
Hegel no es un filósofo cómodo. Hay otros pensadores que nos reciben con cierta claridad. aunque traten sobre problemas difíciles. Pueden seguirse sus argumentos y conceptos con cierta tranquilidad. Con Hegel, en cambio, resulta mucho más difícil. Su escritura es densa y su vocabulario parece levantar una barrera ante el lector. Desarrolla un sistema que trata de abarcar prácticamente todos los ámbitos de la realidad: la lógica, la naturaleza, la conciencia, la historia, el derecho, la política, el arte, la religión y la filosofía.
Hegel es un pensador inevitable que representa una de las cimas del pensamiento occidental. Para otros, en cambio, es un pensador para quien la realidad debe encajar en un sistema previamente construido. Schopenhauer lo trató con hostilidad; Kierkegaard manifestó que su sistema se olvida de la existencia concreta del individuo; Russell vio en él una de las mayores expresiones de la especulación idealista; y Marx pensó que era necesario llevar a cabo una interpretación materialista de su dialéctica.
Tal vez, la manera de acercarse a Hegel sea no ver en él un autor que debe aceptarse sin reserva alguna, pero tampoco como un mero fabricante de frases incomprensibles o de oscuridades filosóficas. Es uno de los pensadores que llevó hasta el límite algunas de las grandes preguntas filosóficas: ¿qué es la razón? ¿qué es la realidad? ¿cómo se relaciona el pensamiento con la historia? ¿qué lugar ocupa la contradicción en la vida humana? Hegel nos hace mirar el mundo y la realidad no como algo inmóvil o cerrado, ni la historia como simple sucesión de acontecimientos o la libertad como una propiedad exclusivamente del individuo. Para él, el mundo no es una colección de cosas terminadas, sino un proceso atravesado por relaciones, conflictos, mediaciones y contradicciones.
La primera dificultad de Hegel está en su ambición. No quiere ofrecer una teoría parcial sobre el conocimiento, la moral, el arte, la religión o la política. Quiere pensar “el todo”. Eso no significa que pretenda acumular todos los conocimientos que son posibles, como si de una enciclopedia infinita se tratara, sino que trata de comprender la realidad como un conjunto relacionado, en el que cada elemento adquiere pleno sentido por su relación con los demás. La realidad NO está formada por cosas aisladas que primero existen por sí mismas y luego se relacionan entre ellas. Al contrario, cada realidad lo es por la historia de la que procede, por las tensiones que lleva en su interior y por las relaciones que mantiene con lo que le rodea.
Algo similar ocurre con el individuo: una persona no es una identidad fija y acabada ni sólo una realidad biológica. Es el resultado de una realidad que se despliega y se forma a través de una lengua, una educación, unas relaciones familiares, una sociedad, una cultura, del reconocimiento que obtiene de los demás y de una época histórica. Para comprender verdaderamente quién es, hay que considerar toda esa historia suya y el proceso que ha seguido.
Hegel piensa que la realidad no es una sucesión dispersa de hechos, sino un proceso racional que se despliega históricamente. Eso significa que, según Hegel, nada puede ser comprendido de manera aislada. Cualquier individuo, institución, idea o acontecimiento histórico, forman parte de una red de relaciones más amplia. Por eso, Hegel afirma que «lo verdadero es el todo«: cualquier verdad parcial puede ser correcta, pero es insuficiente si se separa del contexto o proceso al que pertenece. Todo lo existente posee un desarrollo, unas relaciones y unos límites que sólo se revelan a través del proceso.
Pero, «pensar el todo» también significa que la realidad está en movimiento. En efecto, al concebir la realidad como proceso, Hegel NO piensa la realidad o el todo como una suma inmóvil de sus partes: la realidad es proceso histórico, desarrollo, movimiento; un devenir mediante el cual esas partes se relacionan, entran en tensión y se transforman mutuamente. Así lo dice en su obra «La Fenomenología del Espíritu»:
«Das Wahre ist das Ganze. Das Ganze aber ist nur das durch seine Entwicklung sich vollendende Wesen» (Lo verdadero es el todo. Pero el todo es solamente la esencia que se completa mediante su propio desarrollo. Hegel, Fenomenología del Espíritu)
Por tanto, para Hegel, la realidad está viva y contiene tensiones internas que provocan sus transformaciones y cambios –más adelante haremos referencia a la contradicción–.
