Mariano de Paco. Gestor cultural o pobreza mental

27 de junio de 2026

Los políticos utilizan frases que, la mayoría de las veces, retratan su manera de estar o entender la política, su concepción del poder o del servicio público. Muchas de esas frases revelan prudencia, sentido institucional o voluntad de diálogo; pero otras, en cambio, sólo ofrecen arrogancia, desprecio por el adversario, pobreza mental e insensibilidad ante los problemas de los ciudadanos. El lenguaje político nunca es completamente inocente porque no sólo comunica decisiones, sino que también revela la actitud moral ante la ciudadanía.

Que el Consejero de Cultura de la Comunidad de Madrid diga que el calor que sufren los alumnos en las aulas puede ser una «fuente de inspiración» no es solo una torpeza verbal. Es una obscenidad política y, también, una afirmación que, tratando de ser ocurrente, pone de manifiesto su pobreza moral, porque supone hablar desde el «aire acondicionado de los despachos institucionales», mientras otros sudan en colegios e institutos mal preparados, envejecidos, insuficientemente adaptados a una realidad climática que ya no es excepcional, sino estructural.


El diario «El País» en un artículo publicado el pasado 5 de junio se hizo eco de que, Mariano de Paco, consejero de Cultura de la Comunidad de Madrid, hizo ese comentario en la Asamblea madrileña en un contexto de protestas de familias, docentes y sindicatos por las altas temperaturas en los centros educativos. El artículo recuerda, además, que alumnos, profesores y personal de los centros soportan jornadas por encima de los 30 grados en edificios antiguos y sin presupuesto suficiente para reformas eficaces y necesarias.  

Lo grave no es solo la frase. Lo grave es el fondo mental que la hace posible: la chulería.

Un «gestor cultural» tiene que saber, necesariamente, que la cultura no consiste en acumular citas, exhibir referencias o citas literarias o presentarse como guardián de una supuesta “batalla cultural”. La cultura, si quiere significar algo, tiene que comenzar por la capacidad de ponerse en el lugar del otro; por escuchar antes de juzgar y por comprender el sufrimiento concreto de todos aquellos que carecen de voz, de influencia o de poder.

Un verdadero gestor cultural también debería saber que sus palabras tienen consecuencias; ha de distinguir entre una metáfora aceptable y una burla cruel, entre la libertad de expresión y el desprecio; y reconocer cuándo una frase que pretende ser ingeniosa, se convierte en realidad en una humillación para los más vulnerables.


Porque presentar el calor de las aulas como “inspiración” es una forma de frívola de afrontar la incomodidad ajena. Es tomar un problema real —niños, adolescentes y docentes soportando altas temperaturas— y envolverlo en una ocurrencia pseudocultural. Es como si la literatura sirviera para justificar la falta de inversión, o como si la poesía pudiera sustituir a los ventiladores, a los toldos, al aislamiento térmico, a una climatización razonable o, sencillamente, a una política pública seria.

Eso no es cultura. Eso es cinismo con barniz culto.

La cultura no está para embellecer ni para justificar la negligencia. No está para hacer de las precariedades una épica, ni para hacer pasar como experiencia enriquecedora lo que, en realidad, es consecuencia del abandono. Tampoco está para decirle al que lo está pasando mal que su sufrimiento puede «servir de inspiración». Eso es una maldad. ¿Acaso el dolor ajeno necesita de explicaciones literarias en lugar de respuestas políticas?

Esa es una vieja trampa del poder: presentar las carencias de los demás como algo, incluso, beneficioso, cuando el que habla no tiene que sufrirlas personalmente. El consejero hace referencia a la resistencia de los que soportan el calor, la falta de recursos o el deterioro de los servicios públicos, pero elude hablar de la responsabilidad de aquellos que tendrían que haber evitado esas situaciones. Ningún niño/a, adolescente, maestro/a o profesor/a necesita que le hablen del calor como fuente de inspiración. Necesita que se invierta más y mejor, que se planifique, que se implementen soluciones eficaces -aislamiento término, sombras, ventilación, etcétera-.

