampoco lo es la equidistancia cómoda. No es suficiente con expresiones como «la situación es compleja» y no comprometerse nunca. Ante miles de muertos, es asqueroso rendir pleitesía a gente como Trump y Netanyahu o actuar, por ejemplo, con la servidumbre con la que actuó el secretario general de la OTAN –Rutte-, halagando en sus mensajes al presidente norteamericano, como un vulgar pelota. Junto a Rutte, aparece también la tibieza de Ursula von der Leyen, emblema de una Europa que presume de valores, pero que se detiene casi siempre cuando hay que adoptar medidas concretas…
Todo eso no es más que cobardía, y en algún momento habrá que tomar partido. Por supuesto, no por ningún fanatismo ni por ningún terrorismo -como el de Hamás-; no por ningún ejército asesino; no por ningún político sin escrúpulos por muy poderoso que sea. Por lo que hay que tomar partido es por las víctimas inocentes, por los niños, por los hospitales, por la justicia. Por la idea básica de que ningún gobernante tiene el derecho de convertir un territorio entero en un campo de sufrimiento.
Trump y Netanyahu pasarán. Pero la pregunta que dejan abierta permanecerá: ¿qué hicimos nosotros mientras la política se convertía en una maquinaria de muerte?
Esa pregunta, tarde o temprano, nos alcanzará. De hecho, ya alcanza a muchos ciudadanos que contemplamos con horror estos acontecimientos. Y no podremos decir que no sabíamos. Sabíamos. Vimos las imágenes. Leímos los informes. Escuchamos las advertencias. Conocimos las órdenes de arresto, las sanciones, los bloqueos, los bombardeos, el hambre, los muertos.
Sabíamos.
Y por eso callar no es neutralidad. Callar es una forma de colaboración moral con el desastre.
La humanidad empieza donde termina la indiferencia. Y hoy, ante Trump y Netanyahu, ante Gaza y el Líbano, ante la impunidad de los poderosos, nuestra primera obligación ética es dejar de ser indiferentes, no acostumbrarnos. No acostumbrarnos al horror; no callar; no acostumbrarnos al cinismo; no acostumbrarnos a que dos hombres con poder puedan decidir, directa o indirectamente, la cantidad de muerte que desean provocar.
La cifra oficial de muertes en Gaza, provocadas por el ejército israelí es de 73.000, de las cuales 21.000 serían niños… La cifra real será mucho mayor.

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