Feijóo y la autocracia: una idiotez

23 de Junio de 2026

Después de que la Mesa del Congreso impidiera votar unas iniciativas del Partido Popular y de Junts que pretendían instar a Pedro Sánchez a convocar elecciones anticipadas, Alberto Núñez Feijóo ha vuelto a pronunciar una de esas frases que están pensadas, no para explicar la realidad, sino para incendiarla: «¿Este es el Congreso de una democracia o de una autocracia?». La Mesa consideró que la disolución de las Cortes es una facultad que corresponde constitucionalmente al presidente del Gobierno. Mejor dicho, es el presidente quien propone formalmente la disolución, la cual es decretada por el rey, de acuerdo con el artículo 115 de la Constitución.


Es cierto que la decisión de la Mesa puede ser sometida a debate. Puede analizarse si habría sido políticamente conveniente permitir ese debate, aunque su resultado no tuviera efectos jurídicos vinculantes. Puede incluso criticarse que las mayorías parlamentarias utilicen los órganos de gobierno de las Cámaras para controlar determinadas iniciativas. Todo eso forma parte de una discusión democrática perfectamente legítima.

Pero llamar autocracia a lo sucedido no es una crítica política. Es una idiotez.

Feijóo tiene todo el derecho a cuestionar al Gobierno e, incluso, a pedir elecciones anticipadas. Pero un dirigente que aspira a presidir España debería tener mucho más claro la diferencia entre discrepancias reglamentarias, derrotas parlamentarias y algo tan serio como la abolición de la democracia.

Todos sabemos –aunque el Sr. Feijóo parece ignorarlo– que una autocracia es un sistema en el que el poder se concentra en una sola persona o en un grupo reducido, sin controles efectivos; la oposición es perseguida o neutralizada y no puede desarrollar su actividad libremente; las elecciones dejan de ser competitivas, la prensa pierde su libertad y las instituciones son sometidas a la voluntad de un gobernante.

Sr. Feijóo: ¿En serio cree usted que todo lo anterior está ocurriendo realmente en España y en el Congreso de los Diputados? ¿Lo que está diciendo el presidente del Partido Popular es que en España la oposición es perseguida o ilegalizada? ¿Que el Partido Popular no puede presentarse a las elecciones, gobernar en municipios y comunidades autónomas, ni promover iniciativas o criticar diariamente al Gobierno? ¿en serio el líder de la oposición defiende todas esas falsedades?

Sin embargo, lo que resulta es que sucede todo lo contrario: el Partido Popular ocupa sus escaños, participa en las votaciones, interroga al Gobierno, comparece diariamente ante los medios, gobierna en numerosas comunidades autónomas y ayuntamientos, domina el Senado y puede acudir a los tribunales cuando considera vulnerados sus derechos. Feijóo puede recorrer España llamando autócrata al presidente del Gobierno sin que nada ni nadie le impida hacerlo. De hecho, cuando denuncia que vive en una autocracia, esa denuncia es recogida, retransmitida y amplificada por televisiones, radios y periódicos. Incluso, otros líderes del mismo partido que Feijóo complementan la acusación de autócrata al presidente del gobierno con otras «lindezas» verbales como la afamada hijo de puta, transformada después en «me gusta la fruta», para regocijo de la derecha.

Por tanto, el Sr. Feijóo dice estar bajo una autocracia que es bastante singular: una autocracia en la que él, el supuesto perseguido y víctima del poder de Sánchez, tiene a su disposición una formidable maquinaria institucional, económica y mediática que le permite repetir todos los días, con total libertad, que está siendo silenciado y perseguido. Una autocracia, en suma, verdaderamente extraña, en la que el presunto represaliado ocupa tribunas, domina gobiernos autonómicos y municipales, cuenta con una amplia representación parlamentaria y encuentra amplificación en los altavoces permanentes de periódicos, radios y televisiones. Es inmoral que un aspirante a presidir el gobierno se presente como «víctima de un régimen autoritario» mientras dispone, a la vez, de tantos medios para desacreditar públicamente dicho régimen.

En este contexto, la palabra «autocracia», en el modo en que la emplea Feijóo, no designa una manera concreta de dominación o práctica política, sino que es, simplemente, una forma de insulto. Significa simplemente: no me han dado la razón.

Esta degradación del lenguaje no es inocente. Cuando todo desacuerdo se presenta como dictadura, toda decisión contraria como golpe de Estado y toda mayoría rival como ilegítima, la democracia deja de ser entendida como un sistema de reglas compartidas. Se convierte en una propiedad privada: solo hay democracia cuando gobiernan los míos.