La cultura debe servir, precisamente, para otra cosa: para desenmascarar aquellos discursos que evitan referirse a las injusticias; para dar voz a los que padecen las consecuencias de la incompetencia o de la desidia y para recordar que los discursos de los políticos incompetentes no pueden sustituir las obligaciones que han quedado incumplidas. Es cierto que ha habido un incremento presupuestario importante, pero se partía de un nivel muy reducido y eso no permite afirmar que exista ya una climatización estructural y generalizada en los centros educativos de la Comunidad de Madrid.

En cualquier caso, la intención de estas líneas no es discutir acerca de las cifras de inversión o sobre el número de actuaciones en los centros educativos. Lo que se pretende resaltar es, sobre todo, la actitud chulesca del consejero, su forma de abordar un problema que afecta cada día a los alumnos y a los docentes y el desprecio con el que parece haber recibido las protestas que esta situación ha generado. El consejero Mariano de Paco debería haber explicado y defendido su gestión, aportar datos y explicar los planes de futuro que contempla su consejería para solucionar el problema y no responder con ocurrencias que ofenden a los que denuncian esas condiciones de calor en las aulas.

Gobernar exige escucha, reconocer los problemas y tratar con respeto a quienes los padecen. En ningún caso implica arrogancia. Cuando el consejero responde con ironías a protestas legítimas y justificadas, ya no se está comportando como servidor público sino como alguien que piensa que las críticas son una molestia y que los ciudadanos son simples adversarios a los que se puede ridiculizar.


El caso de Mariano de Paco parece expresar algo más amplio y grave: la sustitución de la gestión cultural por una militancia identitaria que considera la cultura, NO como un espacio plural, abierto y necesariamente crítico, sino como un «territorio de conquista» que debe ponerse al servicio de una determinada visión ideológica.

Según el citado artículo, su paso por la Consejería ha estado marcado por los enfrentamientos con algunas de las instituciones culturales más importantes del país, por la retirada de subvenciones nominativas al Museo del Prado, al Thyssen, al Reina Sofía o al Círculo de Bellas Artes, y por una idea recurrente que está muy instalada en el PP madrileño liderado por Isabel Díaz Ayuso: que la cultura está dominada por la izquierda y que hay que disputar ese terreno.  

Ahí comienza el problema: cuando esa supuesta «batalla cultural» sirve de excusa para enmascarar u ocultar una verdadera gestión.

Cuando un responsable político deja de pensar en la cultura como un espacio común y empieza a verla como un campo de batalla y, además, no valora las instituciones por su función pública, su calidad o su contribución cultural, sino que las clasifica en función de su mayor o menor proximidad ideológica, todo se empobrece. La financiación corre así el riesgo de convertirse, en sus manos, en un mecanismo de premio o castigo: se premia a quienes encajan en el propio relato y se castiga a los que son percibidos como adversarios o enemigos.

El objetivo de este tipo de políticos no es fomentar la creación, abrir espacios, proteger instituciones, acercar la cultura a la ciudadanía o cuidar el patrimonio, sino ganar una guerra simbólica, identificar enemigos y sustituir la pluralidad por la propaganda partidista. Todo ello bajo la beneplácita mirada de su jefa.

Sin embargo, debiera parecer evidente que una política cultural democrática no es reemplazar una supuesta hegemonía ideológica por otra. No se trata de elegir qué artistas o instituciones culturales pertenecen al bando correcto y cuáles no. Se trata de garantizar la pluralidad y el acceso de los ciudadanos a la cultura.

La actitud del consejero ante las críticas por el calor que se soporta en las aulas es reveladora de su pobreza mental. La cuestión no es que haya pronunciado una frase desafortunada -que sin duda lo es- sino que nos encontramos ante una determinada manera de ejercer el poder que responde a los problemas concretos con provocaciones; que actúa con arrogancia al ridiculizar el malestar real de los que no tienen climatización y que considera las críticas como una confrontación de tipo ideológico.

¡Qué equipaje tan pobre, sr. consejero!