Dicho de otra forma, la historia humana avanza porque las formas de vida, las instituciones, las ideas y las sociedades contienen en sí conflictos que exigen poder ser superados. Tomemos como ejemplo la Revolución Francesa. Esta no se puede entender como una sucesión de revueltas, nuevas leyes y ejecuciones en la guillotina. Para su comprensión es necesario situarla en un proceso histórico mucho más amplio: la crisis del Antiguo Régimen, la aparición de una conciencia de libertad más moderna, la lucha entre la igualdad y el privilegio o la necesidad de contar con nuevas instituciones que permitan que la libertad pueda realizarse.
Vivimos rodeados de fragmentos, de opiniones inmediatas, de reacciones rápidas, de datos muchas veces inconexos y sin articulación. Pero lo inmediato, para Hegel, siempre resulta insuficiente. Lo inmediato es lo que aparece ante nosotros sin que hayamos todavía examinado su condiciones, relaciones y mediaciones. Frente a ese mundo que se nos presenta fragmentado, Hegel conserva una fuerza incómoda: nos recuerda que pensar exige relacionar, comprender procesos, descubrir tensiones y no conformarse con permanecer en la superficie de los hechos.
Otro aspecto esencial en el pensamiento de Hegel es la cuestión de cómo la razón se despliega en la historia. Esta idea conviene precisarla para evitar que se pueda interpretar, de manera errónea, que Hegel está afirmando que todo suceso histórico está moralmente justificado.
Lo cierto es que no todo lo que ocurre históricamente es bueno, justo o moralmente aceptable. Las guerras, persecuciones, injusticias, opresión y sufrimiento forman parte del proceso histórico, pero no por ello dejan de ser males terribles. Hegel lo sabe y no tiene la intención de justificar moralmente cada acontecimiento concreto, ni afirmar que la historia avanza de manera pacífica y armoniosa. Lo que Hegel sostiene es que la historia no es un mero caos de hechos, sino un proceso en el que la razón intenta realizarse (1), aunque lo haga de manera conflictiva, dolorosa o, en ocasiones, trágica.
Cuando Hegel habla de que la razón intenta realizarse o desplegarse en la historia, quiere decir que, tras la sucesión de acontecimientos, hay un movimiento general consistente en que la humanidad comprende cada vez con mayor profundidad lo que significa la libertad y ser libre. Es decir, un movimiento que supone una progresiva toma de conciencia de la libertad.
Retengamos algo importante: la toma de conciencia de la libertad no aparece de golpe, de manera completa y desde el principio. Se desarrolla lentamente y adopta diferentes formas históricas, desde la antigüedad hasta la modernidad.
En conclusión, para Hegel, la historia universal se entiende como un proceso a través del cual los seres humanos comprenden que son libres y tratan de convertir esa conciencia de libertad en una realidad política, jurídica y social.
(1) Cuando Hegel dice que «la razón intenta realizarse», no quiere decir que una mente invisible organice cada hecho ni que todo lo ocurrido sea bueno o justo. Quiere decir que determinadas ideas racionales —como la libertad, el derecho o el reconocimiento de la dignidad humana, entre otras— van tomando forma en instituciones concretas, como las leyes, el Estado o la ciudadanía.
Por ejemplo, en las sociedades antiguas se pensaba que solo algunos hombres eran libres. En Grecia, la libertad política convivía con la esclavitud. Más adelante, el cristianismo afirmó la igualdad espiritual de todos los seres humanos. Finalmente, las revoluciones modernas proclamaron que todos debían ser libres ante la ley. La idea de libertad, por tanto, se fue haciendo cada vez más universal: dejó de ser concebida como el privilegio de unos pocos, sino como la condición propia de todo ser humano. (Esta idea la recoge Hegel en sus «Lecciones sobre la filosofía de la historia universal», cursos impartidos entre 1822 y 1831 en la Universidad de Berlín)
La idea de que la razón intenta realizarse o desplegarse a través de un proceso histórico y conducir hacia una conciencia de libertad cada vez mayor presenta, no obstante, algunas dificultades importantes. ¿El motivo? Que después de las grandes catástrofes del siglo XX –las guerras mundiales, los campos de concentración, el exterminio, las dos bombas atómicas-, quizá debamos desconfiar de los sistemas que pretenden dar una explicación de la totalidad, o simplemente preguntarnos: ¿Cómo puede ser racional una historia llena de violencia?