Lo más llamativo es que Feijóo conoce a la perfección los mecanismos parlamentarios. Es decir, sabe cómo el Congreso puede retirar la confianza al Gobierno. La Constitución establece que el presidente puede plantear una cuestión de confianza, pero esa decisión solo le corresponde al propio presidente. También nuestra Constitución permite que el Congreso exija responsabilidad política mediante una moción de censura, que debe ser presentada por al menos una décima parte de los diputados, incluir un candidato alternativo y obtener mayoría absoluta.  

El Partido Popular tiene diputados suficientes para presentar esa moción.

¿Por qué no lo hace?

Porque Feijóo sabe que no cuenta con los apoyos necesarios para ganarla. El propio dirigente popular ha alegado en ocasiones esa falta de respaldo para no registrar una moción de censura, en la creencia de que perder dicha moción daría un respiro al presidente Sánchez.  

Ahí está el verdadero problema. No es un problema de funcionamiento institucional, sino que es un problema meramente político. Feijóo quiere que Pedro Sánchez abandone el Gobierno, pero no dispone de una mayoría parlamentaria capaz de sustituirlo. Le encantaría provocar los efectos políticos de una moción de censura, pero no es capaz de afrontar ese mecanismo constitucional. Desea que otros partidos derriben a Sánchez, pero es incapaz de aglutinar a esos partidos alrededor de su propia candidatura, entre otras cosas por sus acuerdos con Vox, que no gustan nada a otros grupos parlamentarios.

Conclusión: en lugar de reconocer y asumir su incapacidad para construir una mayoría alternativa, acusa al Congreso de ser una autocracia. En el fondo, es una maniobra de distracción por la que trata de convertir la propia impotencia en una ilegitimidad que es falsa: la autocracia.


Feijóo afirmó también: «No nos dejan votar en urna ni tampoco a los diputados en el Congreso». La frase reúne dos falsedades diferentes, con el objetivo de «fabricar una sensación de que nuestra democracia está secuestrada».

En primer lugar, que no se convoquen elecciones cuando a la oposición le viene en gana no significa que se impida votar a los ciudadanos. En una democracia parlamentaria las elecciones se celebran cuando termina la legislatura o cuando el presidente decide adelantarla dentro de las prerrogativas que la Constitución le ofrece. La oposición puede exigir elecciones, reclamarlas en la calle, defenderlas en los medios o convertirlas en el centro de su estrategia. Pero no posee ningún tipo de un derecho automático a obtenerlas cuando las encuestas le resultan favorables.

En segundo lugar, otra mentira más: los diputados claro que votan. Están votando constantemente en el Congreso. Lo que no pueden hacer es transformar cualquier deseo político en una decisión constitucionalmente eficaz. Una Cámara democrática también tiene reglas sobre qué iniciativas pueden tramitarse, en qué términos y con qué consecuencias.

En resumen, se puede cuestionar la interpretación de la Mesa, pero es de idiotas afirmar seriamente que la democracia ha desaparecido y se ha transformado en una autocracia, simplemente porque una propuesta concreta de la oposición no haya sido admitida a votación.


Feijóo añadió otra sentencia memorable y disparatada: «Un Gobierno que no ha sido capaz de presentar el Presupuesto no debería presentarse a las elecciones».  

Resulta difícil encontrarle sentido.

Si un Gobierno no presenta presupuestos, la oposición puede acusarlo de debilidad, parálisis o de incapacidad para articular una mayoría. Puede exigirle que dimita y reclame elecciones. Pero decir que no debería presentarse a ellas es precisamente lo contrario de lo que indica y defiende la lógica democrática.

¿Quién decide qué partidos merecen concurrir a unas elecciones? ¿Feijóo? ¿El Partido Popular? ¿Una comisión que evalúe previamente la calidad de la gestión gubernamental?

Las elecciones existen precisamente para que sean los ciudadanos quienes juzguen al Gobierno. Si Sánchez ha gobernado mal, incumplido sus compromisos o sido incapaz de aprobar los presupuestos, deberán ser los electores quienes lo castiguen. Impedirle presentarse no sería una expresión de democracia, sino su negación.

Feijóo denuncia una supuesta autocracia y, unas frases después, sugiere que el adversario político no debería concurrir a las elecciones. Es difícil condensar una contradicción tan grande en tan pocas palabras.