El artículo señala también los elogios de Mariano de Paco a su jefa, Isabel Díaz Ayuso, a la que describió como alguien que tiene un “superpoder”. La expresión puede parecer anecdótica, incluso ridícula, pero no carece de importancia. ¿Por qué? Porque revela un tipo de relación política que está más basada en lo reverencial que en el juicio autónomo. Un gestor cultural -o de cualquier otro tipo- debe de tener distancia crítica, incluso, respecto al poder que le nombra. Exige saber que no hay ninguna presidenta, ningún partido ni ningún gobierno que estén por encima de la realidad y evitar expresiones como «superpoderes» porque con ellas NO se hace mención a una capacidad política concreta sino a una figura casi providencial, situada por encima de lo ordinario.

En la actitud del consejero no hay profundidad sino sumisión ideológica, ironía, provocación y obediencia al mando. Es el estilo de esta época en la que muchos gobiernan como si actuaran permanentemente para las redes sociales: se sustituye la gestión por la ocurrencia, se responde a los problemas con frases llamativas y se convierte cada crítica en una batalla.

Pero los niños y los docentes, en sus aulas, no necesitan batallas. Necesitan simplemente que sean habitables.


La política democrática exige una virtud elemental: no reírse de las dificultades ajenas, sobre todo si son dificultades que uno no está padeciendo ni mucho menos convertirlas en una ocurrencia como respuesta a los que están reclamando condiciones dignas en las escuelas, colegios e institutos, para sus hijos.

Eso debería ser una norma mínima de decencia pública. Quien tiene una responsabilidad institucional, debe medir sus palabras, no por miedo a la polémica ni por cálculo electoral, sino por un mínimo respeto a las personas que están afectadas y por conciencia del cargo que se ocupa. Cuando las familias llevan semanas denunciando temperaturas muy altas en las aulas, no están haciendo referencia a ningún teatro ideológico. Simplemente, hablan de sus hijos, de su salud y del derecho que tienen a recibir la enseñanza en condiciones adecuadas.

Cuando un centro educativo no está preparado para temperaturas cada vez más altas, no estamos ante una anécdota climática, sino ante un fallo de previsión pública. Ya tenemos los suficientes conocimientos para saber que el calentamiento global no es un acontecimiento excepcional e imprevisible -aunque algunos imbéciles sigan creyéndolo y mirando para otro lado-. Las administraciones deberían de conocer la evolución climática y actuar sobre los edificios que presentan las mayores deficiencias en este terreno.

Como ejemplo de ello, traemos el caso del colegio público «Héroes del dos de mayo», en el municipio madrileño de Colmenar Viejo. Los madres y padres de los alumnos, hartos de la falta de atención por parte de las autoridades educativas, decidieron contratar un laboratorio externo para que colocase termómetros dentro de algunas aulas, y así constatar las extremas temperaturas en las que sus hijos reciben las clases. Los resultados fueron devastadores: aulas que no bajan de los 27 grados y un comedor, que reúne hasta a 300 chavales por turno, a 38 grados. Las mediciones fueron presentadas ante el Defensor del Pueblo, la Fiscalía del Menor, la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento de Colmenar. La esperanza de la AMPA es que, antes del regreso a clases en septiembre, se realice alguna adecuación para evitar que la situación se replique en el último soplo del verano.

La respuesta de un responsable político serio debería ser: vamos a evaluar, invertir, adaptar y proteger. La respuesta de un político mentalmente pobre ya la conocemos: hacer del calor un motivo para la inspiración.

Sin embargo, ¿a qué inspiración se refiere exactamente el consejero? ¿cómo se la explicaríamos a un niño de seis años que intenta atender en una aula recalentada? ¿tal vez diciéndole que el dolor de cabeza estimula su imaginación, que el cansancio mejora su creatividad o que soportar temperaturas altas forma parte de su educación?

Y ahí está la verdadera pobreza mental. No en la falta de estudios, ni en la ausencia de lecturas, ni siquiera en el error puntual del consejero. La pobreza mental está en no entender que la cultura sin compasión se convierte en una indecencia o en una impostura moral. Que la inteligencia cuando se exterioriza sin sensibilidad ni empatía, se vuelve arrogancia. Que la política cuando se olvida de cuidar de los ciudadanos, termina en desprecio.