Evidentemente, Hegel no defiende que todos esos hechos sean moralmente buenos, pero al quedar integrados en un proceso racional se corre el riesgo de interpretarlos como momentos que son necesarios para alcanzar formas superiores de libertad y que las víctimas de tanto sufrimiento queden convertidas en el inevitable precio que se ha de pagar por el progreso.
¿Y eso debe ser así?
Rotundamente NO. El hecho de que una tragedia histórica haya servido para producir un cambio no significa que las víctimas tuvieran que ser sacrificadas ni que su sufrimiento fuera moralmente necesario.
En primer lugar porque una necesidad histórica no equivale necesariamente a una necesidad moral; en segundo lugar porque miramos la historia desde el conocimiento de lo que ya sucedió y tendemos a caer en la tentación de pensar que todo eso ocurrió de manera inevitable, olvidando que las decisiones tomadas pudieron haber sido otras y quizá parte del sufrimiento se habría evitado; por último, hay que reforzar la idea de que ningún progreso posterior compensa completamente la destrucción de una vida. La conquista de la libertad y de los derechos son valiosas, pero no convierten, retrospectivamente, el dolor de las víctimas en algo bueno.
En resumidas cuentas, las tragedias pueden traer consecuencias históricas importantes, pero eso no significa que fueran necesarias, ni que las víctimas deban ser el precio del progreso histórico.
Entonces, ¿es posible un proceso histórico sin víctimas? Dejo abierta esta cuestión para la reflexión del lector…
La dialéctica, uno de los núcleos de su pensamiento.
La concepción dinámica de la realidad que Hegel defiende tiene su expresión en la dialéctica. Esta afirmación puede servir como una orientación inicial y básica, pero hay que indicar también que, a menudo, se reduce la dialéctica de Hegel a la consabida fórmula escolar de «tesis, antítesis y síntesis». Eso supone una simplificación y empobrecimiento del problema porque puede hacernos pensar que la dialéctica es un mecanismo que actúa automáticamente. Es decir, primero hay una afirmación, después surge su contrario y, finalmente, ambos se combinan en una especie de solución intermedia.
Pero, lo cierto es que Hegel no piensa de ese modo: NO concibe el movimiento de la realidad de esa manera tan mecánica.
La dialéctica hegeliana no puede reducirse a la sucesión automática de «tesis, antítesis y síntesis», sino que constituye un movimiento mediante el cual la realidad pone de manifiesto sus propios límites, produce su negación y se transforma en una forma más compleja que, sin embargo, conserva y supera aspectos de la forma anterior. Toda realidad está viva; no permanece cerrada ni acabada en sí misma. En su interior hay relaciones, diferencias y tensiones que la empujan a superar su estado presente. «Pensar dialécticamente» significa descubrir las claves de esas tensiones internas, las contradicciones que contiene, qué es lo que esa realidad quiere cambiar y qué nuevas posibilidades intentan desplegarse.
La sucesión de «tesis, antítesis, síntesis» presenta la dialéctica como si fuera un esquema externo que se aplica a la realidad. Pero Hegel, en cambio, entiende que «pensar dialécticamente» es penetrar en una realidad concreta para encontrar sus contradicciones internas. Son esas contradicciones, surgidas en la propia realidad y no impuestas desde fuera, las que impulsan su transformación hacia más allá de su forma inicial.
Surge la contradicción
La contradicción no es simplemente un error del pensamiento. En el terreno de la lógica común, contradecirse supone un fracaso del razonamiento. Desde Aristóteles, la lógica tradicional sostiene que una cosa no puede ser al mismo tiempo ella misma y su contrario. Así lo establece el conocido «principio de no contradicción» cuando afirma: una cosa «no puede ser y no ser» al mismo tiempo «bajo el mismo aspecto».
Con ello queremos decir que no podemos atribuir a una misma realidad dos propiedades absolutamente incompatibles a la vez que mantenemos las mismas condiciones. En ese sentido, la expresión «bajo el mismo aspecto» resulta esencial. ¿Por qué? Porque una misma realidad sí que puede recibir afirmaciones opuestas, pero cuando es considerada desde perspectivas distintas. Por ejemplo, una persona puede ser alta y baja a la vez: alta con respecto a un niño pequeño y baja con respecto a un jugador de baloncesto. En este ejemplo y otros similares, no se incurre en contradicción porque las afirmaciones acerca de una misma realidad se hacen desde puntos de vista diferentes. También una misma realidad soporta afirmaciones contrarias si tenemos en cuenta el momento temporal. Por ejemplo, una hoja puede ser «verde en primavera y marrón en otoño«. La contradicción sólo estaría presente si afirmamos ambas cosas simultáneamente, sin introducir ninguna variación temporal.