El discurso se produjo, además, en Valencia, una comunidad marcada por la catástrofe de la dana de 2024 y por la actuación del Gobierno autonómico presidido entonces por Carlos Mazón. La tragedia dejó 230 muertos, y Mazón terminó dimitiendo en noviembre de 2025, abochornado por las víctimas que le afearon su actuación del día de la catástrofe, en la que se permitió el lujo de estar tres horas de sobremesa tras la comida con una periodista. A pesar de ello, Feijóo presentó al gobierno de Mazón como «víctima» del abandono de la Moncloa.  

No hubo en sus palabras ningún tipo de reflexión seria sobre las responsabilidades propias, la gestión autonómica o el desconcierto causado por la conducta de Mazón: la responsabilidad siempre pertenece a los demás. Cuando una situación dramática implica al gobierno del adversario, de inmediato Feijóo y su partido encienden el ventilador para propagar corrupción, autoritarismo o decadencia institucional. Pero si el acontecimiento afecta a una comunidad donde gobierna el Partido Popular, entonces el discurso es que se ha producido un abandono del Estado, una incomprensión, una falta de ayuda y se opta por presentar cualquier tragedia como una oportunidad de oro para su utilización partidista y reforzar el victimismo.

Esa doble vara de medir es ya una característica esencial del discurso de Feijóo.

Feijóo llegó a la dirección nacional del PP presentándose como un dirigente moderado, previsible y con experiencia de gestión. Pero lleva demasiado tiempo atrapado en el discurso de la «exageración». Podría decirse que recurre permanentemente a la hipérbole porque teme que pronunciar frases razonables, sea algo interpretado como debilidad.

La realidad es que Feijóo está en una posición incómoda, fruto de su propia incompetencia como líder, y necesita exagerar continuamente para competir con Ayuso y con Vox. Si ellos hablan de dictadura, ´el habla de autocracia. Si ellos describen al Gobierno como una organización criminal, él anuncia el mayor deterioro político de nuestra historia. Si la Mesa rechaza una iniciativa, él afirma que los diputados están amordazados.

El resultado es un político que ya no distingue entre la estridencia y la exposición de convicciones firmes.

La oposición tiene razones suficientes para fiscalizar duramente al Gobierno: los casos de corrupción deben investigarse –de hecho se investigan, se juzgan y se condenan penalmente– y exigir explicaciones al Gobierno. La ausencia de presupuestos merece una crítica severa. La dependencia de socios que amenazan periódicamente con retirar su apoyo muestra que la legislatura está en una posición muy frágil en estos momentos. Pero, nada de eso necesita ser adornado con disparates e idioteces. Feijóo está demostrando no tener capacidad política para formular todas esas críticas sin recurrir a los mismos tópicos, entre ellos, el hundimiento de España, la desaparición de la democracia o la idea de que vivimos bajo una autocracia.

Democracia no significa obedecer a Feijóo

La democracia no consiste en que el Gobierno haga lo que exige el jefe de la oposición. Tampoco significa que todas las iniciativas deban tramitarse exactamente como desea quien las presenta. Significa que existen instituciones, mayorías, procedimientos, controles y mecanismos para sustituir a un Gobierno.

Feijóo dispone de uno muy claro: presentar una moción de censura, proponer un candidato y buscar los votos necesarios. Lo que no puede pretender es que su incapacidad política para conseguir esos votos faltantes, se convierta por arte de magia en la prueba de que estamos bajo un régimen autoritario. Lo que ocurre es bastante más sencillo: el líder del PP todavía no ha sido capaz de construir una mayoría alternativa.

Todo lo demás —las mordazas imaginarias, las urnas secuestradas, el Congreso autocráticoes ruido. Un «cacareo» cada vez más estridente con el que Feijóo intenta disimular que, detrás de tantas palabras grandilocuentes, sigue sin ofrecer una respuesta política a una pregunta decisiva: si Sánchez debe marcharse, ¿por qué Feijóo no logra reunir los votos para sustituirlo?

La democracia no está obligada a corregir el fracaso de Feijóo. Y llamar autocracia al sistema porque no se le entrega el poder, ni es capaz de acceder a él por lo medios constitucionales es, además de una irresponsabilidad, una solemne idiotez.

El mensaje implícito de Feijóo termina siendo profundamente peligroso: el Congreso solo sería democrático cuando da la razón al Partido Popular; cuando no se la da, se convierte en autocrático. Eso no es ni ser demócrata ni defender la democracia…

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