Otro aspecto llamativo que señala El País es el contraste entre la reducción presupuestaria del área de Cultura y el aumento del dinero destinado a la tauromaquia, incluyendo la restauración de Las Ventas y ayudas vinculadas al toro de lidia. En modo alguno se niega o cuestiona aquí que la tauromaquia forme parte de una determinada tradición cultural española, ni se pretende que quede excluida de apoyo público. El problema es otro: convertir una manifestación concreta de la cultura -como puede ser la tauromaquia- en un emblema identitario o en una bandera ideológica frente a otras formas de cultura.

La cultura de un país no cabe en una sola tradición. No pertenece a una facción. No es propiedad de los taurinos, ni de los antitaurinos, ni de la izquierda, ni de la derecha. La cultura es precisamente aquello que debería impedirnos pensar de manera estrecha. La cultura es memoria, conflicto, belleza, crítica, herencia, creación, incomodidad y diálogo.

Pero cuando una Administración presenta una expresión cultural como la tauromaquia como seña de identidad -que debe ser defendida frente a supuestos enemigos-, deja de gestionar la cultura y pasa a utilizarla como instrumento de confrontación. Ya no se trata de apoyar una actividad concreta sino de levantar barreras ideológicas: quien defiende los toros representa la tradición, la libertad o una determinada idea de España; quien los cuestiona se sitúa en el campo de la hostilidad hacia lo español.

Realmente, eso es un planteamiento muy pobre. La cultura no puede quedar enganchada entre manifestaciones contrarias, unas de patriotismo español y otras consideradas «sospechosas». Y, por supuesto, tampoco debería depender de la mayor o menor proximidad que una determinada institución tiene respecto a la posición política del gobierno de turno. La cultura tiene valores propios y estos no se miden por el grado de utilidad que tienen para librar batallas identitarias.

Por eso, cuando la cultura se utiliza como un arma de partido, se produce una inversión grotesca: aparecen instituciones culturales que se consideran como «trincheras enemigas», y otras que son apreciadas como si fueran un certificado de «autenticidad nacional». Es una visión pobre, cerrada, defensiva y llena de consignas en donde la verdadera cultura apenas puede respirar. Abramos pues las ventanas y exijamos de una consejería de Cultura -de cualquier Comunidad- que su misión no es tanto decidir qué manifestaciones culturales representan la verdadera España, sino garantizar que una sociedad plural conserve su patrimonio, someter a debate sus tradiciones y apoyar formas culturales diversas.


Sr. Mariano de Paco, es posible que el calor inspire algo, sí: el calor en las aulas inspira indignación; inspira conciencia de la desigualdad; inspira una pregunta elemental: ¿qué clase de sociedad permite que sus niños estudien en condiciones inadecuadas mientras sus gestores políticos salen al paso del problema con una ocurrente idiotez?

Necesitamos menos políticos graciosos y más gestores responsables. Menos batallas culturales y más cultura del cuidado. Menos frases para titulares y más presupuestos para colegios. Menos devoción y peloteo al líder y más respeto a la ciudadanía. Le pedimos que no frivolice más con el calor que pasan los alumnos. Cultura es también saber que un aula a 38 grados es un error de gestión. Subsánelo lo antes posible y no haga más chistes ni más bromas.

Por eso el punto de partida inicial —¿cómo es posible tanta pobreza mental en un gestor de cultura?— quizá tenga una respuesta amarga: porque hay una forma de poder que ya no necesita gestores cultos y críticos, sino obedientes; no necesita sensibilidad, sino vencer en el relato de las redes; no necesita inteligencia, sino ocurrencias útiles para la batalla.

La cultura, que tantas veces nos ha rescatado de la ignorancia, la soledad y el miedo, necesita ahora que seamos nosotros quienes la rescatemos de la pobreza intelectual, del sectarismo y de su utilización como simple arma de combate político.

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