Esa pequeña incursión que hemos realizado en el terreno de la lógica tradicional pone de manifiesto que la contradicción representa una ruptura de la coherencia. Un pensamiento contradictorio no puede mantenerse de manera estable porque afirma y niega simultáneamente el mismo contenido. En esos casos, la tarea del razonamiento consiste en localizar la contradicción, corregirla y determinar cuál de las dos afirmaciones debe abandonarse o formularse de otro modo.
Sin embargo, Hegel cree que el «principio de no contradicción», aunque es necesario, no es suficiente para comprender todas las dimensiones de la realidad histórica. Lo que él discute es que la realidad pueda ser comprendida como un conjunto de identidades inmóviles y sin tensiones internas. ¿Por qué? Porque Hegel sospecha que la vida real es más compleja que las certezas abstractas: Una sociedad puede proclamarse libre y sostener formas de dominación. Un individuo puede buscar autonomía y depender profundamente del reconocimiento de los demás. Una institución puede nacer para garantizar derechos y acabar reproduciendo desigualdades. Es decir, para Hegel, además de la contradicción puramente formal o lógica, existen otras contradicciones que son fruto de las tensiones existentes en las cosas. La realidad histórica puede contener elementos opuestos que conviven y luchan entre sí, impulsando las transformaciones de dicha realidad. Por ejemplo, una democracia afirma que todos los ciudadanos son políticamente iguales. Sin embargo, pueden existir enormes desigualdades económicas, sociales y culturales que convierten esa igualdad en algo incompleto. La contradicción no consiste en decir, simplemente, que la democracia existe y no existe. Es advertir que una sociedad que se define como democrática puede tener un funcionamiento efectivo que niega el principio de igualdad que declara defender.
En definitiva, para Hegel la contradicción no es solamente un defecto lógico, sino que se convierte en el motor que hace posible que la realidad se transforme y llegue a comprenderse a sí misma. Por tanto, La contradicción no es únicamente destructiva. Puede ser también productiva, porque revela los límites de una determinada realidad y la empuja a transformarse en una nueva realidad más compleja.
Para explica cómo se produce la transformación dialéctica de una realidad, Hegel recurre al concepto de «negación determinada».
La negación determinada es diferente de la negación que se limita a rechazar algo. Consiste en una negación que nace del descubrimiento de un límite concreto en la realidad y, por tanto, no rechaza la realidad desde fuera, sino que muestra porqué esa realidad fracasa de acuerdo con sus propios principios.
El término clave que utiliza Hegel es «Aufhebung», que suele traducirse como «superación«, aunque es posible asignar a dicho término tres significados: negar, conservar y elevar a un nivel más complejo. Vamos a verlo con un poco más de detalle.
La superación supone negar porque superar algo implica poner fin a una realidad anterior y concreta que tiene sus limitaciones internas y no puede ser mantenida tal y como es. La negación de esa realidad significa que algo deja de existir en la forma que poseía anteriormente y se transforma. Sin embargo, lo superado no desaparece por completo porque siempre queda algo de verdadero que se conserva. Por eso, en la dialéctica de Hegel, negar –en el sentido de negación determinada, que hemos señalado anteriormente– no es un borrado absoluto. Por último, negar y conservar producen una nueva realidad que integra elementos anteriores en una nueva forma más desarrollada. Tenemos el clásico ejemplo de una planta: la semilla llega un momento en que deja de ser semilla (negación); algo de ella se conserva cuando se va transformando en planta (conservación); finalmente, surge una planta como realidad más compleja y desarrollada.
Cuando una forma es «superada dialécticamente», algo de ella desaparece pero también algo de ella permanece y algo adquiere un sentido nuevo. La vida adulta, por ejemplo, supera a la infancia, pero no la elimina por completo porque conservamos experiencias, aprendizajes y vínculos que toman otro significado.
Por eso, no es del todo adecuado traducir Aufhebung como síntesis. La síntesis puede sugerir que se toman dos posiciones exteriores y se mezclan. Pero, en Hegel, la nueva realidad nace del desarrollo interno de una realidad anterior.
Por todo lo que estamos comentando, Hegel es un pensador tan importante para comprender la política. Allí donde otros ven solo desorden, enfrentamiento o decadencia, él descubre el movimiento profundo de la realidad social. El conflicto no es para Hegel algo accidental que perturba una sociedad. Es la manifestación de las contradicciones internas que revelan que una determinada forma de vida ya no responde a las necesidades, a las aspiraciones ni a las exigencias de de los que viven en ella.
La Revolución Francesa marcó profundamente su pensamiento porque mostró ante sus ojos la entrada de la libertad en la historia, de una manera radical –nuestro filósofo tenía 18 años cuando comenzó la Revolución Francesa en 1789-. El proceso revolucionario le mostró con claridad que la historia no era una sucesión tranquila de acontecimientos y costumbres que se heredan, sino un campo de fuerzas en el que la libertad intenta abrirse paso. Ahora bien, Hegel no fue un revolucionario ingenuo. Comprendió que la libertad no podía quedarse en una pura expansión subjetiva. Es decir, la libertad no debe entenderse solamente como un impulso interior, un deseo de romper los límites existentes. El proceso es mucho más complejo. Es cierto que la libertad aparece en su momento inicial como ruptura, negación y desobediencia del orden establecido. Pero eso no es suficiente para crear una verdadera sociedad libre. La libertad tiene que pasar desde una concepción en abstracto a realizaciones concretas. No basta con afirmar que todos los seres humanos son libres, porque esa declaración queda vacía si no existen leyes que protejan esa libertad, tribunales que la garanticen, instituciones que la hagan efectiva y condiciones sociales que permitan ejercerla.
Hay que retener la idea esencial de que ser libre no significa carecer de toda norma. Al contrario, ser libre es reconocerse en aquellas normas que son razonables, universales y compatibles con la libertad de los demás. En definitiva, la libertad tiene que encarnarse en leyes, instituciones, reconocimiento y vida común.
Aquí aparece una de las frases más famosas y discutidas de Hegel: “todo lo real es racional y todo lo racional es real” (en el prólogo de su obra «Principios de la filosofía del derecho»). Esa rotunda afirmación ha provocado no pocos malentendidos. Si se interpreta de manera superficial, podría entenderse que todo cuanto existe queda justificado por la razón. Es decir, que cualquier gobierno, institución, desigualdad o injusticia sería racional por el simple hecho de que forma parte de la realidad.
Sin embargo, es una interpretación simplista. Para acceder al verdadero significado, es necesario adentrarse un poco en lo que Hegel entiende por real y por racional.
Hegel emplea la palabra alemana «wirklich» que puede traducirse como real, pero también como efectivo o actual. Con ese término, Hegel NO se refiere simplemente a todo aquello que existe de hecho. Hegel distingue entre la mera existencia y la realidad efectiva. No todo aquello que existe posee verdadera consistencia racional. Una cosa puede existir de manera inmediata, pasajera o accidental sin ser, por ello, plenamente real en el sentido filosófico.
Para Hegel, algo es verdaderamente real cuando ha desarrollado su propia racionalidad, cuando responde a una necesidad y cuando cumple de manera efectiva con la función que le corresponde. Lo real no se identifica, por tanto, con la mera existencia de algo: exige una coherencia entre lo que ese algo pretende ser y lo que efectivamente es. Por ejemplo, pensemos en una Ley que está vigente pero es injusta o ha quedado históricamente obsoleta. En terminología de Hegel, esa ley no sería plenamente real porque ya no expresa adecuadamente la racionalidad del derecho. Sí lo sería aquella otra ley que responde a una necesidad social racional, que protege la libertad de las personas y que se integra con coherencia en el conjunto del orden jurídico.
Si viviera hoy, Hegel podría hacernos las siguientes preguntas: ¿Es realmente democrática una sociedad que reduce la participación política a votar cada cierto tiempo mientras concentra el poder económico, informativo o institucional en pocas manos? ¿Es verdaderamente libre una sociedad en la que una parte de la población carece de vivienda, educación, sanidad de calidad, seguridad laboral o acceso efectivo a la cultura?
Como vemos, la idea esencial que debe retenerse es que, para Hegel, lo real no es aquello que simplemente existe o está presente ante nosotros. No todo cuanto aparece en el mundo posee, por ese solo motivo, una realidad plena. Algo es verdaderamente real cuando su existencia concreta expresa de manera suficiente el fundamento racional que le corresponde. Ahora bien, el fundamento racional no depende de una mera opinión individual ni de aquello que una persona o un grupo consideran sensato. El fundamento racional, en sentido hegeliano, se refiere a una estructura profunda que permite que la realidad integre sus diferencias y se organice como una totalidad coherente.
La totalidad coherente no quiere decir que todas las diferencias desaparezcan, sino que todas ellas encuentren un lugar dentro del conjunto. El cuerpo humano constituye un buen ejemplo: forma una totalidad coherente, no porque elimine la diversidad de sus órganos, sino porque los articula de tal manera que cada uno contribuye al funcionamiento del conjunto.
Del mismo modo, una sociedad racional no suprime la pluralidad de los individuos, intereses e instituciones. Organiza dicha pluralidad y la hace compatible dentro de un orden común. Pero esa articulación no debe producirse mediante la uniformidad, la obediencia ciega o la imposición, sino a través del derecho, de la libertad y del reconocimiento recíproco.
En conclusión, para Hegel, una sociedad es racional NO porque todos piensen y actúen de la misma manera, sino porque sus diferencias coexisten y se desarrollan dentro de instituciones que permiten a cada individuo que pueda reconocerse como libre y como miembro de una comunidad.
Por lo que se refiere a lo racional, hemos anticipando lo que significa al hablar del concepto hegeliano de realidad. Una realidad es racional cuando sus partes no aparecen simplemente yuxtapuestas, sino articuladas en un conjunto organizado. Cada elemento conserva su singularidad, pero adquiere su sentido a través de la relación que mantiene con los demás y la función que desempeña en la totalidad. La racionalidad no elimina, por tanto, lo diverso, sino que lo ordena y lo integra de manera que cumpla con la finalidad común. Pensemos, por ejemplo, en una escuela. Su racionalidad no consiste en reunir en un mismo espacio edificios, profesores, alumnos, materiales o equipos. La mera acumulación de esos elementos no es todavía una verdadera institución educativa. Para que la escuela sea racional, todos ellos deben estar organizados y relacionados de manera que cumplan con la finalidad que le es propia: educar.
Como vemos, en Hegel, lo real y lo racional están profundamente vinculados. La realidad no es un caos de acontecimientos carentes de sentido, sino que posee una estructura inteligible que la razón puede descubrir y comprender. A su vez, la razón no es una facultad abstracta y separada del mundo, sino un principio que se despliega y se realiza en él.
Por eso, lo verdaderamente real es aquello que expresa y realiza un contenido racional, mientras que lo racional solo alcanza su plenitud cuando deja de ser un ideal abstracto y se concreta o encarna en instituciones, leyes y formas concretas de vida.
Ahora bien, no basta con que una institución exista formalmente para que sea plenamente real en sentido hegeliano. Un tribunal, por ejemplo, sólo realiza verdaderamente su concepto cuando imparte justicia; una escuela, cuando educa; y una democracia, cuando garantiza de manera efectiva la libertad, la participación y la igualdad política.
Cuando alguna realidad deja de cumplir la función que la justifica, surge entonces una contradicción entre lo que pretende ser y lo que efectivamente es. Esa contradicción no es aquí un simple defecto, sino la señal de que una forma histórica ha dejado de cumplir adecuadamente con la finalidad que le daba sentido.
Uno de los peligros de la filosofía de Hegel es que trata de comprender de tal manera la realidad existente que termina por justificarla. ¿Qué quiere decir esto? Hegel sostiene que la realidad histórica posee una estructura racional y que incluso sus conflictos, rupturas y contradicciones forman parte de un proceso de desarrollo más amplio.
Pero esa ahí donde aparece la dificultad. Si todo cuanto ocurre tiene su lugar dentro del despliegue racional de la historia, entonces las guerras, las injusticias, la opresión o el sufrimiento pueden ser vistos como momentos necesarios del proceso histórico. Y surgen inevitables ciertas preguntas: ¿qué ocurre con el sufrimiento concreto? ¿Qué ocurre con las víctimas? ¿Qué ocurre con aquello que no encaja en el sistema? ¿Qué ocurre con las vidas destruidas que no pueden ser reparadas por ningún resultado histórico?
Esta es una de las objeciones más fuertes que pueden hacerse contra Hegel: el pensamiento no debe convertirse nunca en una maquinaria conceptual que justifique retrospectivamente cualquier sufrimiento en nombre de un supuesto proceso histórico superior. Comprender las causas de una tragedia no significa justificarla; tampoco integrar a las víctimas en una explicación general de la historia basta para reparar todo el daño que padecieron.
Cuando la razón deja de mirar el dolor concreto de las personas, pierde su dimensión crítica y humana. Entonces, ya no sirve para comprender y denunciar la injusticia, sino solamente para ordenar los hechos e integrarlos en un relato. Pero hay sufrimientos que permanecen irreparables y víctimas cuya memoria no puede ser disuelta en ningún tipo de explicación general. Ante esos sufrimientos, la tarea del pensamiento no es encontrarles un sentido, sino recordar a las víctimas, reconocer el daño irreparable y exigir justicia.
Sin embargo, no sería justo reducir a Hegel a esa objeción. Su pensamiento también nos ofrece una enseñanza que es decisiva: la libertad no es algo que pertenece solamente al sentimiento privado. No basta con que el individuo se sienta libre en su interior, sino que la libertad ha de realizarse en el mundo, en sus condiciones materiales, jurídicas, políticas y sociales. Una sociedad, en la algunos carecen de derechos o de condiciones dignas de vida, no es una sociedad plenamente racional en sentido hegeliano. La libertad, para Hegel, no es un capricho individual, sino una vida compartida que se organiza de tal modo que el individuo pueda reconocerse en las instituciones que rigen la sociedad de la que forma parte. La libertad no supone, por tanto, hacer lo que a uno le apetece. La ley, a primera vista, puede parecer una limitación de la libertad, sin embargo la ley racional protege a las personas frente a la arbitrariedad y crea un ámbito común en el que la libertad de cada individuo puede coexistir con la de los demás.
Esta idea sigue siendo profundamente actual. Vivimos en democracias que proclaman la igualdad, pero en las que se toleran desigualdades cada vez más hirientes. Defendemos derechos universales, pero aceptamos fronteras morales según convenga al interés económico o geopolítico. Hablamos de ciudadanía, pero muchas veces reducimos la política al espectáculo, al cálculo electoral o a la gestión de los miedos.
En ese contexto, Hegel resulta incómodo porque mira de frente las contradicciones. Nos dice que una comunidad no se comprende por aquello que ella dice de sí misma, sino por las contradicciones y tensiones que la atraviesan y por la forma en que intenta resolverlas.
También resulta interesante dedicar algunas palabras a la diferencia entre moralidad y eticidad.
La moralidad se refiere a la conciencia personal, a las intenciones personales y a la convicción subjetiva de estar actuando correctamente. Pero eso, siendo imprescindible, no resulta suficiente para Hegel. ¿Por qué? Porque las buenas intenciones no bastan para construir una sociedad justa. Una persona puede considerarse moralmente honesta y contribuir -sin advertirlo o sin querer darse cuenta- a que ciertas instituciones generen desigualdad, explotación o exclusión. En cambio la eticidad, es decir, «la vida ética», es una forma de libertad compartida. Tiene su manifestación en las costumbres, el derecho, la familia, la sociedad civil y el Estado. Esa vida ética no tiene un desarrollo en el vacío, sino que precisa de instituciones que la hagan posible.
En resumidas cuentas, los problemas estructurales de una realidad o comunidad social no se pueden resolver sólo mediante la virtud privada. Eso constituye una de las intuiciones de Hegel más actual. Una sociedad justa necesita de buenas personas (moralidad), pero también necesita de buenas instituciones cuya justicia no dependa únicamente de la buena voluntad de quienes la dirigen.
También resulta de interés su idea sobre el reconocimiento. El ser humano no se realiza en soledad, encerrado en sí mismo. No deseamos simplemente sobrevivir biológicamente, necesitamos que los demás nos reconozcan como personas con dignidad, voluntad y libertad.
Sin embargo, el conflicto aparece cuando cada conciencia desea ser reconocida pero puede intentar obtener ese reconocimiento sin reconocer, a su vez, la libertad de la otra. Cada una conciencia pretende imponerse surge la conocida relación entre el amo y el esclavo: la conciencia que se impone se convierte en amo; la otra queda subordinada como esclavo.
A primera vista, parece que el amo vence, porque no trabaja sino que disfruta de los bienes que produce el esclavo y recibe obediencia de este. Pero, la victoria del amo contiene una contradicción: el amo quiere ser reconocido, pero pretende obtener ese reconocimiento mediante la dominación del otro. Sin embargo, ¿adquiere verdadero valor el reconocimiento de una persona que está sometida o dominada? Es evidente que no tiene valor porque dicho reconocimiento procede de un sujeto que no es realmente libre.
Por eso la dominación no puede ofrecer un reconocimiento plenamente satisfactorio. El espíritu solo alcanza formas superiores cuando el reconocimiento se vuelve recíproco. Esto no significa que Hegel idealice la posición del esclavo. Significa que la verdadera solución consiste en alcanzar un reconocimiento recíproco entre sujetos libres.
La dominación, por tanto, es una relación inestable. Parece otorgar poder, pero encierra una contradicción interna. La dialéctica del amo y del esclavo encierra en sí una enorme fuerza ética y política: ninguna sociedad puede fundarse sólidamente sobre la humillación de una parte de sus miembros; ninguna identidad se fortalece negando la dignidad del otro; ningún poder se vuelve verdaderamente legítimo cuando necesita rebajar, excluir o invisibilizar a otros seres humanos. A partir de Hegel, la historia no es sino una lucha por alcanzar las formas más altas de reconocimiento. Eso sigue siendo uno de los motores potentes de la vida humana.
Merece también la pena que dediquemos algunas breves líneas a la idea de Espíritu, tan hegeliana. El nombre puede inducirnos a error. Para Hegel, el Espíritu no debe entenderse como una realidad sobrenatural. El Espíritu es la vida humana cuando se expresa en formas compartidas: el lenguaje, el derecho, las costumbres, las instituciones, el arte, la religión, la ciencia o la filosofía.
Al nacer, nos encontramos en un mundo que ya existía antes de nosotros. No hemos inventado el lenguaje que utilizamos, ni las normas jurídica, ni las obras de arte, las tradiciones o los conocimientos a través de los cuales interpretamos la realidad. Todo eso es resultado de la actividad de generaciones anteriores. El Espíritu está presente en ese proceso histórico que la Humanidad ha desplegado, construyendo un mundo común en donde podemos reconocernos.
En suma, el Espíritu es la propia Humanidad que se hace consciente de sí misma a través de su propia historia.
Hegel pensó, además, que la filosofía no está separada de su época. Que no consiste en una ocupación privada que llevan a cabo pensadores o espíritus solitarios, sino en una forma de conciencia histórica. La filosofía reflexiona sobre su tiempo, recoge sus contradicciones e intenta elevarlas a conceptos. Esta idea es especialmente valiosa hoy. En tiempos de ruido, simplificación y propaganda, la filosofía puede ayudarnos a no quedar atrapados en la inmediatez. Pensar filosóficamente no consiste en huir del presente hacia mundos abstractos y solitarios, sino en comprenderlo con mayor profundidad.
Quizá por eso Hegel sigue resultando necesario. No hace falta aceptar su sistema completo. No hace falta compartir su confianza casi absoluta en la razón, ni hace falta perdonarle su especulación tan excesiva. Pero sí conviene conservar algunas de sus intuiciones fundamentales: que la realidad es proceso, que la contradicción importa, que la libertad necesita instituciones, que la historia no es exterior al pensamiento y que el individuo solo se comprende en relación con los otros.
Hegel no es fácil. Leerlo significa entrar en páginas que exigen paciencia y dosis de valentía: paciencia, porque su lenguaje no es accesible de inmediato; valentía, porque nos obliga a mirar en las contradicciones de nuestra vida, de nuestra sociedad y de nuestra propia conciencia. Hegel es un pensador que nos recuerda que la realidad no está quieta, que la verdad no siempre coincide con las evidencias inmediatas y que la libertad no se regala, sino que se conquista históricamente, atravesando conflictos, mediaciones y contradicciones.
La lectura de Hegel, según numerosos testimonios, puede desesperar e irritar. Pero cuando la realidad nos muestra sus fracturas, cuando la sociedad se llena de tensiones no resueltas, cuando la política se reduce a consignas y la libertad se confunde con el puro individualismo, Hegel vuelve a aparecer. Nos aborda con su rostro severo, para formularnos una pregunta que aún no hemos terminado de responder: ¿realmente, comprendemos de verdad el mundo en que vivimos, o solo nos limitamos a soportar sus contradicciones sin pensarlas detenidamente?
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